El cosmos de Gego

por Inger Pedreáñez

Fotos cortesía de la Fundación Gego.

Las manos de Gego nunca se cansaron de crear. Por el contrario, día tras día conectaban con agilidad un material a otro, hacía torsiones con el papel, ataba las cintas que desprendía de sus cajas de cigarrillos. Se regalaba a sí misma la sorpresa de descubrir en sus ensamblajes las formas que imaginaba, entre alambres, arandelas y desechos de obras pasadas que acumulaba. No se cansaron sus manos, porque en el arte ella solo encontraba gozo.

Eran sus dedos de particular tejedora y lo que intuía a través de su mirada, los detonantes de su obra. A excepción de los grandes formatos, que requerían de la colaboración de terceros para el montaje, no realizaba previamente bocetos o maquetas. Pero una vez concluido el proceso, dibujaba la pieza, y a manera de bitácora, agregaba el año, el tamaño, los materiales, si lo vendió o lo regaló. Esos cuadernos han facilitado el seguimiento de la artista y la documentación en la Fundación Gego.

Gego. Foto Carlos Germán Rojas. Cortesía Fundación Gego.

“Mis obras son un trabajo abstracto muy planificado que no excluye lo emocional.”

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El estilo de la artista estaba basado en una poética de la transparencia. La línea, el trazo no es más que un pretexto del vacío. Diseñaba con el conocimiento adquirido como ingeniera, mención arquitectura, de la Universidad de Stuttgart (1938), donde estuvo en contacto con la Bauhaus y el constructivismo ruso. Se graduó en un trámite a contrarreloj, con la ayuda de sus profesores, para que pudiera salir de Alemania a la brevedad posible, ante la inminente persecución nazi. Su familia ya había emigrado a Inglaterra. Le correspondió a ella terminar de liquidar las pertenencias, cerrar el hogar “y lanzar la llave al río Alster”.

La vida está llena de conexiones de la misma manera que se teje una red. Que Gertrud Goldschmidt (Hamburgo, 1912 – Caracas, 1994) llegara a ser una artista venezolana de reconocimiento internacional es también producto de esa invisible providencia que conduce los caminos de la humanidad. Esos imperceptibles hilos se tejen desde Inglaterra, cuando le niegan la visa y ella comienza a considerar a Suiza o Canadá como posibles destinos, pero tampoco contaba con el capital suficiente para lograrlo. Una persona allegada a la familia le escribió sobre Venezuela. Sin conocer nada de aquel país latinoamericano, sin saber el idioma y sin parientes o amigos que la recibieran, tomó el barco en el año 1939, un año antes de que estallara la II Guerra Mundial. Trece años después, en 1952, obtiene la nacionalidad venezolana, a la edad de 40 años.

Infancia y juventud de Gego. Pulsar la imagen para leer la leyenda.

A los 23 años Gego le escribió un poema a su madre, Elizabeth Dehn, y el primer verso reza “Construí de un castillo en el aire…”, esta inmaterialidad parece premonitoria, como si el aire fuera un elemento indispensable en la composición. Esa intención poética está expresada en imágenes en sus primeros libros de la década de 1960, en los que comienza a jugar con la línea, el bordado, el relieve, los orificios y los pliegos para darle significado a los objetos más sencillos.

La metáfora del vacío le da particularidad a su creación. Se desmarcaba del cinetismo, en pleno boom de este movimiento, aunque trataran de asociarla con él. Sin embargo, su arte era algo más. Gego construyó su ideario personal. Desde sus iniciales dibujos en tinta china y las coloridas acuarelas, el paisajismo y lo figurativo se abrió camino a un lenguaje único, icónico, dentro del expresionismo y la abstracción.

Descubrí el encanto de la línea en sí misma: la línea en el espacio así como la línea dibujada en la superficie, y la nada entre las líneas y el brillo cuando se cruzan, cuando se interrumpen, cuando son de diferente colores o tipos diferentes.”

Notas de la artista (1966).

De la artesanía a la arquitectura

Cuando Gego llegó a Venezuela, no tenía referencia de los cánones de construcción y urbanismo del país. Pero traía una valiosa formación en arquitectura y el conocimiento de la obra de artistas como Joseph Albers y Paul Klee. Como forma de vida, comenzó en un taller de carpintería, fabricando muebles y lámparas en asociación con su primer esposo, Ernst Gunz, a quien conoció al año de haber llegado al país. Taburetes, cunas, mesas al estilo de Gego, eran solicitadas por la comunidad de alemanes en el país y el público en general.

En 1948, diseña y construye dos casas en la urbanización Los Chorros, y una de ellas sería su residencia por tres años, la quinta El Urape, la única que sigue en pie. Después de esas dos construcciones (la Fundación Gego investiga sobre una posible tercera quinta, construida en San Bernardino) no volvería a ejercer como arquitecta, aunque su vínculo se mantendría de otra manera, desde la simbiosis del arte a las nuevas edificaciones que estaban modelando la modernidad de Caracas y también desde la docencia.

“…hoy el artista profesional tiende a desaparecer. Me atrevería a decir que el artista es un producto del Renacimiento que está a punto de morir. Hoy los diferentes campos de trabajo están vinculados, existen puentes que van del artesano al diseñador y de éste al artista.”

Entrevista con María Fernanda Palacios.
Gego con alumnos de la Cátedra de Composición Básica en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela, Caracas_ Foto Archivo FG
Gego con alumnos de la Cátedra de Composición Básica en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela, Caracas.
Gego durante Seminario en el Instituto de Diseño Neumann 1977
Gego durante Seminario en el Instituto de Diseño Neumann 1977.

Gego ejerció la docencia en las aulas de la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas, también en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela y constribuyó a fundar el Instituto de Diseño de la Fundación Neumann-Ince. Una de sus discípulas en el instituto de diseño fue la crítico y curadora de arte Ruth Auerbach quien la describe como una persona humilde. “Ella nunca hablaba de sí misma en el seminario, yo vine a saber de la gran artista que ella era tiempo después”, fue cuando se ganó su confianza y comenzó a visitar su casa. “Ella tenía en una pared un gancho donde montaba sus obras nuevas y la de artistas jóvenes que le interesaban, puedo recordar haber visto obras de Eugenio Espinoza y podría decir que también de Roberto Obregón y Sigfredo Chacón. Ella se ponía al lado de estos artistas emergentes”, refiere Auerbach. De los discípulos que aprendieron a construir un lenguaje propio a través de sus enseñanzas están además Claudio Perna, María Elena Fernández y su propio nieto, Elías Crespín, a quien la revista Estilo le dedicó recientemente un artículo por ser el primer artista latinoamericano vivo que se incorpora a la exposición permanente del Museo del Louvre.

Gego en el Tamarind Lithography Workshop, 1966.

En 1963 se inscribió en el Pratt Institute de Nueva York donde realizó grabados y aguafuertes, y también litografías en el Tamarind Lithography Workshop de Los Ángeles, y con esos conocimientos adquiridos asesoró a Luisa Palacios en sus proyectos de artes gráficas, con lo que también ayudó a construir los cimientos de lo que más tarde se constituiría en el Taller de Artistas Gráficos Asociados, TAGA (1978).

Si uno aprendió algo o experimentó algo, hay cierta obligación de retransmitírselo a quienes no tienen esta formación. Si lo aceptan o no, no importa. Además, yo siempre espero que mis alumnos, los jóvenes, hagan cosas muy diferentes a los que les he enseñado. Yo misma hago cosas muy diferentes a las que me enseñaron mis profesores.”

Entrevista con Mara Comerlati, cuando recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1980.

Gego era una persona diminuta, sencilla, de pocas palabras, pero a la vez generosa con sus allegados. Una debilidad auditiva en sus últimos años le hacía más difícil las relaciones personales. Dinámica para llevar a buen término sus obras, y también audaz, como al proponer que la obra de gran formato Cuerdas (1972), ubicada en los espacios abiertos de Parque Central, se extendiera hasta penetrar el Museo de Arte Contemporáneo, en donde se estaba organizando una retrospectiva con 150 de sus obras (1977). “Ella armó el espacio, ella decidió que las cuerdas entraran a la sala, y Sofía Imber se lo permitió”, describe su hija Bárbara Gunz, al frente de la Fundación Gego. Aunque rigurosa, también se divertía con su trabajo.

En esa oportunidad también se exhibieron por primera vez sus Dibujos sin papel, le encargaron el texto del catálogo a la poeta Hanni Ossott y el diseño estuvo a cargo de Alvaro Sotillo. A Gego no le gustaba hablar sobre su obra y prefería que otros, los críticos, hicieran esa tarea. Sin embargo, en un ejercicio de reflexión, pensando en qué podría decir si le preguntaran de sus influencias, ella escribió:

Cada vida está regida por procedencia y comienzo, por encuentros y adaptación que conducen hasta el presente. La auto-objetividad es imposible (…) Todo pasado del hombre está arraigado en uno y cada uno de nosotros, y si yo he sacado ciertas combinaciones de capacidades para hacer lo que hago es el resultado de un ajedrez multidimensional.”

Sabidurías, compilado por Josefina Manrique y María Elena Huizi y editado por el International Center for the Arts of Americas del Museum of Fine Arts, Houston y la Fundación Gego (2006).

El despegue

El impulso para el desarrollo artístico de Gego se acelera al conocer al diseñador, pintor y fotógrafo Gerd Leufert en 1953. Para entonces, ya tenía un año de haberse divorciado de Gunz. El encuentro de la pareja es un juego de la casualidad: como una forma de obtener ingresos, Gego pintaba pañuelos para una comerciante. Le llevaba las piezas a su casa y en una de esas visitas conoce a un inquilino, Leufert, quien se convertiría en su compañero de vida. Juntos se van a vivir a Tarma, un pueblo del litoral central, donde exploran cada uno sus propuestas creativas. En ese solaz, Gego comienza a experimentar con la línea sobre el papel y crea acuarelas, dibujos y monotipos de estilo expresionista.

Gego y Leufert en Tarma, 1957. Foto de Alfredo Armas Alfonzo.

A cuatro manos se teje la proyección internacional de Gego. La artista venía de exponer en Venezuela por primera vez en el XV Salón Oficial Anual de Arte Venezolano (1954). Ese mismo año, viaja con Leufert a Münich para presentar Venezolanische Impressionen (siete collages y un monotipo) en la galería alemana Wolfgang Gurlitt.

En 1959, Gego y Leuferd deciden continuar su formación en la Universidad de Iowa. En esa estadía en los Estados Unidos, la artista estuvo en contacto con el escultor Naum Gabo y con Josef Albers, miembro del personal docente de la Bauhaus, quien daba clases de arte visual en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Yale, también con la esposa de Albers, Annia, de quien admiró sus obras tejidas.

Fue una etapa muy activa para Gego. Asiste al taller de Mauricio Lasansky, reconocido como unos de los padres del grabado contemporáneo. De acuerdo con la Fundación Gego, en esa fecha la artista realiza sus primeros grabados en aguafuerte. Comienza a perder interés por el color, para preocuparse más por la forma desde la monocromía. La galería de Betty Parsons, una de las más activas en Nueva York, la visita en su hotel y la invita a exponer en 1971 y la Universidad de Iowa realiza una película llamada “Metal Alive. A sculpture by Gego”.

Primeras obras exhibidas en Estados Unidos. Pulsar la imagen para leer la leyenda.

Mientras se encuentra en Nueva York, pocos meses antes de regresar a Venezuela, el MoMA se interesa en la obra de Gego, se llevan tres piezas para evaluarlas, le regatean el precio, según lo cuenta Clara Diament Sujo en su artículo Una mañana con Gego, finalmente el museo incorpora a su colección la obra Sphere (1959), realizada en Iowa y tiempo después ampliaría su colección con otras piezas, entre las que se incluyen las donadas por la Colección Cisneros. Igualmente, el crítico de arte Alexis Rennit contribuyó para que la Biblioteca Pública de Nueva York adquiriera una serie de sus grabados antes de su regreso a Venezuela.

Una vez en el país, Gego siguió trabajando en el desarrollo de obras incorporadas a la arquitectura y los espacios públicos. Está su obra Tubos (1962) para el edificio sede del Banco Industrial de Venezuela, Flechas (1968) estructura para un patio interior del Centro Comercial Chacaíto (ya desaparecida). En colaboración con Leuferd hizo La Torre y el Mural (1967) para el edificio Cedíaz y la fachada del Instituto de Cooperación Educativa, Ince (1969). También está Cuerdas (1977) para Parque Central y Cinco Pantallas (1968-1971) para el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, IVIC. Varillas de aluminio, tiras de nailon suspendidas y acero inoxidable, llevaron su expresión de la línea a grandes dimensiones.

Obras monumentales en distintos edificios en Venezuela. Pulsar la imagen para leer la leyenda.

La reticulárea

Gego aún no había cumplido los 57 años cuando la Reticulárea definió el punto de inflexión de su carrera artística. Corría el mes de abril de 1969, un año antes le habían otorgado el Premio Nacional de Dibujo, y se encontraba trabajando en su más afamada obra tridimensional. El entonces director del Museo de Bellas Artes de Caracas, Miguel Arroyo, le anuncia que expondrá en junio. Tres meses fueron suficientes para que la artista encontrara la forma de visibilizar algo que no existía ni en el plano humano, ni en la naturaleza. Si bien las formas geométricas están presentes en la vida natural, la obra de Gego no es simétrica, más sí orgánica. Las pendientes asoman una ilusión de fragilidad que contrasta con la seguridad de los nudos. Consolidó con la reticulárea la poética de lo impalpable e invisible, y es la representación existencial y emotiva del espacio lo que imprime carácter a su creación.

Centenario de Gego. Video de la Fundación Gego.

Pronto su obra viajaría a Estados Unidos para presentarse en una colectiva de nuevos pintores y escultores de Latinoamérica, en el Center for Interamerican Relations de Nueva York. Su Reticulárea destaca junto a las obras de Juan Downey, Agustín Fernández y Gabriel Morera, entre otros.

La Reticulárea sería premiada en el salón de Artes de Venezuela de 1976, mismo año en el que recibe el Premio Nacional de Escultura. Paradójicamente, Gego no estaba ganada a la idea de que su obra fuera considerada escultura, se sentía más cómoda con la definición de ensambles y más aún como dibujos en el espacio. Por la misma razón comenzó a llamar Bichos a sus nuevas obras, que originaba figuras espontáneas a partir de metales y alambres. “Escultura: formas tridimensionales de material sólido. ¡Lo que yo no hago NUNCA!”, escribe en uno de sus cuadernos de anotaciones.

“Para mí, escultura es siempre la noción de algo macizo, no transparente y de forma cerrada. Me interesa la estructura, la transparencia”.

En una entrevista con José Antonio Pantin

Reticuláreas, Mallas, Chorros, Troncos, Bichos, las obras de Gego se definen como si creara su propio cosmos, una naturaleza ideada por ella para romper con los cánones de pintura y escultura, al hacer cuadros sin marco y sin soportes, y volúmenes de figuras anudadas.

Gego. Bichito 89/29, 1989. y Bichito 88/47, 1988. Foto Reinaldo Armas Ponce.

A finales de los setenta, comienza a realizar sus Dibujos sin papel con metal sobrante y otros materiales que resultan de la confección de otras piezas artísticas. Convierte el ensamblaje en una caligrafía propia, con un pincel que se tuerce en sus manos, para explorar la línea de manera tridimensional. En 1979 recibe el Premio Nacional de Artes Plásticas.

En 1981 la Galería de Arte Nacional crea la Sala Permanente para la Reticulárea. Debo expresar aquí la impresión que tuve siendo una adolescente al ver por primera vez la obra de Gego. Tenía la sensación de poder quedarme atrapada en la red de alambres que abarcaba el espacio. Medía la fragilidad de la estructura que a la vez se sostenía con una firmeza y claridad en su dirección. No había simetrías y sin embargo, todo estaba cuidadosamente calculado para encontrar en cada vacío nuevas líneas que dibujaban otro vacío. Miré el nombre de la artista y nunca más lo olvidaría.

En Frankfurt, Alemania, una de sus reticuláreas fue instalada en la Alte Oper y dos veces al día se podía escuchar allí la pieza musical Roaratorio, de John Cage (1982). Sin embargo, hoy día la Fundación Gego no puede dar con el destino de esta obra. La obra fue embalada para devolverla a Venezuela, y hasta allí queda el rastro de ella. Gego hizo muchas diligencias por recuperarla, a través de gestiones diplomáticas, simplemente se desvaneció.

En los años 80, la artista cambia su estilo a nuevas propuestas. Retoma las acuarelas para crear reticuláreas a partir del color, sobre el papel se esparcen las mismas redes, sólo que esta vez, el vacío es denso y la proporción de la línea son los blancos, donde el color está ausente. La multitud de planos van generando sobre el formato bidimensional el volumen que ya es familiar en su obra tridimensional. Entre 1988 y 1991 desarrolla su último proyecto, las Tejeduras, a base de líneas ortogonales que entrelaza con trozos de papel, buscando permanentemente el encuentro con el espacio.

A pesar de la trascendencia de su obra y de ser una de las máximas representantes del arte contemporáneo latinoamericano, Gego no estaba representada por ninguna galería privada en el país. No obstante, fue prolífica la proyección de su trabajo a través de distintas galerías, nacionales e internacionales. En Venezuela, la Sotavento (Gego apostaba a proyectos de jóvenes que estaban emprendiendo en sus propios espacios expositivos) realizó las dos últimas exposiciones que se le hicieron en vida (en 1988 y 1990), en donde exhibió sus Tejeduras.

«No hay peligro de que me atasque, porque con cada línea que dibujo, cientos más esperan a ser dibujadas

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En 1996, dos años después de su partida, la 23 Bienal de Sao Paulo le rinde homenaje en una sala especial, en donde comparte espacio con Paul Klee, Edvard Munch, Pablo Picasso, Wilfredo Lam, Andy Warhol, Cy Towbly y Juan-Michel Sasquist.

La misma institución que le abrió sus puertas para realizar su primera exposición individual en 1961, el Museo de Bellas Artes, le dedica la gran retrospectiva de su obra, Gego 1955-1990. Este homenaje póstumo (2000-2001), con 394 piezas y un catálogo razonado a cargo de Iris Peruga, es el detonante para que el nombre de Gego brille con intensidad en los espacios internacionales, e incluso, una oleada de artistas jóvenes traten de imitar su estilo.

La importancia de la artista en el abstraccionismo latinoamericano también llega a las casas de subastas de arte. Varias de sus obras de la serie Dibujos sin papel, han sido noticia en estos eventos por superar las ofertas: en el año 2005, una de estas obras sobrepasó el estimado de una subasta latinoamericana al venderse por US$192.000. En 2012, Sotheby’s anuncia la venta de otro Dibujo sin papel por US$ 602.500, cuando la subasta abrió entre US$ 200.000 y 300.000, prácticamente duplicó lo estimado. Y en 2015, la casa de subastas Christie`s vende otro Dibujo sin papel por US$ 701.000. Si tomamos en cuenta las Reticuláreas, en el año 2004 una Retícula cuadrada realizada en 1972, marcó record de venta con US$ 411.200; mientras que en 2012, otra pieza similar se vendía por US$ 638.500.

Por citar alguno de los espacios que han acogido el trabajo de Gego, en 2014 la Henry Moore Foundation, en Inglaterra, centro especializado en el estudio de la escultura, organizó una muestra. En 2018 la Fundación Cartier, en París, le hace un reconocimiento a Gego en la exposición Geometrías del Sur: Desde México a Tierra del Fuego con una sala especial.

Obras de Gego en el MoMA, obsequios prometidos por Patricia Phelps de Cisneros a través del Latin American and Caribbean Fund en honor de Jerry I. Speyer. New York.

A 26 años de su fallecimiento, la artista sigue tan vigente como la primera vez que cautivó al público. Desafortunadamente, la pandemia interrumpió una exposición itinerante que abarcaba Brasil, México, Estados Unidos, España e Inglaterra. Las instituciones involucradas eran el Museu de Arte de São Paulo (cumplió con la exhibición entre octubre de 2019 y marzo de 2020), el Museo Jumex (la exposición estaba prevista entre abril y septiembre de 2020, pero el espacio se vio obligado a cerrar). También estaba previsto el Guggenheim de Nueva York, el Museu d’Art Contemporani de Barcelona y la Tate de Londres. Por ahora, ha quedado un valioso catálogo, un libro, que se encuentra a disposición en la Fundación Gego. El proyecto aspira a renovarse cuando haya libre movilidad entre los países.

Gego dejó 1.150 obras sobre papel, que incluyen sus Tejeduras, más de 160 Dibujos sin papel, y un aproximado de 400 obras tridimensionales, incluidas las pequeñas piezas que regalaba a sus alumnos y a sus amigos cercanos. Sus familiares crearon la Fundación Gego para preservar su obra y honrar su memoria.

Gego trajo de Alemania una formación que se adaptó a las necesidades de una inmigrante, con una creatividad que recorrió desde lo artesanal hasta lo estructural. Dejó un legado de enseñanzas, ayudó a levantar instituciones para el arte y el diseño. Con un balance entre la rigurosidad y lo espontáneo dibujó en el aire con gran convicción, con finos alambres y hasta pesados tubos, para trascender en el tiempo, desde el espacio y la transparencia.

Gego con Esfera en Hexaedro. 1967. Foto Ladislao Racz
Gego con Esfera en Hexaedro. 1967. Foto Ladislao Racz.

Agradecimientos a Barbara Gunz Goldschmidt, hija de Gego y directora de la Fundación Gego, a Priscila Abecasis su directora ejecutiva, y a Ruth Abuerbach por las orientaciones y detalles aportados para la elaboración de este artículo.

Inger Pedreáñez es periodista (UCV), fotógrafa, poeta. Profesora de periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello. Dedicada al periodismo corporativo por más de 25 años. IG: @ingervpr.

Más sobre Gego

https://gegoartista.com/

Fundación Gego

«Introducción a Gego» ~ por Hanni Ossott

Catálogo de la exposición La línea es el recorrido, con texto de María Luz Cardenas. Galería Odalys, 2019.

Interesante video sobre los métodos de enseñanza de Gego

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