Anselm Kiefer

por Inger Pedreáñez

Los escombros dibujaron el paisaje de los primeros años de vida del artista Anselm Kiefer (1945). Nació en el sótano de un hospital de Donaueschingen (Alemania), el mismo día que su casa fue bombardeada. Dos meses después llegaba a su fin la II Guerra Mundial. Su niñez y adolescencia estuvieron impregnadas de las sensaciones de olvido y reconstrucción en un país dividido. Pero si bien las cicatrices de la historia permearon su obra, es imposible encasillar su lenguaje creativo que juega con la poesía, la ciencia, la espiritualidad y el misterio como un tránsito en constante transformación.

Anselm Kiefer en su taller trabajando Foto Renate Graf

En sus trabajos predominan los colores ocres y grises. Salvo contadas excepciones (como en las acuarelas de 2013), prevalece una paleta lúgubre, influenciada más por los materiales que por la pintura. Hebras de heno, plantas secas, arena, barro, bosta de ganado, cenizas, grabados en madera, restos de materiales de guerra, vidrio y plomo son algunos de estos elementos que ha utilizado desde 1970.

Las cenizas son para Kiefer el símbolo de la regeneración. Las flores, la reminiscencia de la fragilidad, así como la eternidad. El plomo, es la idea de la metamorfosis alquimista (además, lo considera el único material lo suficientemente pesado como para soportar el peso de la historia). Si algo disfruta de sus creaciones es que están en constante cambio. Al trabajar con materiales orgánicos, las piezas se adaptan con los años, como si se trataran de seres vivos.

Se inspira en situaciones reales, como en Morgenthau Plan (2013), el sueño de convertir terrenos industriales en parcelas agrícolas. En esa obra esboza algunas flores, apenas unas pinceladas de color de girasoles, destella sutilmente el amarillo, algunos azules y rojos, pero generalmente sus obras son de tonos marrones, como la tierra y la paja seca, o grises como las ruinas.

Anselm Kiefer. Morgenthau Plan (2013)

Mis obras son frágiles, algunas veces cambian. Creo en la fluidez. Para mí es importante que cambien y descubrí que el heno es bueno para eso…El color me interesa más como otro material que tiene significado, no como una ilusión. El material es en realidad el espíritu”, comenta Kiefer en un video realizado para el San Francisco Museum of Modern Art.

Su obra surge del collage de objetos recuperados, pero lo fundamental es que su arte existe a partir de construir, demoler y reconstruir. Como si quisiera representar el universo. “Cuando una estrella explota todo el material va al cosmos, y luego un día será recompuesto. Será otra estrella, por eso guardo todos los restos de mis cuadros en cajas…”. Sus lienzos se hacen por capas que luego va desprendiendo, en un ejercicio de cincelado del cuadro. Y aunque tiene grandes depósitos de insumos para crear, no se puede decir que se definió por un solo estilo. Kiefer también reinventa su técnica.

Las ruinas para mí son símbolos de un comienzo. Con los escombros puedes construir nuevas ideas.”

Anselm kiefer

Entre noviembre de 2019 y enero de 2020 expuso en el White Cube de Londres la individual “Superstrings, Runes, The Norns, Gordian Knot”, con piezas que interpretan de manera artística la teoría de cuerdas. Fiel a una investigación filosófica sobre el espacio-tiempo, en un mundo en constante cambio, incorpora una nueva obsesión (la teoría de cuerdas) a los mitos antiguos, la alquimia, la astronomía y los arcanos.

No pinto porque el lienzo esté vacío. Comienzo a pintar porque he tenido una experiencia muy fuerte. Cuando estoy abrumado por algo que me mueve, algo que es más grande que yo. Puede ser una experiencia real con una persona, un paisaje, una pieza musical o un poema. Si realmente estoy sorprendido por algo, tengo que actuar en consecuencia porque me sobrepasa. Los críticos siempre dicen que mi objetivo es abrumar, pero en realidad, yo soy el que está abrumado. Eso es lo que sucede cuando creo. Si no te sientes abrumado, ¿por qué estás vivo? De lo contrario, no hay ninguna razón para estar aquí”, explica en una entrevista a la escritora española experta en arte, Elena Cué.

La poesía del escritor judío rumano Paul Celán, sobreviviente de un campo de concentración nazi, ha sido constante fuente de inspiración para el artista. Kiefer recurre al poema “La fuga de la muerte”, para impregnar de melancolía su obra Margarethe (1981). La paja dorada y quemada se entrelaza como cabellos para representar el drama de los dos personajes que aparecen en los versos de Celán, la rubia Margarethe y la de pelo oscuro y belleza judía, Sulamita. Entonces, el paisaje natural es un signo de destrucción aun en ciernes. El pasado sigue presente para enfrentar los traumas de la historia.

Anselm Kiefer. Des Herbstes Runengespinst - für Paul Celan 2005

Cuando creó Des Herbstes Runengespinst – für Paul Celan (2005), asocia los tocones de un paisaje devastado con el verso del poeta “tejido rúnico de otoño”. Como en tantas obras, incrusta objetos, en este caso una placa metálica. Intenta crear una tercera dimensión entre la pintura y la escultura. En otras obras cuelgan piedras delante del cuadro, o también el ala de un avión, puede recomponer un cuadro con cuero de serpiente, como si la obra misma mudara su piel; o crea un relieve diferente cuando deja la impresión de una alcantarilla sobre el plomo fundido. También los textos son recurrentes, porque las palabras, al igual que la materia, le permiten a Kiefer transmitir la carga espiritual.

En sus esculturas, los libros de plomo adquieren una gran relevancia desde 1976. Pueden llegar a pesar trescientos kilos aproximadamente. Y quizás encuentre en esos objetos una referencia vinculada a su formación intelectual. El libro es el símbolo del saber, de la transmisión del conocimiento. Son claves que va dejando Kiefer con la poesía, la música, los textos religiosos.

Trabajo con símbolos que vinculan nuestra conciencia con el pasado. Los símbolos crean una especie de continuidad simultánea y recordamos nuestros orígenes”.

ANselm Kiefer en catálogo del MoMA

Anselm Kiefer estudió derecho, lenguas y literatura romana, antes de dedicarse por completo a la pintura. Se obsesiona por indagar en la historia y la mitología alemanas, también en la egipcia, así como en la Biblia o la Cábala. En 2005 mostró una serie de pinturas basadas en la obra poco conocida del poeta futurista ruso Velimir Chlebnikov (1885-1922). Recibe las influencias de artistas como Georg Baselitz y Jôrg Immendorf, pero además sigue las lecturas del filósofo Martin Heidegger, a quien en 1975 le dedica uno de sus primeras publicaciones; y la música de Richard Wagner, de quien utiliza el nombre de la ópera Die Meistersinger (1981-1982) para titular una de sus obras.

Mi espiritualidad no es de la New Age. Ha estado conmigo desde que era un niño (…) Sé que en las últimas décadas, la religión se ha hecho brillante y nueva. Es como crear un negocio de un nuevo producto. Están vendiendo la salvación. No estoy interesado en ser salvado. Estoy interesado en la reconstrucción de símbolos. Se trata de conectar con un conocimiento mayor y tratar de descubrir las continuidades que buscamos en el cielo“, dice entrevistado por uno de los principales curadores de arte contemporáneo de Estados Unidos, Michael Aupin.

Controversial y esotérico

La evolución del trabajo de Kiefer va desde el performance y la fotografía hasta las esculturas e instalaciones. Hoy día piensa más en obras monumentales, imposibles de ser adquiridas por coleccionistas (adversa el mercado del arte) y reserva sus obras de gran formato para las exposiciones en museos.

En 1969 publica sus primeros libros: Heroische Sinnbilder (Heroic Symbols) y For Jean Genet. Pero cuando en ese año mostró esas series en su primera exposición individual en la Galerie am Kaiserplatz en Karlsruhe, Alemania, titulada Occupations, causó una gran controversia por los tabúes que dejó la guerra. Aunque su mentor, el artista Rainer Kuchenmeister (quien estuvo en un campo de concentración) elogió el trabajo, la exposición recibió críticas negativas tanto de sus colegas como del público alemán en general.

Anselm Kiefer. Heroic Symbols.

Cualquier elemento que pudiera asociarse con el nazismo despertaba la inquina. Kiefer de 24 años y estudiante de la Academia de Bellas Artes de Karlsruhe se fotografió con el uniforme militar de su padre en espacios públicos y monumentos de países que sufrieron la ocupación alemana (Francia e Italia) y también en Suiza, y posaba con el saludo nazi (considerado un crimen punible desde 1945). Joseph Beuys, su profesor en Dusseldorf, comprendió como pocos el alcance de su obra. La consideró como un reflejo de la condición social y psicológica alemana de la posguerra y la resume en una palabra: Vergangenheitsbewältigung (‘aceptar el pasado’).

Fue también Joseph Beuys quien alentó a Kiefer hacia la pintura de gran formato, y el uso de imágenes fotográficas simbólicas para abordar irónicamente la historia alemana del siglo XX. Germany’s Spiritual Heroes (1973) y Operation Sea Lion (1975) estaban cargados de sarcasmo ante los aspectos trágicos de la historia y la cultura alemana, y desataron una nueva polémica más allá de su país.

En 1975, dieciocho fotografías de Heroic Symbols fueron seleccionadas por Kiefer para su publicación en un ensayo fotográfico titulado ‘Occupations‘ en la revista alemana de arte conceptual Interfunktionen; pero todavía había resabios del pasado y no logró la difusión suficiente, hasta que finalmente, en 1978, se dan a conocer con mayor aceptación en el Kunsthalle Bern. Actualmente, el Tate Modern de Londres y la National Galleries of Scotland resguardan algunas de estas fotografías.

Cuando Kiefer fue seleccionado junto con Georg Baselitz para representar a Alemania en la Bienal de Venecia, en 1980, volvió a despertar los demonios del pasado doloroso y el nacionalismo. Pero a partir de ese momento, su trabajo adquirió mayor notoriedad y proyección internacional.

Desde entonces, las obras de Kiefer han viajado por todo el mundo, expuestas en los más importantes museos. Entre 1987 y 1989 realizó una gira por Estados Unidos que abarcó desde el Instituto de Arte de Chicago hasta el MoMA, Nueva York (1987). También ha tenido exposiciones individuales en Neue Nationalgalerie, Berlín (1991); The Metropolitan Museum, Nueva York (1998); Museo de Arte de Fort Worth (2005); el Museo de Arte Moderno de San Francisco (2006); Mass MoCA, Massachusetts; Museo Guggenheim, Bilbao; el Grand Palais, París; Museo de Arte Moderno de Luisiana, Dinamarca (2010); el Rijksmuseum, Amsterdam (2011), el Museo de Arte de Tel Aviv (2011), la Royal Academy of Arts, Londres (2014) y el Centre Georges Pompidou y la Bibliothèque Nationale de France, París (2015).

En 2007, el Louvre en París, le encargó a Kiefer la instalación de una obra permanente, una distinción que, hasta entonces, sólo había recibido Georges Braque, 50 años antes. Pero no sólo ha estado vinculado a las artes plásticas. En 2003 se aventuró a crear la escenografía para la ópera Elektra, de Richard Strauss, en el Teatro Real de Madrid. Además, en 2009 creó una ópera, Am Anfang, para conmemorar el 20 aniversario de la Ópera Nacional de París.

Anselm Kiefer. Am Anfang 2009, para conmemorar el 20 aniversario de la Ópera Nacional de París.

Túneles: pasado y presente

Cuando era un niño, Anselm Kiefer cavó unos túneles en los jardines de su casa. Luego hizo un dibujo, lo dejó dentro de la fosa que finalmente cerró. “No entiendo por qué lo hice, pero debió ser una necesidad profunda”. Este recuerdo infantil parece ser el prólogo del proyecto que actualmente ocupa la atención del artista y conecta el pasado con su futuro. En 1980, después de la Bienal de Venecia, adquirió una antigua fábrica de ladrillos en Buchan Alemania, y la renovó para expandir su trabajo a la escultura y la instalación. Allí comenzó a crear un mundo para él mismo.

Entre 1993 y hasta el 2008 vivió en Barjac, Francia. Allí, en 40 hectáreas de terreno, creó una instalación monumental, con extrañas edificaciones que parecen tótems creados a partir de ruinas, paredes de hormigón apiladas, jardines sembrados de esculturas y a nivel subterráneo se extienden túneles que se conectan a espacios que contienen obras, estudios, libros y salas de plomo. Como Kafka y Borges, es adicto a los laberintos.

El curador Michael Aupin le pregunta sobre esas construcciones en su terreno: “¿Estás abriéndote camino a través de los palacios del cielo?” A lo que Kiefer le responde: “Sigo la antigua tradición de subir y bajar. Los palacios del cielo siguen siendo un misterio. Los procedimientos y fórmulas que rodean este viaje siempre serán debatidos. Estoy haciendo mi propia investigación”.

Luego de dejar su hogar La Ribaute en Barjac, se estableció en un depósito en París de 3.300 metros cuadrados. La mudanza requirió una caravana de 110 camiones para trasladar sus pertenencias y materiales de trabajo. Dejó a Barjac bajo el cuidado de un vigilante, con el propósito de no regresar por un buen tiempo, y esperar que la naturaleza continuara el proceso de transformación de su obra. Sin embargo, en el 2014 la Royal Academy of Art de Londres hizo una retrospectiva que le devolvió notoriedad a  La Ribaute en Barjac. Para el 2019, Kiefer regresó luego de casi un decenio sin pisar el lugar, y retomó los proyectos que allí se encuentran. 

Anselm Kiefer convirtió ese taller en una gran obra de arte. Son sus cuadros, sus esculturas, sus instalaciones una forma de explorar su propio universo, como quien entreteje sus vivencias con la espiritualidad. “El arte no puede vivir de sí mismo. Tiene que basarse en un conocimiento más amplio”, dice el artista. Entre túneles, libros, y obras monumentales sigue hurgando, capa a capa, en el misterio de la humanidad.

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