Ana María Ferris presenta su nuevo fotolibro Elaisa

Publicado por 12:15 pm Agenda cultural, Arte, Fotografía, Literatura

La fotógrafa venezolana Ana María Ferris presentó su nueva obra editorial: Elaisa, un fotolibro que devela una experiencia familiar, íntima y misteriosa, donde la narración literaria hilvana el discurso visual para rendir homenaje a la memoria de su tía, fallecida el 29 de enero de 1955, cuando la autora solo tenía tres meses de haber nacido.

A través del álbum familiar, Ana María Ferris explora la conexión emocional con su tía Elaisa. Es un vínculo que se teje entre la vida y la muerte. En esta obra, Ferris incursiona por primera vez como narradora. En más de treinta años de ejercicio fotográfico, la obra de Ferris se ha caracterizado por una estética introspectiva, donde la naturaleza, la infancia, la familia y sus experiencias personales son temas recurrentes. La autora prefiere los libros a las exposiciones, porque considera que una publicación deja una huella tangible.

El fotolibro contó con el diseño de Waleska Belisario, ABV Taller de Diseño, quien recurre a la fragmentación de las fotos como metáfora de la fragmentación de una vida. El prólogo estuvo a cargo de Sagrario Berti, y la traducción es de Salomón Sfeir. Se imprimió en Biscaia, España, en los talleres de La Trama Digital Print, con la asesoría de Javier Azpúrua, en un tiraje limitado de 100 ejemplares. El libro estará disponible para la venta en la librería El Buscón, en el Centro Comercial Paseo Las Mercedes.

Publicamos en este espacio las palabras de presentación que estuvieron a cargo de la periodista y fotógrafa Inger Pedreáñez.

Fotografías para un encuentro

Primero que nada quisiera solicitar al público que, por favor, aparten todo razonamiento lógico para que abriguen, por unos minutos, los misterios de la intangible y liminal, para así poder entrar en esa frontera entre lo que ves y la existencia etérea, que podría haber entre las páginas de Elaisa. Es una realidad que se puede vivir a través de los afectos: nostalgia, duelo, amor filial. Partamos, entonces, de una pregunta ¿Es posible retratar la atmósfera de una emoción familiar?

La respuesta se encuentra en este libro que nos ofrece la fotógrafa y escritora Ana María Ferris. El misterio que ella nos devela en estas páginas ha sido posible al revisar las fotografías del álbum familiar. Pero curiosamente, en el pasado se devela una sentencia futura. Es como describir un mañana que ya se ha resignado a la pérdida.

Ana María Ferris no buscó a Elaisa. Fue su tía Elaisa quien, por intermedio de una médium, logró encontrarse con Ana María, más de un lustro después de su muerte. Elaisa es una historia personal que alcanza a muchos lectores de manera universal. A mi en lo particular me conecta con una fe ancestral. Este libro nos permite aprender a ver y comprender una poética visual del duelo, que aparece mucho antes de que la tragedia ocurra. Este libro nos invita también a creer. Entre estas páginas convive la resignación del inalterable designio con el regocijo de entrañables momentos familiares.

Allí transcurren tres historias: la de Elaisa, la de Ana María, y la del hogar. La casa, construida por el arquitecto Gustavo Wallis, el patriarca de la familia, deja de ser jardínes, mascarones, altorelieves, puertas que conducen a salones vacíos, para transformarse, en sí misma, en un personaje.

Los momentos pueden resultar efimeros, pero hay una atmósfera que no se disipa con los años. Dice la ensayista y cineasta estadounidense Susan Sontag que “a través de las fotografías cada familia construye una crónica-retrato de sí misma. Un estuche de imágenes portátiles que rinde testimonio de la firmeza de sus lazos”.

Ana María Ferris reconstruye su propia crónica para comprender el lazo invisible que la ha mantenido unida a su tía durante toda la vida.

En alguna de esas fotos, con mirada profunda, Elaisa carga en brazos a la bebé Ana María. La fotógrafa buscó aspectos en común. La mirada, la elegancia, el gusto por los sombreros. Ah, los sombreros, una historia que le permite al lector-espectador crear sus propias fantasías, como me ocurrió a mí.

Este efecto responde tal vez a lo que el ensayista y semiólogo francés Roland Barthes definió como el punctum en la fotografía. En su libro La cámara lúcida, Barthes afirma que la fotografia nos revela lo que no está. A través del punctum se logra el detalle azaroso que “punza” al espectador; y sin mediar palabras, genera un discurso que, en este caso nos permite creer en algo que trasciende la realidad y lo que estamos viendo. He mencionado la presencia de una futura ausencia; en los retratos de Elaisa, sus ojos suelen mirar al vacío, hacia aquello que ya no estará.
 
Esta es la narrativa desde un limbo, que no es más que el sentimiento que se conserva cuando el momento ya ha pasado.

El pensador de la posmodernidad y teórico de la imagen, Jean Baudrillard expresó que “la fotografía es el deseo de ver cómo es el mundo en nuestra ausencia”. Aquí vemos el hogar desprendido del calor familiar. Vemos entre las paredes, las risas que no serán, pero el afecto se sobrepone al abandono. Por eso, entre las páginas de Elaisa, perservera la existencia dentro de la evanescencia.

El diseño de Waleska Belisario contribuye a levantar esos velos de la historia. La fragmentación de la imagen es también la fragmentación de la vida. Son fotos que además permiten dar cuenta de momentos de la sociedad venezolana a través de la familia Wallis. Una nota social, primeras comuniones, encuentros de la gran familia. Estos personajes podrían trascender al apellido para traer a la memoria la vida de una Venezuela que ya no existe. Tras recorrer sus páginas, me quedo con un halo de nostalgia: La estoica mirada de Elaisa, y un momento recreado de dos rostros que parecen finalmente encontrarse, como el epílogo de la historia que se narra en este libro.

Inger Pedreáñez

Sobre la autora

Aunque Ana María Ferris tenía una inclinación por la Arquitectura, como su padre y abuelo, comenzó su carrera académica estudiando Derecho, pero dos años después encuentra en la Fotografía su vocación. Inicia su formación con Ricardo Armas, en Manoa, un proyecto del cual emergió una nueva generación de artistas visuales. Luego estudia en el New York Institute of Photography, Estados Unidos, y se gradúa en 1990. En 2008 también asume el rol de docente en Roberto Mata Taller de Fotografía.

Ana María Ferris ha estado presente en exposiciones colectivas realizadas en el Museo de Bellas Artes (1996), Centro Nacional de Fotografía (1997), Galería de Arte Nacional (1998), Museo de Arte Contemporáneo de Caracas (1999) y Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez (2004), en donde también presentó su primera individual en 1996.

Entre 1991 y 2003 participó en seis ediciones del Salón Arturo Michelena. Al menos cinco individuales de Ana María Ferris se han presentado en reconocidos espacios e instituciones como la Biblioteca Nacional, la Fundación Cultural Chacao, y la Sala Trasnocho Arte Contacto, donde expuso Regnum Fertilis (2004) y cuyo libro fue presentado en noviembre de 2024, con textos de la periodista Milagros Socorro y la poeta Yolanda Pantin.

Su concepto visual está permeado por la reflexión del entorno cotidiano, la imagen como atmósfera desencadenante de emociones y nuevas interpretaciones, y como la describe la poeta Yolanda Pantin, con una sensibilidad hacia los símbolos de la fragilidad.

De su cuerpo de trabajo también destaca Interpretaciones Interpretadas (2008), exposición individual en La Carnicería Arte Actual (antigua sede de RMTF), donde combina los sueños de infancia con las pesadillas de la edad adulta.

Elaisa es el quinto libro publicado por Ferris, quien tiene además las obras BAB (1998), en homenaje al pintor Bernardo Bermúdez, su cuñado, un artista que encuentra en la creatividad una manera de liberarse de su condición de parálisis cerebral; No me mires (2018), un ensayo fotográfico con imágenes borrosas que busca exorcizar la experiencia de un secuestro dentro de su hogar, al que le sigue Free jazz (2021) como una forma de celebrar la vida, con imágenes cotidianas que enaltecen, con regocijo, cada pequeño momento, esta obra incluye un QR para vibrar de manera sonora con el ritmo visual.

En 1996 recibió el segundo premio de Fotografía Luis Felipe Toro, otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura en Venezuela. Su obra ha estado presente en eventos internacionales de fotografía como la Bienal de Florencia (2000); el Encuentro Iberoamericano de Fotografía (2001) y Fotofiesta (2003), en Medellín, Colombia. Forma parte de las colecciones patrimoniales del Centro de La Imagen, Ciudad de México; Museo de Bellas Artes, Caracas; Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, entre otros.

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