La exposición La imagen sostenida: Ye’kuana-Makiritare en el Centro Cultural de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), reúne fotografía, arte, cosmogonía, historia y cultura de esta población indígena que habita los estados Bolívar y Amazonas, a través del patrimonio que ha resguardado la Colección C&FE, es un cruce multidisciplinario que acerca la mirada y el entendimiento a poblaciones que están en riesgo de desaparecer del territorio venezolano..

La muestra visibiliza el arte etnológico para sumergir al visitante en esta cultura primigenia. Bajo la curaduría de Eduardo Castro, los documentos, piezas y fotografías de David Guss, Barbara Brändli y Thea Segall, se establece un encuentro con la intervención contemporánea y abstracta de Magdalena Fernández para avivar la experiencia.
Los objetos cotidianos y rituales se muestran como arte y testimonio de las tradiciones étnicas. Eduardo Castro, curador de la exposición, considera que la muestra es un “diálogo entre el pasado y el presente que permite reconstruir una memoria visual y afectiva que da cuenta de la persistencia, pero también de la transformación, de las formas de vida y representación de los pueblos indígenas del sur de Venezuela”.
Una imagen en cinco capturas
Para llegar a la Sala Magis de la UCAB, el piso sumerge al visitante en el vaivén de una curiara. Una hilera curvilínea de puntos iridiscentes conecta cada uno de los 5 focos de la muestra en un sendero que evoca al río Caura, donde conviven con los Ye´kuana-Maquiritare. La instalación artística de Magdalena Fernández dirige la visita al espacio a través de ”enfatizar poéticamente la delicadeza de los reflejos que la luz esparce sobre la transparencia”, según explica la investigadora Daniela Díaz Larralde.
Al trasladarse el visitante por este río, llega al diseño de una la casa originaria, el ëttë, lugar donde la cotidianidad familiar y el rito religioso convergen. “Es el recinto más sagrado de la tierra, la copia fiel de su universo. La tradición indica que el primer ëttë en la tierra fue levantado por el propio Wanadi (deidad yekuana) quien también les enseñó a construirlo”, explica el antropólogo Daniel Barandiaran.





Este ëttë, “templo” y hogar compartido, se contextualiza desde la interpretación de Magdalena Fernández sobre el orden interior que divide lo sagrado de lo cotidiano bajo un mismo techo. Fernandez construye este hogar sagrado al levantar un luminoso palo central, símil del mítico árbol de la vida que sustentó a los makiritare, junto al golpeteo repetido de un carpintero, huésped del dios del sol para formar el círculo interior, un lugar sagrado retratado en una alfombra negra que interpreta el diseño de su techo. De esta forma, la artista crea la fuente de vida celeste que impregna el hogar y, a través de tres telones con collages con fotos del archivo de Barbara Brändli y Thea Segall, para retratar su naturaleza comunitaria.
Del hogar comunitario al fogón. El cauce invita a conocer los procesos alimentarios de esta comunidad. La yuca junto con el casabe está cargada de ritos y fiestas ancestrales durante su cultivo y procesamiento. En este espacio, se presentan ambos lados vitales del proceso: lo cotidiano junto a lo ceremonial a través del objeto. Esta convivencia del mito en lo diario y lo festivo se devela en las fotos de Thea Segall que capturan la relación que, a ojos externos, parece distante entre las labores de cocina y las fiestas rituales.
Según explica el antropólogo David M. Guss, para los makiritare: “lo sagrado se simboliza y se transfiere a la elaboración y materialidad de sus objetos”. Por eso, estos objetos están cargados de patrones, dibujos y marcas que protegen contra espíritus o aluden a su mitología autóctona. Objetos mundanos como un rallador o una waja (cesta plana tipo plato) forman parte importante de la transmisión de la tradición al igual que los objetos ceremoniales como las coronas de plumas o el déde-ánsai (accesorio ritual de protección y mediación).
Esta importancia mítica que rodea al objeto también se expresa en su vestimenta que, desde su cosmogonía, marca la línea entre lo civilizado y lo salvaje. Entre los Ye´kuana, originariamente la distinción entre hombre y animales no estaba clara. Wanato, el primer humano creado, para la Fiesta del Conuco fué el primero en vestirse como una persona. Los collares, pulseras, zarcillos y guayucos que reposan en los exhibidores son la herencia que Wanato compartió con los suyos ese día. Como dice el antropólogo David Guss: “había cambiado tanto con su nuevo atavío que resultaba irreconocible. Aquí el mensaje es claro: la cultura no solo embellece sino también transforma”.
La transformación también se decanta a través de los mapas antiguos de Venezuela, el cambio que procede de la intervención de “los otros”. El investigador Claudio Monzón opina que: ”las representaciones geográficas no solo delineaban territorios, sino que también fraguaban un imaginario de ocupación espacial”. Esta documentación geográfica
es testimonio del acercamiento de los misioneros jesuítas a comprender la selva y las etnias indígenas desconocidas para una mayoría.
Al volver a la ruta que demarca el cauce de este río abstracto, aparece al fonto el retrato iridiscente de un makiritare navegando por el cauce del Caura. Las canoas, el río y la navegación son parte vital de su cultura. Sus habilidades y conocimientos en el recorrido del Caura dieron forma a su nombre: Ye´kuana (gente de las canoas) y el nombre que otros pueblos usaron: Makiritare (gente de río). Los canaletes se muestran junto a imágenes que capturan su proeza naval y proceso de construcción que había incluido el hierro aunque originariamente no lo usaban.
“Una barca puede hacerse sin clavos, y antiguamente, cuando aún no se conocían los europeos, las hacían sin usar ningún hierro. El fuego entonces (..) hacía las veces de hierro.”— escribe sorprendido el misionero jesuita Felipe Salvador Gilij en el siglo 18.


En el último espacio de la exposición, como una instalación especial se encuentra el nacimiento del río que Magdalena Fernandez creó a lo largo del recorrido. La instalación penetrable, “1i026” con sus cintas verticales y sonidos de rayos representa el momento que dió origen a todos los ríos del mundo según la mitología. Un diluvio creador retratado desde su perspectiva contemporánea que sintetiza en un espacio la visión de toda la muestra: permitir al visitante adentrarse en el arte indígena a través de su contexto y mitología.
La labor de difusión de la Colección C&FE, que es patrimonio de la familia de Fernando Echeverri y Carolina Vollmer, se ha complementado con diversas charlas de expertos desde la gastronomía, arquitectura, antropología y sociología para seguir visibilizando, y no es redundante decir, apartar velos alrededor de estas culturas indígenes que son parte de la identidad venezolana. Es un esfuerzo integral que se suma a otras exposiciones realizadas recientemente como Nonatuma. Tejidos de Arte Warao, en la Sala TAC y Memorias de la Selva, en las instalaciones de la Fundación Miragua, ubicada en el sector de Playa El Agua, esta última el año pasado.
La exposición está próxima a clausurar a finales de mayo, la UCAB está abriendo el espacio los sábados de 11:00 am a 3:00 pm, además de su horario habitual de lunes a viernes.
Texto elaborado por el pasante Camilo Piñero
Fotografías de Ricardo Gómez Pérez








