Julio Le Parc

por Betina Barrios Ayala

Fotos julioleparc.org

Puede que una marca en la sensibilidad del individuo pase por su relación con la periferia. Esta condición de nacer y crecer en las orillas, especialmente en un país con un territorio extenso como Argentina, puede acarrear algunos rasgos en la personalidad que tienen que ver con la espera, la paciencia, el recorrido, la curiosidad, la persistencia, el rigor, la proyección, e incluso, la irreverencia.

Julio Le Parc nació en Palmira, Mendoza en 1928. Su madre se dedicaba a la confección de ropa y su padre formaba parte del cuerpo de trabajo que dio vida al extenso entramado de ferrocarriles que atraviesa el país austral. La separación de sus padres, intervino en la decisión materna de viajar a Buenos Aires e instalarse en la capital en búsqueda de mayores oportunidades. Así, la metrópoli aparece en el lugar de su formación para encauzar un temperamento exploratorio que enlaza su intimidad y producción. En la escuela primaria demostró condiciones para el dibujo, por lo que con catorce años se inscribe en la Escuela Nacional de Bellas Artes, lugar donde perfila su formación en conjunto con la ciudad y su vivo despliegue, entre galerías, museos, paseos, avenidas y plazas. Buenos Aires es una topografía plana, urbe latente, inquieta, salvaje, agresiva y despierta a toda hora y forma, rica en tertulias callejeras, contorno que permite forjar carácter, modelar reacciones y relaciones con gente entre la gente. Le Parc convive y extiende consigo este verbo vagabundo, discusiones interminables en el espacio público donde se abordan nimiedades propias de lo cotidiano, desde el clima hasta los designios de la política, una mezcla variopinta e irregular: un foro improvisado.

Julio Le Parc en Buenos Aires, 1943

Esta vibración magnética de la ciudad es su verdadero espacio de aprendizaje, la curiosidad que lo atrae está en recorrerla, cuestionarla y sentirla. Las aulas, su rigidez en relación a los planes de estudio, los horarios, lo socialmente establecido no le satisfacen, por lo que Julio abandona los estudios formales y emprende una serie de viajes para recorrer el país a dedo. Con apenas algo de dinero en el bolsillo se embarca en la aventura de parar algún camión en la ruta para avanzar en el mapa a partir de conversaciones con otros viajeros, en un recorrido que se alargó durante cerca de seis semanas. La idea era subsistir y hacer el viaje en consonancia con el ritmo que el devenir impusiera, persiguiendo crear las condiciones de manera natural y espontánea, rehuyendo de ansiedades y en busca de sorpresas. Esta marea, un movimiento orgánico convertido en estrategia, se hace plan de vida en sí mismo. Nunca ideó ser artista, incluso cumplió con el servicio militar y lo sobrevivió. A su regreso, optó por un trabajo municipal en el Teatro Colón. Esto le permitió alquilar un espacio propio, una habitación en el centro de la ciudad. Al cabo de un tiempo, vuelve a anotarse en la escuela de Bellas Artes, pero en los cursos nocturnos, con un pulso más profesional y hasta cierto punto, flexible.

Toda la madurez que adquiere un individuo a través de su confrontación con la vida adulta, va perfilando carácter político. Julio Le Parc llegó a presidir movimientos estudiantiles para exigir respuesta de las autoridades en relación a la actualización de los métodos de enseñanza en el arte y dirigirlos hacia espacios abiertos, de investigación, más cercanos a las vanguardias, al abstraccionismo. Con ello lee y analiza textos ensayísticos que problematizan los deslizamientos y rupturas en la historia del arte, estudia la obra del célebre holandés Piet Mondrian plena de geometría, fundamentos del color y de las formas. Más tarde se encuentra cara a cara con el trabajo del húngaro Víctor Vasarely cuando en 1958 el Museo Nacional de Bellas Artes argentino, entonces dirigido por Jorge Romero Brest, expone su trabajo abstracto en blanco y negro.

Estas piezas puestas a su alcance en los salones del museo nacional, lo impulsaron al cuestionamiento sobre el lugar del espectador, uno de los motores del arte óptico donde el movimiento, la cualidad de las formas, la posición y preguntas de quien presencia una propuesta son el cénit mismo de su concepto. Esta revelación le incita a continuar su búsqueda, por lo que se postula a una beca patrocinada por el gobierno francés, donde Romero Brest forma parte del jurado, lo apoya y con ello viaja a París, centro bullente del arte a mediados del siglo XX.

Julio Le Parc. Papelismo 5 (1957), Translation circulaire (1959), Doble Progresión (1959), 8-11-8 (1960), Papelismo 6 (1957),

Julio Le Parc tiene treinta años cuando aterriza en la ciudad europea que aún hoy es su lugar de vida y trabajo. En esta ciudad, como otros artistas pioneros, investigadores y representantes del arte óptico y cinético, forja su carrera y desarrolla un trabajo intenso. Las ayudas gubernamentales son limitadas, pero le brindan tiempo para experimentar y producir. Con empleo de materiales de bajo costo: papel, cartón, tinta china y gouache; Le Parc comienza a dibujar sus trabajos experimentales y matemáticos, grillas que reparan y juegan con la dimensión y el movimiento, ondas, tránsito, respiración, ciclos que avanzan con lógica propia, elástica, distinta e hipnótica.

Durante estos años, en compañía de su amigo Francisco Sobrino, crea sus primeras cajas de luz y construcciones móviles. Le Parc realizó instalaciones en los años ’60 con distorsiones propias de la conjunción de espejos, reflejos y luz en el interior de espacios edilicios con el objetivo de alterar la percepción hasta el límite del cuestionamiento sobre la realidad y el factor de crear ‘otros mundos’. Muchas obras de entonces incluyen es su enunciación la palabra virtual, recreación de mundos posibles a través del empleo de materiales y técnicas sencillas. La inclusión de motores en la obra fue paulatino, el movimiento fue protagonista aún creado con hilos suspendidos y espejos hacia la posibilidad de recrear múltiples cuadros al mismo tiempo. El objetivo es la presencia, la dimensión participativa es el cuerpo.

Le Parc y Francia están unidos por circunstancias movilizadoras. En 1968 se evidencia su talante participativo y sólida conciencia política contra el totalitarismo y la tortura, muestra de su perfil crítico, responsable y articulador. Con ello va su pertenencia al GRAV (Groupe de Recherche D’Art Visuel. Grupo de Investigación de Artes Visuales. 1960-1968), del que participan artistas argentinos y franceses, un grupo reivindicativo, una manera de ir en contra de lo que se espera de los artistas: individualismo y aislamiento.

Este grupo persigue lo que su contexto: romper con la noción de obra única y total para suscitar algo más permeable, crudo, al aire libre en conversación con el entorno. Este posicionamiento político exige cambios en el rol del museo, una institución que no está orientada al público culto de saber aristocrático, sino a todo público, uno que debe aprender de todo, el único que es capaz de hacer nacer una obra verdaderamente, la obra no nace sino en colectividades/comunidades. De esta forma, GRAV, llevó sus manifestaciones a las calles de París, una ciudad de ritmos e intervenciones propias, donde perseguían hacer propuestas, innovar en el territorio del diálogo con lo social, el tránsito, la vida urbana y común. De esta forma se adelantan a la horizontalidad propia de lo contemporáneo y las redes sociales: llegar con un arte simple y directo al público más vasto posible. El laboratorio fue la intimidad de un lugar rentado por los miembros del grupo, lo que les permitió el intercambio de ideas y al desarrollo de trabajos privados y conjuntos. Esto devino en una participación colectiva en la Bienal de París, que se celebró en el Museo de Arte Moderno. Les dispusieron el espacio de la entrada, un perímetro grande que a partir de planos les propuso un desarrollo de trabajo: ajustar decisiones, ideas, material y tiempo. Diseñaron y elaboraron laberintos, columnas, espacios de gran envergadura y complejidad que derivó en un catálogo de grupo.

Une journée dans la rue. 1966

La obra de Julio Le Parc está en continuo desarrollo, razón por la que muchas se contienen en una fecha tan amplia como Lumière en mouvement (1962-1999). Esta obra requirió meditaciones y ajustes propios de la vida misma del artista hasta completar su correspondencia entre idea y aplicación formal.

La influencia clave en la obra de Le Parc proviene de los constructivistas y la posibilidad de hacer a partir de lo geométrico, la física, las problemáticas en relación a la forma, sus prolongaciones y relación. Ocurre entonces una evolución empírica, experimentación pura conducida por la curiosidad, cierta libertad y la pregunta por el lugar del espectador. Son propuestas visuales, que solo cobran vida si quien mira las cuestiona, persigue, descifra. El diálogo es el lugar de la obra. El arte no es contemplación, sino interacción. No es un lugar alejado del suelo ni un retrato o escena en la pared. Es el espectador quien crea el lugar en el que está la obra, es su mirada lo que completa la propuesta, su fascinación con la pregunta, el arte como espacio de duda, unión material de la actividad del pensamiento y las ideas, fuente de posibilidades no certezas.

El movimiento del espectador frente a la obra ES en sí misma. Lo que sucede cuando busca, insiste, se adentra como si calculara con el creador, la completa con su experiencia. La comunión es el lugar de la obra: capacidad relacional y deseo. Sin embargo, esta invitación viene de la mano del empleo de recursos simples: luz, forma, movimiento y color.

El arte cinético cambió toda la historia de la creación artística. Desde la antigüedad, se ha perseguido recrear el movimiento, pero la materia plástica es inerte (mármol, piedra, marfil, madera). Sin embargo, esta potencia de representación está presente en el arte de todas las épocas, el objeto/sujeto en movimiento: trenes, caballos, autos, atletas, ruedas. Cinetismo es desplazamiento hacia el movimiento en sí mismo como fenómeno de la existencia: evocar la moción en lugar de su lugar, una abstracción del concepto. El arte cinético es la obsesión con este propósito: recrear vibración, invitar a participar con el cuerpo, interpretar: penetrar una experiencia.

En una entrevista que ofreciera Le Parc en 2005 para Hans-Michael Herzog, rememora una exposición que tuvo lugar en jardín del Museo de Bellas Artes de Caracas (cuya colección ostenta obra del artista); enuncia que hizo instalaciones de diferentes juegos. Recuerda que un domingo que estuvo allí, una pareja asistente lo reconoció y le contaron que esa mañana en medio de la planificación del día con sus hijos, ellos les dijeron: ‘Vamos a ir a ver una exposición’, y los chicos: ‘Nooooo, nos aburrimos’, pero los convencieron. A las dos de la tarde se morían de hambre y querían ir a almorzar, pero los chicos no querían irse del museo. Se habían ido a los juegos. Entonces, esa visita al museo en la que descubren que pueden ir y subirse a una cosa, interactuar, disponer piezas, meterlas, que esto que lo otro, los hizo sentir desinhibidos. Fueron libres al estar en contacto con cosas y formas de colores que se pueden mover. Cuando se les hace ver a los niños que se puede manipular el arte, y luego los llevas a dibujar, algunos hacen interpretaciones con más imaginación. Queda una cosa latente en los espectadores cuando les das la libertad de imaginar, les das una ocasión, y con ello, una reflexión.

Boules sur ressorts- 1963, Boules à vibrer -1964, Jeu manipulation - 1964, Ensemble pour une aire de jeux d'enfants -1969.

Julio Le Parc se queda en Francia, lo hace producto de haber sido el lugar que le brindó la oportunidad de vivir a partir de sí mismo junto a su capacidad creativa y productiva. Durante el primer año construyó 140 acuarelas que formaron parte de una muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes en 2019 llamada: Julio Le Parc: Transición Buenos Aires-París (1955-1959)[Catálogo completo de la exposición, curada por Mariana Marchesi]. En el Pabellón de exposiciones temporarias se exhibieron un conjunto de dibujos, acuarelas, grabados y dispositivos nunca antes expuestos para celebrar la obra del artista con la certeza de que ésta es suma de abstracción, cinetismo, conceptualismo, espacialismo y arte óptico. Oportunidad para recorrer una trayectoria fundada en la búsqueda, investigación y tenacidad.

            «El método de trabajo es una sucesión de pequeñas experiencias que se van sumando y se van mejorando entre ellas, o también pueden ser rechazadas. De la idea, la proyección de una posibilidad, ejercicio de obra que al realizarla se deshace o concreta.»

Julio Le PArc

En 2019, Argentina le profirió grandes homenajes, entre ellos una retrospectiva en el antiguo edificio del correo argentino, hoy Centro Cultural Kirchner (donde la entrada luce uno de sus preciosos móviles esféricos en color azul instalada de manera permanente en 2015) y en el Teatro Colón. Los trabajos del artista, concebidos desde hace más de cincuenta años a través de métodos tradicionales son un lenguaje contemporáneo, tan ilimitado que su taller en las afueras de París los traduce ahora en lenguaje virtual, crea realidades ópticas alternativas tan plenas y trasgresoras ajenas a cualquier territorio traducible, inabarcables, aunque elementales, geométricas y estrictas. Sin embargo, el trabajo de Le Parc ha perseguido con insistencia la transformación del espacio social, penetrando la esfera del juego, su dimensión colaborativa y transformadora, edificante búsqueda de reflexión conjunta que derriba dominios y sumisiones opuestas a la emancipación de lo sensible, y a la vez primario, único y verdadero.

«A mí, particularmente, hay muchas cosas que me dan esa sensación de belleza, cuando hay algo que me conmueve, no necesariamente cosas perfectas. En general, lo que tiene belleza ayuda a la gente a vivir. Cuando encuentras algo que es bello te sientes bien. Si ves algo que se está descomponiendo, que se está deteriorando, que se está perdiendo, te provoca mortificación, no sientes la belleza, sino que es algo que tira para atrás y para abajo.»

Julio Le parc
Julio Le Parc Cortesía Galería Perrotin

Betina Barrios Ayala cursa el programa de Doctorado en Literatura Latinoamericana y Crítica Cultural en la Universidad de San Andrés (Argentina, 2019). Licenciada en Estudios Políticos por la Universidad Central de Venezuela, UCV (2007). Tiene una maestría en Relaciones Internacionales de la Universidad de Belgrano (Buenos Aires, 2015). Obtuvo una mención en el I Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas (2016). Mantiene desde 2011 el blog literario experienceparoles. Ha colaborado con diversos medios e instituciones culturales. Trabaja con libros, configurando bibliotecas privadas y comerciales. Sus redes son: Tw @betinabarrios, IG @betinabarriosayala


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