Pedro Terán habla de LA ESCALERA DE MANOA – Cronotopías

Publicado por 11:46 am Agenda cultural, Arte conceptual, Arte contemporáneo, Artistas venezolanos • Un Comentario

El artista venezolano Pedro Terán leyó este texto en el encuentro COMUNIDAD Y CONSTRUCCIÓN DEL TIEMPO en el marco de la exposición CRONOTOPÍAS, a propósito de la inclusión de la representación de la obra La escalera de Manoa que en su momento constituyó una de las intervenciones urbanas que participaron en la IV Bienal de Guayana realizada en 1994.

La importante alianza entre la Colección C&FE, la Universidad Católica Andrés Bello y la curaduría de Carmen Alicia Di Pasquale hicieron posible mi participación en un evento que por su relevancia para nuestro medio artístico y educativo, reconozco y agradezco.

Complacido de estar presente con mi obra La Escalera de Manoa, me permitiré expresar algunas ideas que precedieron su génesis y su particular noción de tiempo.  En efecto, en su singular interés por El Dorado, la obra se complementa en  cuatro categorías conceptuales que  han resultado recurrente en toda mi obra artística. Ellas son: El espacio, el tiempo, el cuerpo y el mito.

Estas categorías tuvieron una formación lenta y compleja, se acontecieron a través de realizaciones artísticas que desembocarían en un interés hacia nuestra realidad, historia y cultura.

Vista de la sala donde está la foto de la Escalera de Manoa a la derecha compartiendo el espacio con obras de Eugenio Espinoza y. Foto © Josselin Chalbaud, cortesía de Colección C&FE. 

Puedo afirmar que en mi caso personal, La escalera de Manoa no constituyó una obra felizmente encontrada, se trató, sí, de una imagen deseada, una metáfora escarbada y rescatada de nuestro imaginario individual y colectivo. Sí, se trató de una imagen enterrada en nuestra memoria, una escurridiza idea que finalmente cristalizó en el más puro y deslumbrante de todos los oros.  El oro compartido con el Otro. El oro de la imaginación, de la comunicaciòn y la sensibilización.

Debo interrumpir este relato, al cual volveré más adelante, para fijar los precedentes formativos que hicieron posible mi ubicación artística actual y de la génesis de la obra que aquí nos ocupa.

En el principio de mi trabajo, hablamos de la década del sesenta, una preocupación por los problemas del espacio y el tiempo se traducirían en propuestas marcadas por lo bidimensional sobre otros medios. Esta predilección por lo plano, no descartaba una inclinación conceptual hacia lo experimental y lo novedoso que flotaba en el aire de esos días. Curiosamente, una obra que influyó –junto a otras, claro está-y en cierto modo me encaminó hacia los problemas del espacio real, fue un magistral dibujo de 1490.  Este dibujo  estimularía mi imaginación y me orientaría hacia lo corporal como forma de superar la bidimensionalidad tradicional y de entrar en la dimensión real del espacio. El dibujo en cuestión no es otro que El hombre de Vitruvio de Leonardo Da Vinci, basado en los textos de Marco Vitruvio Polión, el antiguo arquitecto romano que sostenía que el cuerpo humano  puede encajar en un círculo y cuadrado perfecto, representando así la perfección humana y búsqueda de equilibrio.  Junto a esa representación gráfica de Leonardo influía en mi ánimo la visión antropocentrista de que el hombre es la medida de todas las cosas; pensamiento renacentista por excelencia.

El hombre de Vitrubio por Leonardo Da Vinci. Foto Wikimedia Commons.

Resulta comprensible que este dibujo de Leonardo fuese de utilidad en mi vocación por el cuerpo como objeto y sujeto de la obra de arte. El cuerpo enfocado hacia la creación de la acción y su relación con el entorno ocuparía toda una década de intervenciones urbanas y rurales, las transformaciones y cambios en el cuerpo del artista, la identidad, el fluir del espacio y el tiempo y otras preocupaciones como tema central de la actividad artística. Un tiempo productivo, sin duda alguna, pero que requería o me pedía  algo más: me impuse la lectura de todo aquello referido a la mitología de El Dorado. Era el tiempo de volver a casa y de convertir la memoria en imagen.

Desde Otero Silva, Arturo Uslar Pietri, Naipaul  con su “La pérdida de El Dorado”, el fantasioso Walter Raleigh y sus “Doradas colinas de Manoa” hasta el historiador y americanista español Demetrio Ramos Pérez con su “El mito de El Dorado su génesis y proceso” fueron algunos de los libros convertidos en apoyo para figurar dos obras mayores en mi producción artística. El performance Nubes para Colombia, presentado en 1981 en el Primer Coloquio Latinoamericano de Arte No Objetual en el Museo de Arte Moderno de Medellín y la intervención urbana La escalera de Manoa de 1994, presentada en el marco de la IV Bienal de Guayana de Ciudad Bolívar.

Retomando esta última obra, cabe señalar que originalmente la misma había sido presentada a la Gobernación de ese estado en 1991, junto a un conjunto de intervenciones de otros artistas para ser realizadas en diferentes espacios de esa ciudad. En ese entonces ese proyecto no prosperó y gracias a mi insistencia personal con el recordado Freddy Carreño, se logró materializarla, finalmente, en la IV edición de la Bienal.

Vista de sala, exposición Cronotopías, La escalera de Manoa de Pedro Terán y .Foto © Josselin Chalbaud, cortesía de Colección C&FE. 

Haciendo un poco de historia y como dato curioso los trabajos de construcción de la escalinata se inician un 5 de mayo de 1926. El mismo día y mes de mi nacimiento.

De esta obra de 50 escalones, se cubrieron las contrahuellas en hojilla de oro para crear un luminoso y dorado ascenso. Se cumple así con las cuatro categorías conceptuales recurrente en mi propuesta de arte: Espacio, tiempo, cuerpo y mito.

La Escalera de Manoa,  centró su preocupación formal y conceptual sobre la noción de un tiempo no lineal, el pasado se trasladaba a un presente en una especie de atemporalidad que asemejaba el sentido y contenido mítico de la intervención urbana. Con ella se lograba devolver a la comunidad un sentido de pertenencia a un lugar, una cultura, una historia y una memoria.

En un sentido físico, pudiéramos decir corporal, la escalera era una invitación abierta a un ascenso espiritual, el público en su elevarse hacia la parte superior de la misma recibía un baño de oro que culminaba abruptamente al pisar el último y más elevado peldaño de la escalinata.  El cuerpo al girar para ver el oro andado se encontraba con su súbita desaparición, la ilusión se completaba en un símil con nuestra fábula dorada y el cuerpo recobraba su realidad. El reencuentro del cuerpo con el verdadero protagonista de nuestra saga doradista: El majestuoso río Orinoco.

La escalera de Manoa de Pedro Terán. Foto © Josselin Chalbaud, cortesía de Colección C&FE. 
La escalera de Manoa de Pedro Terán. Foto © Josselin Chalbaud, cortesía de Colección C&FE. 

Restaría por apuntar que La escalera de Manoa, participante en el renglón de Arte Efímero de la IV Bienal de Guayana constituyó un hito como propuesta de Arte Público: la escala urbana tuvo un manejo ejemplar al lograr reparar y activar un monumento venido a menos, se produce una impecable apropiación y lo que fue vuelve a ser y el tránsito peatonal se recuperó para devolver la normal función abandonada de la escalinata; unificar la parte baja de la ciudad con su centro histórico. Y por último, pero no menos importante, la escalinata volvió a ser punto de encuentro de la comunidad y atracción turística de nacionales y extranjeros.

Para finalizar este breve relato, acudiré a las palabras de la curadora de la IV Bienal de Guayana, Ruth Auberbach sobre mi obra:

… Al intervenir con hojilla de oro la famosa escalinata urbana, construida por el Conde Cattaneo Quirín, con su Escalera de Manoa, Pedro Terán logra en una acción heroica y con recursos visuales mínimos, una instalación que busca en el sustrato histórico y mítico de la región la forma de potenciar la imaginación ciudadana, de modo semejante a la de los caballeros que ansiaban encontrar la mítica ciudad de Manoa…

Muchas Gracias.

Pedro Terán. Foto Inger Pedreáñez.

Pedro Terán es artista plástico venezolano

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