STUDIO 54, POSTMODERNISM REDUX

A cuarenta años de su cierre el mítico club nocturno Studio 54 reabre su imaginario en una exhibición celebrada en el Brooklyn Museum de Nueva York. Agitado y desenfrenado reducto de los principales actores del global mainstream, bajo el ojo asombrado y permisivo de un conservadurismo sacudido por el tránsito de una década terrible, el club Studio 54 sedujo a todas los estratos y sectores de una era que se reinventaba bajo los signos de la posmodernidad.

Tullio Cavalli

En 1996, Bob Colacello, destacado editor y colaborador de la revista Interview –esa emblemática referencia del posmodernismo impreso ingeniada por Andy Warhol y John Wilcock– escribió para Vanity Fair una deliciosa crónica de los entretelones del más glamoroso, ecléctico y polémico club privado que haya existido en Nueva York: El Studio 54. En su relato, Colacello presenta en primera persona las voces sobrevivientes que protagonizaron el ininterrumpido frenesí de un club que, “como James Dean en los cincuenta o como los Beatles en los sesenta, encarnó tan intensamente su tiempo que no podía durar mucho”. Un club que convocó y unió al mundo entero en esa infinita pista de baile iluminada por luces estroboscópicas de una manera que, cuarenta años después, en esta nueva era de pestes incurables, corrección política, rectitud moral y fragmentación social pareciera inconcebible. “Desde cualquier punto del uptown o downtown neoyorkino, desembarcando desde Los Ángeles o Washington, Londres, París, Roma, Río o Caracas, reinas de la sociedad y reinas del drag, artistas y atletas, debutantes y hipsters, el alcalde Beame y Roy Cohn, Diana Vreeland y Miz Lillian, Warhol, Von Furstenberg, Bianca, Halston,Liza, Herrera, Cher, Andy… todos estaban allí”.

Bob Colacello, Party 212 de Studio 54. Diciembre 1983 © Patrick McMullan

«Una noche estaba de pie junto al bar», señala en la crónica de Colacello la ex columnista de la revista Details Beauregard Houston-Montgomery, «charlando con Way Bandy y Harry King, que eran los más importantes artistas en el mundo de la peluquería y maquillaje en ese momento, hicieron las portadas de Cosmo con Scavullo, y de repente los tres dejamos de hablar y miramos al frente, porque allí estaba el mismísimo general Moshe Dayan, con su parche en el ojo, hablando con Gina Lollabrigida”.

Steve Rubell e Ian Schrager, 1978. Cortesía Photofest, via Zeitgeist Films.

A diferencia de otras grandes referencias de la noche neoyorkina del novecentoCotton Club, Copacabana, El Morocco, The Stork Club, Peppermint Lounge, Arthur, The Dom, Le Club, Régine’s, Xenon, Area, Nell’s, CBGB, Palladium, La Dancetería, Limelight, The Tunnel– la vida del Studio 54 fue corta y explosiva como la de ningún otro rumbeadero. En sus escasos dos o tres años de original existencia, sus creadores – Steve Rubell e Ian Schrager, asesorados por la magia de la llamada hechicera de la noche, la peruana Carmen d’Alessio y financiados por una larga corte de hechizados inversionistas de la movida neoyorkina – supieron convocar desde su primera noche el codiciado mix que todo Bar-Club business anhela: la gente más hermosa, influyente e irreverente no sólo del american mainstream & underground culture, sino la de todo el mundo. Para ser exactos, fueron 33 meses entre la tumultuosa fiesta de apertura el 26 de abril de 1977 y la tumultuosa fiesta de despedida de Rubell y Schrager oficiada por Diana Ross –que enloqueció a los asistentes cerrando con su I’m coming out– el 2 de febrero de 1980, dos noches antes de ser encarcelados por evasión de impuestos. Así pues la vida del ’54 fue cortada abruptamente, y el club nunca más volvió a ser el mismo. Eso sí, quedará por siempre como referencia obligada para el entendimiento y estudio de uno de los más importantes movimientos artísticos del siglo pasado: el posmodernismo.

Carmen D'Alessio con Andy Warhol en Studio 54.

A cuarenta años de su cierre, el Brooklyn Museum de Nueva York estaba por escenificar la exposición Studio 54: Night Magic, muestra que, del 13 de marzo al 5 de julio de 2020, bajo la curaduría de Matthew Yokobosky, curador senior de moda y cultura material del Museo de Brooklyn, traza a través de la estética pionera del club nocturno más emblemático de todos los tiempos, una historia radiante, política y social que se tejió detrás de la cuerda de terciopelo rojo que demarcaba los límites de acceso del afamado local nocturno.

Después de una sociedad decepcionada por la Guerra de Vietnam, y en medio del gran Movimiento de Derechos Civiles que bullía a nivel nacional, además de las luchas por LGBTQ+ y los derechos de las mujeres, la ciudad de Nueva York estaba prácticamente en bancarrota y ansiaba una transformación social y creativa, así como una sensación de desparpajo y celebración después de años de protestas y agitación. Los alquileres bajos y propiedades en remate atrajeron a una diversidad de artistas, diseñadores de moda, escritores y músicos, catalizando la invención de nuevas formas de arte, incluidos géneros musicales como el punk, el hip-hop y la disco music. En un raro cambio social, personas de diferentes estratos sexuales, sociopolíticos y financieros se mezclaron libremente en los clubes nocturnos de la ciudad de Nueva York. Ningún lugar ejemplificó esto más que Studio 54.

La emblemática foto de Bianca Jagger sobre el caballo blanco en Studio 54 tomada por Rosa Hartman. Cortesía Getty images

Organizada cronológicamente, Studio 54: Night Magic utiliza la fotografía, la moda, el dibujo y el cine, así como ilustraciones de vestuario, propuestas y diseños nunca antes exhibidos, para ubicar el club nocturno dentro de una historia contextual, más amplia, de la ciudad de Nueva York, desde la Prohibición de los años 20 y 30 hasta la década de 1970. Los planos y los modelos de arquitectura exhibidos ilustran el desarrollo y la creación innovadores del club, mientras que la documentación de extravagantes celebraciones y fiestas temáticas ambientadas y escenificadas en intensas performances que recurrían a todo tipo de artificios y técnicas multimedia, narra su breve carrera de treinta y tres meses.

«Parecía que ibas a un lugar nuevo todas las noches», dice Kevin Haley, entonces modelo, ahora decorador de Hollywood. “Y así era, porque lo cambiaban constantemente para las fiestas temáticas. Recuerdo la fiesta de Dolly Parton. Era como una pequeña granja con pacas de heno y animales de granja vivos: cerdos, cabras y ovejas. Y la fiesta de Halloween: subías por una rampa a través del vestíbulo y fisgoneabas a través de pequeñas ventanas que daban al interior de unas también pequeñas cabinas con enanos haciendo cosas. Me viene a la mente una que tenía una familia enana completa cenando formalmente. Era todo una locura.”

Amanda Lear - Fashion Pack (Studio 54) - slideshow. https://youtu.be/EJ0F7ZzduTU

La exposición continúa para diluirse en los años posteriores al cierre del club nocturno. Tal vez una revisión reflexiva, en plan hommage a la inevitable decadencia de un mito que transitaría dolorosamente a la era pre SIDA, pero que sin embargo mantendría con firmeza su presencia estética en el arte y en la cultura pop de fin de siglo. Studio 54: Night Magic es una justa mirada a una importante arista para entender el posmodernismo a través del comportamiento intimo de sus protagonistas y de una sociedad que empezaba a perfilarse global. Un club que sedujo la mirada intolerante del status quo doblegándolo, genuflexo, a la fascinación de sus exagerados entretelones, timoneándolo a nuevas lecturas de la contemporaneidad gestada en posmodernidad.   

De todos los movimientos en la historia del arte y el diseño, el posmodernismo es quizás el más controvertido. Se refiere a una era que desafía la definición, convirtiéndose en tema perfecto para una exposición como lo fue la mega exhibición Posmodernismo: Estilo y Subversión 1970-1990 instalada en el Victoria & Albert de Londres en 2011 y lo es ahora en 2020, Studio 54: Night Magic en el Brooklyn Museum de Nueva York. En la primera, presencia e influencia del club Studio 54 fue injustamente obviada, mientras que en Night Magic encontrar grandes coincidencias con el estilo y presentación de la exhibición londinense es inevitable.

Más allá de la mágica noche

La posmodernidad fue una mezcla inestable de lo teatral y lo teórico. Era visualmente emocionante, un estilo multifacético que variaba de lo colorido a lo ruinoso, de lo ridículo a lo lujoso. Sus protagonistas desviaron drásticamente las visiones utópicas del modernismo, que se habían basado en la claridad y la simplicidad. Mientras los modernistas abrían la ventana a un mundo nuevo, la posmodernidad, por el contrario, rompía el espejo presentando una superficie reflectante hecha de muchos fragmentos. Sus principios clave fueron la complejidad y la contradicción. Estaba destinado a resistir a la autoridad, pero en el transcurso de dos décadas, desde aproximadamente 1970 hasta 1990, se enredó en los mismos circuitos del dinero e influencias que inicialmente había intentado desmantelar.

La posmodernidad destrozó las ideas establecidas sobre el estilo. Trajo una libertad radical al arte y al diseño, a través de gestos que a menudo eran divertidos, a veces de confrontación y ocasionalmente absurdos. Pero, por sobre todo, el posmodernismo trajo una nueva autoconciencia sobre el estilo mismo. A medida que se acercaba la década de 1980, la posmodernidad se aceleró y en Nueva York, Studio 54 la propulsó. En sus vestíbulos y reservados el objeto posmoderno parecía provenir de un futuro distópico lleno de imperfecciones. Lo que comenzó como un movimiento marginal radical se convirtió en el aspecto dominante de la «era del diseñador». Color vívido, teatralidad y exageración: todo era una declaración de estilo.

Andy Warhol (1928-1987). Dollar Sign. Synthetic polymer and silkscreen inks on canvas. 229 x 178 cm. Painted in 1981.

En 1981, abrazando la nueva década, el artista pop Andy Warhol creó una de sus pinturas de serigrafía que presentaba un gran y hermoso signo de dólar. Este reconocimiento irónico del valor de mercado de su propio trabajo ejemplifica la posmodernidad en su etapa final. A medida que avanzaba la «década del diseñador» y la economía mundial florecía, la posmodernidad se convertiría en el estilo preferido de consumo y cultura corporativa. En última instancia, esto fue la ruina del movimiento. Como en Studio 54, la posmodernidad se derrumbó bajo el peso de su propio éxito. La emoción y la complejidad del posmodernismo influenciaron poderosamente la década de los 80. ¿Pero todavía vivimos en una era posmoderna? Artísticamente hablando, en el mega exhibit londinense el tema posmoderno fue bien representado por Robert Longo en su serie Men in the City. En cada una de sus imágenes, un hombre trajeado es capturado en medio de una misteriosa convulsión. ¿Está bailando? ¿O podría ser la escena del crimen del inequívoco texto posmodernista Suicide in B Flat (1977) del dramaturgo estadounidense Sam Shepard? Es imposible saberlo. Ambigüedad, inquietud y estática. En este sentido, al menos, todos somos posmodernos en estos momentos.

Robert Longo, Serie Men in the City

This is us – reflejos en la Venezuela Saudita

Entre 1950 y 1984 Venezuela –a diferencia de gran parte de la sociedad occidental que se reinventaba en el duro tránsito de la posguerra- impulsaba con inconmensurable riqueza el levantamiento de una nueva sociedad consumista ávida de modernidad, que no de modernismo, que la alejaría, al menos durante esos años, del letargo de la vida rural y caudillista.

De ese período, en los anaqueles de nuestra historia reciente, queda el recuerdo de la Venezuela Saudita (1974-1984). Durante ese decenio la economía del país vivió uno de sus mejores momentos ante la indetenible escalada de los precios del petróleo que se alzaron con la aparición de los nuevos y sucesivamente constantes conflictos en el Medio Oriente y otras tensiones de la Guerra Fría. Los ingresos ascendieron a cantidades nunca antes vistas, tomando por sorpresa a los gobernantes de turno quienes, bajo una visión más populista que de largo alcance, impulsaron diversos planes nacionales que aceleraron instantáneamente toda suerte de iniciativas en la educación, cultura, ciencias y emprendimiento, generando una particular sensación de bonanza que puso a buena parte de los venezolanos a circular por el mundo.

Universidades, bibliotecas, museos, galerías, centros culturales salas de cine, salas de concierto, teatros, jardines y espacios públicos de toda la República contaron con la presencia permanente de los más altos representantes y talentos de todas las disciplinas y corrientes del acontecer artístico y cultural provenientes de todos los rincones del mundo. Ello convirtió a Caracas en una agitada metrópoli que, además, ofrecía una abultada oferta de excelencias en otros sectores como el turismo, la gastronomía y el Bar-Club business. Igualmente la otrora bonanza saudita se aplaudió con la participación de toda clase de artistas en los más destacados eventos escenificados alrededor del orbe. Artistas que tuvieron acceso a la formación de sus talentos en especializados centros de educación del exterior y de Venezuela, que para aquel entonces, también contaban con los parámetros de excelencia para figurar en el ranking del reconocimiento internacional.

¿Tiempos de posmodernidad? Indiscutiblemente. Jean Baudrillard en una de sus conferencias pronunciadas en 1994 en la Sala Eugenio Mendoza de Caracas sugería que el tránsito inmediato de una sociedad rural a una cosmopolita, como proceso social, implicaba un acto de subversión lleno de trasgresión. Si durante los años 50 y 60 Venezuela tejía su estrato social a partir del levantamiento de las estructuras e infraestructuras de la modernidad, durante los 70 y 80 alcanzó el cosmopolitismo a través de una intensa y honesta oleada artística que fijaba al posmodernismo como principal corriente.

Entendiendo al posmodernismo como el big bang que explosionaba ante el asfixiante peso de más de tres siglos de Weltschmerz, ese famoso término acuñado por Jean Paul, el escritor alemán de finales del siglo XVII que identificaba la terrible sensación que una persona experimenta al entender que el mundo físico real nunca podrá equipararse al mundo imaginado, vemos como la posmodernidad irrumpe en Venezuela, en directa analogía, a través de una sociedad que despertaba y alcanzaba sus sueños de desembarazarse de los lugares comunes del realismo mágico y del ambiente rural que había preponderado a lo largo de su historia.

La sociedad venezolana redimensionó el valor del arte y del arte objeto reinterpretándolo como una necesidad de estatus, y ocurrió particularmente con la obra de Andy Warhol, que conquistó los bolsillos de un nutrido grupo de venezolanos que anhelaban ver sus rostros plasmados en esos retratos —serigrafías y offset, con pintura en tonos planos, con colores brillantes— piezas ideadas originalmente para representar a sus queridas celebridades pero que el artista usó luego como caballito de batalla para obtener jugosos dividendos al retratar al who ever who estuviera dispuesto a pagar por uno de esos.

Andy Warhol. Retrato de Dalia Reyes Barrios. Co-fundadora del Museo Acarigua Araure. Colección Cordero Casal.

Durante los siglos XVIII, XIX e inicios del XX los círculos del poder de la sociedad venezolana tendían a la cultura europea sobre todo a la francófona establecida como parámetro del status quo. Hasta entonces, Estados Unidos, culturalmente hablando fue inexistente. Con la aparición del cine, la música americana, el béisbol y el establecimiento de los grandes emporios editoriales bajo el estallido de los grandes conflictos bélicos que reorientaron sus políticas exteriores, Venezuela da el giro hacia el gran vecino americano.

Gianni Vattimo, filósofo italiano, uno de los principales autores de la filosofía posmoderna, en su obra “El fin de la modernidad” señala la aparición de la posmodernidad simultáneamente con el auge de los medios de comunicación masiva. Vinculándolos y retroalimentándolos como factores indispensables de coexistencia. Desde esta perspectiva la maquinaria mediática venezolana creció de forma sostenida desde los años 50 forjando una industria cultural con identidad propia, vanguardista, creativa y librepensadora que compartió durante décadas el establecimiento de la identidad democrática, institucional y posmoderna del país.

Con el auge de los grandes canales de televisión como Venezolana de Televisión, La Televisora Nacional Canal 5 –que en sus tiempos fue ejemplo de la televisión pública- Radio Caracas Televisión y Venevisión así como con el crecimiento de las influyentes corporaciones de la prensa escrita, las principales tendencias e innovaciones locales e internacionales se introdujeron en la opinión pública creando el arquetipo de la posmodernidad venezolana bajo una avalancha de nuevas necesidades, aspiraciones y referencias que de inmediato calarían en la sociedad. Arte, belleza, política, entretenimiento y consumo –ingredientes esenciales de la estética posmodernista- se desplegaron y mezclaron intensamente en museos, galerías, periódicos, revistas y televisoras locales. Las abultadas páginas culturales de los principales diarios venezolanos circulaban estampando firmas y reseñando las actividades de afamados intelectuales y artistas de renombre, generando espacios para la reacción y polémica suscitadas en todas las disciplinas artísticas.

El programa Síntesis (1980-1988) cubrió diariamente para la TVN5 el acontecer museístico, galerista y de la plástica nacional presentando sus materiales intervenidos por artistas invitados que participaban proponiendo innovadoras y creativas técnicas de grabación y posproducción. El concurso de belleza Miss Venezuela de la cadena Venevisión, más allá de sus reinas, redundó en la fama internacional de diseñadores y estilistas de alta, media y baja alcurnia. Los protagonistas de las telenovelas de nuestra televisión alcanzarían insospechados niveles de fama. Los maratónicos programas de variedades catapultaron toda una generación de animadores, presentadores y estrellas de la música popular… En la permeabilidad del posmodernismo promovida por la industria mediática se abría paso con fuerza una nueva clase que se introducía en la sociedad venezolana: la farándula.

Coincidentemente, entre 1978 y 1981, la discoteca City Hall un renombrado rumbeadero caraqueño, ubicado en los sótanos del Centro Ciudad Comercial Tamanaco, emulaba la gloria del afamado Studio54 de Nueva York, haciéndose con las mismas sofisticaciones técnicas y aplicando el mismo management para la admisión de sus socios e invitados especiales. El empresario lusitano venezolano Juan Fernández, dueño de la discoteca viajó a Nueva York en varias ocasiones para estudiar su movimiento. “Queríamos lograr una gran convocatoria. Replicar esa maravillosa diversidad y alegría desbordada que explotaba sobre la pista de baile de Studio54. Lógicamente sabíamos que jamás íbamos a alcanzar la locura de ese sitio, pero si logramos convertir a la City en la discoteca de la gente famosa y más bella de Caracas. Por nuestra entrada principal desfilaron todas las estrellas nacionales e internacionales que te puedes imaginar y que llegaron a Venezuela. Julio Iglesias, Massiel, Los Angeles de Charlie, Michael Jackson, Ray Coniff, Espartaco Santoni, Stevie Wonder, Donna Summer, Olivia Newton John, Los Village People, Van Halen y muchos etcéteras se sentaron en las poltronas y barras de City Hall y también muchos, muchísimos venezolanos famosos y no tan famosos lograron sentarse en las de Studio54. Para la inauguración tratamos de contratar a Diana Ross pero finalmente nos embarcó. Pero no nos importó porque finalmente hicimos nuestra fiesta con Gloria Gaynor, otra imbatible de la era disco. En la City logramos obtener los derechos de las mezclas que se hacían en la cabina de Studio54 y cuando lo anunciábamos la locura se desataba sobre la pista principal. Ofrecíamos importantes premios e intercambios con todas las licoreras, líneas aéreas, periódicos, radios, canales de televisión y empresas de toda clase. En una noche sorpresa te podías ganar unas vacaciones pagadas a París o una caja de la champaña o del whiskey que se te ocurra. Toda la farándula, toda la sociedad, toda Venezuela quería estar en City Hall. Ni hablar de las tripulaciones de las líneas aéreas que pernoctaban en el país y que en ocasiones se presentaban en comparsa en la entrada de la discoteca. Jamás hubo ni habrá un local en Caracas como la City”.

Indiscutiblemente Caracas permeó su propio bouillon de culture en un decenio caracterizado por las exageraciones de la bonanza y de la trasgresión posmodernista. Años sauditas, de correctas políticas que acunaron en nuestra capital a hombres y mujeres de todas las artes que huían de las feroces dictaduras que golpearon a Latinoamérica durante los 70 y 80 y que participaron y promovieron en Venezuela un libre e intenso debate ideológico que involucró a los principales actores de todas las tendencias políticas. La llamada gauche caviar se instalaba cómodamente en las interminables tertulias de la llamada Republica del Este –circuito de bares y restaurantes ubicados en las cercanías de la caraqueña Sabana Grande- Un tiempo breve e intenso que convirtió a Venezuela en el escenario del mundo con los inolvidables Festivales Internacionales de Teatro – la muestra de arte escénico más importante del mundo- organizados por el Ateneo de Caracas, mientras, sin saberlo colapsaban las débiles estructuras sociales de un país tal vez irreverente e ingobernable.

Un país que hasta en la génesis de sus libertades se comportó trasgresoramente, tres décadas antes de la era saudita, allá en 1944, en los tiempos de Isaías Medina Angarita en ocasión de la celebración en Caracas de la VII Serie Mundial de Beisbol Amateur, cuando los organizadores decidieron que la reina del evento fuera escogida por votación popular, tras una intensa batalla mediática desplegada en las primeras páginas de los Diarios El Nacional y Últimas Noticias. Fue así como los venezolanos tuvieron la oportunidad, por primera vez en su vida, de ejercer el derecho al voto de manera universal y secreta. Una maestra de escuela se levantaría victoriosa frente a jovencitas de la alta sociedad en una apasionada contienda. Fue el nacimiento de nuestra democracia y de nuestra primera reina de belleza. Era Yolanda Leal. La Reina del Pueblo. Más posmodernistas imposible.

Yolanda Leal en 1944 se coronó como soberana de la selección de beisbol amateur, siendo la primera elección universal de cualquier tipo en Venezuela

Epílogo de un esplendor – Archivo del Studio 54 subastado

Cuando Steve Rubell murió en 1989, dejó una virtual cápsula del tiempo de recuerdos únicos asociados con la extraordinaria y breve carrera de Studio 54. Esa parte de su patrimonio, que permaneció in situ durante los últimos 28 años en el departamento que Rubell compartió con el diseñador de moda Bill Hamilton, fue subastada el 19 de enero de 2103 por la Palm Beach Modern Auctions en West Palm Beach, Florida.

Steve Rubell en Studio 54. Subastada por $540. Imagen cortesía Palm Beach Modern Auctions.

El archivo consignado por Bill Hamilton incluyó cientos de fotografías de reconocidos paparazzi contratados por Rubell, de estrellas retozando en Studio 54, invitaciones originales a eventos especiales en el club, boletos y tickets VIP para el consumo de las más raras y exóticas bebidas y muchas cartas y notas dirigidas a Rubell escritas a mano por las infinitas personalidades famosas del día. La colección incluyó obras originales como una monumental pintura graffiti de Rubell de Michael Vollbracht, y una escultura de bronce con signo de dólar de Andy Warhol. La escultura de Warhol de 20 pulgadas de diámetro, fue un regalo del artista a Rubell.

Andy Warhol (American, 1928-1987) ‘Dollar Sign’ escultura en metal, 1981, firmada. Regalo de Warhol a Steve Rubell. Subastada por $52,800. Imagen cortesía de Palm Beach Modern Auctions.

Tullio Cavalli es periodista, director y productor de teatro. @tcavalliv.

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