El exótico deleite de Frederic Church

por Inger Pedreáñez

De todos los escenarios naturales observados por el pintor Frederic Edwin Church (1826-1900), uno de los más destacados paisajistas del siglo XIX en Estados Unidos, la cordillera septentrional de Ecuador inspiró la pieza más emblemática de sus creaciones, El corazón de los Andes (1859). El discípulo dilecto del fundador de la Escuela del río Hudson, Thomas Cole (1801-1848), recorrió el viejo y el nuevo mundo; llevó al óleo la inmensidad de los glaciares, la Tierra Santa y las culturas ancestrales; retrató con precisión fotográfica los resplandores de la aurora boreal, la fuerza de naturalezas vírgenes, y captó las caídas de agua más salvajes. Atravesó ríos y mares, cruzó continentes, pero fue en América del Sur donde encontró la consumación de uno de sus principales propósitos.

Frederic Edwin Church

Tras haber leído Cosmos, la colección de ensayos narrativos de Alexander Von Humboldt sobre la vegetación y el clima de las regiones equinocciales de América, escritos entre 1849 y 1852, se propuso hacer el mismo trayecto que documentaría en lienzo los territorios que inspiraron las ideas del expedicionario prusiano. Fue como si Frederic Church, tras la muerte de su maestro Cole, con quien convivió junto a su familia en Catskill, Nueva York de 1844 a 1846, hubiera identificado un nuevo referente a quien seguir.

En abril de 1853, a la edad de veintisiete años, y en compañía del empresario Cyrus W. Field (a quien le interesaba incentivar inversiones en sus empresas sudamericanas y además construyó el primer cable telegráfico bajo el Océano Atlántico) tomó desde Barranquilla, Colombia, un barco de vapor para adentrarse al río Magdalena, con trasbordo en canoa para alcanzar puerto, y así viajar en caballo y mula hasta Bogotá. Uno de sus destinos más recordados fue el de las cataratas del Tequendama.

Frederic Edwin Church - Las cataratas de Tequendama cerca de Bogotá, 1854. Cincinnati Art Museum.

Los mapas de viaje de Humboldt le trazaban la ruta a Frederic Church. Cuando alcanzó la sierra de Ecuador escribió:

Una visión que se presenta de tal incomparable magnificencia, que debo pronunciarla como una de las grandes maravillas de la Naturaleza. He realizado un par de bocetos flojos esta tarde recolectados de la escena. Mi ideal de las Cordilleras está realizado”.

Seis meses de estadía no fueron suficientes para el artista. Volvería a Ecuador cuatro años después, esta vez acompañado del pintor Louis Rémy Mignot. Insistía en seguir el rastro de Humboldt, pero esta vez con una mayor claridad en su destino: las montañas Cotopaxi, Pichincha, Cayambe, Sangay y, fundamentalmente, el Chimborazo. Los picos y volcanes estaban marcando su inspiración.

David C. Huntington en la obra The Landscapes of Frederic Edward Church, describe que esta segunda travesía tenía la misión especifica de acumular científicamente cada detalle de la vegetación, el clima y el entorno para la génesis de El corazón de los Andes, obra que se encuentra actualmente en la colección del Metropolitan Museum of Arts, de Nueva York. La pieza fue pintaba por capas. Los bocetos en lápiz y en óleo acumulados en sus dos viajes se sintetizan en un solo paisaje que Church conservó en su memoria. Es una imagen idealizada con la planicie entre las montañas, que recorre desde la cuenca del río Amazonas hasta la cumbre nevada del monte Chimborazo, monumento natural pintado por Church en distintas versiones. En la pintura también aparece una iglesia colonial española y dos indígenas ecuatorianos de pie junto a una cruz, incluso, el nombre tallado de Church, con el año de culminación de la obra, en uno de los árboles, a manera de firma.

En su segundo viaje a Ecuador Frederick Church describe: “El viejo Chimborazo; 150 millas distante, surge como una nube blanca en el Este y se hace un punto destacado para nuestra jornada”. Pintar cada detalle no fue fácil para el artista. Las inclemencias del clima tropical dificultaba la observación del paisaje, pero cuando las nubes se disipaban, rápidamente hacía sus estudios. En biografías de Church se destaca la habilidad que el paisajista tenía para hacer con precisión sus bocetos. Su gran maestro Cole, quien le enseñó la técnica para dibujar directamente de la naturaleza al aire libre, dijo que su estudiante tenía «el mejor ojo para el dibujo del mundo». Dicen los expertos que la calidad artística de Church también influyó en la forma de pintar los cielos del propio Cole.

Acostumbrado a realizar cuadros de gran formato, Frederic Church se tomó dos años para culminar El corazón de los Andes, que finalmente midió 1,68 x 3,03 metros. El artista aspiraba enviarla a Berlín para que Alexander Von Humboldt la apreciara, pero tristemente coincidió que en el mismo mes que se exhibió por primera vez el cuadro, el gran científico expedicionario falleció, en mayo de 1859.

En aquellos tiempos, los artistas mostraban sus avances en la Exposición Anual de Primavera en la Academia Nacional de Diseño, la principal institución de arte de Estados Unidos. Aparte de esa fecha, quedaban solo las visitas en estudio. Pero en el caso de Frederic Church, quien contaba con experiencia de negociante, como un legado de su padre, optó por exponer en una sala de Nueva York un solo cuadro, como si se tratara de una pieza teatral. La obra se presentó en un espacio oscuro, con efectos de iluminación enfocados para captar los detalles. Como complemento del marco, unas cortinas se abrían a los lados, creando la ilusión de una vista desde una ventana. A los visitantes les recomendó que utilizaran binoculares de teatro para apreciar los maravillosos detalles botánicos y la gran extensión del territorio. Church pintó en una sola obra más de 100 especies de plantas que fueron catalogadas por Humboldt durante su expedición a Sudamérica.

Frederic Edwin Church. The Heart of The Andes. 1859. Legado de Margaret E. Dows, 1909. The Metropolitan Museum of Art.
Recorrido tridimensional por El Corazón de Los Andes.

En Nueva York, la meca de la élite cultural, una ciudad que para entonces contaba con un poco más de un millón de habitantes, más de 12.000 personas visitaron durante tres semanas la exposición que les pemitía conocer aquél exótico lugar del trópico. Luego la pintura fue a Londres causando similar asombro, y al volver para el otoño realizó una gira por ocho ciudades de Estados Unidos que duró más de un año. Pero vale un detalle adicional, apenas la obra fue concluida, el mecenas de las artes William T. Blodgett adquirió El corazón de los Andes por $10,000, el precio más elevado pagado por una pintura de paisaje en la época. Adicionalmente, una suma similar recaudó con la entrada a la exposición, en la que se cobraba a los visitantes 25 centavos de dólar.

La venta superó con creces el valor del primer cuadro que Frederic Edwin Church vendió en 1846, Hooker’s Party Coming to Hartford, a sus tempranos 19 años, por 130 dólares. La pieza evoca la fundación de su tierra natal, Hartford, Connecticut, y su estilo imita el romanticismo y los destellos de luz utilizados por su maestro Thomas Cole, quien a su vez estaba inspirado en la técnica artística de JMW Turner y de John Constable. El mismo Church, en sus viajes a Inglaterra entraría en contacto con las imágenes inspiradoras de ambos artistas. E incluso tuvo conexiones con el crítico de arte inglés John Ruskin, quien tenía una fascinación especial por Turner.

Frederic Edwin Church. Hooker and Company Journeying through the Wilderness from Plymouth to Hartford, in 1636, 1846.

Cuando El corazón de los Andes se encontraba en St. Louis, en 1861, un joven capitán de un barco de nombre Samuel Langhorne Clemens visita en tres oportunidades la exposición y le escribe a su hermano: «Acabo de regresar de una visita a la pintura más maravillosamente hermosa que esta ciudad jamás haya visto…”. Quince años después, ese marinero sería el autor de Las aventuras de Tom Sawyer, así como de Huckleberry Finn, quien firmaría su obra intelectual como Mark Twain. El escritor pronto entablaría amistad con el artista, a quien visitaba con frecuencia en su casa Olana, una propiedad de 120 acres (más de 450.000 metros cuadrados) ubicada entre las localidades de Hudson y Castkill, en Nueva York. Todavía en 1864, El corazón de los Andes seguía en exhibición en los Estados Unidos, en medio del desarrollo de la guerra de secesión, y se mostró en la pinacoteca de la Feria Sanitaria Metropolitana, celebrada en Nueva York, para ayudar a los soldados heridos de la Unión.

Durante las siguientes dos décadas Church fue considerado el pintor de paisajes más importante del país. Lo que distinguió a Church como paisajista fue el haber permitido el encuentro del arte con la ciencia, y hacer de su pincel el intérprete de una observación objetiva, en algunos casos criticada por alejarse del valor alegórico de la pintura. Pero el artista encontraba en los detalles precisos y en la exaltación del color su propia valoración poética.

Nacido para pintar

Church estaba acostumbrado a exponer una obra única en una galería comercial. Para cuando el artista mostró El corazón de los Andes, todavía permanecía en Boston la exhibición de Niágara, una pieza de 1,07 x 2,30 metros que realizó entre varias visitas a las Cataratas de Niágara, en 1856. Esa pieza en particular, actualmente en la colección de The Corcoran Gallery of Art, Washington, DC, fue considerada en su momento como la mejor pintura de paisaje de la época.

Frederic Edwin Church. Niágara. 1857. Corcoran Gallery of Art.

Si retrocedemos más en el tiempo, desde los 19 años, ya en 1845, el trabajo artístico de Frederic Church se mostraba sucesivamente en la Academia Nacional de Diseño y Arte Americano, de Nueva York. El paisaje como género del arte estadounidense estaba en pleno apogeo, y el talento de Church brillaba tanto como la delicada iluminación en sus cuadros. En 1849 fue elegido miembro de pleno derecho de la Academia Nacional de Diseño. El único hijo de Eliza Janes y Joseph Church logró demostrarle a su padre, un próspero negociante y fundador de Hartford, que podía lograr con su arte el éxito financiero. A pesar del escepticismo inicial, el padre confió en el don natural del hijo cuando solicitó el apoyo de un importante mecenas de las artes en Hartford, Daniel Wadsworth, para que persuadiera a Thomas Cole, en ese momento el principal paisajista de América, de aceptar a Frederic Edwin Church como su alumno.

Frederic Church destinaba el invierno para trabajar en su estudio de Nueva York, y para los preparativos de la exhibición y venta de sus lienzos. Mientras que durante los veranos se alejaba hacia el campo para dibujar al aire libre. Berkshires, Vermont y New Hampshire, al oeste de Nueva York eran sus principales escenarios de inspiración, así como Virginia, Kentucky, el alto Mississippi y Maine. En los meses previos a la exposición, Church recurría a los periódicos y a la publicidad para mantener viva la expectativa sobre su obra, de manera que el público conocía de antemano el tema de los lienzos en los que estaba trabajando.

Su medio más común para dibujar era el lápiz, que en ocasiones combinaba con el guache blanco para definir y resaltar. También los papeles podían variar de color, beige, azules, verdes, le permitían un fondo acorde con la naturaleza a representar. Describe Eleanor Jones Harvey, curadora principal en el Smithsonian American Art Museum, en donde se encuentra una importante colección del artista: “El ojo de Church para los detalles botánicos y los matices de las formas de las nubes y los fenómenos meteorológicos se convirtieron en el sello distintivo de sus obras. Sus dibujos comenzaron a incluir anotaciones significativas sobre el clima y las impresiones del artista sobre los colores de todo, desde el cielo y las nubes hasta el envés plateado de las hojas que ondeaban con la brisa”.

En los tres diarios de viajes que quedan de Church, el artista habla más de su asombro en la experiencia expedicionaria que de su ars pictórica. Describe poco su razón de pintar. Pero las descripciones que dejó al pie de sus bocetos es como un recordatorio de su experiencia visual, en donde se devela un lenguaje poético. La especialista recuerda que para Humboldt la pintura de paisajes es una especie de poesía visual que requería un gran sentido de conciencia y aptitud por parte del artista. Mientras que para Church aprender sobre ciencia era parte esencial de ser un artista.

Esa poética puede apreciarse en los adjetivos que utiliza Church en las anotaciones al margen de los bocetos, así como cuando escribe en sus diarios y las cartas a sus amigos sobre su entusiasmo ante la exhuberancia del paisaje. “Vetas azules de zafiro”, “azul verdoso, escote verde rallado. Hielo sucio como tierra negra”, anotaba Church en sus bocetos mientras observaba la gama de colores atravesados por la luz entre las grietas de un iceberg, durante una expedición en el Atlántico norte, frente a las costas canadienses de Terranova y Labrador, en 1859. Durante un mes, el artista estudió de cerca las formas y colores de los icebergs en el inhóspito ártico. “Después de regresar a su estudio de la ciudad de Nueva York, Church se basó en casi cien bocetos a lápiz y óleo para crear una pintura a gran escala de icebergs”, señala un catálogo del Dallas Museum of Arts. Nuevamente el artista combinó sus observaciones in situ con su imaginación. Seis meses le tomó concluir la obra que se exhibió por primera vez en abril de 1861, mismo mes en el que se daba inicio a la guerra de secesión en los Estados Unidos.

Frederic Edwin Church. The Icebergs, 1861. Dallas Museum of Art.

A pesar de que el paisaje revela ser un lugar inhóspito, lleno de peligros, los colores del cielo en el cuadro llaman la atención al reflejarse en las brillantes vetas blanquecinas, como un sol poniente cuyo resplandor emerge del lago para asombrar al espectador. Durante ese período, el artista intituló la obra The North!, y las ganancias de la exhibición las donó al Fondo Patriótico de la Unión. La guerra afectó el interés en la adquisición de obras de arte, pero Church mantuvo su estrategia de enviar sus cuadros a Inglaterra. Para entonces, cambió el título por The Icebergs y le añadió el mástil quebrado de un barco para darle una mayor narrativa a la obra, que además le permitía dar referencia de la dimensión de los monumentales témpanos. La estrategia le valió para que Sir Edward William Watkin, un magnate ferroviario y miembro del Parlamento inglés, comprara el lienzo.

Avisos de promoción para ver la obra The North! en Estados Unidos y renombrada The Icebergs en Londres.

Así como el cambio de los movimientos artísticos fue llevando al olvido a Frederic Church, este cuadro tambien fue desplazado con el paso del tiempo y el cambio de propietarios de la mansión donde se encontraba, Ross Hill. El ayuntamiento de Manchester adquirió la edificación para un centro de detención de niños, y allí continuaba colgado, silente como el propio témpano, hasta que la directora del lugar lo ofreció en venta para obtener nuevos recursos para la asistencia social. En 1979, The Icebergs fue subastado en Sotheby’s por un precio que rompió todos los récords de subastas existentes para pinturas estadounidenses, US$ 2.5 millones. Fue donado inmediatamente al Museo de Arte de Dallas por un benefactor anónimo, que se reveló en 2010 como el matrimonio Lamar y Norma Hunt de Dallas.

En 1979, The Icebergs fue subastado en Sotheby's por un precio que rompió todos los récords de subastas existentes para pinturas estadounidenses, US$ 2.5 millones.

Durante el período de la guerra civil estadounidense, Church realizó varias obras que tenían una correspondencia con los momentos bélicos. Dos años antes, en 1859, el artista alcanzó a observar asombrado desde su estudio en Nueva York una aurora boreal. No tardó en reflejar coloridos cielos en sus obras. En 1861 el explorador polar Isaac Israel Hayes queda atascado en el hielo del Ártico y en medio de la oscuridad surgen las sinuosas luces que darían lugar a unos bocetos que, a su regreso, le entregaría a Frederic Church. El pintor mezclaría sus recuerdos con las imágenes de Hayes, incluyendo en el paisaje el propio barco encallado de su amigo. Ese es el origen de la obra Aurora Borealis (1865), actualmente en el Smithsonian American Art Museum, que junto con la obra Rainy Season in the Tropics (1866), del Museum of Fine Arts de San Francisco, fueron concebidos por el artista en vísperas de la victoria de la Unión en la Guerra Civil.

Frederic Edwin Church. Aurora Borealis, 1865. Smithsonian American Art Museum
Rainy Season in the Tropics (1866). Museum of Fine Arts of San Francisco.

Auroras boreales y arcoiris eran considerados como señales de victoria y en el caso de las primeras se interpretaban como signo del descontento de Dios con la Confederación por defender la esclavitud. Church también pintó cuadros en los que el resplandor del cielo en colores vibrantes deja entrever una bandera que emerge. Our banner in the sky (1861) representaba el patriotismo y el apoyo del artista hacia la causa de la Unión. 

Frederic Edwin Church. Our Banner in the Sky, 1861. Smithsonian Institute.

Vida de explorador

El viaje al Ártico y Groenlandia fue apenas uno de los innumerables destinos que se trazaría Frederic Church, acompañado de su esposa, Isabel Carnes, para ampliar su quehacer artístico. Sin embargo, también tuvo reveses: al fallecer sus dos pequeños hijos de difteria se refugió en Jamaica, durante seis meses (1865), para volver a fascinarse por los rayos del sol al atardecer, el juego iridiscente de la lluvia con la luz y la vegetación tropical, incluso cumpliendo encargos de mecenas como Elizabeth Hart Colt. Expertos señalan que Rainy Season in the Tropics, es una interpretación generalizada y fantasiosa de esas experiencias tropicales.

A finales de la década de 1860 y principios de 1870, Frederic Church emprendió un viaje por su familia a Europa y el Medio Oriente (la pareja tuvo cuatro hijos más que llegaron a la adultez). Visitaron Londres, París, Alejandría, Egipto, Beirut y Líbano. Se unió al David Stuart Dodge para ver la antigua ciudad de Petra en el desierto de Jordania. El artista creó innumerables bocetos, que sirvieron de base a las pinturas que terminó en su hogar. Las impresiones de sus viajes en sus diarios son descripciones muy visuales: “El Khasne (Petra) tiene un tinte bastante uniforme, pero por lo general los colores más hermosos se mezclan en rayas onduladas, cruzadas por barras de matices variados… Las rocas eran cintas de colores brillantes y hermosos, que se enroscaban, se retorcían y se entrelazaban como papeles de mármol”.

Cuando estuvo en el valle del Yemen, Church escribió: «Una de las vistas más estupendas que he tenido el deleite de presenciar… Un valle estrecho pero profundo, en el fondo del cual yacía el lecho blanco plateado de los torrentes que anualmente barren los valles (…). Las montañas estaban escalonadas por majestuosos precipicios y cornisas de pedernal y de color marrón o violáceo. La roca principal era de un exquisito marrón dorado con ocasionales masas gris blanquecinas (…) un hermoso tinte marrón aterciopelado cayó como una sombra sobre la superficie. Muchas formas extrañas pero grandiosas, con frentes redondeados cortados en costuras horizontales por capas de roca, estaban doradas por el sol y parecían castillos de encantamiento…”.

Cuando abandonó Beirut se trasladó a Berchtesgaden en Baviera y en una carta a su amigo William Osbort comenta que pasa “de doce a quince horas diarias en el Königssee, dibujando furiosamente”.

La vista del río Hudson, sin embargo, era un motivo de inspiración para retornar periódicamente a su hogar, Olana. Los detalles de los edificios en Damasco, Jerusalén y Beirut le dieron a Church un nuevo vuelo para diseñar y reconstruir su casa al estilo persa, obras que concluyó en 1872. No obstante, la aparición de una artritis reumatoide minimizó su producción artística, y en cada invierno se alejaba de Nueva York para encontrar alivio en el clima de México. Poco a poco, tanto el público como sus mecenas se fueron retirando, y muere en 1900 prácticamente en el olvido. Ese mismo año, el Metropolitan realiza la primera retrospectiva de su obra, que le reconoce el lugar destacado que ocupó como paisajista en Estados Unidos y pintor viajero.

Si bien las obras de Frederic Church muestran una precisión muy realista del paisaje, el mayor atractivo de su técnica fue construir su propia verdad de la existencia natural. Lo logró a través de un imaginario científico apoyado en los estudios que realizaba en campo, y que luego florecían en sus lienzos, entre las paredes cerradas de su estudio.

Olana es la residencia de Church, hoy en día es un sitio histórico y museo. Se le considera también como obra de Church, ya que cuidadosamente no sólo planeó la arquitectura del sitio, sino que diseñó el paisajismo del lugar, y lo reprodujo en muchas de sus pinturas.

Más sobre Frederic E. Church

Church`s Great Picture. The Heart of the Andes, por Kevin J. Avery.

The voyage of The Icebergs, por Eleanor Jones Harvey,

Algunos museos con obras de Church consultados para este texto: Dallas Museum of Arts, Cooper Hewitt, Metropolitan Museum of Arts, NY, Museo Smithsonian de Arte Americano