El país de los relojes detenidos

Por John Petrizzelli

Texto y fotografías

«To the extent that the past can indeed be overcome,
this can be achieved only by telling what happened.»
Hannah Arendt

Cuando era un adolescente, vi una fotografía en un libro ilustrado que me causó mucha curiosidad. Un campesino avanzaba sobre una carreta arrastrada por un famélico caballo. Detrás de esta, se lograban percibir formas ovaladas de hormigón regadas por el paisaje. La leyenda que acompañaba a la imagen informaba sucintamente que esta correspondía a un campo albanés, donde su gobernante, Enver Hoxha, había sembrado de bunkers el pequeño país al tiempo que lo aislaba totalmente del mundo exterior. Albania en tiempos de la larga dictadura comunista (1944-1992) se convirtió en un anacronismo, el país donde el reloj se detuvo y se cerraron las fronteras, especialmente durante los años setenta y los ochenta del siglo pasado. Hoxha gobernó con mano de hierro hasta su muerte en 1985. Su sucesor, Ramiz Alia intentó una tímida transición pero no pudo detener el abrupto fin del comunismo en 1992. Los relojes de la historia volvieron a andar aunque nunca vi uno mostrando la hora correcta durante mi reciente visita al país de las águilas, como les gusta llamar a su tierra a los albaneses.

Bunker en los alrededores de Gjirokastra.
Foto vandalizada de Enver Hoxha en el museo de Gjirokastra.

Poco queda de la herencia comunista visible a los ojos de los extranjeros salvo los notorios bunkers y túneles regados por todas las ciudades y campos del país, aunque para Isuf, estudiante universitario de la universidad de Tirana, los comunistas siguen en el poder camuflados bajo las siglas del Partido Socialista Albanés. La nación ha cambiado físicamente a pasos agigantados y las carretas arrastradas por caballos han dado paso a una enorme cantidad de coches de alta gama aunque los obsoletos bunkers sigan desperdigados por todas partes. A pesar de ser un país pobre de tan solo tres millones de habitantes es la nación con mayor número de autos Mercedes Benz per cápita del planeta. La mayoría de segunda mano, y muchos, producto del contrabando de la mafia albanesa; pero sin duda, satisfacen la necesidad de reconocimiento social al que aspiran la mayoría de los habitantes. Otros símbolos de status como hoteles, casinos y grandes torres se levantan en Tirana, la capital, en medio de un gran caos urbanístico que ha terminado de destruir el patrimonio arquitectónico de la ciudad. El gobierno de Hoxha se había encargado ya de derribar cientos de antiguas mezquitas e iglesias ortodoxas en su afán de borrar el pasado, pero la abrupta transición del comunismo más retrógrado a un capitalismo despiadado y anárquico cambió a Albania para siempre.

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Plaza Skanderbeg en el centro de Tirana.

Al caer el gobierno comunista en 1992 se realizaron elecciones y el país se encaminó hacia un libre mercado totalmente desregulado bajo un modelo de democracia liberal con escasos controles institucionales. Quizás por ello, cinco años más tarde, el caos estuvo a punto de hacer desaparecer el estado albanés y la guerra civil parecía inminente. El desmoronamiento del sistema financiero piramidal, conocido como el esquema Ponzi, en el cual dos tercios de la población había invertido gran parte de su dinero, tuvo como consecuencia el descontento generalizado. Este se tradujo en levantamientos armados y enfrentamientos por todo el país que obligaron a la ONU a aprobar el envío de una fuerza militar multinacional de 7000 soldados. La intervención logró restablecer un cierto orden, pero no pudo evitar que miles de albaneses escaparan a Italia en embarcaciones repletas de refugiados, huyendo del desplome económico. El Partido Socialista, heredero de los comunistas, pero lastrado de su lado más oscuro y de su ideología, volvió entonces al poder y lo detenta hasta el día de hoy en medio de cierta estabilidad social y económica, plagada de una corrupción endémica y el privilegio que ostentan los nuevos ricos del régimen y sus acólitos.

Sede del Partido Socialista en Gjirokastra, heredero de los comunistas, pero lastrado de su lado más oscuro e ideología, detenta el poder en medio de cierta estabilidad social y económica.
Ventanas y pasillo de la prisión de las Siete Ventanas, Castillo de Gjirokastra.

Muchos ciudadanos con los cuales hablé durante mi estancia, sobre todo los mayores, critican abiertamente el sistema político y económico actual y por increíble que parezca rememoran con nostalgia los tiempos del comunismo. El dueño de una casa histórica del período otomano, la Casa Zekate, a cuya familia le fue confiscada la enorme mansión durante la dictadura, no duda en elogiar la educación y la sanidad de Hoxha sin reparar en que desde los jardines de su mansión se puede apreciar el enorme y siniestro castillo de Gjirokastra donde languidecían los presos políticos en la notoria prisión de Las Siete Ventanas. Un nombre un tanto poético para la tétrica cárcel donde purgaron condena por crímenes contra el estado socialista miles de albaneses. Ilir, uno de los vigilantes del castillo me muestra la lúgubre celda donde estuvo prisionera entre otros intelectuales, clérigos y sacerdotes, Musine Kokalari, escritora, disidente y una de las primeras feministas de Albania. Luego de 19 años de cárcel en varios penales, terminó su vida como barrendera. Nunca se le permitió volver a escribir.

Casa Zekate, mansión otomana de Gjirokastra.

La apacible ciudad de Gjirokastra, declarada patrimonio de la UNESCO por su notable arquitectura del período otomano, yace a los pies de la imponente ciudadela. Allí pregunto por la ubicación de la casa natal del dictador Hoxha. Un anciano me guía amablemente hasta el sitio. Al llegar al lugar me doy cuenta de que el inmueble es la sede del Museo Etnográfico de la ciudad donde se exhiben muebles y ropajes. Cualquier relación con la vida de Hoxha ha desaparecido. Algo común en Albania donde los recuerdos del pasado comunista se ocultan de los albaneses y sobre todo de los extranjeros. Cerca de allí, reformada hasta quedar irreconocible hasta para el propio autor, se encuentra la casa donde nació el escritor Ismael Kadaré, quizás el intelectual más conocido de Albania. Kadaré se asiló en Francia en 1990, afirmando que:

«las dictaduras y la literatura auténtica son incompatibles… Un escritor es el enemigo natural de una dictadura.»

                                           "House of Leaves", antigua sede de la Sigurimi en Tirana.

La brutal represión y el sofisticadísimo sistema de espionaje que se ejercía en la Albania comunista sobre sus ciudadanos e inclusive sobre el cuerpo diplomático estaban centralizados en una vieja casona de bucólico aspecto en el centro de Tirana, conocida con un nombre digno de una novela de Faulkner: The House of Leaves, local de una antigua clínica ginecológica antes de la Segunda Guerra Mundial se convirtió, luego del conflicto, en sede de la temible Sigurimi, el órgano represivo del régimen. El nombre de la vieja mansión no es una metáfora ni tampoco una coincidencia. La casa está cuidadosamente escondida del público por una gran cantidad de frondosos árboles en su alrededor y hiedra sobre sus paredes. Una técnica de camuflaje común en la guerra pero que para un paranoico como Hoxha y su camarilla servía al propósito de mantener en secreto lo que allí sucedía. En mi recorrido por el país visité la casa, hoy un museo, con Arjan, cuyo padre fue prisionero de la Sigurimi en el campo de concentración de Spaç, mejor conocido como el Campo 303. Había sido declarado enemigo del pueblo, aunque Arjan asegura que su padre nunca conoció los motivos de tal acusación. Durante sus 22 años de actividad, Spaç tuvo más de 14.000 prisioneros. El padre de Arjan logró salir con vida pero la ladera de la montaña donde se ubicaba la prisión está aún repleta de fosas comunes sin identificación alguna.

Bunker Memorial a las víctimas del régimen comunista en Tirana.

Para hacerme comprender de manera gráfica el reinado de terror de Hoxha, Arjan me lleva por un largo pasillo subterráneo a la sala central de comunicaciones de la Sigurimi. Allí, un enorme mueble exhibe cientos de cámaras, grabadores de sonido y otros artefactos que cumplían con la función de espiar a todo un país sin excepciones. Una escoba con un micrófono oculto en el mango en manos de una hábil limpiadora, informante del servicio de inteligencia, daba excelentes resultados para saber qué sucedía dentro de las embajadas occidentales y las de los países comunistas. Al ser Albania el único país que se negó a aceptar el revisionismo de la doctrina ortodoxa marxista, Hoxha pronto se enemistaría con Stalin y con Tito, el líder yugoslavo, aprovechando ese conflicto con sus ex aliados para cerrar el país a cal y canto por varias décadas. Arjan me cuenta que de pequeño, el único lazo con el mundo exterior de su familia y de miles de albaneses eran las transmisiones de las radios italianas del otro lado del Adriático y el Jónico. Muchísimos albaneses de su generación aprendieron italiano oyendo a escondidas los noticieros de la RAI, Radiotelevisione italiana. El precio por ser descubierto podía llevarte directamente a una de las prisiones de la Sigurimi pues se consideraba un acto de alta traición. La noción del enemigo interno acechando en cualquier lugar, inclusive dentro de las familias, era considerado de sumo peligro por la Sigurimi y los familiares de los sospechosos eran sistemáticamente controlados día y noche.

Villa donde vivió el dictador Enver Hoxha en el centro de Tirana.

Antes de terminar la visita de la antigua sede de la Sigurimi, Arjan me señala un cartel donde el propio dictador Hoxha define el rol de su servicio de inteligencia. Dice textualmente: »La Sigurimi es la afilada y querida arma de nuestro partido porque protege los intereses de nuestro pueblo y de nuestro estado socialista contra todos nuestros enemigos internos y externos».

Poco queda de la herencia comunista visible a los ojos de los extranjeros salvo los notorios bunkers y túneles regados por todas las ciudades y campos del país.

La represión y el espionaje contaban sin duda con un aliado importantísimo de todos los regímenes totalitarios, la propaganda. El proyecto de «bunkerización» iniciado por Hoxha a principios de los años setenta y que llevó a la construcción de 175.000 bunkers de diversos tamaños por toda la geografía albanesa, se inscribe claramente dentro de los objetivos de propaganda del régimen. En Berat, recorrí con Ismail un grupo de bunkers en la falda de una montaña desde donde se pueden apreciar las imponentes mezquitas y antiguas casonas otomanas de la histórica ciudad. Ismail, economista de profesión, pero desempleado en la actualidad, me explica cómo los bunkers, capaces de resistir ataques químicos y nucleares, eran claves en la estrategia propagandística de Hoxha para mantener de su parte a la población, haciéndoles creer en el constante e inminente peligro de un ataque enemigo de grandes proporciones. El pueblo albanés en su mayoría, cuenta Ismail, creía a pies juntillas en la posibilidad real del ataque y se dedicó con esmero a construir los bunkers y túneles por décadas. Lo peor, según Ismail, resulta que la mayoría de los bunkers fueron producto del trabajo voluntario, premiado con medallas de latón para honrar al obrero socialista. Cuando me despido de él para viajar al norte del país, me regala la insignia que había recibido su padre, víctima del eficiente engaño colectivo con el que los comunistas mantuvieron adoctrinado al pueblo albanés.

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Luego de un accidentado viaje por los Alpes albaneses a causa de las fuertes nevadas de noviembre, llego a Shkoder, capital cultural del país, ubicada cerca de la frontera con Montenegro. Quiero conocer el mítico castillo de Rozafa cuyas ruinas datan del siglo XIV, aunque la fortificación de la colina la iniciaron las tribus ilirias antes de la ocupación romana. Los castillos de muros aún impenetrables y macizos torreones son parte integral del paisaje del país. Los albaneses se sienten muy orgullosos de estas enormes fortalezas que dominan colinas y montañas a lo largo de la nación. En todas, ondea sobre el torreón más alto la hermosa bandera de paño rojo con el águila bicéfala, símbolo que ha marcado desde el siglo XV la identidad albanesa a pesar de haber sufrido grandes catástrofes y agresiones a lo largo de su historia como la pérdida de gran parte de su territorio y la ocupación de potencias extranjeras. Entre las más notables, la larguísima ocupación otomana (1385-1912) y la invasión de Mussolini, justo antes de la Segunda Guerra Mundial.

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En mi última noche en Shkoder me reúno con Bruno en uno de los animados cafés del centro de la ciudad. No es inusual encontrar personas con nombres italianos en Albania. En su caso, el padre emigró a Milán y allí hizo una pequeña fortuna, reciclando láminas de metal. Bruno es el más joven de mis interlocutores, estudiante de filosofía de apenas 25 años. Sin embargo, su lucidez y aplomo impresionan. Cuando le pregunto sobre el pasado reciente de su país, surge de inmediato en la conversación Panoptes, el gigante griego de los cien ojos como perfecta analogía para el sistema de vigilancia total desarrollado por el régimen de Hoxha. Una prisión perfecta, concebida y diseñada bajo el control del Panopticon, la utopía elaborada por el filósofo inglés Jeremy Bentham en el siglo XIX, pero interpretada por los comunistas como el control total de la sociedad utilizando técnicas panópticas.

Sin duda alguna sobre su contundente visión del pasado, le interrogo sobre el futuro de su país. El chico reflexiona unos minutos antes de contestar a mi pregunta. Albania debe desenterrar sus fantasmas para poder reflexionar sobre los horrores de lo acontecido tan solo hace unas décadas. Ocultar los terribles sucesos y sus protagonistas, víctimas y verdugos, como se ha venido haciendo hasta ahora a lo largo y ancho de la sociedad, solo facilitaría la repetición de la historia el día menos pensado. Albania, concluye Bruno, haría bien en sacar sus trapos sucios al sol.

Yo agregaría, a título personal, que solo entonces los relojes volverán a marcar la hora correcta en Albania.

Antiguo torreón en Berat.

John Petrizzelli es Periodista, guionista y director de cine con más de 30 años de experiencia en la industria cinematográfica, Petrizzelli ha escrito y dirigido películas de ficción y documentales. Entre sus producciones más importantes se encuentran: El Embrujo (1983), Falsas Historias (1992), Carrao (1998), El Rey del Galerón (2006) y los largometrajes: María Lionza, Aliento de Orquídeas, Er Relajo der Loro, El Santo. Salvaje, Ti@s y Bárbara producidas entre 2007 y 2018. Recientemente ha dirigido los cortometrajes Don Fernando (2019) e Inmaculada, (2021). Sus películas han sido galardonadas con diferentes premios nacionales e internacionales. Creó y dirige el festival de cine Ciclo de Cine de la Diversidad que tuvo lugar en Venezuela desde 2006 y en Madrid, España desde 2018. Ha sido jurado de festivales cinematográficos como el de Kimolos en Grecia y el Interfilm en Berlín, Alemania, entre otros. También se ha dedicado a la literatura, contando con los libros de prosa Negro Lógico (1978), Historias para las Posibilidades del Músculo (2017) y El Conjuro de los Cardos (2020). A lo largo de los años, ha publicado crónicas para diversas revistas y periódicos, entre ellas la revista Estilo.

Nota editorial
Con esta crónica de viaje de Petrizzelli, inauguramos el otro tema que ocupaba la edición impresa de la Revista Estilo en los 90, y del cual era editor Luis Ángel Duque. Petrizzelli, ávido viajero, fue asiduo colaborador en esos tiempos y ahora vuelve a estas páginas.

One comment

  • Una maravilla. Todo un documento que combina el arte, la literatura y la historia.
    Reciban una felicitación, mi agradecimiento y mis deseos por la continuidad de sus éxitos.
    Ustedes están demostrando lo bueno que se puede hacer en Venezuela. Son una esperanza.

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