por Karl Krispin
Estamos en el año 2024 de la era cristiana. Esa cuenta es cultural, histórica, y establecida sobre los pilares de unos valores que emergieron de una remota y poco importante provincia del Imperio Romano, que terminó forjando la revolución espiritual más importante de Occidente. Es curioso que de una comarca apartada, de entre un grupo de pescadores, labriegos y artesanos haya surgido el movimiento religioso y esperanzador que redibujó la geografía mística del mundo. Cuando nos preguntamos cuál ha sido el acontecimiento más importante de la humanidad, la respuesta carece de duda: se trata del nacimiento de Jesús de Nazaret. ¿Cuándo nació Jesús? Si bien nos impusimos en la idea de que vino a este mundo un 25 de diciembre, legitimada a partir del emperador Constantino, no se tiene certeza de ello habida cuenta de que los evangelios fueron escritos muchos años después. Lo que llamamos Navidad es una palabra que evoca la natividad, el nacimiento de Jesús. Y la escogencia del 25 de diciembre fue llevada a cabo, según explica el profesor Abel Gilbert de la Universidad Torcuato de Tella en Buenos Aires, por la vía de suplantar una fecha pagana para ayudar a la cristianización:
“La elección de este día se debía a que era la fiesta del Sol Invicto, un dios oriental que había sido elevado a culto oficial del Imperio por parte del emperador Aureliano a finales del siglo III. A partir del reinado de Constantino y especialmente de Teodosio –quien hizo del cristianismo la religión oficial– los esfuerzos de evangelización implicaron la superposición de las celebraciones cristianas a las paganas para facilitar la conversión”1.

Este amanecer en la integración de oriente y occidente -porque lo que conocemos hoy como Tierra Santa era más bien tributaria del orientalismo asiático- logra la integración de lo oriental en lo occidental, representado por Roma, y catapulta el encuentro de la civilización romana, heredera de Grecia, en lo judío cristiano, manifestado en la consolidación de la cultura del libro sagrado que es la Biblia cuyos últimos capítulos vienen firmados por los evangelistas, introduciendo el Nuevo Testamento, que consta de veintisiete libros y que reconstruye el mensaje espiritual a través de la palabra de Jesús. El hijo de Dios es la encarnación de la palabra a partir de su propio nacimiento y sustituye el carácter disperso de los profetas anteriores. Jesús unifica el verbo y se aviene a lo único como declaración incuestionable del mensaje divino. Para resumir, el Antiguo Testamento es una preparación preliminar mientras el Nuevo Testamento es el texto definitivo. Para comprender la tremenda significación de estos libros testamentarios es menester atender a la Carta a los Hebreos en su epifanía: “Habiendo Dios hablado a nuestros padres en diversas maneras y muchas veces por medio de los profetas, al fin, en nuestros días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por quien hizo el mundo; el cual, siendo el esplendor de su gloria e imagen de su esencia y quien con el poder de su palabra sostiene todas las cosas, realizada la purificación de los pecados, está sentado a la diestra de Dios en las alturas.” Jesús verbaliza y se convierte en la palabra que transforma y sustenta. Y esa palabra no le es dada, sino que es su propia creación, como el alfa y omega de todas las cosas. Ese sentido de la unidad de la palabra como encarnación de la verdad es la que transforma el mundo de su tiempo y el que lo sucede. Los exégetas del Nuevo Testamento sostienen que esta encarnación transformadora no se restringe al pueblo de Israel sino se proyecta destinada al género humano, de allí la consecuencia ecuménica del cristianismo.


San Mateo. The Metropolitan Museum of Art, New York City, Maitland F. Griggs Collection, Bequest of Maitland F. Griggs, 1943 (43.98.11); http://www.metmuseum.org
Los evangelistas que dan cuenta del nacimiento de Jesús son Mateo y Lucas. Mateo lista las 42 generaciones que preceden a Jesús (Mateo 1, 17) y que se originan en Abraham, padre de David. A pesar de que María estaba casada con José, su concepción procede del Espíritu Santo, pero quien mayores detalles abunda sobre esta natividad es Lucas. César Augusto había dado órdenes, de acuerdo con un edicto imperial, que se empadronaran las provincias y reinos pertenecientes al Imperio Romano. María y José se dirigieron de Galilea a Belén por ser la ciudad a la que pertenecía José, descendiente de la familia de David. Un ángel se le apareció en sueños a José y le indicó que la concepción del hijo que llevaba María en su vientre era del Espíritu Santo y que el nombre que debía tener el primogénito sería Jesús, “porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1, 21). Los esposos no encontraron sitio en el mesón de Belén, el hospedaje público de la ciudad, y tuvieron que acomodarse en un establo donde María dio a luz a Jesús, lo envolvió en pañales y lo acomodó en un pesebre (Lucas, 2, 7) que no era otra cosa que un cajón destinado a la comida de los animales. El evangelista Lucas lo narra con estas palabras:
“Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche se turnaban velando sobre su rebaño. Se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvía con su luz, quedando ellos sobrecogidos de gran temor. Díjoles el ángel: No temáis, os traigo una buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo; pues os ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías Señor, en la ciudad de David. Esto tendréis por señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: ´Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”2.

https://www.nationalgallery.org.uk/paintings/NG1034
La historia del arte ha representado este momento excelso de una forma diversa y enaltecedora. No cabe duda de que el establo donde alumbró María tendría que haber estado vacío de animales, de modo que la inclusión de la mula y el buey es muy libre, puesto que no es nombrada por los evangelistas. Ajustándonos a la narración bíblica, la escena de la natividad debería incluir a José, María y Jesús junto a los pastores que “fueron con presteza” (Lucas 2, 16). El acompañamiento de los animales es resultado de la imaginación artística, como la de Sandro Botticelli y su Natividad mística (National Gallery of Art, Londres), uno de los pocos cuadros que firmó el artista, y donde se representan dos escenas contrapuestas, la de una natividad con María adorando a su propio hijo, un san José con la cara cubierta, en situación de descanso, mientras que entre los pastores hay una revolución de ángeles inmiscuidos, regocijados y dispuestos con coronas de olivos en modo de éxtasis, al tiempo que en un plano celestial se produce una danza circular de otros ángeles emocionados en paroxismo místico. Es una manifestación de la natividad muy poco ortodoxa con personajes un tanto desvinculados entre sí. Cada uno de ellos parece imbuido de excesos en un delirio arrebatado. No existe naturalidad sino el ensayo de una piedad individualista que hace lucir el conjunto como una anarquía en que los personajes ensayan consigo mismos, mientras el propio niño Dios exhibe un estilo juguetón que su madre parece no entender precipitada por el impulso de la intensidad.

Bought, 1824. NG47. https://www.nationalgallery.org.uk/paintings/NG47
La adoración de los pastores de Rembrandt3 de 1546 y que también cuelga en la Galería Nacional de Londres, incurre en un intimismo compartido del cual carece la recreación de Botticelli, más allá de las distancias temporales. En el cuadro de Rembrandt vive esa humildad del evangelista Lucas, ese espíritu del establo menesteroso, de la frugalidad y el homenaje a lo escaso. Las miradas no están atomizadas sino dirigidas con devoción y entrega al niño Jesús que ha venido al mundo. Con el recién nacido procede un fervor amparado en la luz divina que emana del Mesías anunciado. De modo que la abundancia de Botticelli es luz eterna en Rembrandt quien logra que la iluminación sea sagrada y que el motivo central del lienzo se concentre en el poder santo del infante. La propia dimensión modesta del cuadro (65 x 55 cm) reafirma el carácter concentrado de la imagen en la que los personajes parecen meros trazados evocados cuando el Niño los relampaguea con su luz perpetua. Las sombras no son un recurso efectista sino la división nacida entre la refulgencia celestial y los personajes terrenales que solicitan la bendición del fulgor.

Otra Adoración de los pastores la firma el Giorgione entre 1505 y 1510. Está en la Galería Nacional de Washington, y es una escena modesta, modestísima, en la que los visitantes son escasos, dos pastores de camisas raídas y desgastadas, que parecen visitantes ocasionales más que avisados por los ángeles, pero de actitud en emoción de comedimiento y rendimiento. María y José están en una conversación recogida con ellos mismos. La mula y el buey aparecen en un plano recoleto y desconectado con la escena principal. Cabezas de ángeles son testigos de lo que ocurre en medio de un día iridiscente con construcciones y torres a lo lejos donde la vida parece transcurrir con toda normalidad y sin tropiezos.

El pintor toledano Juan Correa de Vivar que vivió entre 1510 y 1566, tiene La natividad que se encuentra en las paredes del Museo del Prado, compuesta entre 1533 y 1535, ofrece una relación muy armónica y geométrica con figuras muy equilibradas y colocadas, en las que priva una armonía de conjunto muy propia de las composiciones en que nadie pone una mala cara ni apuesta por una interpretación rebuscada del cuadro. Esta fraternidad alcanza a la mula y al buey quienes parecen posar para el pintor con un talante risueño y acordado, María y José ostentan la aureola de santos en un establo muy poco modesto por su condición de espacio clásico y renacentista. El Gloria in excelsis Deo lo sostienen unos querubines muy bien portados y que dan al conjunto una imagen de paz universal entre el cielo y la tierra, junto a un ángel portentoso a quien admiran los hombres de buena voluntad desde la tierra asombrada. Los pastores de perfil conversan sobre el suceso con cierta emoción contenida muy propia de la perfección y concordia de la tabla.

Federico Barocci (1525-1616), oriundo de la ciudad italiana de Urbino, en la que nació y murió, muestra una natividad distinta, dinámica y emocionante. La titula La natividad y fue pintada en una época madura del artista, en 1597 a sus provectos 72 años. Pertenece a la colección del Prado y expone a un José entusiasmado invitando a los pastores a celebrar la buena nueva, como padre gozoso ante el alumbramiento beatífico. Mientras abre la puerta del establecimiento decidido a la alegría y el jolgorio, María está en una contemplación bienaventurada de su hijo quien la ve con sacra belleza, como si supiera de qué se trata todo. Es una personificación viva y audaz que se aleja del hieratismo academicista y anuncia un quiebre exaltado y atrevido.
Nuestra tradición venezolana privilegió siempre el nacimiento o el pesebre como escenificación de la Navidad. La creatividad se ponía en práctica para desarrollar planos que incluían arroyos, casas, leñadores, pastores con la cabra sobre los hombros, escarpados, rebaños y colinas. No faltaba la estrella de Belén como guía lumínica de estas composiciones íntimas en las que cada miembro de la familia se destacaba para honrar esta fecha de recogimiento y a todos en algún momento nos tocaba decidir donde poner a los personajes. A los pequeños era el mismísimo Niño Jesús quien les traía regalos para colmarlos en su inocencia. Luego llegaron Santa, las barbas de algodón, las carcajadas impostadas, la manufactura de plástico y la falsificación y reducción de la celebración a los retos del comercio. Cierro los ojos y pienso en la ilusión que tuvimos por ese Niño Jesús de la natividad, mientras las luces relumbraban alegrando el nacimiento de nuestras casas que mirábamos con atención, respeto y reverencia como si de veras reprodujéramos la escena predestinada de Belén.
La Navidad implica esperanza, es la puerta de entrada al año nuevo, y la época de reflexión sobre lo que hemos caminado y nos aguarda. Hoy más que nunca, no sólo en este mundo agitado, sino en nuestro país, la esperamos con ánimo y optimismo para lo venidero.
- https://historia.nationalgeographic.com.es/a/que-ano-nacio-jesus-segun-historia_15207
- Lucas 2, 8-14.
- Existe la duda de si es de un pupilo o el propio Rembrandt
Karl Krispin. Escritor venezolano (Caracas, 1960). Ha publicado las novelas Ve a comprar cigarrillos y desaparece (2020), La advertencia del ciudadano Norton (2010), Con la urbe al cuello (2005, 2006, 2012), Viernes a eso de las nueve (1992); los estudios La revolución Libertadora (1990), Golpe de Estado Venezuela 1945-1948, (1994), los ensayos Bush en Playa Parguito (2018) Lecturas y deslecturas (2009), Camino de humores (1998); los minicuentos 200 breves (2015) Ciento breve (2004). Es profesor de Historia de la Universidad Metropolitana. Colaborador habitual de @zendalibros y @prodavinci. Ha sido presidente de la Asociación Cultural Humboldt en Venezuela. Es Miembro del Club de Roma y presidente del Capítulo Venezolano del Club de Roma. Su cuenta Twitter es @kkrispin y en Instagram @karlkrispin.