GERTRUDE STEIN, AVANT-GARDE

Mujer de relaciones intensamente personales, Gertrude Stein abandonaría su país natal para lanzarse al ruedo del escenario europeo e irrumpir en tiempos de rebosantes ismos y poderosas vanguardias. Seducida por su propia realidad abrazó los albores del nuevo siglo para reinventarse en los preceptos de un Modernismo que la ubicaría como referencia indiscutible del alborotado acontecer artístico parisino. Amiga y enemiga de los principales exponentes del arte en todas sus disciplinas, desde París le gritó al mundo –sin vergüenza ni tapujos– el loco amor que le profesaría a la también escritora Alice B. Toklas. Amada y despreciada, temida y alabada, Gertrude Stein logró imponerse en la historia cómo símbolo indiscutible de la modernidad, más allá del guiño y coqueteo con los peligrosos entretelones del fascismo.

por Tullio Cavalli

I. LOS MODERNOS

Más allá de cualquier especulación, o juicio de valor sobre Gertrude Stein –sobran las historias y anécdotas en la extensa bitácora de vida de esta influyente mujer del siglo XX- es interesante hurgar entre todas esas relaciones, a veces exageradamente personales, artísticas y literarias que Gertrude Stein estableció con importantes pintores, músicos y escritores de su contemporaneidad.

Desde su fallecimiento en 1946, todavía no ha sido bien ponderada la presencia de Gertrude Stein como figura proteica en el desarrollo artístico de las vanguardias parisinas, así como tampoco ha sido bien reconocida la importancia de su influencia en otros artistas. Pero es innegable que su multifacética actividad –coleccionista de arte, escritora de ópera y según entendidos creadora de un nuevo lenguaje poético- contribuyó al debate teórico más importante del Modernismo, liderando un nutrido grupo de escritoras expatriadas qué alzó la voz para un nuevo Modernismo alternativo y femenino.

Man Ray. Gertrude Stein c.1920-9. Cortesía Tate, 2009.

En 1986 Shari Benstock, (1.944-2.015) destacada estudiosa norteamericana del modernismo literario publicó para la serie editorial Reading Women Writing de la Cornell University Press, su libro Women of the Left Bank: Paris, 1900-1940, obra que presenta un detallado análisis de la presencia de las llamadas “expatriadas” anglosajonas que poblaron la rive gauche del río Sena en París estableciendo una suerte de mancomunidad artística que fue “el germen prodigioso de una frenética actividad literaria”. En su obra Benstock detalla cómo este asombroso grupo de mujeres conducido por Gertrude Stein no sólo se centró en la creación artística, sino en la promoción de toda suerte de emprendimiento asociado a través de la fundación de librerías, iniciativas editoriales, prensa alternativa, revistas, tertulias literarias, salones artísticos, espacios expositivos y cualquier actividad que propagara la intensa fiebre modernista y los nuevos aires de liberación social que renovaban el decadentismo de fin de siglo. En efecto, el grupo proponía una cultura alternativa que, más allá del modernismo tradicionalmente concebido bajo esquemas masculinos, redimensionara el papel de la mujer dentro de las vanguardias artísticas de la sociedad moderna.

Al reflexionar sobre la figura de Gertrude Stein es inevitable ubicarla como epicentro de esta dinámica de alteridad y transgresión que afloró durante la primera mitad del siglo XX. El círculo de amistades que la rodeó, su indiscutible influencia en algunos de los artistas de la época, su visión sobre las vanguardias artísticas, su disciplinado trabajo para la promoción de una cultura alternativa, junto a la ruidosa novedad de los movimientos sufragistas femeninos, contribuyeron a sentar las bases del contundente movimiento feminista que aparece en el mundo ya bien entrada la segunda mitad del siglo XX.

El verdadero interés sobre el aporte femenino al movimiento modernista sucede a principios de la década de los ochenta –en plena implosión posmodernista- con la publicación de libros, estudios y ensayos derivados de la aparición de cartas privadas, diarios, fotografías, documentos diversos y otros registros inéditos que contribuyeron a descubrir la verdadera dimensión de la importante red vital de apoyo, desarrollo e intercambio intelectual protagonizada por mujeres como Margaret Anderson, Natalie Barney, Djuna Barnes, Sylvia Beach, Winifred Ellerman, Janet Flanner, Mina Loy, Adrienne Monier, Anaïs Nin, Katherine Anne Porter, Gertrude Stein, Alice B. Toklas y Edith Wharton, entre tantas otras.

Durante los primeros decenios del siglo XX, París se desbordó de artistas, escritores, pintores, fotógrafos y músicos norteamericanos que se instalaron en sus calles para desarrollar sus inquietudes artísticas en un ambiente en donde la dinámica del cambio era el motor de aquello que conocemos como Modernismo. Para los norteamericanos llegados de ultramar, la distancia y la nostalgia se convirtieron en las metáforas de su alienación y de la perspectiva que necesitaban para mirar y redescubrir de manera crítica a su país: “Cruzaron el océano para poder reescribir su país y trazar el nuevo mapa de la literatura norteamericana que se dibujaba desde una perspectiva de rechazo a una sociedad intervenida por el mercantilismo y la tecnología.”

Donald Pizer, académico y crítico literario estadounidense de la Universidad de Tulane, quien ha hecho enormes contribuciones al estudio del naturalismo literario americano desde finales del siglo XIX hasta la segunda guerra mundial, señala que el exilio de tantos norteamericanos en París “era un destino necesario para revitalizar la perspectiva de los artistas sobre su propia cultura. Un fenómeno común en la historia del siglo XX. Pero, más en concreto, el auto-exilio de artistas e intelectuales norteamericanos entre las dos guerras es un dramático ejemplo de una característica fundamental de la vida americana de principios del siglo XX: la alienación del artista a las normas de su cultura… …Además, prácticamente todas las obras más significativas de la ficción y la autobiografía en el exilio son experimentales en la técnica y en la forma. Dos de las características centrales de esa rica veta que es el Modernismo norteamericano de entreguerras…”

II. JOVENCITA CON CANASTA DE FLORES

Gertrude Stein fue una de las primeras estadounidenses en París en responder con entusiasmo a la revolución modernista del arte europeo del siglo XX. Junto a su socia y amante Alice B. Toklas, apoyó a muchos artistas emergentes, incluyendo Matisse, Cézanne, Braque y Picasso. Para Picasso en particular, el temprano patrocinio fue vital para su éxito posterior.

Alice B. Toklas y Gertrude Stein en el escritorio. Foto Man Ray.

Gertrude Stein llegó a París desde América, vía Londres, con su hermano Leo en 1903. La intención del hermano era consolidar una carrera artística en Europa, mientras Gertrude, que acababa de abandonar la escuela de medicina de Johns Hopkins, luchaba por recuperarse de una relación destructiva y emocionalmente agotadora. Juntos se lanzaron con entusiasmo al mundo de las vanguardias artísticas que rebullían en la ribera izquierda del Sena. Su apartamento en el 27 rue de Fleurus, en pleno corazón del distrito bohemio, constaba de dos pisos con un taller adyacente y fue aquí donde se inició y creció su colección de arte moderno. Algunas de las primeras adquisiciones realizadas en 1904 incluyeron ‘Girasoles’ de Gauguin y ‘Tres tahitianos’, ‘Bañistas’ de Cézanne y dos de Renoir. No fue hasta 1905, después del Salón d’Automne de octubre, cuando el primer Picasso se abrió camino en la colección Stein.

Se trataba de un desnudo bastante convencional, «Jovencita con canasta de flores«, pero causó una fricción considerable en la casa Stein. A Leo le encantaba, pero Gertrude lo detestaba: «había algo que le resultaba espantoso en el dibujo de las piernas y los pies, algo que la repelió pero que también la conmocionó». El comerciante de arte que lo vendía, un tal Sagot – tan redondo como la sonoridad de su nombre– se preguntó si el problema no se resolvería guillotinando las piernas y los pies. Ante la absurda sugerencia Gertrude estalló en exagerada ira y lo único en lo que los tres eventualmente pudieron estar de acuerdo fue en que la última solución no funcionaría. Fue solo la perseverancia de Leo y su evidente amor por la pintura, aunados al hecho de que habría sido rebajada por Sagot a 150 francos, lo que convenció a Gertrude para que la aceptara.

La pieza obviamente se redimensionó en ella y así Stein dio inicio a la colección privada más extensa, casi inigualable, de la obra de Picasso en un período en que casi nadie más compraba sus pinturas. Andrea Weiss, en su extraordinario documental Paris Was A Woman (1996), sugiere que si Gertrude Stein no hubiera comenzado a coleccionar la obra de Picasso en esos primeros años, “es posible que Picasso hubiera seguido siendo un artista condenado a sobrevivir del trueque de sus pinturas, un náufrago en el tumultuoso mar artístico que fue el París de esos tiempos… Según la propia Gertrude, desde 1906 hasta aproximadamente 1910, la familia Stein controló la producción de Picasso, ya que eran los únicos que lo querían. Probablemente no fue una exageración y ciertamente parecería que, sin Gertrude Stein, la historia de Picasso hubiera sido muy diferente.”

Picasso con Gertrude Stein, Alice B. Toklas y amigos.

«Jovencita con canasta de flores» fue más que el comienzo de una colección. Fue el comienzo de una amistad. A pesar de que ninguno hablaba ni entendía el idioma nativo del otro, lograron entenderse en un conocimiento profundo, particularmente sobre el arte y el modernismo. Entre 1905 y 1906, Picasso pintó el retrato de Gertrude Stein en su estudio de Montmartre, y esto resultó ser un punto de inflexión para el artista. Según la autora Janet Hobhouse, Picasso no había trabajado con una modelo en ocho años y «durante los meses que Gertrude vino a posar para él en su estudio, unas noventa sesiones en total, su amistad se formó [de verdad]». De hecho, Picasso había mostrado frustración por su incapacidad para capturar verdaderamente la semejanza de Stein. Según James R. Mellow, en la primavera de 1906, «un día, en un ataque de irritabilidad, Picasso había pintado la cabeza. ‘Ya no puedo verte cuando miro'», exclamó. Sin embargo, el artista logró «encontrarla de nuevo» y completó la pintura en ausencia de Stein. Después de unas ochenta o noventa sesiones, el resultado, según sus amigos en común, no se parecía en lo más mínimo a ella La respuesta de Picasso fue encogerse de hombros: «No importa, al final logrará lucir igual» y lo hizo. El cuadro, hoy en día, sigue siendo uno de los retratos más famosos que pintó Picasso.

Stein está representada con el cabello recogido en un moño y vestida con un traje de pana marrón que era el «uniforme» que la caracterizaba y hacía destacar entre la multitud en las calles, galerías y cafés de París. La paleta de colores apagados en la que se representa la obra fue elegida por Picasso para dirigir la atención del espectador directamente al rostro de Stein y su intensa mirada. Según el autor y crítico James R. Mellow este retrato con su caracterización aguda y angulosa del retratado anunciaba el cubismo y representa el punto de transición de Picasso de sus arlequines rosa y azules hacia su proceso de deconstrucción del dibujo.

Las tardes de los sábados eran las tardes dedicadas al ya legendario salón Stein que se abría semanalmente en el apartamento del 27 rue de Fleurus transformándolo en el epicentro del acontecer cultural. Toda suerte de eventos desarrollados por un intenso grupo de féminas capitaneadas por Stein se escenificaban sábado tras sábado. Durante la semana un constante y ajetreado ir y venir de personas –mujeres, muchas mujeres- abarrotaban el inmueble entre desayunos y ensayos, almuerzos y preparativos, cenas y escandalosas discusiones entre Gertrude, Leo y Alice.

Picasso empezó a asistir mientras pintaba el retrato de Gertrude Stein. Una invitación al salón Stein era considerada como una suerte de rito de iniciación al movimiento modernista y cada semana, después de que Picasso terminaba la sesión retratista del día en su taller de Montmartre, él y su amante cruzaban París con Gertrude Stein hasta la rue de Fleurus. El recorrido de este paseo se hizo famoso por ser el lugar donde todos los que eran alguien en las vanguardias artísticas del momento, se encontraban para llegar chez les Stein. Durante el trayecto hablaban sobre arte, literatura y filosofía, tal vez incluso de la muy cacareada y creciente colección de un novel artista malagueño que pocos conocían. Fue aquí donde la obra de Picasso fue vista por primera vez por una amplia audiencia. Una audiencia que incluía a Claribel Cone y su hermana Etta. Los Cones eran coleccionistas de arte estadounidenses y, en poco tiempo, también estaban comprando y exhibiendo la obra de Picasso en sus salones. También fue aquí donde Picasso conoció a Matisse, y los dos artistas se convertirían en amigos de toda la vida y en rivales profesionales.

Existe considerable evidencia que sugiere que Gertrude Stein fue una influencia importante tanto en la carrera como en la vida personal de Pablo Picasso, pero los historiadores del arte han sido, primero reacios, ahora todavía escépticos de concederle un lugar destacado en la historia personal y profesional de Pablo Picasso y del Modernismo europeo.

Una esquina del apartamento 27 de la rue de Fleurus de Gertrude y Leo Stein.

Sin embargo en el levantamiento de la colección la mayor parte del mérito ha sido para su hermano Leo, quien ha sido alabado como uno de los «conocedores y coleccionistas más exigentes de la pintura del siglo XX en el mundo». Gertrude Stein, en cambio fue relegada por su propio hermano como la campeona de Picasso, comentario que dio origen a una larga y legendaria enemistad entre los hermanos.

En 1914, Leo Stein se trasladó a Settignano, Italia, cerca de Florencia. La división entre hermano y hermana fue amarga y Gertrude Stein no volvió a ver a su hermano durante casi treinta años, solo volvieron a cruzarse una vez en la calle, donde se saludaron cortésmente para luego más nunca volverse a ver. En la división de su colección de arte, Leo se llevó dieciséis Renoir, pero dejó la mayor parte de los Matisse y Picasso a su hermana, alegando que «el paisaje de Picasso no es importante en ningún sentido, por esto estoy dispuesto a dejarles la obra de Picasso».

Para ese entonces, Gertrude Stein estaba en la relación con la mujer que fue su compañera de por vida, Alice B. Toklas. Leo Stein siempre acusó una influencia maléfica de esa mujer en su hermana, pero no era sino el resultado de su intolerancia. Leo al percatarse de la cada vez más seria e intensa relación entre las dos mujeres, tal vez se habría cansado de batallar sus decisiones en un juego de tres en donde siempre tenía las de perder. Gertrude y Alice continuaron viviendo en el 27 rue de Fleurus. Los salones de los sábados por la noche continuaron y Gertrude Stein siguió coleccionando el trabajo de Picasso, aunque irónicamente, en 1919 Picasso ya le estaría regalando cuadros, ya que había tenido tanto éxito que ella ya no podía permitirse comprarlos. La colección a partir de entonces se concentró exclusivamente en Picasso y Juan Gris, ya que la mayoría de los otros cuadros que Leo no tomó se vendieron.

Gertrude y Alice

III. claroscuro

¿Por qué tantos destacados escritores y filósofos modernistas se sintieron atraídos por regímenes fascistas o autoritarios en la primera mitad del siglo XX? Es la pregunta que se hace en un extenso artículo la escritora y profesora de Inglés y Crítica Literaria Barbara Will del Dartmouth College. Sostiene que la lista de los que no lo fueron –Samuel Beckett, James Joyce, Thomas Mann y Robert Musil– palidece en comparación con la de los que sí lo fueron: Ezra Pound, William Butler Yeats, TS Eliot, Wyndham Lewis, Knut Hamsun, Paul de Man, Louis-Ferdinand Céline, Filippo Marinetti, Martin Heidegger, Robert Brasillach y muchos otros, más todavía si se añade a ésta última el nombre de Gertrude Stein, que también fue, resulta, partidaria comprometida de Philippe Pétain, jefe de estado del colaboracionista y pro nazi régimen de Vichy durante la ocupación alemana en Francia durante la Segunda Guerra Mundial.

Este es un hecho poco divulgado de la vida de Stein, quien aupó a la extrema derecha política, incluso registrándose como propagandista del régimen autoritario y nazi de Vichy. El pasado de Stein en Vichy es conocido desde hace mucho tiempo por los estudiosos, mas no por el público en general. Sin embargo, es difícil juzgar las simpatías políticas de Stein y los distintos hechos que la hacen una figura contradictoria en relación a la historia que vivió, como por ejemplo, su respaldo a Adolf Hitler para el Premio Nobel de la Paz en 1934, o su saludo fascista al visitar el búnker en Berchtesgaden después de la victoria aliada en 1945 en compañía de soldados estadounidenses.

Según Will «prestar mucha atención a ese tiempo requiere suspender algunas de nuestras creencias más preciadas sobre los más grandes escritores y artistas de principios del siglo XX: su fe en la innovación, en la revolución, en la profunda necesidad de seguir adelante. De hecho, para modernistas como Stein, el camino hacia el futuro a menudo consistía en volver a algo perdido a raíz de la modernidad. Y es aquí donde las promesas del fascismo (y de sus variantes, como el petainismo) resultaron particularmente atractivas para ciertos escritores modernistas.»

Uno de los grandes amigos de Stein fue Bernard Fäy, un historiador de convicciones ultraderechistas. Alice B. Toklas se refería a él como «el amigo más querido de Gertrude durante su vida». Fue traductor de su obra al francés y responsable de la gira de promoción en Estados Unidos de la Autobiografía de Alice B. Toklas, que resultó ser un bestseller (1934-35), pero además fue su interlocutor para la discusión de sus ideas políticas y con quien tenía gran afinidad como revela la correspondencia que mantuvieron entre ellos. Cuando Pétain llega al poder, Fäy tuvo altas responsabilidades durante el gobierno de Vichy y secretamente fue el encargado de perseguir a los masones. La amistad tan cercana de ambos personajes hace difícil desvincular a Stein de todo lo cuestionable y criminal que fue el gobierno colaboracionista de Vichy, responsable de la muerte de decenas de miles de judíos y de la persecusión de la resistencia.

Gertrude Stein fue parte de una cantidad apreciable de intelectuales de la época que simpatizaron con regímenes autoritarios en la esperanza de que contribuirían a mejorar la sociedad. La idea no es condenarlos al revisar su vida y obra, ni «cancelarlos», sino establecer los puntos de contacto entre su trabajo artístico y sus inclinaciones ideológicas, en caso de haberlas, y en última instancia recrear la dimensión humana de estos personajes con todas sus aristas, aciertos y desventuras, brillo y oscuridad. Así, también entenderemos un poco más las mecánicas de un posmodernismo que todavía hoy se reconstruye.

VI. como muestra de Inventario

Las primeras obras coleccionadas por los Stein, tienen anécdotas que contribuyen a la leyenda de Gertrude y su papel en la movida artística y literaria de la época. Ella como mecenas, al igual que los Guggenheim y otros célebres coleccionistas, ayudó a desarrollar el movimiento del arte moderno occidental. Cabe preguntarse si Matisse, Gauguin, Juan Gris, Picasso, entre otros, hubieran cotizado bien sin la promoción y soporte que obtuvieron de alguien como Stein.

Félix Vallotton

En muestra de agradecimiento por la compra de obras para su colección, el pintor suizo Félix Vallotton pintó un retrato de Gertrude a modo de regalo. El autor y crítico James R. Mellow describió la interpretación de Stein, «como un personaje augusto y elegante con una túnica suelta de pana marrón y una cadena de lapislázuli, indumentaria que usaba como una especie de traje oficial en su ‘en casa’ los sábados por la noche «.

Esta fue solo la segunda vez que Stein se sentó para un retrato (después de Picasso un año antes) y observó el contraste entre los dos enfoques. Ella dijo de Vallotton, «cuando pintó el retrato, hizo un boceto a lápiz y luego comenzó a pintar en la parte superior del lienzo en línea recta». Stein comparó la estrategia del artista con «bajar una cortina tan lentamente como el descenso de un glaciar suizo. Lentamente bajó la cortina y cuando estuvo en la parte inferior del lienzo, ahí estaba yo». Vallotton nunca se acercó personalmente a la fama de Stein, mucho menos a la de Picasso. Mellow sostiene, de hecho, que “la indiferencia de Stein hacia Vallotton y viceversa se refleja sin duda en el hecho de que nunca aparece en las fotografías del estudio en los primeros años». Sin embargo, esto no significa que el retrato de Vallotton mereciera un lugar relegado en el legado de Stein. De hecho, de acuerdo con la Galería Nacional de Retratos del Smithsonian, «al sacar la cabeza de Stein del plano de la imagen y hacer de su túnica una plataforma monolítica para su enorme cabeza y manos, Vallotton la convirtió en una mujer Buda y para finales de la década de 1920, su interpretación de Stein imperiosa, remota y carente de edad se convirtió en la imagen referente de la escritora”.

Félix Vallotton, Gertrude Stein. 1907. Colección del Museo de Arte de Baltimore, Baltimore, Maryland

Juan Gris

Libro y vidrio fue una de las primeras pinturas de Gris adquiridas por Stein. Representada en un estilo cubista de formas geométricas simplificadas, aplanadas, Gris representó una mesa sobre la que descansa una botella, un vaso, un paquete de tabaco y un libro abierto. Sin embargo, tras una inspección más cercana, como detalla el Museo Metropolitano, uno puede ver, «como en las sombras se duplica cada forma, camufladas dentro del diseño de cuadros azules». Elogiando a Gris, Stein dijo una vez, «el único cubismo real es el de Picasso y Juan Gris. Picasso lo creó y Juan Gris lo impregnó con su claridad y su exaltación». Curiosamente, cuando lo conoció no le gustó del todo a Gris, recordando que era «un personaje atormentado y poco comprensivo. Que era muy melancólico y efusivo y, como siempre, clarividente e intelectual».

Stein se encariñaría mucho con Gris en años posteriores, especialmente porque éste se mantuvo fiel al cubismo mucho después de que otros (incluido Picasso) hubieran dejado atrás el movimiento. Stein también apoyó a Gris cuando más lo necesitaba y, según la autora Janet Hobhouse, «la mayoría de los otros cubistas en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial ya habían tenido demasiado éxito para necesitar su patrocinio y sus pinturas se habían vuelto demasiado caras para ella, pero Gris había sufrido durante mucho tiempo tanto de pobreza como de mala salud y dependía mucho del apoyo de Stein para mantenerse con vida». A su muerte en 1927, Stein le rindió homenaje publicando en un número de la revista Transition el trabajo titulado «La vida y muerte de Juan Gris».

Juan Gris. Book and Glass, Paris, spring 1914 The Metropolitan Museum of Art, New York, Promised Gift from the Leonard A. Lauder Cubist Collection.

Picasso

Lo que distinguió a Stein de muchos de los otros mecenas de Picasso fue que fue una de las primeras en apoyar sus experimentos cubistas. Cuando otros luchaban por comprender el cubismo, ella ya era una defensora; quizás porque reconoció en Picasso el mismo espíritu pionero que trató de lograr con su propio estilo literario. Ella sintió un parentesco con Picasso y queda claro cuando le dijo: «hoy hay dos genios en el arte, tú en la pintura y yo en la literatura». Sabía que Picasso estaba creando algo enormemente significativo que alteraría la dirección del arte moderno, lo cual reconoció cuando afirmó: «Picasso comprende lo contemporáneo cuando los contemporáneos aún no lo conocen, pero él es contemporáneo y como lo es el siglo XX, un siglo que ve la tierra como nadie la ha visto jamás ”. Según el autor y crítico James R. Mellow, Stein había inspirado involuntariamente esta pintura cuando ella y su compañera Alice Toklas visitaron el estudio de Picasso. El artista no estaba por ningún lado, así que como queriendo hacer una broma, Stein dejó su tarjeta de presentación. Unos días después, la pareja regresó al estudio donde vieron este cuadro. Stein notó que en la parte inferior del cuadro, Picasso había pintado una réplica de la tarjeta de visita de Gertrude. Deseaba tanto adquirir el trabajo que, sin tener fondos, tuvo que concertar un plan de pago a plazos con el marchante de Picasso.

De alguna manera este cuadro simboliza lo que representaba Stein para muchos de estos artistas que como Picasso, deben en gran parte su relevancia en el arte moderno.

Pablo Picasso. The Architect's Table, Paris, early 1912. Foto cortesía MoMA.

Tullio Cavalli es periodista, director y productor de teatro. @tcavalliv.

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