María Teresa Castillo – Voz cantante del arte

por Faitha Nahmens Larrazábal

Fotografías cortesía de: Ateneo de Caracas; Archivo del periódico El Nacional – custodia María Antonia González Arnal; Miguel Henrique Otero, Carlos Germán Rojas, Vasco Szinetar.

Se oye en las radios Day and Night de Cole Porter cuando llega a la quimera del norte. Se va para Nueva York y no apenas en busca de unos centavos: sin hablar inglés y sola, y sin reparar en el qué dirán, y demás pamplinas, con un coraje que asombra —suma 26—, a su real albedrío, María Teresa Castillo viaja para sanar su corazón, herido de mal de amores. El despecho que tiene por la ruptura con Inocente Palacios —el promotor cultural y urbanizador de Colinas de Bello Monte que será, después, su eterno amigo— la lleva, mientras intenta el olvido, a escenarios desconocidos y asombrosos. Sin tener pizca de idea del sitial cimero que ocupará en el futuro y de la vida que tendrá, aterrizará como obrera en una fábrica para ganarse la vida: no tendrá empacho en arremangarse. No ha nacido en cuna de oro. Los Castillo se han levantado con la venta callejera de dulcería criolla, confirma Miguel Henrique Otero Castillo, su hijo.

Queda claro que la dama nacida en Cúa (en 1908) será una rompedora. New York como punto de partida de su trayectoria de culto, acaso le dejará alguna duda acerca de sus inclinaciones políticas y permitirá ir bajándole dos, más que a su devoción por la justicia, al credo comunista con el que comulgó por un largo tiempo y del que finalmente se desembarazará (lamentablemente no antes de que la lleve a la cárcel); pero nunca abandonará su esencial rebeldía.  Podrá decirse que llegó lejos para comprometerse de una vez y para siempre con la democracia. La totémica tutora del arte será un personaje clave —su nombre inspirará premios y con él serán bautizadas escuelas y calles— que librará mil batallas desde su eterno rol de cobijadora tenaz. Verbigracia por el montaje de Tu país está feliz —varios actores desnudos en escena alterarían la pudicia de un juez— pudo ir presa (otra vez). Llegaría la policía en plena función a llevarse a los inmorales tan francamente iluminados y María Teresa Castillo se les plantó: me arrestarán también a mí, dijo, poniéndolos en tres y dos. Pero será naturalmente conciliadora —no ambigua— y sin duda victoriosa: fue reverenciada por tirios y troyanos. Hay un consenso en quienes la conocieron —medio mundo— en cuanto a su imán y carisma. Vivirá una larga vida encantada y encantando. Con el optimismo como salvoconducto.

Los días de radio de María Teresa Castillo.

Protagonista principal de la escena local y alrededores, una luchadora contenida en empaque gentil, sencilla per se, estará dispuesta a construir ilusiones, y construirlas en equipo y en horario corrido, “era una promotora nata”, acotara Miguel Henrique Otero. Y el poder no le será ajeno. No dudó en enfrentarlo cuando vio que equivalía a opresión, lo que la convertirá en la primera mujer venezolana detenida en el siglo XX por razones políticas. Ocurrió así: tras el fin de la dictadura gomecista, ya de regreso al país e integrada a los afanes opositores de la generación del 28 fuente donde bebe a Marx —su aproximación no la determina su origen humilde sino la intelectualidad con la que se rodea, añade su hijo— es descubierta distribuyendo propaganda revolucionaria. Era 1935, el general Eleazar López Contreras asumiendo el poder hablaba de calma y cordura, se iniciaba una transición hacia la democracia, y ella estará, por su delito, un año encerrada en un calabozo en La Pastora, que convertirá, claro, en fiesta, con las tantas visitas. Pero también lo asumió. Al poder. Fue la primera Presidente de la Comisión Permanente de Cultura de la Cámara de Diputados del extinto Congreso Nacional, y dirigirá instituciones, fundaciones, organizaciones —algunas clandestinas— y, por supuesto, al Ateneo de Caracas (desde 1958), que el 8 de agosto de 2021 cumplió 90 años de fundado.

Famosa aun a despecho suyo, una celebridad en las calles de Caracas o de donde fuera que deambulara, paseará con su sonrisa proverbial bajo los reflectores, aun cuando por su gusto desdeñará el relumbrón: si acaso solo adorará la refulgencia de sus adorados collares; pero será más coquetería que ambición. Enmarcada entre laureles, quiéralo o no, hay que ver la cantidad de amigos y gente que la admiró en todas partes —sería casi un fenómeno de masas— siempre. El afecto se haría patente el día de su cumpleaños, cada 15 de octubre: la felicitarían a lo largo de dos o tres semanas seguidas, cartas y más cartas llegando a la redacción del diario El Nacional —periódico de la familia, ahora mismo atenazado por los enemigos de la libertad de expresión—, que serán publicadas con gusto. Una iría sin duda a primera plana: la de Gabriel García Márquez enviada en 1988. Comenzaba con una línea muy coqueta: Confiesas 80, María Teresa, cuántos serán.

No alcanzó a estudiar bachillerato —otra paradoja— pero la universidad no puso reparos para que se inscribiera y graduara de periodista en 1941. Credencial para nuevas luchas, junto a su colega Ana Luisa Llovera, par de corajudas buscadoras de la verdad y comprometidas con los derechos de los trabajadores de la prensa, fue miembro de la plantilla de Últimas Noticias, entonces bajo la égida de Kotepa Delgado. Cinco años después, cambia de estado civil y, claro, rotará también de periódico: se casa con el novelista y periodista Miguel Otero Silva, cofundador de El Nacional y amigo suyo desde el 1928. Tendrán dos hijos, Miguel Henrique y Mariana, y estarán 30 años juntos hasta que ocurre la separación. Otra vez volvería a partírsele el corazón; pero con vocación de Ave Fénix, se recompone y “se reconstruye con más fuerza y gracia, siendo más que nunca ella misma”, la admirará Carmen Ramia, nuera inusualmente entrañable, con quien hará equipo en el Ateneo y, también, alianzas en casa; y no cualquier casa. En la caraqueña Quinta Macondo —posteriormente demolida, ay—, habitada por creadores y por la creación, constituida de arte, epicentro de debates y deliciosos encuentros —podría estar de visita Guayasamín o Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez o Botero— se queda María Teresa y allí se mudarán los todavía casados Miguel Henrique y Carmen con las tres nietas para acompañarla.

Distintos momentos de la vida de María Teresa Castillo con personalidades del arte y la cultura nacional e internacional.

Miguel Henrique Otero recuerda lo peculiar de la vida allí. El almuerzo, por ejemplo, siempre sería un ritual a deshoras e interceptado por las caras inéditas de los insospechados invitados de su madre. Gentes por lo general de talante febril muy dispuesta, aprovechando la ocasión, a plantearle a la anfitriona sus más recientes ocurrencias. Ella, la diosa de un olimpo a medida, no solo doméstico, estaría fascinada escuchando los sueños ajenos que ella adoraría impulsar. Carlos Giménez sería uno de aquellos jóvenes que se volvería habitué de esa mesa y levitaría exponiendo ideas que de fruncir los ceños de todos, pasarían al rango de ilusión imposible. El Festival Nacional e Internacional de Teatro, esa desmesura que revolucionó Caracas, fue gestado así: el teatrero argentino contará con pelos y señales la quimera alimentada por su imaginación mientras las cucharas del resto de los comensales permanecerán suspendidas frente a la fila de bocas abiertas, temerosas de engullir el humeante chupe —sopa especialidad de la casa— o un trozo de ese postre de culto que es la torta bejarana, no fuera a ser que el supuesto disparate lanzara alguna porción disparada por una ahogada tos. Hagámoslo, respondería María Teresa Castillo sin titubear: la única que no parecía atónita. “Carlos Giménez siempre tuvo muy claro que todo lo que hizo y cuanto fue tiene que ver con el apoyo de María Teresa”, acota Carmen Ramia, persuadida de que también a ella le ocurrió lo mismo: “Le debo muchísimo, ella era una cátedra ambulante de cómo vivir y superar escollos con gracia y elegancia”.

Hablando de mesa, la mujer espléndida que no dejará de decir “yo sé lo que es hambre”, según confía Miguel Henrique Otero, desentendida de tiquismiquis no tomará en serio ciertos códigos, para ella poses, de la puesta en escena parisina a la hora de comer, sobre todo si el protocolo tenía lugar en un restaurante de París de varias estrellas. Miguel Otero Silva no querrá perderse de la experiencia de la buena mesa francesa, él un gourmet. Sin embargo, el novelista se incomodará con la permisividad o informalidad de María Teresa, excelente cocinera a la vez que defensora, también, del gusto más raso. Nada de banquetes opíparos o inexplicables. “En los lugares más piquis de entonces, donde podrían escandalizarse si pedías una cocacola, mi abuela no solo no objetaba esos gustos: encogiéndose de hombros le decía al abuelo: déjalos que pidan lo que quieran, ella misma pedía una”, jura la nieta, “es uno de los recuerdos que compartiría conmigo cuando la entrevisté para mi tesis de grado”, ríe la nieta. “Sí, mi papá se incomodaba”, confirma por su lado Miguel Henrique, “con el poco entusiasmo o deliberados desaires de mamá para con las delicias del menú”. El mismo seguirá insistiendo y la querrá agasajar en Estrasburgo llevándola a un restaurante de comprobada buena fama cuya pompa ella desdeñará. “¡Cuestionaba todo, aunque estuviera delicioso!”, evoca Miguel Henrique, casi con pesar aún.

Indiferente al besamanos, a embelecos y zalemas, fumadora y con vocación de cantante —“yo quería ser cupletista”, suspiraba, y arrancaba a interpretar con afinada voz esas canciones de la picaresca española adornadas con ramos de violetas— hará del arte, de la escena y también de las letras su ecosistema y devoción.

“Siempre nos preguntaba qué estábamos leyendo, así como nos permitía divertirnos con sus tacones y collares y jugar en su ropero a ser como ella, pero no recibiríamos nunca en Navidad o cumpleaños regalos ni siquiera parecidos a aquellos con que jugábamos, prendas o ropas: nos daba religiosamente libros”.

Alejandra Otero

Su liviandad de espíritu le otorgará una presencia ubicua en las instancias de la vida: si una de las pasiones de esta fervorosa creyente de los derechos humanos será intentar torcer los dislates históricos, cambiar el mundo, hacer cultura, educar, su intensa sensibilidad le permitirá detectar al vuelo las atribulaciones de los demás. Sí, libertaria y afectuosa, curiosa y vital. Sí, parecida a Josephine Baker capaz de abrazar a tantos, igual a la emperatriz Sissi de la leyenda (Isabel de Baviera) que estornudaba para que el venado en la mira de la escopeta escapara: ella era tan real como personaje de un bello cuento. “La recuerdo consentidora, siempre amorosa, le gustaba escucharnos mientras nos acariciaba el pelo, y nos dejaba hacer”, comparte, “y sin duda es la autora de las mejores hallacas del mundo, las hizo cada Navidad hasta que ya no pudo más, entonces mi mamá heredó la receta, casi casi las hace igual de buenas, pero las mejores hallacas, ja, son las de mi abuela”.

Afectuosa, sí, y con todos, “no sólo con nosotros”, como acepta a regañadientes Miguel Henrique Otero. Acaso su talante desprendido será el santo y seña que le abrirá todas las puertas y conquistará la incondicionalidad de la platea. La simpatía que prodigará en su área de influencia, la cultura, y como caja de resonancia, la política, derretirá mesas redondas, gobiernos y países. Su generosidad, una cualidad primordial de su perfil de tenaz guerrera, está comprobada científicamente. Jacobo Borges contará con orgullo cómo se convirtió María Teresa en su talismán. De visita en un colegio en Catia le pregunta a un niño qué le gusta hacer, él responde: dibujar. Cuando le muestra su trabajo no puede llegar a otra conclusión: ¡pero si eres un genio! Y querrá ayudarlo. Desde entonces conseguirá para él una beca y velará porque tenga lápices y materiales el chiquillo que, felizmente, había ido ese día a clases: le era difícil salir de casa porque no siempre tenía quien le prestara un par de zapatos. “Desde entonces la he tenido siempre conmigo”, dirá el celebérrimo artista plástico, “de las dos medallas en mi cuello una contiene la imagen de la Virgen y la otra una foto de María Teresa Castillo”, su hada madrina. María Teresa con Borges, y con tantos, será como fueron con ella y su hermana Alicia Castillo —quien fuera la esposa de Juan Pablo Pérez Alfonzo, el fundador de la OPEP— sus primos Ugueto, más acomodados: bienhechores. Es decir, ella también se habría calzado con zapatos usados.

Distintos momentos de la vida de María Teresa Castillo con personalidades del arte y la cultura nacional e internacional.

El apoyo del estado y los distintos gobiernos fue fundamental para la gestión del Ateneo como entidad cultural.

Tulio Hernández, sociólogo y persuadido también de que el arte puede ser cohesionador social, se preguntará qué misterio será el de esta dama que, con absoluta humildad nunca se definió como intelectual, y así y todo tejió y produjo cultura. Que tan indiscutiblemente popular —¡la más decidida influencer!— sin dificultad alguna saliera ilesa de la política, per se un ítem tan zaherido. ¿Cómo hizo para construirse un perfil a medida y mantenerse a salvo de todo corsé? Porque encima, jamás encarnaría el estereotipo de la dama encopetada que apoya a los creadores desde su condición de pudiente: no es una mecenas que ve la escena por entre las celosías sentada en su sofá Chesterfield. María Teresa Castillo pareciera reacia a todo catálogo. Huidiza de etiquetas, crearía sus propios paradigmas.

El Ateneo lo fue. Con María Luisa Escobar había coordinado a finales de los años treinta reuniones de mujeres poetas, artistas e intelectuales que pensaban  día y noche en el anhelado post-gomecismo. Esas reuniones —celebradas en la casa de un militar de Cují a Marrón, luego en la casa de Andrés Bello, en Altagracia, y después en la sede del Paseo Colón, la que sería expoliada por el chavismo (desde entonces el Ateneo está en La Salle, bajo la batuta de una incondicional Vilma Ramia)— dan origen a la institución de la que será su cabeza, ininterrumpidamente desde 1958. Presidente vitalicia, sin embargo, al cabo del tiempo, delegará en Carmen Ramia la dirección del Ateneo, ese organismo que será efervescencia, ebullición, hervidero. Contendrá una librería surtida y concurrida, una editorial que no pararía de publicar, una galería —Espacios Cálidos— donde expondrían los grandes del patio y más allá, una sala de conciertos en que se oiría lo mejor, otra de cine para obras de autor: sí, el Ateneo fue enclave referencial y su trascendencia traspasaría las fronteras. Si en los años treinta María Teresa decía pesarosa «¡Es que no hay espacios donde pueda nadie cultivarse y la cultura prodigarse! ¡Esto es el oscurantismo! ¡Hasta cuándo la dictadura!«, habrá sido sin duda para ella y para todos una felicidad lograr tanto. “Ya cerca del final de sus días, con la visión muy corta, y disminuido el sentido del oído insistía en ir al teatro; aunque se sentaba en primera fila se le dificultaba llevar el hilo de lo que sucedía en las tablas, pero no cabía de felicidad: yo sé que en la escena está pasando algo importante, decía”, recuerda Carmen Ramia.

Independiente y tan particular, pocas opciones dejaría sin explorar la gestora que produjo, orquestó, cobijó sueños, convirtió la política en leyes solidarias, hizo radio. Acaso el canto en escena. Aunque su hija Mariana solía darle el pie y ella no paraba hasta la última nota del cuplé o del bolero. No, no fue cupletista, pero estuvo en el Orfeón José Ángel Lamas esta mujer de currículo inacabable: fue la fundadora del CELCIT y promotora, junto a Josefina Juliac de Palacios —la esposa de aquel exnovio—, de la Federación de Ateneos.  Integró diferentes organizaciones venezolanas e internacionales dedicadas a la paz. Y fue miembro del Comité Internacional para el premio Mundial de la Cultura de la Unesco, así como también del Comité Asesor para la Celebración del V Centenario del Descubrimiento de América, de la Asociación Venezolana de Periodistas y vicepresidente del Comité Venezolano por los Derechos Humanos. Y formó parte de la junta directiva de las fundaciones Francisco Narváez, Museo de Bellas Artes, Museo de los Niños, Vicente Emilio Sojo, Gual y España, Camerata de Caracas, Ballet Nacional Teresa Carreño, del Niño, Festival de Música Popular Latinoamericana, Museo del Oeste, Rajatabla y Laboratorio Teatral Anna Julia Rojas.

María Teresa Castillo con algunos de los integrantes de la República del Este, Luis García Mora, Denzil Romero, Ivonne Rivas, Mary Ferrero, Caupolicán Ovalles. Foto Vasco Szinetar.

Miguel Otero Silva, María Teresa Castillo, y Alejandro Otero en la inauguración de la Obra de Carlos González Bogen en Mariperez. María Teresa Castillo y William López. Fotos inéditas de Carlos Germán Rojas.

Retratos por distintos artistas y caricaturistas, pulsar para las leyendas de las fotos.

Biografía que abisma, mujer que deja un enjundioso legado como creadora y como ser humano —“También hice lo mismo cuando terminé con un novio: toda enguayabada me fui para Nueva York, como hizo mi abuela en 1934”, dice Alejandra Otero, comunicadora que asume la risa como perfil vocacional—, a la vida de María Teresa Castillo podría musicalizarla una ópera pero también tambores y, en algunos tramos, un dulce polo margariteño de tan variada y suculenta. Ella escogería para el cierre de telón el Himno Nacional, interpretado a capella con un chorro potente de voz que le salió de sus victorias. De su vitalidad intensa aún con ganas de seguir triunfando. “Ya muy enferma, estábamos con ella en su cuarto Mariana y yo”, evoca Carmen Ramia, “y entonces me tomó las manos y con una voz asombrosa, por la gravedad de su estado de salud, absolutamente audible, la música y la letra a prueba de olvidos, cantó desde el Gloria al bravo pueblo hasta Seguid el ejemplo que Caracas dio”, evoca estremecida la cuenta regresiva de María Teresa Castillo. “Después hizo silencio. Nadie dijo nada. Ella, que amó tanto a Venezuela, decidió despedirse a sí misma o de este mundo con honores, con broche de oro, como si fueran las doce y empezara un nuevo día, un nuevo tiempo, acaso animándose a hacer el siguiente viaje”. El Himno fue lo último que dijo. Luego entró en coma y se marchó. Así se fue quien siempre será una voz cantante.

fragmento del discurso de celebración de los cincuenta años del ateneo de Caracas

«Educación, arte y cultura son hechos políticos. Cada uno de ellos constituye un estamento singular e imprescindible en la vida social de los pueblos. Sin educación, la base prioritaria de cualquier proyecto político, un pueblo no encuentra su lugar en el presente y extravía su futuro. Educación significa integración crítica con individuos preparados para la participación activa, consciente de sus deberes y derechos. Educación para el conocimiento de lo venezolano y de lo universal.

La cultura es el acceso del hombre al disfrute del pensamiento. Un hombre participa y accede a la cultura cuando es capaz, sensiblemente capaz, de disfrutar con alegría el hecho creador. El verdadero ejercicio de la Educación y la Cultura constituyen la manifestación más vital del espíritu democrático de un sistema político. Casi diríamos que ideológicamente deberíamos imaginar un sinónimo que integrara estos tres conceptos: educación, cultura y democracia. Sin las dos primeras, la segunda siempre será una utopía.

El arte, ese complejo nivel de la creación humana, es por su misma condición inquieto y fascinante. No busquemos en él una acción didáctica primaria. Su misión consiste en explorar el espíritu provocando reacciones que originen un enriquecimiento del individuo. En este aspecto, el Arte buscará siempre la revolución del cuerpo social, su transformación y la elevación de la condición humana.

Educación, Arte, Cultura, aspectos determinantes en la edificación de un país. Venezuela asiste hoy al desafío de centrarse con rigor en la construcción de su futuro».

Faitha Nahmens Larrazábal es periodista por la Universidad Católica Andrés Bello. Ha trabajado, entre otros medios, en el diario Tal Cual y las revistas Producto, Exceso, Cocina y vino. Escribe para el portal En el tapete, El diario de Caracas y Prodavinci sobre temas urbanos, culturales y políticos. Conductora, guionista y productora de «Caracas vuelta y vuelta«, programa de radio dos veces premiado por la Cámara de Comercio de Caracas. Participa con varios textos en los libros antológicos y colectivos: Carne y hueso, y Periodismo en su tinta. Es autora del libro de entrevistas 20 testimonios: Colombia y Venezuela (Fundación para la Cultura Urbana), y Franklin Brito – Anatomía de la dignidad (Cedice, 2020). Obtuvo el premio Periodismo y ciudadanía que otorgan conjuntamente la Escuela de Artes de la UCV y el Museo de Arte Afroamericano de Caracas en 2018. @faithanahmens @ccsvueltayvuelta

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