La cruda mirada de Diane Arbus

por Inger Pedreáñez

Si hay alguien a quien darle el mérito de elevar la fotografía a una categoría del arte contemporáneo, esa persona debería ser Diane Arbus (1923-1971). Su obra está entre las primeras en ser adquiridas por museos como parte de su colección. Fue la primera fotógrafa en exponer en la Bienal de Venecia, logro que no pudo disfrutar por haber fallecido un año antes. Estuvo también entre las pioneras en convertir un portafolio en objeto de colección, para hallar el eslabón entre el espacio expositivo y las publicaciones especializadas.

No se le podría considerar como precursora de la estética de lo feo, porque esa es una historia de mayor data. Pero aunque la palabra monstruoso se suele asociar a su creación artística, tuvo más bien la particularidad de convertir lo inusual, lo extraño, en una imagen tan atractiva que le impide al espectador apartar la mirada.

Dos años antes de que la fotógrafa Diane Arbus se suicidara, ideó una caja con sus diez mejores obras, con la idea de ofrecerla a compradores selectos para mejorar ingresos. Las revistas de moda le pagaban muy por debajo del sueldo que tenían sus demás compañeros. En 1969 vendió dos fotos al Museo Metropolitano de Arte, en 75 dólares cada una. Para la época por una copia de Identical Twins Roselle NJ (1967) podía obtener 100 dólares; hoy vale más de U$ 732.500, de acuerdo con la última venta registrada en Christie’s en 2018.

El tiempo confirmaría que en ese portafolio estaban reunidos sus mejores trabajos. Sólo alcanzó a imprimir ocho juegos de un proyecto de cincuenta cajas, de las cuales vendió cuatro. Ya era una fotógrafa reconocida en el medio, pero esa selección también influyó para que en mayo de 1971, dos meses antes de su muerte, Arbus fuera la primera fotógrafa en aparecer no sólo en las páginas de Artforum, sino también ser el tema de portada.

Flyer promocional para A box of ten photographs 1970-71 © The Estate of Diane Arbus © Artforum May 1971 Foto Mindy Barrett

En vida su trabajo nunca pasó desapercibido. Obtuvo dos veces la beca Guggenheim para realizar proyectos fotográficos que ya apuntaban a la esencia de su obra. “Quiero fotografiar las ceremonias importantes de nuestro presente porque viviendo aquí y ahora tendemos a percibir sólo lo que es azaroso, estéril, sin forma. Mientras lamentamos que el presente no es como el pasado y abandonamos la esperanza de que se convierta en algún futuro, sus hábitos innumerables, inescrutables yacen en espera de su significado…”, escribió Arbus en su primera solicitud. Dos años después ratificaba su norte en la segunda carta de postulación: “He aprendido a ir más allá de la puerta, a pasar del exterior al interior. Un entorno conduce a otro. Quiero poder seguirlo”.

En 1967 el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) la incluyó en una colectiva que se llamó New Documents, junto a Garry Winogrand y Lee Friedlander, con la curaduría a cargo de John Szarkowski. De los tres noveles fotógrafos, Arbus destacó por su estética vanguardista al transgredir los cánones de lo que se consideraba la belleza en la fotografía: trasvestis, personas con síndrome de Down, lesbianas, personajes de circo, personas con trastornos de desarrollo (gigantes y enanos), tatuados y nudistas hacían el misterio de sus imágenes.

Las rarezas de Arbus incluyeron su decisión de morir temprano. Pero aquello que el artista nunca sabe determinar cuándo le llega, la trascendencia, se impuso a sus dudas y depresiones: 49 años después, un año más de la edad que tenía al morir, se ha mantenido viva en galerías, museos y en la crítica especializada. En 1972, el MoMA de Nueva York organizó su primera gran retrospectiva y su presencia en salas sigue sin detenerse.

Hace dos años, en abril de 2018, dos eventos en paralelo hicieron resonar nuevamente el nombre de Diane Arbus y su legendaria caja de fotografías:

El Smithsonian American Art Museum mostraba al público el ejemplar que había adquirido en 1986, que tuvo como primera propietaria a la directora de arte del Harper’s Bazaar, Bea Feitler (esta pieza tiene la particularidad de poseer una foto adicional, añadida especialmente por Arbus). Por las salas del museo pasaron en el lapso de ocho meses 1.67 millones de personas, equivalente a 6.000 visitantes por día.

Al mismo tiempo, Christie’s subastó otra caja en US$ 792.500, muy por encima del precio estimado. Cabe mencionar que los primeros en adquirir el portafolio de Arbus, de sus propias manos, fueron el fotógrafo Richard Avedon (compró dos) y el artista Jasper Johns.

El monstruo que nos habita

De lo cotidiano resaltaba lo imprevisto, lo que se desdeña, aquello que queremos ignorar. Sus personajes definidos como “freak” no eran más que una representación de sí misma, del lado oscuro de su vida.

Lo que notas sobre la gente es el defecto“, decía Diane Arbus. Pero esa grieta visual se encontraba hasta en los personajes comunes o los famosos a quienes distorsionaba en sus sesiones fotográficas. Esperaba a que el ánimo se derrumbara por el hastío o la desesperación. Los niños eran su objetivo perfecto para desestimar la inocencia y la dulzura. Un rostro largo, expectante o desconfiado afloraba, incluso, en sus gemelas: Si se observan bien, hasta parecen una representación de las dos máscaras que simbolizan el teatro.

Realizó el mismo efecto, cuando traspasó la distancia social y aproximó su gigante cámara a la cara hinchada de un niño que lloraba inconsolablemente. La fotografía a blanco y negro, prácticamente hace aflorar el enrojecimiento al límite de lo que representa la tristeza o la frustración. Lo vuelve a hacer cuando descubre en el parque a un niño con una granada de juguete en la mano, y él la mira desafiante, el ángulo del retrato hace el lenguaje de la imagen. Esta obra, firmada por ella, se vendió en 2015 en US$ 785.000.

Fama y fealdad

El escritor Norman Mailer declaró: “entregar una cámara a Diane Arbus es como darle a un bebé una granada”, obviamente ella lo desencajó de su pose, y logra un retrato diferente, nada elegante, más bien con desparpajo. En cambio, la fotografía que le hizo a Susan Sontag acompañada de su hijo en el banco de un parque, indivisibles, obliga a retomar el capítulo entero que le dedica en su libro “Sobre la fotografía”, para entender que Sontag expresa en palabras la misma crudeza que Arbus pincela en su arte: “Fotografiado por Arbus, cualquiera es monstruoso (…) Su visión dantesca de la ciudad (y los suburbios) no tiene reservas de ironía (…) Para Arbus, tanto los fanáticos como los de América Central eran igualmente exóticos: un niño que marchaba en un desfile a favor de la guerra y una ama de casa de Levittown eran tan extraños como un enano o un travesti (…) El trabajo de Arbus expresó su giro en contra de lo público (tal como lo experimentó), convencional, seguro, tranquilizador y aburrido, a favor de lo privado, lo oculto, lo feo, lo peligroso y lo fascinante. Estos contrastes, ahora, parecen casi pintorescos”.

Jorge Luis Borges, Marianne Moore, W.H. Auden, Mae West, entre escritores y artistas, estuvieron frente a la lente de Arbus, y no es para menos. Cuando fundó su estudio fotográfico en compañía de su esposo y también fotógrafo Allan Arbus, realizó fotografías publicitaria y comercial para revistas de moda como Glamour, Seventeen, Vogue y Harper’s Bazar; se cuentan más de 250 fotos para más de 70 artículos en revistas, les llegaba contratos de las agencias de publicidad Young & Rubicam y Walter Thompson; así como asumieron la dirección artística y la imagen del negocio de sus padres, también tenían otras grandes empresas como clientes.

Su propio esposo, al concluir la relación marital y la sociedad comercial, se asombra del rumbo que toma la fotógrafa a partir de 1956, año en que comienza a estudiar con Lissette Model, quien le abrió las puertas del mundo de las personas que viven al margen de la sociedad. Aún así, mientras hicieron equipo, Allan Arbus nunca dejó de elogiar públicamente a su esposa, por su ingenio y búsqueda del detalle admitía que la mayoría de las ideas para las fotografías provenían de Diane, a quien le gustaba desde entonces experimentar. De hecho, ella es precursora del uso del flash como relleno en el espacio natural, el uso del formato medio y la frontalidad como recurso hiperbólico. También experimentaba con los bordes de sus negativos, para producir un efecto de irregularidad, detalle que aparece en sus gemelas.

Identical Twins, Roselle, New Jersey, 1967 © The state of Diane Arbus

No es que los personajes “raros” hayan sido descubiertos por Diane Arbus, pero su aporte está en la conexión e intimidad que establece con los sujetos fotográficos. Hay una poética presente del dolor, la discapacidad, la distorsión, la enfermedad, el desplazamiento, lo incierto. Así como llevaba a sus personajes al límite, también se ganaba su confianza, e inclusive su amistad.

Freaks fue algo que fotografié mucho. Fue una de las primeras cosas que fotografié y me produjo una emoción tremenda. Solía adorarlos. Todavía adoro algunos de ellos. No quiero decir que sean mis mejores amigos, pero me hicieron sentir una mezcla de vergüenza y asombro. Hay una cualidad de leyenda sobre los monstruos. Como una persona en un cuento de hadas que te detiene y te exige que te enredes. La mayoría de las personas pasan por la vida temiendo tener una experiencia traumática. Los monstruos nacieron con su trauma. Ya han pasado su prueba en la vida. Son aristócratas

Diane Arbus

De esa colección de imágenes, ella aspiraba a publicar en Esquire un reportaje Eccentrics, en 1960, que nunca llegó a imprimirse y le valió además el retiro de su credencial como colaboradora de la revista. Pero eso no la detuvo para construir historias en cada pose, como en Jack Drácula, the Marked Man (1961), o Backwards Man in his Hotel Room (1961), o Two boys smoking in Central Park (1962). A esa mirada excéntrica ella tenía una respuesta: “Quiero decir, es muy sutil y un poco vergonzoso para mí, pero realmente creo que hay cosas que nadie vería a menos que las fotografíe“. Ocho meses después, Marvin Israel, director de fotografía del Harper’s Bazaar, no cometería el mismo error de Esquire y publicó la serie bajo el título The Full Circle. Al referirse a este trabajo, Arbus ya tenía el sentido de su poética: “Son singulares personas que aparecen como metáforas en algún lugar más alejado que nosotros”.

Curiosamente, Arbus no quería ser conocida como la fotógrafa voyerista de los freaks, más bien “esperaba que sus fotos sugirieran las experiencias secretas que guardaban las personas que lidiaban con problemas más grandes como la identidad versus las ilusiones”, de acuerdo como lo reseña el libro “A la z de las mujeres americanas en las artes visuales”, de Carol Kort y Liz Sonneborn.

El desnudo también fue abordado por Arbus, pero no con la misma fuerza que con sus personajes extraños. Se dice que ella también se desnudaba para recrear un escenario cordial con sus fotografiados. A comienzos de los 60, la proliferación de comunas nudistas atrajo su atención, pero muy pronto se desencantó de la hipocresía entre la pose y el deseo. Luego, en el verano de 1969 comenzó a fotografiar a las personas con síndrome de Down.

Su mirada social estuvo influenciada por Mathew Brady, August Sander y Erich Salomon. Estudió la perspectiva antropológica de Robert Frank en su serie The Americans (1958-1959) y de Edward Steichen en The Family of Man (1955)

De una élite a otra

Una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te dice, menos sabes”, decía Arbus y ahí estaban las claves de su forma de mirar, como un espejo de la vida entre su propia privacidad y la intimidad de sus personajes. Ella no tuvo una infancia fácil. Sus padres eran los dueños de una tienda de pieles en la Quinta Avenida de Nueva York, “Russeks”. Entre los negocios, los viajes y el narcisismo tenían poco tiempo para sus hijos, Howard, Diane y Renee, pero si había espacio para señalar todo aquello que les estaba prohibido.

Repitió la misma hazaña que su madre, al elegir a un empleado de la tienda para casarse (Arbus). Se enamoró joven, a los 14 años y se casó a los 18. Cuando su esposo estuvo en la guerra, se fotografió embarazada, desnuda ante el espejo, y le envió el retrato. En la biografía escrita por Arthur Lubow en 2016, “Portrait of a photographer” se menciona una posible relación incestuosa que mantuvo hasta pocos meses antes de su muerte con su hermano Howard; también se ha escrito que dejaba las ventanas abiertas de su cuarto mientras se masturbaba, y que la práctica exhibicionista fue influenciada por su marido.    

En una monografía sobre Diane Arbus, el escritor William Todd Schultz, que se caracteriza por hacer biografías psicológicas de los artistas, considera que la atracción por los gemelos, los imitadores, los personajes estrafalarios guardan relación con un conflicto de identidad. Pero tampoco se puede negar que sus fotos eran su manera de expresar la rebeldía contra una fachada burguesa que ella bien conocía.

Fotografió a su padre en el féretro, y las fotos que realizó a su madre y a sus hijas tampoco eran agraciadas. Era un ser que huía de su propio dolor. Al igual que su madre, Diane Arbus comenzó a sufrir episodios depresivos. Entre sus frases célebres ella expresa: “es imposible salir de tu piel a la de otra persona…La tragedia de otra persona no es lo mismo que la tuya“.

En 1971, Arbus puso un punto final a sus tormentos, pero perpetuó en sus imágenes su propicio conflicto existencial. En una sociedad que buscaba mostrar la perfección, el sueño americano, y que tenía como norte contrarrestar el belicismo con el glamour, ella apuntó al resabio del submundo de los seres no reconocidos, los invisibles, los que dudan. Se atrevió a mirar lo que tenía prohibido desde la estricta vara familiar. Pero esos personajes que se encontraban al borde de la sociedad, fueron los mismos que hicieron de ella una fotógrafa diferente, fueron los mismos en los que ella se sintió retratada.

Otros datos de interés

A comienzos de junio de este año, la obra Family in their garden on a Sunday in Westchester, New York (1968), fue el lote más caro de la subasta en línea de Christie`s, con un precio estimado de US$ 300.000.

El pasado 11 de junio, el retrato Petal Pink for Little Parties (1962) fue uno de los pocos lotes en superar el precio estimado en la subasta Swann Auction Galleries, al pagar US$ 13.750 por una impresión fechada en 1985, y numerada 4/75.

La última exposición individual que se realizó sobre Diane Arbus fue el año pasado, entre marzo y mayo, en el Hayward de Londres. In the beginning contó con el apoyo del Metropolitan Museum of Art, quien cedió sus archivos, más de cien fotografías, y material que nunca antes se había visto en el Reino Unido.

Su obra sigue inspirando a muchos fotógrafos, e incluso cineastas. No en balde, las gemelas están representadas de forma fantasmal en un pasillo del Hotel Overlook, donde Stanley Kubrick consiguió una de las más memorables escenas de The shinning, basado en un libro de Stephen King.

En el 2006 se proyectó la película Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus dirigida por Steven Shainberg con guión de Erin Cressida Wilson basado en la biografía no autorizada de Patricia Bosworth, protagonizada por Nicole Kidman y Robert Downey Jr.

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