por Betina Barrios Ayala
«La verdadera belleza es invisible
como la brisa
se siente, pero no se ve».
Lleva más de cuarenta años en el país, pero habla como que acaba de aterrizar en él. En sus conversaciones revive cada pasaje y sus manos acompañan el vaivén de las palabras como si solo pudieran estar quietas mientras sostiene una cámara. Recuerdo verlo aparecer detrás de la escalera, en el filo de la pared de la cocina o bajo el arco de la puerta de cualquier habitación. Soltaba algún mensaje rápido e ininteligible y Françoise, su hija menor, lo entendía enseguida: Ciao, papa, Francolino. En distintos puntos de su biografía elige la sombra, oprimir el botón de pausa entre flashes y puertas de embarque para silenciar los ruidos de su cabeza, organizar las pérdidas, reunir fuerzas para volver. Pero callado no es quieto y la prueba está en sus fotos. Capturas que brillan con una poderosa e imborrable marca de autor.

(Fotografía homenajeada por la supermodelo brasileña Gisele Bündchen a manos de Peter Lindbergh para Harper’s Bazaar en abril de 2009).
En el imaginario de Franco las mujeres cobran cuerpo de serpientes, ríos o leopardos. Los carros rugen[1], desfilan en manada, atraviesan ríos, montañas y llanuras entre cabalgatas salvajes. Hay tomas aéreas profundas y rápidas, amistades inquebrantables y difíciles. Saca partido de la música, la cultura popular y los elementos cotidianos más sencillos, y aquello que incluso deja de verse viene con otra potencia enmascarada. Un niño rescata a un animal herido y juega con un barco de madera a la orilla del agua. Lagartos, cunaguaros y chivos recorren la ciudad[2]. El otro es un ente activo que respira con fuerza en el plano, imbuido en su propio mundo revela misterios mínimos, esenciales.


Sin embargo, la imagen no da cuenta del proceso. ¿Cómo se hace fotógrafo? Porque está celoso. Está enamorado, quiere estudiar, pero no puede concentrarse. Su mujer es bellísima y tiene una carrera como modelo. Viaja y se ausenta durante días y horas de la casa. Él la extraña y no sabe qué hacer para retenerla. Y como una entrega celeste, un día aparece una cámara Leica y no lo duda. Compra unos rollos y cuando ella regresa en la noche, le dice: “Agarra tus vestidos. Vamos a la playa a hacer fotos”. Así, ardido de rabia, desesperado, con conocimientos apenas básicos sobre el funcionamiento de una cámara, le pide que se meta en el agua. Ahora mismo, ya, con el pelo revuelto, sin maquillaje ni iluminación.
“Tú estás loco”.
El mar está picado. Brama. Hay viento y mucho salitre.
Mientras describe este pedazo de memoria parece que dirige una de sus piezas audiovisuales.
«Yo no sabía que hay que hacer muchas fotos para escoger una buena. Hacía un click, y le decía, ‘cámbiate’. Otro click y, ‘cámbiate’. ‘Corre en el viento, tírate al agua’. Y salía toda mojada con la ropa adherida a su cuerpo. Me criticaba y se cambiaba en el carro, “¿Qué será lo que estás haciendo?”».
Estos ensayos fotográficos llaman la atención de la editora Consuelo Crespi, quien las presenta a Diana Vreeland, directora de la Vogue americana en la década del ‘60. Franco no le cuenta a nadie, pero prepara unas copias en un sobre marrón y las envía a Nueva York. Lo hace, espera y llega una respuesta: “Beautiful model. Beautiful pictures. We’ll get in touch with you.”
«Vogue era y es el gran templo de la moda», reconoce. Los editores afirman que sus fotos capturan, tienen algo diferente, como “efectos, atmósfera”. «Pero en realidad son errores», dice. «Tomas borrosas, fuera de foco, movidas». Lo cierto es que Diana Vreeland se entusiasma y le asigna ocho páginas para cubrir una sesión de fotos en Roma. En un primer momento se siente desorientado, pero se llena de confianza y propone llevar a cabo el trabajo en los lugares que frecuenta con su mujer, Françoise. Los escenarios propios de sus encuentros y desencuentros, todas sus historias. Ahí donde van a comer helados y spaguettis, o en las escaleras de una plaza. Esta sencillez se sostiene a lo largo de todas sus propuestas, una regulación de los elementos hacia la síntesis del espacio y el sujeto, pero que guarda un misterio, pues no hay historia sin roce. Se repite en sus películas, piezas en las que las tensiones entre los extremos se revelan como salvaciones, nuevas formas de amar. La amistad entre un anciano y un niño en las playas de Juan Griego en Simplicio (1978), la monja y el indio en Ya-Koo (1985). Todo su trabajo sacude el principio de los opuestos. Y sus casas también. Parece que funda mundos en ellas, espacios imposibles, inconexos, divertidos e inagotables. Hermosos. Venezuela, Caracas y Margarita hacen que quede loco por ellas, feminidades que lo seducen en una historia que continúa escribiéndose.
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Franco de bebé con su madre, la madre, el padre y el joven Franco.
Nace en Florencia el 23 de marzo de 1937. Su padre fue Almirante de la Armada italiana, de modo que siguiendo los designios familiares, se embarca en la Academia Naval a los dieciséis. Al cabo de un año se retira, pues no logra adaptarse a esa disciplina. Distraído y apasionado no reúne los estándares para la tarea. Regresa a casa y comienza a interesarse por los viajes. Piensa en hacer carrera diplomática y se inscribe en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Roma. Debe aprender otros idiomas y su madre lo envía a estudiar Inglés en Cambridge. Durante su estancia en esta ciudad conoce a su primera esposa, la suiza Françoise Schuluter. Pronto se enamoran y regresan juntos a Italia. La belleza de Françoise no pasa desapercibida, y es interceptada por un fotógrafo que la invita a un casting. Cada semana ella aparece en una revista diferente y llega a convertirse en una buena modelo. La vida familiar pasa a segundo plano a pesar de que tienen un hijo, Luigi.




La inestabilidad en sus ensayos de carrera al tiempo que la impotencia que le produce el alejamiento de su esposa, hacen que una noche se decida a fotografiarla. Estos retratos enigmáticos y rabiosos resultan hermosos y le auguran una carrera profesional como fotógrafo.
«En aquella época no existían las profesiones modernas como la fotografía. En mi familia jamás se hubiera imaginado que un día yo viviría de eso. El episodio de las fotos en la playa con Françoise no fue una decisión, sino un arrebato. Una voluntad superior, algo mágico».


Françoise y Franco viajan juntos a Nueva York para trabajar con Vogue, pero al tiempo que sus carreras despegan, el amor se disuelve como «agua pasada».
«En el estudio me llamó la atención un gran angular y lo usé. Me tiré al piso y tomé las fotos de abajo hacia arriba. Me gustaron sus piernas largas y el cuerpo distorsionado. El asistente me recomendó cambiar el lente porque alteraba demasiado la imagen. Esta fue la única sugerencia que no acaté. Hice todo el trabajo con aquel lente y esto fue lo que gustó a Diana Vreeland. Observando bien los detalles técnicos, cometiendo errores, corrigiéndolos y sacando fotos con lentes no convencionales; llegué a adquirir la experiencia necesaria para conquistar el secreto de la iluminación y los diafragmas. Al final me gustó trabajar también en el estudio, y seguí haciendo las fotos en exteriores como cuando “no sabía hacerlas”. Comencé a crear un estilo diferente, ingenuo, más juvenil, irreverente, anticlásico, menos anticuado y más sexy».
Autodidacta, hecho a la medida de sus urgencias personales, Franco impacta en la fotografía de moda. Y siempre se trata de amor. Sus mejores momentos profesionales se dan en compañía de sus amantes. Hace fotografía porque quiere capturar(las). Aunque pronto se separa de Françoise, no tarda en conocer a la modelo nacida en Prusia, Veruschka; quien llega a ser descrita por Susan Sontag como una mujer “with an indomitable career of beauty”. Entre ellos se instala una relación que se extiende cerca de una década, dando lugar a los trabajos más ambiciosos e inmortales de sus carreras.

Decidido a continuar tras la disolución de su matrimonio, Franco arma el estudio en su propia casa de Roma donde vive junto a su madre, su hijo Luigi y Nina, quien cuida de él. Una tarde, Veruschka aparece en la puerta. Él ya la había visto días antes en el lobby del hotel en que se hospedaba en la ciudad. Le envió unas flores junto a una tarjeta con su nombre y dirección. También pidió a su madre llamar al hotel y fingir ser su secretaria para pautar una reunión con la modelo. El plan da resultados y de pie en su puerta dice: “Vostre rose, beautiful. Very beautiful. Sehr Danke”.
El nombre de la mujer es Vera Gräfin von Lehndorff-Steinort, y esa primera noche se extiende hasta el amanecer para albergar una alianza creativa sin precedentes.






En un artículo publicado en Vogue en 2017, Laird Borrelli-Persson asegura que los trabajos fotográficos de la década de 1960 representan un giro en la industria de la moda. Esto es perceptible en las páginas de la icónica revista dirigida por Diana Vreeland. Con los favores y encomiendas de Vogue entre 1964 y 1970, Franco y Veruschka incursionan en técnicas como el body painting y viajan a las Bahamas para practicar composiciones donde ella se aloja en el terreno de otros cuerpos convirtiéndose en sirena, pájaro, lienzo. El trabajo involucra horas de reflexión y consumo de materiales, pensar cómo recrear la sesión a través del dibujo de sketches, la escritura de ideas, lecturas, visitas al museo, galerías, el teatro y el cine.



Veruschka. Franco Rubartelli. Vogue, mayo de 1966. | Veruschka. Franco Rubartelli (s/f).












Viajan por todo el mundo y experiencias como el ghibli[3]en Libia hacen que el paisaje trascienda hasta la interlocución directa. Una de las búsquedas que sostiene a través de todos sus medios expresivos es la luz. Trabaja con el destello como un sujeto más, especialmente cuando aparece en las montañas o entre las aguas del río, la piel y el mar.
Sus habilidades diplomáticas, aunque informales, dieron lugar a grandes proyectos. Franco ideó campañas en las que la moda se entrelaza con la política, especialmente en cuanto al manejo de las locaciones. ¿Qué mejor forma de promocionar un destino, una experiencia, sino a través de la puesta en valor del dinamismo entre el cuerpo, el placer y la historia? Jean-Bédel Bokassa, presidente de facto, emperador de la República Centro Africana entre 1966 y 1979; organizó junto a Vogue Francia un reportaje de moda y turismo. El presidente Bokassa era fanático de la fotografía, y guardaba una envidiable colección de cámaras en el palacio residencial de Bangui. Tenía equipos de todas las marcas, «un verdadero showroom». Con el apoyo material y logístico del presidente, sobrevolaron la maravilla de los afluentes de los ríos africanos hasta dar con las orillas del Ubangui, el campamento Au bout du monde, un terreno reservado para los días de caza del jerarca. En este lugar se instala el equipo de producción para preparar todo lo necesario para el trabajo.


La oportunidad de estar en las entrañas de la selva, donde a la noche se acercan manadas de hipopótamos, elefantes y otros animales a beber agua, queda impresa en la potencia de las fotografías. Sin embargo, estas extravagancias tenían su doble rasero, pues los dictadores tienen la habilidad de pasar de la amabilidad a la hostilidad en un parpadeo. Los días en Centroáfrica transcurrieron apacibles mientras los procesos acompañaban los caprichos del dictador, quien no tardó en mostrar su terrible faceta al someter al equipo a angustias por desear conquistar a la directora de arte. Se encaprichó de tal manera con la mujer que debieron planear su regreso a Francia e interrumpir la misión.


Veruschka. Jungle Look. Franco Rubartelli (1968) (der.)
La vida de la pareja estuvo poblada de aventuras y peligros que los llevó a vivir en maletas y moverse entre Japón, Australia, Francia, Tahití, Siria, Nueva Delhi, África, Alemania, Hawai, Argelia, Estados Unidos, Colombia, Brasil y Venezuela. Recuerda todo esto con emoción y orgullo, pero también admite que «la puerta del infierno está tapizada de buenas intenciones», y que la intensidad de su ritmo de trabajo sacrificó el amor por su familia, especialmente la posibilidad de acompañar el crecimiento de su hijo Luigi.
La curiosidad estética de Franco coincide con un quehacer antropológico. Una gran cantidad de fotografías son hechas en regiones remotas entre tribus y aborígenes. En su memoria resuena especialmente Australia, su lengua originaria y desiertos rojos, la belleza de los nombres de los niños: Allunga (el dios Sol), Miki (la luna), Aremí (niña mágica), Antara (dulce melodía), Kora (compañero), Heng (eterno), Sukru (agradecido), Dainan (de buen corazón), Narel (mujer que viene del mar), Adoni (puerta del sol), Dylan (hijo del mar).

También la región del Amazonas en Colombia, una selva tupida que sobrevuela con el mayor de los asombros, recorridos fluviales a través de afluentes poderosos y míticos:
«Flotar sobre sus aguas es como deslizar sobre el misterio. Los rayos del sol que se filtran a través de los árboles inmensos, líneas que golpean con precisión y parecen flechas que vienen. Flechas que iluminan sin herir. Quedar flechado por el sol».


De modo que sus piezas cobran valía y carácter documental. Reflejan una curiosidad que se camufla dentro de un formato, pero que no se limita estrictamente a él. Va más allá de lo requerido y transforma su propósito en otra cosa, una conjunción donde lo que se presupone ajeno se vuelve parte. Como modelo, ella no solo llega a transfigurarse en el paisaje y la vida animal, sino que se abraza a ello, logra atravesar un puente entre civilización y naturaleza difícil de retratar de forma convincente. La fama y el arrojo de su propuesta estética se expande hasta circular en las más altas esferas del arte, lo que les llevó a frecuentar a Gala y Dalí en Nueva York, trabajar con Valentino Garavani, visitar a Jorge Amado en Brasil. Este último les invita a pasar una temporada en su casa, fotografiar y navegar en una lancha durante el día, y los registros que sobreviven de esta visita son memorables.



Veruschka & Salvador Dalí






Pero el ritmo de trabajo que acelera y no para hace mella en la pareja que comienza a mostrar signos de deterioro. La fama de Veruschka trasciende y aparecen fotógrafos como Richard Avedon, Irving Penn, Helmut Newton y Henry Clark. En un último intento por llamar la atención de la modelo, Franco propone hacer una película: Veruschka (poesía de una Donna) (1971). De modo que emprenden un ambicioso rodaje que involucra la participación de Ennio Morricone. Pero a pesar de los esfuerzos, puede más la bomba de tensiones irresueltas, la inexperiencia, los errores de logística, indecisiones al momento de filmar y los cambios en el guión. La película se estrena, pero no es bien recibida. Separado de Veruschka tras ocho años de relación, Franco regresa de nuevo a Roma con su hijo y su madre.



Póster, disco e imagen de la película Veruschka (1971)
Pasado el tiempo necesario para asimilar la ruptura, decide viajar a París para poner en marcha su vida. Contacta con una redactora de Vogue y la revista le propone trabajar con nuevas modelos. Así tendrá oportunidad de fotografiar a Raquel Welch y Lauren Hutton. También viaja a Medio Oriente para cubrir un photoshoot en el sultanato de Omán.


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La llegada de Franco a Venezuela se da hacia 1978 gracias al contacto de la Corporación de Turismo del país, quienes lo embarcan en un vuelo de Viasa con el propósito de incorporarlo a una campaña que se llamará “Venezuela, mon amour”, impulsada por Diego Arria, Ministro de Turismo. Al llegar a la ciudad, se hospeda en el Hotel Ávila en San Bernardino donde comienza a retener sus primeros encantos, la vista de los cerros en el valle, la densidad vegetal y el arrullo del canto de los grillos en la noche.

El éxito de la campaña coopera para que el artista expanda su red y una noche en Le Club de Chacaíto vuelve a encontrarse con personas que conoce a través de Hans Neumann. La entonces directora del Ateneo de Caracas es María Teresa Castillo, esposa de Miguel Otero Silva, quien le extiende una invitación a dar una charla en esa institución. Franco tiene vuelo de regreso a Europa, pero acepta quedarse y el matrimonio le presta toda su hospitalidad. Vive durante meses en Sebucán en la quinta Macondo, en una habitación ubicada entre el estudio del escritor y la habitación de su hijo, Miguel Henrique. Durante la noche, los sonidos del valle oscuro se entremezclan con el tecleo de la máquina de escribir.
Franco incursiona en publicidad a través del contacto con los dueños de la agencia italiana Fornari y la primera pauta será para Van Raalte. Alquila el equipo y viaja a los Médanos de Coro, un escenario perfecto para dar rienda suelta a toda su creatividad. Como no conoce técnicos locales, pide permiso para viajar a Roma y revelar el material. Regresa al país con un clip de dos minutos que logra hacerse con un premio Anda. Pero el flujo de trabajo no es constante, por lo que complementa haciendo fotografía de sociales, sesiones en el hipódromo, bodas y fiestas de quinceañeras. También trabaja como foto-reportero y camarógrafo. Experto en el arte de ‘matar tigres’, Franco se queda en Venezuela dispuesto a integrarse. En cuanto se establece, vendrán Luigi y su madre a vivir con él en Bello Monte.



Durante la filmación de una pauta para una marca de whisky en las playas de Juan Griego conoce al pescador Antonio Rodríguez, quien interpretará al viejo Simplicio en el largometraje homónimo. Lo recuerda como una persona dulce, llena de anécdotas sobre el paisaje y el comportamiento de las mareas. A la luz de sus palabras, Franco comienza a imaginar una película en torno a la amistad entre un viejo marinero y un niño huérfano. Este vínculo que se descubre como un tesoro para ambos, obtiene la atención de la crítica que la cataloga como “un esfuerzo por diversificar un cine entonces plagado de historias marginales y criminales, la posibilidad de una veta poética”. Protagonizada por actores noveles y sin formación actoral, la cinta hecha con música de Miguel Ángel Fúster Coll alcanza la cifra de 330.566 espectadores.



Simplicio. Franco Rubartelli (1978)

A caballo entre el cine y la publicidad, capitanea grandes estructuras como la de Belmont, “qué suave es”. Entonces había una fuerte pugna por el posicionamiento de las tabacaleras en el mercado venezolano y el comercial debía ser un acierto. Franco recomienda filmar en la Isla de Aves frente a Guadalupe en el Caribe. La propuesta tienta, pero la locación es remota y comprende tramos de navegación en mar abierto. Finalmente embarcan viaje desde Puerto La Cruz para cubrir la historia de una pareja de náufragos que llega a una isla desierta habitada por aves, gaviotas, guanaguanares y otras especies de ultramar. Junto a Belmont filma también en Barbados y Margarita creando una relación entre sus ideas y el desarrollo de la marca que ha sido desde entonces una de las más vendidas del país.
La inquietud por el cine no tarda en regresar y busca repetir un guión en torno a la figura de un niño, la potencia del entorno natural y el amor fraterno. A través del contacto con un cura amigo, visita la misión salesiana de San Fernando de Atabapo y en la hora del recreo aprovecha para hacer un casting. «Efectivamente había uno con un ángel especial». El joven lleva por nombre Payema y pertenece a la etnia Pemón. Con el apoyo de padres salesianos, comienza a perseguir locaciones en el Alto Orinoco, visita shabonos yanomami y sobrevuela el delta en viejas avionetas que aterrizan en pistas cortas anidadas en la espesura de la selva. Allí se instala por un tiempo en la misión de Platanal y el resultado es Ya-Koo (1985), una película protagonizada por Flor Núñez que cuenta la historia de una mujer que roba una bolsa de diamantes y se adentra en la selva para no ser descubierta. Disfrazada de monja se encuentra con un niño indígena, Pepiwe, que le sirve de guía. La aventura deriva en una relación fundada en la inocencia, sabiduría y naturalidad de un niño que experimenta una tensión entre su nueva amiga, su hábitat y cultura. Ya-Koo, que se traduce como “adiós” o “me voy” en lengua yanomami, acumula 527.854 espectadores en las salas del país.




Escenas y momentos de la grabación de Ya-koo (1985)
En julio de 1979 mientras recorre el Valle de Guarame en medio de pautas comerciales, llega a un terreno con forma de acantilado entre El Tirano y Playa Guacuco, debajo del cerro Guayamurí. Franco es uno de los primeros propietarios de los lotes conocidos como Ranchos de Chana en Margarita. Su casa, Perla Salina, se extiende hasta contar doce habitaciones dispuestas a lo largo de un laberinto de barro conectado por chinchorros, escalones, breves descansos y tallas artesanales. Una casa vertiginosa y apacible que puede que sea su obra más refinada, un espacio habitable hecho a la medida de sus ojos.

La vida de Franco Rubartelli plagada de experiencias pasionales y viajes que dan vuelta al globo en todas direcciones encuentra sosiego en los brazos de nuestro país. En una entrevista hecha por Guadalupe Burelli publicada en el tomo 45 de la Colección Numerada de la Fundación para la Cultura Urbana, Italia y Venezuela. 20 testimonios (2006); habla de ángeles, visiones y tarotistas, agradece el concilio que la migración le ha brindado. Desde su casa en El Rosal, mira por la ventana hacia el aeropuerto de La Carlota y el sonido de los aviones acompaña estas palabras:

«El futuro me estuvo esperando en Venezuela y todo lo que tengo hoy lo luché. Llegué aquí bajo cero y tengo el orgullo de haber vivido una gran parte de mi vida en este país. Para mí ha sido no mi segunda patria, sino la patria. Me ha hecho hombre, me ha hecho grande, me ha hecho profesional».

[1] Comercial Jeep (1992).
[2] Comercial Pepsi (1991-1992)
[3] Ghibli (Del italiano: ghibli, también usado en Inglés), es el nombre que recibe el viento caliente del desierto, también conocido como ‘sirocco’, deriva del árabe libio (قبلي, ‘gibli’).
NOTA:
Este texto no habría podido escribirse sin Françoise Rubartelli Avendaño. La vida se ha desordenado un poco y desde hace mucho vivimos lejos la una de la otra. No encuentro otra manera de decir cuánto me importa algo, sino así, escribiendo. Gracias a ella que desde el primer momento me envió materiales útiles para esta investigación. Pero el material más importante ha sido el tiempo que hemos pasado juntas, lo que ha hecho de esta escritura algo que hace parte de mi vida, de mi cuerpo, de mi historia.

Betina Barrios Ayala (Barquisimeto, 1985) Investigadora y docente. Durante los últimos quince años ha vivido en las ciudades de Caracas, Buenos Aires y Nueva York. Trabaja con libros y escribe sobre arte y cultura a partir de intersecciones relativas al viaje, la experiencia y el paisaje. Conduce el proyecto de investigación Afecto Impreso y experienceparoles es su página personal.
Enlaces de interés
Ira Stehmann
Photographer Franco Rubartelli Talks to Vogue About Love, Veruschka, and Diana Vreeland
IMDb
Veruschka and Rubartelli. A fashion legend
Un clip del film Veruschka, poetry of a woman






Bellísimo texto. Me encantó.