por Inger Pedreáñez
Fotos cortesía del Archivo Jacobo Borges y Abraham Tovar
Después de cumplir 90 años, el artista Jacobo Borges tuvo una pulsión inspirada en la frase de uno de los pintores más importantes de Japón, Katsushika Hokusai (1760-1849). ¿Cuándo voy a hacer mi gran obra?, se preguntó, y se encerró en su taller a trabajar. A excepción de su esposa, la escultora Diana Carvallo, nadie sabe lo que está haciendo. Ni su asistente, ni su galerista han podido acercarse a ver los avances. No deja entrar a ninguna persona, y no quiere que le resten tiempo para algo diferente que no sea su arte.

Se encontraba en la misma situación del maestro de los Ukiyo-e, quien inmortalizó estas palabras: “A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50, había producido un gran número de dibujos. Con todo, ninguno tuvo un verdadero mérito hasta la edad de 70. A los 73, finalmente, aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, hierbas o árboles. Por lo tanto, a la edad de 80 habré hecho un cierto progreso. A los 90 habré penetrado el significado más profundo del mundo. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional. Y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos poseerán vida propia”.
Jacobo Borges puede asegurar que su vida tampoco ha estado jamás alejada de la emoción de pintar. Su recuerdo más vívido a la edad de tres años es un paisaje; para ser más específicos, una escena desde su casa: el paso de las carrozas fúnebres, elegantes y misteriosas, que brillaban por el reflejo del sol, rumbo al Cementerio General del Sur, en el barrio donde nació.
“Pensaba que yo vivía entre los muertos”.

A los cuatro años descubrió asombrado la potencialidad del color, y desde entonces, no ha dejado de experimentar con todas sus gamas. A los siete años consideró que el lápiz 7B era un mágico tesoro que debía conseguir, y puso su empeño para comprarlo con sus ahorros. El niño que creció en Catia se subía a las escalinatas de El Calvario, y miraba el horizonte pensando en todo lo que pintaría cuando tuviera la oportunidad; cavilaciones que también surgieron cuando asoció la luz con el tiempo, a través de las tonalidades de El Ávila.
“Yo soy pintor por El Ávila. El Ávila me hizo culto”.
Borges se asomaba por las ventanas de las casas de los vecinos cuando sabía de alguna fiesta, con la esperanza de que algunos invitados en esa multitud apreciaran los dibujos que alzaba entre sus manos desde la calle. Una vez lograda esa atención, regresaba a su hogar con la satisfacción de la misión cumplida.
“Siempre he tenido una preocupación por los años que he vivido. He tenido momentos en los que he estado confundido. Ahora, estoy respondiendo a una inquietud que me planteé primero a los 15, y luego a los 20. A los 15, vi unos dibujos de Picasso y quería tener su calidad; a los 20 tampoco la tenía, y me dije, lo haré cuando tenga 90 años”.
Pero en realidad Jacobo Borges nunca ha descansado. En 2020, atrapado en Nueva York por el inicio de la pandemia de COVID-19 y sin sus materiales de trabajo, apenas su antigua tijera que nunca abandona y papeles de colores, el artista se dedicó a fusionar en video una suerte de collages animados para crear Diario en tiempos de cuarentena. Son micro escenografías de su más sencilla cotidianidad en el encierro, acompañadas de sus respectivos textos, una pluma que también es artística y poética. Son no más de tres minutos de danzas de los objetos en stop motion, subidos a su canal de Vimeo.
“Esto fue casi al principio, antes de Caballero Apocalíptico. Todavía la tijera, que es tan despierta, no sabía de cuarentena ni de miedo y no le importaba. Los papeles como siempre están ahí, a la espera, llenos de sensualidad. Pero esta vez, yo, que tampoco sabía, los observaba; me sonreía yo conocía que no era verdad esa espera, era activa, vida pura listas para ser amadas, pero tenían que estar alertas. Mis tijeras a veces no comprenden y son agresivas como un depredador y yo tampoco en estos tiempos”. Extracto de La amistad del cristofué y el caballo (2020).
Su actual proyecto sigue siendo un misterio. Pero cabe imaginar que la posible hoja de ruta esté desandando el camino de una vida sumergida en las artes, como dibujante, pintor, escenógrafo y cineasta. Una vida que se forjó en la calle, con determinación, y que no flaqueó ni en los días de mayor precariedad.
Entre el azar y la voluntad
Cuando la mamá de Jacobo Borges, Teodolinda Morales, consideró que su hijo ya debía aprender a leer y a escribir, a los cuatro años, lo llevó a la casa de una señora que dirigía una escuelita. Pero Jacobo no descubriría allí solo la palabra, sino también la imagen y el color. En ese lugar, dos hechos dan inicio a su acercamiento con el arte.



Fotos cortesía Archivo Jacobo Borges.
“La primera vez que llegué, estaba un niño haciendo un barquito con lápices de colores. Yo nunca había visto lápices ni colores. El niño tendría un año más que yo. Me le acerqué. El dibujo era normal, un barquito. Empezó con el amarillo, después rojo, después azul. Con mi cara de asombro, la boca abierta y casi sin poder respirar le dije: “¡Regálamelo!”, y él me contestó: “No te lo voy a regalar, porque tú vas a decir que lo hiciste tú”. Salimos afuera, llovía, los niños jugaban en los charcos y había caballitos del diablo. El niño del dibujo comenzó a decir: “Este carajito me quiere quitar el dibujo para decir que lo hizo él”, y lo repitió tantas veces que me tenía como loco. Pasaron como 30 años, voy caminando por la avenida Andrés Bello. Era la época de Pérez Jiménez y de repente un Guardia Nacional me grita: “¡Borges!”, yo lo veo y digo: ¡Éste me va a embromar”. El militar continúa: “Yo soy Cuervo. ¿Tú no te acuerdas de mí?, yo soy a quien tú querías robar el dibujo”.
En uno de sus viajes, extrañado de que aquel personaje todavía recordara aquella situación, el artista le cuenta el episodio al rector de la Universidad de México, quien le respondió. “Ponte a pensar, tú pudiste ser el Guardia Nacional y él pudo haber sido el pintor, ese es exactamente el significado”.
“Yo soy pintor desde que empecé a ver”, le dijo Borges a Sofía Imber en una entrevista televisiva del año 1996, luego de contar esta misma anécdota.
Para el momento del encuentro con el Cuervo adulto, en esa charada del destino, ya Borges había dado por concluido su formación artística; primero, tras ser expulsado de la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas por haber participado en una huelga, y más adelante, al dejar de frecuentar el Taller Libre de Arte de Caracas. En ese lapso, había ido y regresado de París, gracias a la beca que obtuvo al ganar un concurso auspiciado por la Metro Goldwyn Mayer, la Embajada de Francia y el diario El Nacional, inspirado en la película Un Americano en París (1952). La obra que presentó fue La lámpara y la silla (1951), que llamó la atención por su aire cubista y que buscaba romper con las tradiciones. Esa fue una de las últimas obras que realizó en la escuela de artes.

Pero volviendo al pasado, en su primera escuela, esa casita que parecía incrustada en la montaña, había unas escaleras rústicas que los niños tenían prohibido subir. Curioso, Jacobo se escabulló hacia arriba y así tuvo su segundo encuentro con el arte: “Vi grandes cabezas de barro, en un material blanco y en piedra”, recuerda Borges. Era el taller de un escultor, esposo de la maestra, que también era colorista de fotos blanco y negro. “Me contó de su trabajo. Durante años fue mi amigo. No recuerdo su nombre, pero fue el primer artista que conocí. Yo les mostraba mis cosas y él me estimulaba. Un día, cuando ya estudiaba en la escuela de artes plásticas, iba caminando cerca de la plaza Bolívar por una acera de la Catedral y él me llamó. Me llevó a su tienda llena de cámaras y rollos fotográficos. Sobre una mesa estaban las fotos iluminadas, a las que le daba vida con el color…”. Se abrazaron. Esa fue la última vez que se vieron.
Eventos mágicos
Una secuencia de encuentros ha determinado el tránsito de Jacobo Borges por el arte. Coincidencias o situaciones que él ha sabido atrapar hacia un propósito. Un castigo en la escuela al final se convierte en reconocimiento. Después del regaño, el director le pregunta ¿qué te gusta hacer? y él le responde, “dibujar”. Se van a la carpintería. El director le entrega unos tablones de madera y un pilograbador, y le invita a crear a partir de esos materiales. Al ver el resultado, le encomienda un retrato de Pérez Bonalde, prócer que identificaba a la escuela. Enmarca el dibujo sobre papel y lo pone en un lugar visible. Así fue pintando a otros próceres para llenar los pasillos escolares.
“Yo era uno de los más pobres de la escuela pero era famosísimo. Con el dinero ahorrado en una alcancía, Mamá me compraba al año, el pantalón, la camisa o el saco, nunca las tres cosas, entonces por ejemplo, el pantalón me quedaba corto y el saco me lo tapaba pero cuando caminaba por la escuela, decían con aprecio “¡Ahí va Borges!”.
Otra señal se le presentaría mientras estudiaba tercer grado. Un compañero saca de su estuche un lápiz 7B y comienza a dibujar. Jacobo queda maravillado de la suavidad del trazo y el negro intenso. El joven le comenta sobre un curso experimental para niños que dictaba Alejandro Otero. Con el dinero ahorrado, Borges toma el autobús y se va al centro de Caracas a comprar su lápiz, además con la determinación de inscribirse en el taller de dibujo. En el trayecto, se detiene a observar a un artista pintando un mural y le dice: “Esa mano está muy grandota”. El pintor le responde con tono de reclamo: “La pintura no es una fotografía”. Era el maestro Jesús Soto.

“Ese argumento lo utilizaba ya después con mis compañeros de la Escuela Pérez Bonalde cuando me hacían ver la desproporción de algún dibujo”.
Jacobo Borges transformó la generosidad de las personas que se cruzaron en su vida en voluntad para hacer su imaginario visual y su estilo propio. Así ocurrió cuando se detuvo frente a una vitrina, atraído de ver tantos libros. La inocultable curiosidad llamó la atención del librero, a quien no le importó la apariencia del niño de pelo hirsuto, con alpargatas y ropas desgastadas, y le prestó un libro ante la promesa de que debía devolverlo. Se trató de Las vidas paralelas de Plutarco, una obra que lo marcaría desde la épica y el heroismo, tema que más adelante abordaría el artista en obras de contenido social y político.
“Uno no sabe quién inventa a quién: si tú eres el que inventa la cosa o la cosa te inventa a ti. Porque las cosas están ahí; cuando las sueñas, cuando las imaginas, se aparecen. Por eso es que yo creo, yo sé, que en Catia había, y hay, un gran sueño. Un gigantesco sueño que cada quien ha soñado”.
Entrevista con Milagros Socorro, 1994

En una visita a su escuela, María Teresa Castillo, quien construyó una vida alrededor de la cultura del país, descubrió al artista. La ex-directora del Ateneo de Caracas tuvo un breve diálogo con Jacobo en el aula, él le muestra sus dibujos. Maravillada ante lo que ven sus ojos, Castillo le ofrece una beca y materiales para pintar. Al recordarla, dice que habla con el corazón cuando considera que ella fue una persona ejemplar, que buscó apartar la exclusión social, así como una defensora de la igualdad y democracia. Para Borges, María Teresa es “puro amor (…) lo más bello que ha producido el país en los últimos 100 años“.
En otra ocasión, Borges se coló en los talleres de Fantoches, porque quería que le publicaran una de sus caricaturas. Tenía diez años, y el señor que estaba armando las galeras de la página comenzó a darle instrucciones, “¡Agarra eso ahí, tráemelo, y toma aquello, pásamelo!”… hasta que en un momento le preguntó: “Carajito, ¿Tú qué haces aquí?”. Borges le responde: “Yo traigo siempre un dibujo, pero nunca me lo publican”. El personaje era Aquiles Nazoa y así, por primera, vez estuvo en las páginas de aquel semanario humorístico creado por Leoncio Martínez (Leo). “Ustedes se imaginarán en el barrio. Yo con ese periódico bajo el brazo todo el tiempo para que me preguntaran: “¿Qué llevas ahí?”.

Así ocurrieron otros eventos que trazaban el camino hacia su norte artístico. Un vecino que le pide que decore su casa, y él la llena de murales, a la edad de 15 años, pero luego se arrepiente del resultado. En los tiempos de dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Jacobo Borges se iba a dibujar con carboncillos en el piso de la plaza Perez Bonalde de Catia, y allí confluían José Ignacio Cabrujas, Oswaldo Trejo, Emilio Santana, entre otros intelectuales, para conversar de literatura y arte. Él solamente escuchaba, pero el tiempo gestó la amistad. Cabrujas recordaría con gracia las veces que Borges contaba haber conocido a Picasso, a su regreso de Francia.



“Un día llegó Jacobo Borges, ya no éramos niños, éramos jóvenes ya para hombres, y apareció él. Jacobo había estado allí desde siempre. Y un día consiguió una beca y se fue. Como a los dos años, regresó, después se volvió a ir; ya eso se sabe, pero importa el día en que regresó por primera vez”.
José Ignacio Cabrujas, en el texto Catia Tres Voces, 1994, por Milagros Socorro.
Catia fue el crisol creativo para ambos y una amistad que se extendió a Isabel Palacios, esposa de Cabrujas y directora de La Camerata de Caracas. Entonces el artista ofrece con confianza su casa para los ensayos del performance Jacobo Borges pinta a la Camerata-La Camerata ejecuta para Jacobo (1986), que se realizaría en Los Espacios Cálidos del Ateneo de Caracas. De esa experiencia resultó una serie de más de veinte cuadros sobre la música, en donde se incluye Camerata (1986). En esta obra, Borges muestra el tiempo en capas, a través del movimiento de las manos tocando los instrumentos. La imagen no es estática, y el ritmo silencioso de los músicos se palpa en cada trazo. Como dato curioso, el artista le hace un guiño a José Ignacio Cabrujas al incluirlo como si fuera un percusionista.

La dramaturgia, los escenarios, también cautivarían a Jacobo Borges, quien recibe el Premio Nacional de Escenografía en 1985. Su trayectoria incluye el diseño de faraónicas escenografías para “Soga de Niebla” y “Lo que dejó la tempestad”, ambas de César Rengifo, bajo la dirección de José Ignacio Cabrujas; “Antero Ablán”, de Arturo Uslar Prieti; “Calígula”, de Albert Camus (1958-1959). Además de escenografías, diseña los vestuarios para “Zoológico de Cristal” de Tenesse Williams y “Bodas de Sangre”, de Federico García Lorca (1961-1962). En Nueva York realiza dos videoescenografías, para Buglisi-Foreman Dance Company, “Sand” (2001) con música de Phillip Glass y “Rain” (2004).
Pero quizás la impronta en las tablas que más orgullo le puede dar fue su participacion en el montaje de La Tempestad (2013), con efectos holográficos y proyecciones audiovisuales, para su hija, la soprano y cantante lírica Ximena Borges, quien escuchaba a sus cuatro años los ensayos de la Camerata de Caracas en su hogar.
“Siempre he estado transformando la realidad. Nunca la he podido ver como es. Por eso mis diseños son así. Crear escenarios que se quedan atrapados entre la realidad y la no realidad. Cuando diseñé la escenografía en Los Ángeles Terribles, de Román Chalbaud (1979) había un mosquitero que arropaba a todo el público. Ahora me asombro de que me hubieran permitido hacer esas locuras”.




Trabajar por un deseo
Al concluir el liceo, era el momento de que Jacobo se ocupara en un oficio para apoyar económicamente a la familia. Su padre, Neptalí Borges, ya tenía un plan trazado para él: trabajaría en una carpintería. Pero él insiste en ser artista, a lo que su padre le sentencia: “te morirás de hambre”. El joven no escucha, y una vez que lo dejan en la carpintería se escapa a buscar su propio destino.
Meses previos ya Borges había definido su estrategia. La providencia le había puesto en su norte un camión repartidor de La Maizina Americana. Cuando ve el dibujo del águila, característico de la marca, detuvo al conductor atravesándose en el camino. Aún sorprendido por el gesto del joven, el hombre se bajó del vehículo y, tras sus preguntas curiosas, le explicó que esos dibujos se hacían en Unión Gráfica. Por meses, Jacobo caminó por las calles de Ciudad Tablita, Propatria, Casalta…, hasta que instintivamente siguió a unos obreros que pasaron a su lado. Unos cuantos pasos más adelante estaba la imprenta. Comenzó como asistente de los dibujantes, rellenando negativos. Aspiraba recibir su pago al cierre de la quincena, pero se encontró con las manos vacías. “Tú dijiste que querías aprender”, le respondió el jefe. Sólo después de que Borges hiciera un diseño para unas bolsas de papel comenzó a cobrar cinco bolívares, pero seguía siendo objeto de burla en la familia: su hermano ganaba 30 bolívares como mecánico.
“Pero el placer de ver a la gente en la calle, llevando en sus manos la bolsa con mi dibujo, compensaba el salario”.
Tiempo después se fue con uno de los compañeros de esa imprenta a una agencia de publicidad. Mejoró sus ingresos, pero el artista aspiraba a más. Tenía 13 años cuando en el taller de grabado del artista Pedro Ángel González conoce a Carlos Cruz-Diez, quien fue director creativo de McCann-Erickson.
“Al día siguiente me aparecí en la oficina de Carlos buscando trabajo con una carpeta que, por nerviosismo, le tiré, desde lejos, sobre su mesa. Carlos saltó del susto riéndose y mirándome. “¡Mira lo que hizo el carajito”, dijo. Y me contrató. En el trabajo que tenía antes, ganaba 40 bolívares, me descontaban 20 y el resto lo gastaba en el autobús. Él me dice: “¿Cuánto ganas tú?”, le respondí que 350 bolívares. Y él me dice que si quiero trabajar con él, sería por el mismo sueldo. Con la primera quincena compré mi primera mesa de dibujo, que todavía conservo y uso”.

Borges mejoraba sus técnicas como litógrafo y dibujante, mientras descubría otro mundo. Al estudio de Cruz-Diez se acercaban personajes relevantes de la literatura y de la cultura en general, el escritor Alejo Carpentier, Vicente Gerbasi, Adriano González León, Julio Garmendia…
“Héctor Mujica, Alfredo Sadel y Jesús Soto se ponían de acuerdo con Carlos para la serenata que darían el sábado o el domingo. Y aún así, él trabajaba como loco. Esa fue mi escuela. Tiempo después, Carlos me propuso que estudiara pintura y tenía resuelto el problema económico trabajando dos horas diarias”.
En la Escuela de Artes Plásticas conoció a Armando Reverón. Con el escritor Aquiles Nazoa tuvo un vínculo especial, pues incluso llegó a vivir un tiempo en su casa de San Martín. Y bajo el mismo techo conoció a Sergio Antillano y Mario Abreu. Las relaciones y los encuentros siguieron gestándose cuando fue huésped de su hermano Aníbal.

Sintió un gran respeto por Ramón Vásquez Brito. Con Jesús Soto se acercó a través de los desencuentros, primero en su infancia y luego en su recibimiento en París, cuando los pintores venezolanos se reunieron en un café a esperarlo para reclamarle unas declaraciones que dio a la prensa, previo a su viaje, en las que se expresó con ironía sobre los abstraccionistas. Silencio de todos al entrar Borges al café y toma la palabra Soto para la reprimenda.
Pero la amistad se fragua pronto, y en el año 2005, Borges incluye en su exposición del Museo de Bellas Artes de Caracas una gran instalación con el poema La Libertad de Paul Eluard, en homenaje al maestro Jesús Soto.
“Yo soy producto de los amigos y de la gente que he conocido en mi vida. Uno de ellos, fundamental, es Mario Abreu. Era muy imaginativo, yo no lograba seguirlo. La capacidad que tenía de reinventar la realidad, todos los poetas se volvían locos con él. Tiene un museo en Maracay. Soto lo adoraba”.
París sin fiesta
Borges tenía 17 años cuando inició sus estudios formales de pintura. Viaja a París en 1952 por una beca de diez meses, y extendió el tiempo de su estancia a dos años más. Le tocó vivir en la precariedad, como un clochard, como lo definió alguna vez una joven francesa. Un mes antes de concluir su beca le robaron la pensión. Iba de casa en casa recogiendo periódicos viejos, llegó a dormir en los bancos de la isla de Saint-Louis, detrás de la iglesia de Notredame; también fue portero de un hotel. Cada día el artista decidía si lo que llevaba en el bolsillo le serviría para comer o ir al teatro, o tener lo suficiente para pasar la noche en un cuarto. Y mucha veces prefirió el teatro.



“Un día en Les Champs-Elysées, toqué una puerta y salió un mayordomo de esos que uno ve en las películas, altísimo, pantalón de rayas, bellísimo y le digo que ando buscando periódicos viejos. El no entendió, pero me dijo que esperara y dejó la puerta entreabierta. En una sala había un Juan Gris, me metí a ver y, abstraído, empecé a caminar por los pasillos de la casa, llegué a los cuartos, se me olvidó donde estaba. La dueña de casa me estaba observando, algo así como ´qué maravilla, cómo el arte puede conmover a un primitivo…´ . Entonces yo le di los nombres de la colección, de una obra que me interesaba más que otra, etc. Y me preguntó qué hacía, cuánto producía y por qué. Luego me entregó un sobre con dinero suficiente para pagar por tres meses todos mis gastos”.
Saber que para la francesa él podía resultar un personaje exótico, pudo haber impulsado la necesidad del artista de enaltecer su identidad. Pues, lejos de casa, se centró en un estilo popular, primitivo, donde destacaba costumbres venezolanas, como los Diablos Danzantes de Yare, sin impedir las evocaciones al modernismo y el cubismo, como se refleja en su obra Dormido con pájaro amarillo (1952) y La Selva (1954). Ese estilo autóctono brilló en el Salón de Pintura Joven en el Museo de Arte Moderno en París.


Igualmente ocurre en La Pesca (1957) obra muy bien descrita por Marta Traba en estas líneas: “usaba los colores brillantes de los artefactos nativos para describir la experiencia abstracta del pescado, las redes, las figuras y el agua (…) El andamio negro de este cuadro grande atestigua la asimilación de ciertas tendencias cubistas francesas de postguerra, pero el colorido brillante y el movimiento animado proviene del propio sentido de Borges de las realidades autóctonas”.

Si Jacobo Borges sentía una fascinación por la obra de Pablo Picasso, realmente no sería el único pintor que le haría despertar su propio imaginario. La oportunidad de encontrarse frente a frente con las obras de artistas como Rembrandt, Vincent van Gogh, Goya, Willem de Kooning, Francis Bacon, afinarían la mirada de Jacobo Borges. Los tonos oscuros y el manejo de la luz de Rembrandt se percibe en sus retratos y autorretratos; Altas finanzas (1965) es un homenaje a Ensory y a Goya. La influencia de de Kooning se percibe en Las jugadoras (1965), por citar algunos ejemplos de sus obras tempranas.
“Para uno buscar su propio estilo tiene que ver mucho, seguir a alguien, pero finalmente uno hace lo que quiere hacer. Si yo me acerco a Leonardo o a Rembrandt y luego salgo a pintar, yo sería un irresponsable, porque después de eso no debería pintar. La modestia nace de la realidad. Lo que vale para nosotros es el esfuerzo de construir desde la historia propia”.
JACOBO BORGES
En 1958 forma parte de la delegación que representa a Venezuela en la XXIX Bienal de Venecia, junto a Jesús Soto, Hugo Baptista, Omar Carreño, Marcos Castillo, Rafael Ramón González, Luis Guevara Moreno, Ángel Hurtado, Régulo Pérez, Ramón Vásquez Brito y Vicente Fabbiani. Este mismo año participa en la Bienal de São Paulo, en la que recibe mención honorífica.
Entre 1965 y 1966 la obra del artista está en la cumbre. Inicia la serie Las Jugadoras, participa en la VIII Bienal de Sao Paulo y es incluido en la exposición itinerante “20 Artistas sudamericanos”, que se presenta en el Museo de Bellas Artes de México, en la Universidad de California (Oakland), en la American Federation of Arts de Nueva York y en la Pan American Union de Washington. Pero esa vorágine de éxitos influye para que Borges decida hacer una pausa en la pintura. Durante cinco años se dedica a la cinematografía, la escenografía y los proyectos multimedia o digitales.


“Empecé a hacerme otra vez las preguntas de niño sobre el papel de la pintura. Uno tiene que aceptar que ya no existe un rincón en el mundo que no esté contaminado. Y cada vez que uno cree que está haciendo lo que quiere (incluso cuando uno se deja llevar por la emoción) uno ya sabe que aun esa emoción forma parte de una manipulación externa. ¿Cuándo uno es uno realmente?”.
Conversación con la periodista mexicana Mireya Folch (1976).
Ese distanciamiento de la pintura le ayudaría a concebir una de las obras más monumentales realizadas en el país, algo que difícilmente será repetible. Imagen de Caracas (1968) fue una experiencia audiovisual de vanguardia, única, dirigida por Inocente Palacios, con arquitectura de Juan Pedro Posani, instalaciones cinéticas de Carlos Cruz-Diez, performances, actuaciones y proyecciones cinematográficas. Como parte del equipo de cineastas, fotógrafos, escenógrafos, escritores y músicos que sumaban sus talentos, Jacobo Borges era el responsable de dirigir el material cinematográfico, el desarrollo teatral y su instalación. Se trataba de 8 pantallas, 200.000 pies de películas y 10.000 fotografías que serían exhibidas en un espacio de 4.900 metros cuadrados (más del tamaño de un campo de fútbol) y 20 metros de altura, con tubos y andamios, dentro del cual el público caminaba e interactuaba con las imágenes proyectadas, objetos que se movían y actores que se desplazaban.
El día de la inauguración, con la presencia del presidente de la República Raúl Leoni, un performance sorprende a la comitiva y Casa Militar: aparecen motorizados entre el público; se genera un momento de confusión por el riesgo en la seguridad del mandatario. No se saben exactamente las causas, pero todo aquel esfuerzo de dos años de montaje de la instalación para celebrar los 400 años de la ciudad de Caracas fue clausurado dos meses después.
A los 38 años, Borges dirige el cortometraje documental 22 de mayo (1969), editado en blanco y negro, de 35 minutos. Un año después retoma la pintura, sin abandonar los proyectos multimedia, y es así como en 1975 forma parte de la exposición Visión de Venezuela, que incluía murales, fotomontajes y proyecciones audiovisuales.
La escenografía del lienzo
La presencia humana en los cuadros de Borges, en retratos individuales o escenas grupales inspiran la reflexión social. En Sala de espera (1962) se refiere a la muerte, tal vez con esa fascinación al mirar el paso de los difuntos rumbo a su morada final; pero el énfasis estaba en su reflexión crítica al contexto histórico y social del momento. En el catálogo de su exposición en la Galería de Arte Nacional (1976), explica:

“Concibo mi pintura como una épica y por lo tanto como una posibilidad de expresión social. Me propongo representar personajes que pueden ser identificados en la realidad cotidiana, incluso ser señalados con el dedo”.
Jacobo Borges
En el cuadro De las relaciones humanas (1983) los personajes se despliegan en una escenografía contemplativa con sutiles referencias a pasajes del Guernica y de otros artistas como Goya.

“Ese cuadro siempre me gustó. Era una especie de conversación y encuentro de los personajes que atraviesan parte de la historia de mi trabajo. Vienen de muchos sitios. El espacio pudo haber sido una plaza, pero coincide con la escenografía de Los Ángeles Terribles, y los personajes están en una cama. Había una cantidad de cosas que sucedían. Hay como una picardía, como si uno pudiera entrar y saber qué está pasando allí. Incluye personajes de otras épocas y de otros momentos, 20 o 30 años antes, y todos están allí satisfechos, como si estuvieran abiertos a un diálogo. Yo no puedo decir que sus relaciones son dramáticas, sino que parecen abiertas. Siempre que lo veo me parece que están entablando otro diálogo que no fue el que yo hice en un momento dado, o que ellos hicieron mientras lo pintaba”.
En Nymphenburg (1974), obra que evoca a Las Meninas de Velásquez, el artista presenta una escena de tortura dentro de un palacio, y como dice el escritor y crítico de arte alemán Wieland Schmied, “Jacobo Borges deja abierta la pregunta, y sólo nos dice: Esto no pertenece al pasado. Sigue ocurriendo hoy, aquí ahora”.
En carboncillo y pastel, Borges realiza una serie de dibujos que exploran la relación del hombre en la sociedad. En La Comunión (1981) que se expuso en la Galería de Arte Nacional, sus personajes son teatrales. Por cierto, sobre esta exposición, en el libro La Pintura en Venezuela (cuyo diseño gráfico es de Carlos Cruz-Diez), se refiere que 21.626 personas asistieron a esa exposición, una cifra bastante considerable para la época.





Para esta década ya Borges es un artista consagrado, y en 1986 forma parte del grupo de artistas que disparan el mercado del arte venezolano en las casas de subastas internacionales, al alcanzar precios de seis cifras altas, junto con Manuel Cabré, Héctor Poleo, Armando Reverón, Alejandro Otero, Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez.
El vuelo del pincel
El reconocimiento de la obra de Jacobo Borges a nivel nacional e internacional fue temprano, apenas volver a Venezuela de su primer viaje. En 1958 expone su obra reciente en una individual en el Museo de Bellas Artes de Caracas y representa al país en la Bienal de Venecia, donde recibe Mención Honorífica, y en la IV Bienal de Sao Paolo, por recomendación de Armando Barrios. Recibe el máximo premio del XVIII Salón Arturo Michelena (1960) y mención honorífica en el XXI Salón Oficial, por Sala de espera (1962). En 1963 obtiene el Premio Nacional de Pintura por La Coronación de Napoleón. En 1988 vuelve a la Bienal de Venecia, bajo la conducción de Manuel Espinoza.


Venecia, Berlín, Nueva York, Ciudad de México, Monterrey, Madrid, Buenos Aires, el sur de Francia son destinos abiertos a sus propuestas y un itinerario permanente de residencia. En 1966 el Museo Guggenheim adquiere para su colección Figura en una habitación: La comedora de helados (1965) y en 1985 el artista obtiene la beca Guggenheim para una residencia de artista en Nueva York por un año. En 1986 recibe una invitación de la Academia de Arte de Berlín. En 1988 recibe el Premio Armando Reverón en su primera edición. En 1993, forma parte de los artistas incluidos en la exposición “Latin American Artist of the Twentieth Century” del Museo de Arte Moderno de Nueva York, MoMA. En Austria se hace amigo del premio nobel de literatura Peter Handke. En Salzburgo es invitado a dar clases de pintura en la Academia Internacional de Verano de Artes Plásticas (desde 1994).
“Yo di clases en Salzburgo durante 12 años y era impresionante porque yo no les enseñaba nada a mis alumnos. Una vez vino una periodista de Viena y cuando hay una exposición de los estudiantes se reconoce al profesor. En las mías no se reconocía. Entonces me preguntó : “¿Qué hace usted aquí?”. “Yo soy el profesor”, dije. “Yo sé que es el profesor, pero usted no está aquí”, replicó. En efecto, yo era una suerte de espectro y descubrí que tenía el talento de darle seguridad a los alumnos. Hasta que conocí a un profesor de violín. El decía que un buen profesor es el que enseña al alumno a ser su propio profesor”.
Jacobo Borges en distintos momentos como profesor en Salzburgo.
Jacobo Borges en su taller en Nueva York.
Mientras tanto, en México se convierte en un artista de culto. En 1987 estaba esperando a que le abrieran la puerta de una casa a donde había sido invitado, cuando escucha detrás una voz que le pregunta si ese es el lugar de encuentro del Grupo Borges, obviamente, su interlocutor no lo conocía en persona. Ese mismo año, el escritor mexicano Carlos Fuentes escribe sobre el artista en “The Fantastic Art in Latinoamerica”, en Cambridge, texto que coincide con una retrospectiva que se inicia en el Museo de Monterrey en México, sigue por el Museo Rufino Tamayo y luego itinera por Berlín, Bogotá y Caracas. “De La pesca al Espejo de aguas” (1956-1986) era su quinta exhibición en el país azteca y sobre esta ocasión también escribe la narradora y filósofa mexicana Bernarda Solis:
“Jacobo Borges está en México. La noticia corría como una chispa sobre un hilo de pólvora, primero de boca en boca, como chisme en pueblo chico, más tarde, el cartel sobre Reforma que anunciaba su exposición daba consistencia a lo que antes eran comentarios… Estaba hospedado en casa de su amigo Manuel Serrano. Hasta allí llegamos: una casa en la colonia Roma, en la pequeña calle de Flora, para ser más precisos(…) Varios artistas, consideran a Jacobo Borges como uno de los mejores pintores de Latinoamérica y su exposición en el Tamayo -multitudinaria, por cierto-, dio muestra de algo poco usual en eventos de este tipo: la gente se arremolinaba en torno de cada obra, el bullicio característico se transformaba en un murmullo, la conversación con la gente devenía una comunicación directa con cada cuadro, era como asistir a una ceremonia de comunión con el talento”. (1987)
La primera vez que Borges expuso en el país azteca fue en una colectiva de cinco pintores venezolanos en el Palacio de Bellas Artes (1959). Le siguieron otras dos en 1964 y 1976. En 1976, se realiza la exposición “Magia de un realismo crítico” en el Museo de Arte Moderno de Chapultepec, que posteriormente se traslada al Museo de Bellas Artes de Caracas.
Para honrar el compromiso de crear el texto del catálogo, el escritor argentino Julio Cortázar escribe un cuento inspirado en el cuadro Reunión con un círculo rojo (1973). Todavía algunos piensan que ese cuento dedicado solamente “A Borges” estaba destinado al escritor argentino Jorge Luis Borges.
“Viví varios días con las reproducciones de tus cuadros desparramados en mi cuarto. Imaginé secuencias, descubrí relaciones de parentesco y afinidad entre diversas figuras que habitan tu mundo. Bruscamente, hace tres días, el cuadro que ahora es el título del texto se separó de los otros; esa serie de personajes mirando hacia quien los mira se lanzaron a algo que nada tenía que ver concretamente con el cuadro, pero que me era imposible desechar. Cuando me di cuenta, estaba escribiendo un relato fantástico, que terminé en pocas horas”.
Carta de Julio Cortázar a Jacobo Borges escrita en París, 1976.



Huésped distinguido de México

Huésped distinguido de México

En 1993 es declarado Huésped Distinguido de la Ciudad de México. Borges crea obras en cada ciudad que lo acoge. Las ruinas aztecas inspiran umbrales que concluye en Berlin, cuando fue invitado como profesor en la DeutscherAkademischer Auschtausdienst (DAAD) por tres meses. La conciencia del espacio que habita en cada destino le permite una disertación de sus vivencias a través del tiempo. Tema que desarrolla constantemente, como se precia en La celosía (1974) y El tiempo que pasa (1974).
En 1996 realiza la instalación Se vino abajo el cielo para el museo de la Residenz Galerie en Salzburgo, Austria, un espacio de mil metros cuadrados con pinturas, esculturas y objetos basados en el diluvio universal. Dos años después la obra se exhibe en el derruido espacio del Retén de Catia en Caracas (demolido en 1997), anexo al Museo Jacobo Borges (fundado en 1995).


Jacobo Borge. Se vino abajo el cielo en el demolido Retén de Catia. 1998.
Entre viajes intercontinentales y talleres en cada destino, Jacobo Borges centra su ancla en El Ávila. Finalizando la década de 1970 realiza 40 dibujos de la serie La montaña y su tiempo que será expuesta en la “Exposición internacional de Basilea” (Suiza). Pero es el cerro caraqueño quien le brinda la mayor inspiración para ampliar su talento a la literatura, cuando en 1979, con el apoyo de Petróleos de Venezuela, publica el libro La montaña y su tiempo, en cuyas páginas se descubre su verbo poético.
“Recuerdo ahora que frente a mi casa había un muro, que no sabía para qué era, siempre me subía a ese muro y me quedaba mirando a lo lejos y lo lejos era la montaña, esa montaña en la mañana, al mediodía, en la tarde. En esas tardes, tanta tristeza, tanta nostalgia, o no sé qué, no sabía qué iba a pasar conmigo. Yo creo que ya me sentía pintor, quería hacer cosas, pero no sabía cómo y miraba la montaña. Pienso que la montaña fue uno de mis maestros, que me enseño a sentir la luz y el color”.
Tomado de su libro La montaña y su tiempo.
El sino del mar
Borges conoció el mar a los 20 años y su conexión con las aguas se transformó en un tema existencial.
“Una vez me preguntaron cómo era pintar el mar. Yo respondí que yo sólo quería pintar el agua violenta, y me llevaron a una playa oceánica, en Camurí. Estando allí me agarra una resaca. Casi me ahogo. La muerte es dulce, lo que es duro es vivir. Yo decidí dejarme ir, no pelée con el mar. En algún momento salí y vi a Diana a lo lejos que me gritaba que estuviera tranquilo… Por eso dibujé cuadros donde el personaje nada hacia arriba, buscando el cielo, pero yo pensaba que si también lo colocaba hacia abajo, también llegaría al cielo, porque llegaría al otro lado de la Tierra”.
No fue la única experiencia cercana a la muerte que Borges ha tenido con el agua, la primera vez que se iba ahogando tenía ocho años, y fue en un pozo de lluvia, en Catia. Esa sensación de que la multitud observara su muerte se transmite en sus óleos, que se embullen en la metáfora del devenir del tiempo y de la memoria. Obras de 1986 como Reflejos en el agua, el Espejo de aguas, donde se autorretrata al lado de un ahogado, y Nadadores en el paisaje dan testimonio de ello.








En 2005 inicia la serie Sala con ventana al mar. “Pinturas que nos muestran una ventana abierta al mar por donde pasan objetos, personas, fotografías, entre muchas otras cosas. Un viaje por el presente, pasado y futuro, una reflexión sobre la pintura y, a su vez, una suerte de memoria pictórica personal”, se describe en el catálogo de la Galería Freites. Y entre 2013 y 2016, Borges crea una nueva serie Desde el mar.
La experiencia del niño que exhibía sus dibujos en las ventanas, sintiéndose adentro de la fiesta sin estarlo, con una presencia distante desde afuera, fue una de las situaciones que le permitió a Borges imaginar en sus óleos una dimensión diferente. Al igual que le ocurrió una tarde en Nueva York, cuando desde una ventana veía caer una torrencial lluvia y desde la otra el cielo soleado.
“Con Jacobo Borges estamos ante un artista que ha desplegado su trabajo bajo la inspiración de la “obra de arte total” –inmensa, intensa, densa y compleja; que cruza los límites de la plástica, las disciplinas, la literatura y el pensamiento; que trastoca las significaciones del tiempo y el espacio y crece bajo las capas de la historia y la memoria con una profunda comprensión del ser humano”, dice María Luz Cárdenas en el marco de varios encuentros organizados en 2016 por la Galería Freites, a propósito de su retrospectiva de 30 años.
En 2017 Jacobo Borges recibe el reconocimiento de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, AICA capítulo Venezuela, como Maestro de las Artes Venezolanas “por sus aportes y trayectoria de más de sesenta años en el desarrollo de una obra integral que abarca la pintura, el dibujo, el cine, el video, las artes gráficas, la escenografía, la escultura y las artes digitales”.












Es incuantificable la labor creativa en sus mas de 60 años de trayectoria. Las aguas, la naturaleza, el retrato, la humanidad, la muerte y la memoria son temas que Jacobo Borges ha abordado en el transcurso de su carrera como artista, aunque evolucione en las técnicas utilizadas.
“No tengo una obra muy abundante, porque muchas desaparecieron, algunas porque las borré, y otras, porque en el proceso de hacerlas fueron modificadas. Me cuesta mucho hacer cantidad de obras, cuando estoy concentrado en un tema… Cuando hice Napoleón, yo acuchillé ese cuadro, lo destruí. Pero después lo pegué y al unir los pedazos, descubrí que era más interesante así, que antes de haberlo agredido. Yo dejé de romper las obras, empecé a descubrir que eso se estaba convirtiendo en una manera, no en una relación de comprensión, incomprensión… No lo hice más. Pero muchos años después se me ocurrió que hubiera podido seguir haciendo eso. O pude haber recortado pedacitos y pedacitos, de manera que hubiera sido imposible reconstruirlo”.
Como parte de su proceso de crear, recrear y destruir, Jacobo Borges cuenta dos anécdotas: una de ellas es que cerca de la víspera de la inauguración de una exposición en el Museo de Bellas Artes, con los cuadros ya montados, Borges comienza a retocarlos hasta que un vigilante lo descubre. Pero Jacobo le explica a Miguel Arroyo que había tres manchas oscuras que debía corregir. La segunda tiene que ver con la directora fundadora de Estudio Actual (1968-1983) Clara Diament Sujo, quien le había encargado unas obras para una exposición, con pago adelantado, y tuvo la paciencia de esperarlo un año más. “Yo hacía tres o cuatro cuadros al año y borraba veinte”.
En 2008 desarrolla una técnica digital que el define como “Duborcom”, que presentó en la exposición “El color en un observador de hojas aserradas y bulbos”, en la Galería Freites, en Caracas, y luego en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Al ver los trazos finos y coloridos en sus cuadros, uno no deja de pensar en aquellas líneas de colores del barco que tanto maravilló al niño Jacobo.
Esta semblanza de Jacobo Borges no tiene una narrativa lineal. Tal como tampoco ocurre con sus obras, los tiempos se cruzan, se suporponen, el adentro queda afuera, el pasado se hace presente, la materia es invisible, y lo irreal es posible. Como el agua que fluye y las olas vienen y van, así se conectan los recuerdos de Borges a su presente. De manera que una lectura sobre el artista debe hacerse desde el salto atemporal en su memoria, en las conexiones con la muerte, los amigos, los umbrales, el horizonte de la montaña y la profundidad del mar, que se prolongan en las distancias durante su travesía por el mundo.

“El único sitio donde puedo estar libre es en esa parte secreta de uno que jamás se puede penetrar. Uno hace una traducción visual de la realidad, pero eso son equivalencias. Cada uno de nosotros tiene algo especial para esas equivalencias. Estoy lleno de imágenes y de historias en la cabeza. No me hace falta un líder que me explique algo, uno tiene formas de entender. Esa debe ser la sociedad del futuro. Todos somos libres en un punto que ninguna sociedad puede controlar”.
JACOBO BORGES

Inger Pedreáñez es periodista (UCV), fotógrafa, poeta. Profesora de periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello. Dedicada al periodismo corporativo por más de 25 años. IG: @ingervpr.
Más sobre Jacobo Borges
Dos catálogos de exposiciones de Jacobo Borges en issuu de Galería Freites
- https://issuu.com/galeriafreites/docs/_cata_jb_1cr1b_original_salas_2021_port_color_tex
- https://issuu.com/galeriafreites/docs/a-f_jb_bulbos__port_2021_1pag
Canal de vimeo de Jacobo Borges


































