Eduardo Chillida – arquitecto del vacío

por Inger Pedreáñez

La mayoría de las fotos son cortesía de la familia Chillida y la galería Hauser & Wirth

A la hora del amanecer, allí donde acaba la ciudad de San Sebastián y nace el mar Cantábrico, solía un hombre caminar en solitario esperando no ser reconocido por ningún otro transeúnte. En el trayecto podía observar las olas abrazar el acantilado del Monte Igueldo. En esos paseos, Eduardo Chillida (1924-2002) podía experimentar sus propios límites entre la intimidad de un humilde padre de familia y la exposición pública de este autor de la monumental obra escultórica que adoptó San Sebastián (Donostia). Nunca renunció a su lugar preferido en la playa de la Zurriola. A 19 años de su partida, su presencia se mantiene entre las hebras invisibles que surgen de la danza del agua y la brisa, en el Peine del Viento (1977).

Eduardo Chillida en el Peine del Viento. Foto Catalá-Roca.

“Al alba conocí la obra. Puede ser de mil maneras, pero solo de una”.

Eduardo Chillida

En tiempos medievales Guillermo de Aquitania (1071-1126) escribió: “Haré un poema de la pura nada”. Así como el trovador provenzal imaginó los versos que darían paso a la poesía moderna, de la misma manera siglos después el artista vasco Eduardo Chillida interrogaría los materiales para hacer de sus esculturas un hito de innovación en el arte hispánico. Dar forma a la nada, o más bien, introducir espacio a la materia, fue una inquietud de vida tan constante que su sueño más grande, esculpir hacia adentro la montaña de Tindaya en Fuerteventura, en las islas Canarias, pervive en el imaginario cultural, aún sin haberse hecho realidad.

La estrella de Eduardo Chillida brilló tempranamente aunque en su juventud cuestionara su propio designio, como todo artista que no se conforma. A los 19 años inicia los estudios en arquitectura que no concluye, para dedicarse al arte. El dibujo se le hacía sencillo. Su habilidad autodidacta se evidencia cuando realiza a lápiz una perspectiva de sus rodillas, luego de sufrir una lesión que le impidió continuar como portero en la Real Sociedad. No seguiría en el deporte, pero el fútbol para Chillida fue una etapa que le permitió comprender el espacio desde el arco, curiosidad que trasladaría a su obra.

Eduardo en medio con su padre, su hermano Gonzalo y sus primos Fernando y José Antonio Juantegui. c.1940.

“Incluso dibujando con el lápiz más fino un punto tiene dimensión”.

Eduardo Chillida

Chillida no estaba convencido de su destreza para el dibujo, aunque fuera el más veloz de sus compañeros de estudio en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde ingresa en 1947. Al llegar un examen final, se obliga a pintar con la mano izquierda y así añadir un obstáculo más por superar y obligar a la mano a obedecer, en lugar de dejarla correr intuitivamente. También se inicia en la escultura en el taller de José Martínez Repullés. Un año después se muda a París y realiza las primeras esculturas en yeso, inspiradas en el arte griego tras visitar el Louvre. De aquella etapa sobreviven pocas piezas, entre ellas, Forma (1948), esbozo de una mujer con líneas curvas, que es su primera escultura, y Torso, su contraparte masculina con líneas rígidas. Luego del yeso tallaría la piedra, en cuerpos con extremidades incompletas que aún mutiladas, insinúan el movimiento.

Eduardo Chillida. Forma, 1948. Foto Arturo Delgado.

La anatomía humana fue parte de su exploración inicial. El estudio de las manos, a los que nunca renuncia, permiten reflexionar sobre lo inacabado y lo intangible. El puño cerrado o los dedos entreabiertos van llevando el ritmo entre densidad y vacío que tanto analizó. La mano puede abstraerse en garfios, y la forma introduce la vacuidad, incluso, en las líneas discontínuas. Aunque muchos de sus dibujos pueden parecer bocetos de sus esculturas, Chillida conocía las diferencias entre ambas disciplinas artísticas:

“El pintor y el escultor están muy lejos entre sí. Una tercera dimensión que todo lo cambia los separa. El punto de vista del escultor estará siempre a 90º del punto de vista del pintor. El escultor encuentra los perfiles mirando siempre en profundidad”.

La escultura Forma fue seleccionada para el Salón de Mayo, organizado por el Museo de Arte Moderno de París, en 1949. Sin embargo, tras el éxito inicial, Eduardo Chillida sentía que todavía le faltaba encontrar su fuente interna, no le gustaban las cosas fáciles. “Tengo las manos de ayer, me faltan las de mañana”, se repite constantemente. El año que vivió en Villaines-sous-Bois, un pequeño pueblo francés, se sintió acabado. Al cuestionarse como artista considera que era tiempo de regresar a San Sebastián. Pilar Belzunce, su esposa, le responde: “Cómo vas a estar acabado si todavía no has empezado”.

La familia Chillida Belzunce en Villa Paz - Foto Waintrob 1965; Familia Chillida en el Palacio Miramar 1992 - Foto Jesus Uriarte.

El retorno, más que un fracaso, es un despegue a fuerza de fuego. Al mudarse a Hernani, en 1951, también se reencuentra con sus origenes en el país vasco natal. La artesanía en hierro es parte de una tradición regional. Chillida trabaja en las ferrerías para aprender las técnicas ancestrales y encontrar su estilo, mediante el corte y la torsión de una pieza única. Ilarik (1951) que significa estela funeraria en euskera, es su primera escultura en hierro, le siguen otras como Tximista (rayo). Logra así su primera individual en Madrid, en la Galería Clan, en 1954. Ese mismo año vende su primera escultura.

Eduardo Chillida. Ilarik (1951) su primera escultura en hierro.

Eduardo Chillida tenía una formación cultural vasta. Tomaba muy en cuenta los principios de la naturaleza, estudiaba la biología y asociaba sus creaciones con su entorno, a través de un imaginario que se nutría del pensamiento de filósofos, matemáticos, poetas, el zen e incluso músicos como Johan Sebastian Bach, a quienes siempre les rindió tributo.

“He sacado más consecuencias válidas para mi desarrollo artístico, leyendo biología, por ejemplo, que visitando museos […] A mí es la biología la ciencia que más me interesa. Además, por una razón: porque es la ciencia que trata de las leyes de la vida y, por lo tanto, un artista no puede encontrar mejor maestro, ni mejor alimento”.

Razón tendría su representante de sorprenderse cuando para su primera individual en Francia, en la galería Maeght de París (que sería su representante en lo sucesivo) el artista ya de 32 años propone que el texto de su catálogo fuese escrito por Gastón Bachelard, el autor de “El universo de fuego”, a quien admiraba. Bachelard no sólo fue un filósofo, epistemólogo, físico y crítico literario francés, en la cúspide de su carrera, sino que además tenía un gran interés por la imaginación poética. La historia es contada en una conversación por Luis Chillida Belzunce, el séptimo de ocho hijos del escultor y presidente de la Fundación Eduardo Chillida – Pilar Belzunce. Refiere que ante la convincente determinación de su padre, el galerista coordinó la cita entre el pensador y el artista, fue así como Bachelard escribió “Le cosmos du fer” (el de Chillida es un cosmos de hierro, diría el intelectual) para la exposición “Derrière le miroir” (1956), en donde se exhibieron obras como Hierros de temblor I y II (realizadas en 1955 y 1956, respectivamente):

Eduardo Chillida quiso conocer el espacio muscular sin grasa y sin pesadez. El mundo del hierro es todo músculos. El hierro es la fuerza recta, segura y esencial.

Gastón BAchelard

En una entrevista, su esposa Pilar Belzunce cuenta que Georges Braque se interesó por una de las esculturas de Chillida y se lo hizo saber al galerista que los representaba a ambos. Honrado, el escultor quiso regalarle la obra. Pero finalmente, Braque se transó por un intercambio, que ruborizó a Chillida, quien no podía compararse con uno de los maestros del cubismo francés.

Eduardo Chillida. Hierros de temblor II y III, 1955 y 1956.

Participa con Hierros de temblor III en la Bienal de Venecia de 1958 y recibe el Premio Internacional de Escultura. Este evento fue clave para la historia del arte español de la posguerra. La Unesco premia al Pabellón Español en su totalidad, que además incluía obras de Antoni Tàpies, Rafael Canogar, Manolo Millares, Antonio Saura y Manuel Rivera.

Los reconocimientos para Chillida no cesaron. Llegaron los Premio Graham en los Estados Unidos (1958), el Premio Kandinsky (1960), el Wilhelm Lehmbruck (1966), el Kaissering alemán (1985), la Medalla de Oro del Mérito de las Bellas Artes (1981), el Príncipe de Asturias (1987), el Premio Imperial de Japón (1991) y el premio internacional Novecento, Rosa de Oro, en Palermo (1998).

Distintas ocasiones de recepción de premios y reconocimientos.

Un episodio controversial en la vida de Chillida fue la acusación del escultor José de Oteiza de plagio. Diatriba que se ventiló en el Grupo GAUR (1965-1967), del cual ambos fueron fundadores. El distanciamiento de ambos escultores concluyó en 2017, con un Oteiza de 89 años y un Chillida de 73, en un abrazo ejemplar de reconciliación.

La primera retrospectiva de Eduardo Chillida se realiza en el Museo de Bellas Artes de Houston en 1966. Pero también le sucedieron otras en el Guggenheim de Nueva York (1980), el Martin-Gropius-Bau de Berlín (1991), en el Museo Reina Sofía en Madrid (1998), la Hayward en Londres (1990), en el Guggenheim de Bilbao (1999), en la Galería Nationale du Jeu de Paume en París, montaje que luego viaja a Kunsthalle Nationale Würth, Schwäbisch Hall, Alemania (2001).

Fotos de distintas inauguraciones y montajes de obras de Chillida. Leyendas al pulsar las fotos.

En América Latina, Venezuela tuvo el honor de realizar la primera retrospectiva que se llevó a cabo en la región, en el Centro Cultural Consolidado (1992). La exposición se llamó “Chillida: Escala humana”, y entre las piezas se incluyó una monumental como Mesa de Omar Kattam II, homenaje al matemático y poeta persa quien canta a los placeres como el vino, y a la vida. En su visita a Caracas, el artista recibió la Orden Andrés Bello en Primera Clase con Banda de Honor. Chillida tenía planes para conocer Canaima, pero el día del viaje coincidió con el segundo intento de golpe de Estado (1992). La revista Estilo cubrió los actos de esta exposición.

Reseña de la exposición en Caracas en 1992. Estilo 16.

Igualmente, México siempre estuvo interesado en llevar una retrospectiva del escultor donostiarra. Lo logró un mes antes de su muerte, con una selección de obras que provenía de la Galerie Nationale du Jeu de Paume, de París. El Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey y el Museo del Palacio de Bellas Artes alojaron las piezas, que fueron vistas por más de 52 mil visitantes.

Pensar el arte

Eduardo Chillida fue amigo del matemático René Thom, quien en la teoría de las catástrofes afirmaba que no había en el mundo dos ángulos iguales. “La de mi padre y la de René Thom fueron dos formas de llegar a conclusiones parecidas mediante dos procesos distintos, el de la percepción y el de la razón”, sostiene Luis Chillida.

Desde el espacio, con su hermano el tiempo, bajo la gravedad insistente, sintiendo la materia como un espacio más lento, me pregunto con asombro sobre lo que no sé. Trabajo para conocer y doy mayor valor al conocer que al conocimiento. Creo que debo de tratar de hacer lo que no sé hacer, intentar ver donde no veo, reconocer lo que desconozco, identificar en lo desconocido. En estos procesos, similares a los de la ciencia creativa, existen muchas dificultades (…) Las cosas que no conozco son la base de mi obra y de mi vida”.

Después del hierro, Chillida interrogaría a la madera y al acero sobre la densidad y la forma. En 1961 realiza la escultura Abesti gogorra I, (que traducido de la lengua vasca es canto rudo) una pieza en roble que pesa hasta 3.000 kilogramos, sin renunciar a sus trabajos en metal. Dos materiales fueron los más difíciles de abordar por el artista por sus limitaciones, uno de ellos fue la madera y el otro el granito paradójicamente el más blando y el más rígido. Pero ambos fueron de un valioso aporte para sus estudios sobre la relación entre peso y gravedad.

Chillida en distintos momentos de trabajo en su estudio.

Pero pronto una nueva inquietud nacería cuando viaja a Grecia con su esposa en 1963 y queda deslumbrado con la luz del Mediterráneo.“Pertenezco a un país que tiene una luz oscura. El Atlántico es oscuro, el Mediterráneo no. La luz es tan diferente.

En 1965, Eduardo Chillida comienza a investigar las propiedades del alabastro, e incorpora la dualidad de la luz y sombra en los espacios de sus piezas geométricas. La luz penetra como un signo que señala el vacío. Homenaje a Kandinsky (1965) explora todo su saber arquitectónico. Al perforar del bloque sólido de alabastro y crear el vacío, se incorpora la luminosidad en las vetas, y el efecto translúcido evoca el mistisismo al que se refiere Wassily Kandinsky, en su manifiesto de 1911, “Concerning the Spiritual in Art”. Es con el alabastro que Chillida hace del vacío el corazón lumínico dentro de las piezas, como se aprecia en Elogio de la Luz o en Casa de Luz III, cuando realiza esta pieza única el artista se define a sí mismo como «el arquitecto del vacío».

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“El alabastro es un material en el que puedes conseguir que la luz se manifieste en las aristas de una manera increíble. Es el único material que tiene esa virtud”.

Mientras un conjunto de estas piezas se exhibían en la Galerie im Erker en la ciudad suiza de St. Gallen, en 1968, Eduardo Chillida conoce al filósofo alemán Martin Heidegger, con quien encuentra una gran afinidad. Ambos conversan sobre la dialéctica entre espacio y tiempo. Para esa oportunidad, el libro Meditation in Kastilien con poemas del austriaco Max Hölzer y 7 litografías de Chillida estaba incluido en la exhibición. La experiencia de ver y compartir conocimientos influyó para que Heidegger invitara al artista a colaborar en el libro Die Kunst und der Raun (El arte y el espacio) una obra sin igual. Es la única publicación “ilustrada” del filósofo, quien grabó con su propia mano el texto en la piedra del litógrafo, al tiempo que Eduardo Chillida elaboró siete lito-collages, además de una litografía, en una edición limitada a 160 ejemplares.

Durante su estadía como profesor visitante en la Universidad de Harvard, en 1971, Eduardo Chillida entabla amistad con el poeta español de la generación del 27, Jorge Guillén. Años más tarde, en 1982, el artista quiso hacerle un homenaje, y releyendo Cántico, encontró el verso adecuado: “Más allá, lo profundo es el aire”. La obra está ubicada en Valladolid, ciudad natal del poeta. En varias piezas de esta serie, el exterior del alabastro se conserva de manera natural, rudimentario, mientras el espacio interior está delicadamente pulido.

“La escultura es una función del espacio. No me refiero al espacio exterior a la forma, que envuelve el volumen y en el que vive la forma, sino al espacio generado por la forma, que vive dentro de ella y que es más efectivo cuanto más imperceptiblemente actúa. Podrías compararlo con la respiración que se hincha y contrae las formas, que abre su espacio, inaccesible y oculto al mundo exterior, para ver. No lo veo como algo abstracto, sino como una realidad tan sólida como el volumen que la envuelve.

En la década de l970 Eduardo Chillida crea nuevas obras a partir del hormigón, y de la tierra chamota. El hormigón le permite darle un sentido inverso a sus estudios de la gravedad, para pasar a la levitación, “una rebelión a partir del peso”. La primera de sus grandes esculturas suspendidas, definidas como Leku o Lugar de encuentro, fue bautizada La sirena varada (1972) instalada en el Museo de Escultura al Aire Libre de Madrid. También destaca Elogio del agua, en el parque barcelonés de La Creuta del Coll, unas garras que agarran el espacio vacío mientras se proyecta en el lago; y Elogio del horizonte en el Cerro de Santa Catalina de Gijón, con un arco que delimita el volumen y el vacío.

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En los espacios públicos alrededor del mundo hay cerca de 50 obras monumentales de Chillida: España, Italia, Alemania, Suecia, Irán, Estados Unidos, Finlandia, Japón. También en Venezuela, hay una obra en la zona cultural de Parque Central, propiedad del Museo de Arte Contemporáneo, Lotura II (nudo o enlace en euskera) y en su colección tambien se resguarda un Alabastro (1990).

Con la chamota, una tierra cocida que se muele finamente el escultor donostiarra crea sus primeros Lurras, que destacan por su aspecto primitivo. La tierra adquiere tonalidades diferentes de acuerdo con el horno que se utilice, sea de leña o eléctrico. Pero también deja la impronta del espacio en cortes geométricos, realizados con diversos instrumentos y el uso del óxido de cobre, que delimita de forma cromática el negro. Los distintos grados de temperatura en la cocción también le permite jugar con los relieves. El material que, en su origen tiene partículas de óxido de hierro, se transforma en una suerte de esculturas-grabados al calor del horno.

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“Cuando yo dejé la carrera de arquitectura fui al taller de un escultor que me dio barro para modelar, pero esto nunca me ha gustado y sigue sin gustarme. Después de muchos años de no tocar la tierra vi cómo –en Saint Paul de Vence, donde he realizado muchos de mis grabados- un ceramista preparaba bloques de tierra que no se parecían en nada a la tierra que yo conocía. Lo que aquel ceramista preparaba era la chamota, mezcla de tierra y de tierra cocida y pulverizada, lo que le da una mayor consistencia y un toque distinto”.

En 1977 se instala la que podría considerarse su obra más emblemática, realizada en conjunto con el arquitecto Luis Peña Ganchegui. El Peine del viento, es una triada de garfios de 10 toneladas de peso en acero patinable ubicados entre La Concha (este) y Ondarreta (oeste). Entre esos muñones que lucen como esqueletos de la roca se crean una línea que los une con el horizonte. Pasado, presente, futuro, podrían estar representados en cada unidad, para describir el tiempo. Peinan el viento del noroeste y el viento del sur, pero también peinan las olas que vienen y van. El color cobrizo y la herrumbre le da vida a la obra en transformación, pues el artista considera que la escultura ya existía con los elementos de la naturaleza. “El mar tiene que entrar en San Sebastián ya peinado”, decía Chillida, de allí que la mano del hombre crea las rendijas por donde el agua dialoga con el concreto.

“Estoy a veces en el límite de no saber si lo que estoy separando del espacio, lo que estoy esculpiendo, es la masa de materia que estoy trabajando, o es el aire que se está haciendo pasillos ya interiores y cerrados para siempre”.

En 1980, el escritor mexicano Octavio Paz contribuyó con un ensayo introductorio titulado Chillida: del hierro al reflejo, que también se utilizó para un catálogo de la exposición celebrada en el Guggenheim Museum de Nueva York (1980). Cuando se inaugura el Museo Reina Sofía en el año 1986, Eduardo Chillida no sólo es uno de los seis artistas que integran la colectiva, sino que además realiza el boceto para el logo de la institución. La selección incluye a los españoles Antonio Saura y Antoni Tàpies, así como a los artistas de la segunda mitad del s. XX: Georg Baselitz, Cy Twombly y Richard Serra.

Instalación del Peine del viento, 1977.

“La materia, el espacio y el tiempo son, en primer lugar, cosas inseparables a un grado tal, que no sé si son realmente cosas diferentes”.

Encuentro con Bach

Cuando Chillida aún estudiaba arquitectura, un día camino a clase escuchó la Suite número 4 para violonchelo solo, de J. S. Bach. No pudo seguir su camino. Se sentó en las escaleras del pasillo. «Era una música que yo no había escuchado nunca y me quedé con Bach toda la vida». Varias obras le ha dedicado el artista al músico barroco. Una pieza de acero realizada en 1979, esculturas de granito, acero y terracota, y un libro concebido como Gravitaciones; que trata de expresar la analogía entre artes plásticas, música, espacio y tiempo.

Las Gravitaciones, proyecto que inicia en 1985, son realizadas a partir de capas de papel cortado que adquieren volumen y perspectiva al unir los planos con hilos. Son collages que permiten ser atravesados por el aire, y las considera esculturas en papel.

“Saludo a J. S. Bach. | Moderno como las olas | antiguo como la mar | siempre nunca diferente | pero nunca siempre igual”.

Eduardo Chillida

En 1984, Eduardo Chillida compra el caserío Zabalaga del siglo XVI en Hernani (Gipuzkoa-España) desde cuya cima se puede observar Peine del Viento, con la intención de incorporar sus esculturas a la naturaleza. Su galerista Aimé Maeght ya había fallecido y el artista no quiso iniciar una nueva relación con otra galería para ser representado en exclusividad. En el año 2000 inaugura el Museo Chillida Leku, con 42 esculturas de gran tamaño en hierro y granito distribuidas en las 12 hectáreas de terreno y unas 120 obras menores y dibujos en su interior. Años después de morir Eduardo Chillida, el 19 de agosto de 2002, el museo queda clasurado (en 2011) por falta de acuerdo entre la sucesión familiar e instituciones culturales. Sin embargo, tras la negociación con la galería suiza Hauser & Wirth, que a partir de 2017 comenzó a representar sus obras para la exposición y venta en el mercado mundial, el museo vuelve a estar encaminado.

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Pese a la coyuntura incierta del patrimonio artístico de Chillida, entre 2011 y 2013 sus obras estuvieron posicionadas en el mercado del arte, con ventas superiores al precio estimado. Una nota escrita por El confidencial, en octubre de 2015 refiere que algunas piezas de la sucesión iban a ser vendidas en Nueva York, en un lote cuyos precios oscilaban entre los 2,6 millones y los 10,5 millones de euros. Igualmente, este diario reseña que Peine del viento II se adjudicó por 1.880.000 euros en Sotheby’s y Lo profundo es el aire XX rozó los 2 millones de euros en Christie’s. La cotización más alta de ese período se lo llevó el reino de Qatar al adquirir por 5,5 millones de euros Buscando la luz IV, que está la vista en el campus universitario de Doha. En 2019, la obra Alivio se vendió por 334.151 de euros en Christie’s, mientras que en octubre de 2020 la subasta cerró en 381.089,53 euros por Caja de Luz III. En octubre de 2020, el Mural G-336 fue adquirido por 1.664.000 euros, en subasta de Christie’s.

Eduardo Chillida. Lugar de encuentros.

La obra de Eduardo Chillida está presente en más de veinte museos de todo el mundo, incluyendo a Venezuela, pero además de su museo en San Sebastián, Eduardo Chillida quiso construir un espacio nunca antes logrado por otro artista. La idea provino de uno de sus alabastros, Mendi Huts (1984), que significa montaña vacía. El artista diseñó una utopía, que podría considerarse el epílogo de la nada. Pero no tardaron en despertarse las alertas de los ecologistas. Chillida quería vaciar el interior de una montaña, para dejar entrar hombres de todas las razas y credos, como otra de sus grandes esculturas para la tolerancia. Tindaya fue la montaña que eligió, en Fuerteventura, y si bien en su inicio tuvo un apoyo político, pronto el proyecto se congelaría, por falta de presupuesto y la reacción adversa de la opinión pública. Chillida pensaba que la escultura, lejos de dañar el ecosistema protegería la montaña, y las personas al descender, no sólo podían estudiar las capas de la tierra:

El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del sol, de la luna, dentro de una montaña volcada al mar y al horizonte inalcanzable, necesario, inexistente…”.

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En la instalación de Peine del viento, 1977.

Inger Pedreáñez es periodista (UCV), fotógrafa, poeta. Profesora de periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello. Dedicada al periodismo corporativo por más de 25 años. IG: @ingervpr.

Más sobre Chillida

Museo Chillida Leku

Entrevista a Pilar Benzunce, esposa de Eduardo Chillida

Peine del Viento de Chillida: materia, forma y lugar

Revista Estilo donde está el artículo sobre la exposición en Venezuela en el Centro Consolidado

One comment

  • Excelente artículo sobre Chillida! Aprendí mucho y entendí mejor su obra. Great artist! Mary Gonzalez

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