Georgia O’Keeffe

por Inger Pedreáñez

La especial sensibilidad que tenía para apreciar la naturaleza marcó las distintas etapas de la vida artística de Georgia O’Keeffe (1887-1986). Su manera de traducir visualmente el mundo exterior desde el misticismo y el detalle fue clave para transformar cada papel y cada lienzo en una explosión de imágenes. Sea en acuarelas, carboncillos u óleos, las flores, los rascacielos, el desierto e incluso las nubes vistas desde el avión, se traducían en formas únicas e irrepetibles.

Georgia O'Keeffe por Alfred Stielglitz. 1918.

Tenía un vínculo con el entorno desde la estética y la intuición para representarlo de la manera más sublime. Fue una relación que sembró desde su infancia, recorriendo los campos en su hogar de Wisconsin, ya que provenía de una familia de agricultores y productores de leche. Esa pulsión con el paisaje la siguió hasta sus residencias en Texas, Carolina del Sur, Nueva York, y más tarde en Nuevo México, donde encontró su solaz. Poseía un don que le permitía romper la frontera entre la abstracción y el realismo, con tal estilo, que la erigió como precursora del modernismo en los Estados Unidos.

Quería ser pintora desde los doce años, pero no siempre tuvo el camino allanado para lograrlo. Las oportunidaes vinieron como los obstáculos; necesidades financieras, enfermedades y sus propias dudas existenciales se interpusieron en el camino a contracorriente. Su tránsito por el mundo del arte marcaba hitos, porque la presencia femenina era excepcional para la época. Pero O’Keeffe se disciplinó para ser artista a secas, sin género que la catalogara, y más que eso, quería simplemente expresar la naturaleza desde el misterio y la visión poética.

La residencia donde nació Georgia O'Keefee en Sun Praire, Wisconsin. Fotos de su familia y las 3 hermanas Ida, Georgia y Anita en la infancia y juventud. La última foto con Anita y Catherine.

Salvo algunas temporadas de abstinencia artísticas, cuando Georgia O’Keeffe se concentraba en lo que quería, nadie la detenía. No lo hizo siquiera cuando perdió la visión central en 1972, a causa de una degeneración macular. Aun así trataba de pintar con los soportes a los lados, y sustituyó el óleo por el lapiz y carbón hasta 1984. A sus 98 años, edad en la que fallece, dejó inconclusas esculturas y cerámicas que fueron su inspiración final.

«Siempre he estado absolutamente aterrorizada en cada momento de mi vida… y nunca he dejado que eso me impida hacer algo que quería hacer».

La última retrospectiva que se realizó de Georgia O’Keeffe en Europa la realizó el Tate Modern de Londres en 2016, con 60 obras en sala. Ahora que el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, anuncia para este año la primera retrospectiva de Georgia O’Keeffe en España, del 20 de abril al 8 de agosto, en un proyecto itinerante, es pertinente recorrer los pasos de esta artista.

La exposición se trasladará al Centro Pompidou de París, y finalmente a la Fundación Beyeler de Basilea. Con la colaboración del Georgia O’Keeffe Museum de Santa Fe, Nuevo México, se expondrán más de 80 obras de la artista en Europa, incluida Jimson Weed/White Flower Nº1, un óleo de 1932 reconocido como el cuadro más costoso de una artista femenina, cuando Sotheby’s lo subastó en 44,4 millones de dólares en el año 2014. Curiosamente, el cuadro representa una diminuta flor de las especies de la mala hierba. Pero es que el interés de Georgia O’Keeffe era precisamente magnificar aquellos pequeños detalles de las flores que podían pasar desapercibidos.

Georgia O'Keeffe. Jimson Weed/White Flower Nº1, 1932.

Aunque no siempre fue así. Se inició, junto a sus hermanas Anita e Ida (también reconocida artista), en los estudios de acuarela con una pintora local, Sara Mann. A los 17 años asistió a la Escuela del Instituto de Arte de Chicago (1905-1906), y recibió la influencia del dibujante figurativo John Vanderpoel para trabajar la línea como estructura básica del contorno. En 1906 suspende sus estudios mientras se recupera de una fiebre tifoidea. Un año después asiste a la Liga de Estudiantes de Arte de Nueva York, bajo la mirada del maestro impresionista  William Merritt Chase.

En 1908, Georgia se topó su gran desafío: lograr un camino propio en el arte o buscarse otra forma de vida. Ese año, la artista ganó un concurso de naturalezas muertas, por su pintura al óleo Dead rabbit with a copper pot (Conejo Muerto con el crisol de cobre), cuyo incentivo era una beca para asistir a la escuela de verano al aire libre de la Liga de Estudiantes de Arte en Lake George, Nueva York. Entre las actividades que realizaron se incluyó la visita a una exposición de acuarelas y pudo ver la obra de Auguste Rodin en la Galería 291, propiedad de Alfred Stieglitz (1864-1946), quien años después se convertiría en su esposo. Aunque en ese recorrido no se conoció la pareja, la galería de Stieglitz le abrió los ojos a Georgia al postmodernismo europeo, Henri Matisse, Paul Cézanne, George Braque y Pablo Picasso estaban frente a sus ojos. Encasillada a realizar bodegones y naturalezas muertas surge el primer conflicto de O’Keeffe con su futuro artístico. No quería ser relegada a mimetizar una escena, a representar la realidad de una composición visual.

“Si uno sólo puede reproducir la naturaleza, ¿para qué pintar? Si debo gastar mi vida en imitaciones, prefiero no volver a hacerlo”.

Comenzó a trabajar en arte publicitario hasta 1910, pintando encajes y bordados, y muchos años más tarde se dedicaría a la docencia. Durante cuatro años rompió su rutina, debido a otros factores de peso. En 1907, la madre de O’Keeffe enfermó de tuberculosis y adicionalmente su padre se declaró en quiebra, dejándolos incapaces de financiar sus estudios de arte. De no haber sido por la beca, no habría tenido oportunidad de viajar a Nueva York. En 1910 también la artista contrae sarampión, lo que afecta temporalmente su visión, y regresa al hogar familiar.

Entre 1911 y 1918 impartió clases en colegios de Virginia, Texas y Carolina del Sur, oficio que alternaba con su propia formación durante el verano. En 1912, nace en O’Keeffe una nueva pulsión cuando escucha las ideas innovadoras de su profesor Alon Bernet, en la Universidad de Virginia, quien le recomendó la lectura de Vasili Kandisky, Sobre lo espiritual en el arte, que se convertiría en su libro de cabecera, en esa búsqueda de expresar sus sentimientos internos por encima de la representación del mundo exterior. En la misma época se interesó por las teorías del pintor, grabador y fotógrafo Arthur Wesley Dow, quien basándose en los principios del arte japonés alentaba a los estudiantes a expresarse utilizando la línea, el color y la armonía entre luces y sombras con el propósito de lograr una síntesis de lo ideal. Retomó los estudios en el Teachers College para estudiar con Dow, quien la condujo hacia la abstracción y el nuevo enfoque de la composición.

Un día, Georgia O’Keeffe extendió en el suelo su portafolio de obras, observó la evolución de su estilo y confrontó la influencia de sus profesores en su forma de pintar. Comprendió que era hora de desmarcarse, buscar su propio horizonte. Fue para ella un nuevo despertar. Se apartó del estilo de las acuarelas realizadas en la Universidad de Virginia, para dar paso a los dibujos de carbón y carboncillo en una abstracción total, con formas orgánicas y fluidas que reinterpretan la naturaleza con gran sensibilidad y subjetividad. De esta serie iniciada en octubre de 1915 pertenecen, entre otras obras, Special nº 12 y Early nº 2 y Drawing XIII, y el conjunto de piezas realizadas por Georgia en ese período es considerado el arte estadounidense más vanguardista del momento.

“Tengo cosas en la cabeza que no son como las que me han enseñado nadie, formas e ideas tan cercanas a mí… Decidí empezar de nuevo, quitarme lo que me habían enseñado… Empecé con carboncillo y papel y decidí no usar cualquier otro color hasta que fue imposible hacer lo que quería hacer en blanco y negro”.

Trabajó intensamente durante dos meses para producir sus dibujos. Los envió a su amiga y mecenas Anita Pollitzer, fotógrafa estadounidense y famosa sufragista. Aún cuando O’Keeffe le pidió a Pollitzer no mostrárselos a nadie, ella hizo caso omiso de su petición y se los llevó al fotógrafo y galerista Alfred Stieglitz. Admirado por su radicalidad, exclamó: «¡Por fin, una mujer en el papel! Son las cosas más puras, finas y sinceras que han entrado en mi galería en mucho tiempo».

Con esa convicción la incluye sin titubear en dos colectivas que realiza durante 1916 en la Galería 291, la misma que años antes había impactado a la joven estudiante. Cuando ella se presenta, sin previo aviso, en Nueva York para ver la exhibición, ya había sido desmontada. Entonces, Stieglitz volvió a colgar los cuadros para que ella pudiera llevarse su propia impresión de la curaduría y la disposición de las obras, reseña la biógrafa Brita Benke. Alfred Stieglitz era un hombre casado de 56 años, le llevaba a Georgia 23 años, y quedaron enamorados. Entre el noviazgo y el matrimonio se escribieron más de 25.000 cartas.

En abril de 1917, el mismo mes en que Estados Unidos se declara en guerra contra Alemania, Stieglitz organiza la primera exposición individual de Georgia O’Keeffe. Curiosamente, esta fue la última exhibición de la galería 291, que cerró sus puertas en julio de ese año. Stieglitz ya no sólo estaba impactado por la artista sino por la mujer, y le propone a Georgia hacerle unos retratos. El resultado de esas sesiones revolucionó la fotografía en la década de 1910 y principios de la siguiente por su carga de erotismo. Cuando expuso las fotografías en 1921 en Anderson Galleries, los desnudos de O’Keeffe asombraron al público y su musa temía que su rol de modelo eclipsara su propio esfuerzo creativo. Cuando Stieglitz se retiró de la fotografía, en 1937, dejó más de 350 retratos de Georgia.

La imagen sensual y erótica que el fotógrafo construyó de Georgia O’Keeffe influyó para que su obra posterior se viera bajo la misma lupa, algo que contrarió a la artista. Ella se muda a Nueva York con Stieglitz en 1918, para dedicarse por completo a sus creaciones. Ya desde entonces estaba fascinada con el microcosmos de las flores, magnificarlas hasta eliminar los bordes. Así la imagen se completaba en la mente del espectador. En esa época inicia sus primeros estilos florales, pero no fue sino hasta 1924, el mismo año que se casó con Stieglitz, cuando produjo los cuadros de flores que más la identifican.

Su primera flor a gran escala fue Petunia 2 (1924)

Georgia admiraba la simplicidad y la conexión con la naturaleza del trabajo de Charles Demuth y además compartía la esteticidad y la analogía entre pintura y música de Arthur Dove y Marsden Hartley. Se trataba de representar en las formas abstractas el ritmo, la musicalidad y las vibraciones sonoras que escuchaba mientras pintaba. Sus imágenes también tuvieron una correspondencia con algunos estilos fotográficos como los Paul Strand, Edward Steichen y Edward Weston. No obstante, O’Keeffe tenía una única y particular manera de interpretar el mundo y su arte era la expresión de sí misma, un retrato interior.

Entre 1918 y 1932, Georgia O’Keeffe produjo más de 200 pinturas de flores: amapolas, narcisos, petunias, girasoles, camelias y rosas adquirían en sus manos un carácter tan exótico como los lirios negros y las orquídeas, que también lucían su sencillez y claridad estructural. Pero la cala Lilly se convirtió prácticamente en su emblema, al igual que la serie de pinturas Jack-in-Pulpit (1930) que trató de romper con el estereotipo erótico de su obra, para lo cual utilizó la perspectiva de una abeja o una mariposa. Sin embargo, hoy día no se puede negar la sensualidad de su obra como una virtud.

“Si uno mira detenidamente una flor, tiene todo el mundo delante suyo”.

Georgia o’keeffe

Uno de los primeros lugares de su numen estuvo en las montañas de Adirondack, en Lake George, donde la artista se deleitaba de sus paseos durante las vacaciones de verano. A veces el foco no estaba en la forma, sino en el color, que también exploraba y explotaba como una manifestación de la vida misma. Para O’Keeffe era el color lo que hacía merecer la vida, tal como le expresa en una carta al director del Cleveland Museum of Art, William Milliken. Impactantes son sus versiones donde fusiona el lago con las cimas en coloridos sensuales, tal como se aprecia en Reflection Seascape (1922), Lake George Reflection (1921-1922), My Shanty (1922), Autumn Leaves (1924), Old Maple (1926), Red Hills (1927), entre tantas.

En 1923 Alfred Stieglitz organiza la segunda exposición individual de Georgia O’Keeffe en la Anderson Galleries, y el magnetismo de su trabajo la posiciona en un lugar de relevancia en el mundo cultural de la época. En 1925 sus flores se exhiben por primera vez en la colectiva «Seven Americans», en el mismo espacio. El leit motiv de la exposición era fotografías y obras nunca antes mostradas públicamente, e incluía el trabajo de Arthur G. Dove, Marsden Hartley, John Marin, Charles Demuth, Paul Strand y Alfred Stieglitz.

Marden Hartley fue el primero en escribir un ensayo sobre la sexualidad en la obra de O’Keeffe. Compartía la misma interpretación de Stieglitz, pero a Georgia esa sugerencia le parecía ridícula. Ahí es cuando expresa su más contundente afirmación sobre su obra:

“Nadie mira una flor, de verdad, son tan pequeñas… Tenemos prisa y para mirarlas se necesita tiempo, al igual que para tener un amigo necesitamos tiempo… Así que me dije a mi misma: pintaré lo que la flor es para mí, pero la pintaré grande y la gente se sorprenderá cuando la mire… He conseguido que te tomes un tiempo para ver lo que yo he visto pero… le adjudicas tus propias asociaciones sobre las flores, y escribes sobre mi flor como si yo pensase y viese lo que tú piensas y ves en la flor, pero no lo que yo veo”.

En 1924 contrae matrimonio con Stieglitz y establecen un año después su residencia en el Shelton Hotel. La vista le ofreció una nueva veta artística a O’Keeffe . Los rascacielos la cautivaban y comenzó a pintarlos con un estilo art deco, con mezclas azules y negros.

El primer cuadro de los rascacielos que pintó fue New York Street with Moon (1925), ella quería que la obra se incluyera en la exposición Seven Americans, pero Stieglitz se negó, pues consideraba que ni siquiera los hombres habían logrado una representación de Nueva York que convenciara a los coleccionistas. Pero en 1926, un año después, Georgia insistió en exponer el cuadro en The Intimate Gallery, su tercera individual, que se vendió en la inauguración del evento por 1.200 dólares. Pasó de ser una maestra que ganaba 4 dólares a la semana a una de los más importantes artistas americanos. En 1928, Stieglitz pidió 25 mil dólares por un conjunto de seis cuadros de calas y lirios, si bien la compra no se concretó, el precio quedó como referencia para los coleccionistas de arte.

«Sé que es inusual que un artista quiera trabajar cerca del techo de un gran hotel, en el corazón de una ciudad rugiente, pero creo que eso es lo que el artista de hoy necesita como estímulo … Hoy la ciudad es algo más grande, algo más grandioso, más complejo que nunca antes en la historia».

“Uno no puede pintar Nueva York como es, sino como se siente”, Georgia O'Keeffe

Sus rascacielos como City Night and New York (1926), New York Street, No.1 (1926) y Radiator Building—Night, New York (1927) dan muestras de su versatilidad para expresar la modernidad y el progreso con una sorprendente sencillez. Años después vuelve al tema de la ciudad con Manhattan (1932).

Dos operaciones de seno en 1927 y las tensiones con su pareja hicieron que O’Keeffe se concentrará más en su desarrollo y auto afirmación como artista. En 1929 acepta la invitación de pasar el verano en Taos, en la casa de Mabel Dodge Luhan, una acaudalada escritora, mecenas y amante del arte. Fue la primera vez que vio la profundidad del paisaje del Gran Cañón y las boscosas montañas de Nuevo México. Las tierras que cambiarían nuevamente su destino y donde reforzó su interés por la abstracción.

Una visión mientras era sedada para una intervención quirúrgica fue lo que inspiró Black Abstraction (1927)

La intensa luz del desierto y los acantilados multicolores de Ghost Ranch inspiraron a Georgia a tal punto que adquirió un rancho para establecerse por largas temporadas para pintar. Entre 1929 y 1949, O’Keeffe pasó gran parte de su tiempo recogiendo del suelo desértico rocas, osamentas de animales y visitando los parajes para pintar. En 1945 se compró una segunda casa, una hacienda abandonada en Abiquiu. También se compró un Ford A y aprendió a manejar para adentrarse en esas formaciones y se llevaba sus implementos para comenzar los cuadros que luego concluía en su taller-hogar. Una de sus obras más famosas de esta etapa es Summer Days (1936), que muestra el cráneo de un venado adornado con flores silvestres, sobre un fondo del desierto.

Georgia O'Keeffe. Summer Days, 1932.

Las décadas de 1930 y 1940 fueron estelares para la artista. Luego de que el Brooklyn Museum en Nueva York realizara la primera retrospectiva, en 1927, no se detuvo el interés por su trabajo. El Metropolitan Museum of Art (MET) adquiere una de sus obras. En 1932 le proponen trabajar en un mural para el nuevo Radio City Musica Building, proyecto que no concluyó. En la década de 1940 el Museo Whitney de Arte Americano, en Manhattan, patrocinó el primer catálogo compilado de su obra. El Instituo de Arte de Chicago realiza su primera retrospectiva en 1943. En 1946 el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, le concede el honor de ser la primera mujer artista en tener una retrospectiva en sus espacios. Ese mismo año, fallece Stieglitz de una trombosis cerebral, y ella pasa tres años en Nueva York poniendo en orden los bienes de la herencia, para luego trasladarse de forma permanente a Nuevo México. Era el lugar que la artista describió como “exclusivamente suyo”. En obras como My Backyard (1937), O’Keeffe evoca la conexión espiritual que sentía con el lugar.

Georgia O'Keeffe. My Backyard, 1937.

“De donde vengo, la tierra lo es todo”

Georgia O’keeffe

Georgia O’Keeffe pasó la década de 1950 viajando internacionalmente. Realizó una viaje de tres meses a la India, Asia oriental, el sureste asiático, Oriente Medio y Roma. También captó en sus lienzos las cimas de las montañas de Perú, y el Monte Fuhi de Japón. No solía viajar en aviones, porque les tenía miedo, pero esa experiencia le permitió ver la formación de las nubes, que no dudó en pintar en una nueva serie que inició a los 70 años.

La siguiente década estuvo marcada por la revolución cultural o la contracultura, de romper con todo el pasado y la obra de Georgia O’Keeffe guardó bajo perfil. Sin embargo, los mismos movimientos feminista la erigieron como ejemplo de independencia y desarrollo de una «iconografía femenina», pero ella rechazó esta nominación de su trabajo y se negó a cooperar con cualquiera de sus proyectos, incluido una exposición en Los Ángeles titulada Mujeres artistas: 1550 a 1950, advirtiendo que ella no era una pintora, sino una de los mejores pintores.

En 1962 fue incorporada a la Academia Americana de Artes y Letras (la número 50), y en 1966 fue elegida miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias. En 1970, el Museo Whitney realiza una exposición retrospectiva de su obra en Nueva York, evento que no se repetía desde 1946. El enero 1977, poco antes de entregar el cargo, el presidente Gerald R. Ford la condecora con la Medalla Presidencial de la Libertad, el más alto honor otorgado a los ciudadanos americanos y en 1985 fue galardonada con la Medalla Nacional de las Artes.

La pérdida de la visión de Georgia O’Keeffe sólo la detuvo de pintar al óleo sin asistencia de terceros en 1972, un año después contrató al ceramista John Bruce (Juan) Hamilton, de 27 años, como su asistente y trabajaron juntos en la arcilla, luego fue su cuidador. Sólo después de la muerte de Georgia O’Keeffe, Hamilton desarrolló su carrera artística.

Tres años antes de su muerte, su amigo el fotógrafo Anselm Adams dijo: “Nadie puede ver una pintura de O’Keeffe sin ser afectado profundamente. Así se inicia la mística y así continúa”. En 1984, cuando su salud se hizo más frágil, se mudó a Santa Fe. Murió el 6 de marzo de 1986, a la edad de 98 años. Fue cremada y sus cenizas esparcidas al viento en la cima de la montaña Pedernal.

Georgia O'Keeffe por Richard Avedon

Inger Pedreáñez es periodista (UCV), fotógrafa, poeta. Profesora de periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello. Dedicada al periodismo corporativo por más de 25 años. IG: @ingervpr.

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