por Karl Krispin
Me han pedido un artículo que tenga a Santa Claus por protagonista. El santo inspirador es Nicolás de Bari, obispo de Mira y patrono de los niños, los marineros y los ladrones arrepentidos que vivió entre 270, A.D. y 352, A.D. en la actual Turquía, y cuyos restos fueron llevados a Bari donde su basílica los acoge. Tenía fama de protector de desvalidos y dotaba de regalos a los necesitados sin que se supiera que se trataba de él. El santo asiático había heredado una gran fortuna de su padre, pero lejos de disfrutarla se dedicó a repartirla entre los pobres y se encerró en un monasterio para dedicarse a la vida religiosa y al servicio de Dios que lo llevaron a ser obispo consagrado por su propio tío. Su fama comenzó a regarse: de allí que se haya convertido en uno de los santos más famosos de la antigüedad a quien se le han erigido más de dos mil templos en su memoria.

También abundan las leyendas que celebran sus hechos como que logró resucitar a un grupo de niños apuñaleados por un criminal, así como favoreció a las hijas de un anciano que no podían casarse puesto que la pobreza del padre no podía sufragar sus dotes y a quienes Nicolás hizo llegar por la ventana bolsas llenas de monedas de oro que les permitieron desposarse. Es patrono de los marineros ya que logró calmar una tormenta luego de que unos navegantes lo invocaran. Su fama se acrecentó y se convirtió en patrono de Rusia, Grecia y Turquía, al punto que el propio papa Urbano II consagró en 1089 la cripta en Bari donde está enterrado. ¿Por qué llevaron a Bari sus huesos? Porque cuando los musulmanes invadieron Turquía un grupo de católicos, celosos de que pudieran profanar sus reliquias los trasladaron a suelo cristiano. Los fieles comenzaron con sus plegarias a pedirle intercesiones al santo y, agradecido como era, concedió los milagros que se le solicitaron. Se convirtió en un mito universal gracias a su generosidad, su dadivosidad y la devoción que la feligresía puso en él. Pasó a ser a ser el repartidor de los regalos de la Navidad.

Fuente Wikimedia commons (The Yorck Project (2002) 10.000 Meisterwerke der Malerei (DVD-ROM), distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH.)
También se le ha llamado Papa Noel, Sankt Nikolaus en alemán o el Sinterklaas de los Países Bajos a quienes los navegantes holandeses llevaron a Manhattan en 1626. Estos muchos nombres que confluyen en el personaje se refieren al magnánimo santo de vieja data, pero de celebración universal muy reciente y hasta ligado a una gaseosa que lo puso a recorrer el mundo, especialmente el de las tiendas y los centros comerciales y que hoy en día le han reducido el nombre a un económico “Santa”.
Dos dibujantes estadounidenses son los responsables de emocionar al Santa que se puso en el centro de la atención de los Estados Unidos. Naturalmente, no del Santa de nuestros días que es un producto comercial. El primero de esos dibujantes es Thomas Nast, alemán nacido en Landau en 1840, en el Palatinado, que a los seis años estaba con su madre en Nueva York y a los dieciocho años se estrenó como ilustrador del Harper´s Weekly. Era un tipo curioso este Nast; a pesar de ser migrante se oponía a los migrantes irlandeses y los satirizó de tal modo hasta presentarlos como simios; su conversión al protestantismo lo empujó a atacar a la iglesia católica, pero a la par de esto era un resuelto defensor de los negros del Sur y de los americanos de origen chino, antiesclavista, enemigo de la segregación y del Ku Klux Klan. Fue celebrado por el presidente Lincoln y amigo del presidente Grant, así como de Mark Twain con quien se jactaba de compartir sus ideas. Se unió como dibujante a la campaña de Garibaldi por la unificación de Italia, estuvo haciendo caricaturas en la Guerra de Secesión, fue crítico y hundidor de políticos con sus gráficas. Terminó sus días como cónsul de los Estados Unidos en Guayaquil dado de baja por la fiebre amarilla a los 62 años.


El Santa Claus de Thomas Nast en la portada de Harper´s Weekly en 1963




El 3 de enero de 1863 publicó en la portada del Harper’s Weekly su versión de Santa Claus. Esa primera imagen de Santa sirvió para que Nast la desarrollara en el libro que editó en 1890 Christmas Drawings for the Human Race[1], donde lo encumbra como el personaje que recibe las cartas de los niños en diciembre, habla por teléfono con ellos y hasta le dejan recíprocos caramelos en la chimenea de parte de esos ilusionados chiquillos que se verán colmados por los regalos del personaje. En la víspera de Navidad, Santa Claus espera que los niños vayan a dormir para hacer su aparición munificente. Algunos niños agazapados y ocultos tienen la suerte de verlo cuando se cuela por la chimenea. A las cinco de la mañana en medio de la madrugada hay una expectación tremenda cuando ha llegado. Se trata de un adorable libro con 66 ilustraciones no sólo alusivas al santo sino a la Navidad en general, hasta con niños que lloran porque que se dan cuenta de que la festividad no es todos los días sino una vez al año. En sus animadas y candorosas páginas se aclara que: “no se convoca a la empatía por ninguna tendencia religiosa ni partido político en particular, sino al deleite universal de la más feliz de las fiestas, consagrada por las más nobles asociaciones y apreciada por las más entrañables tradiciones domésticas. La Navidad es la fiesta de todos, pero especialmente el día de los niños.”[2]
Fue el primer libro de Nast que recogió sus ilustraciones y que inaugura la ecuménica tradición que incorpora a santa Claus como icono y representación de la felicidad infantil en la época navideña. Nast moderó y hasta torció destinos históricos con su plumilla, pero fueron sus imágenes de Santa Claus las que ayudaron a hacerse una idea gozosa y emocionante del personaje. Anteriormente en 1809, Washington Irving había descrito un san Nicolás volando sobre las copas de los árboles despachando regalos a los habitantes de Nueva York, así como el poeta Clement Moore en 1823 había escrito el poema “A visit from St. Nicholas” en el que estipula las características del personaje: se llama Santa Claus, viaja en un trineo tirado por renos, desciende con su bolsa de regalos por la chimenea. Es alegre, rechoncho, exhibe una barba blanca y está trajeado de rojo y de blanco.

Todo iba bien hasta que llegaron los anunciantes para cosificar a Santa, despojarle su inocencia, acercarlo artificialmente a los niños y convertirlo en un producto de consumo masivo, sin misterios ni ocultamiento. Santa se bajaba del trineo, pateaba la calle y amarraba los renos frente a los estudios de la Twentieth Century Fox de la mano de su patrocinante estrella: la Coca-Cola. Fue el artista Haddon Sundblom quien lo disecó con su trazo y lo encerró en los indicadores del mercadeo. Santa sonreía más que nunca, pero en la línea comercial del polo norte a los Estados Unidos. Exportarlo a los países del sur fue fácil y sencillo. Aun en el trópico todos queríamos tener nuestras blancas navidades y rociábamos nuestros pinos con nieve artificial. Santa se volvió de plástico, de anime, de afiche, de pantalla de televisión. El mito se multiplicó masivamente con sus respectivas cadenas de producción. Santa para todo el mundo. Sundblom escogió de modelo de santa a su vecino, ni siquiera tuvo que emprender una selección de modelos. Cruzó el jardín, oprimió el timbre de la casa contigua y allí apareció el resultado de su casting personal a quien había reconocido como idóneo para su diseño: Lou Prentice era un vendedor retirado, regordete y jovial, de cachetes colorados con el pelo la y barba blanca naturales, ideal para un cuento decembrino. De Michigan para el mundo.





Desde entonces, Santa ha sido un fenómeno de ventas y nadie eleva una oración a Nicolás de Bari, el obispo de Mira, porque sus clones han sido elevados a los altares del centro comercial donde los niños se sientan a su lado para ser fotografiados y desconfían de su barba de algodón. Santa en su exitosa carrera comercial ha desplazado al Niño Jesús del mismo modo como el Tannenbaum, el arbolito de Navidad, lo ha hecho con el pesebre. Pocos recuerdan al Niño Jesús que era en estas tierras el portador de regalos para los niños en la Navidad, así como lo son los reyes magos en España. En mi infancia nunca se entrometió Santa: yo creía firme y decididamente en el Niño Jesús. A principio de diciembre le redactaba la carta con suma cordialidad y hasta le dejaba algunas golosinas para su consumo personal. Suponiendo que el Niño Jesús tendría que tener un enorme trabajo recogiendo esas misivas, la arreglaba visiblemente en el balcón de mi cuarto en la casa donde vivía en San José de los Altos. Los niños, como en el libro de Nast, nos acostábamos a dormir procurando hacerlo de prisa porque se afirmaba que no podíamos verlo. Pero a los cuatro años, esa madrugada, lo vi entre el temor y la sorpresa entrando sigilosamente y casi de puntillas con la forma del Santo Niño de Praga, porque llevaba una suerte de falda que no era otra que la de la señora de servicio de mi casa. Yo aseguraba que había contemplado con los ojos entrecerrados al mismísimo Pražské Jezulátko a cuyas misas asistíamos todos los años. A los niños que se portaban mal, en algunos países, Santa o los reyes les dejaban carbón en castigo por sus fechorías. Nunca conocí un espantoso caso de esos hasta que una amiga me confesó con total seguridad que sus niños habían recibido carbón una vez por mal comportamiento. Olvidé preguntarle si había sido un Santa malhumorado, como esos pillos usan su disfraz para robar un banco en las comedias de Hollywood.
Todos los sábados cercanos al 6 de diciembre o que coincidían con la fecha se celebraba en el Colegio Alemán Humboldt el Nikolausfest. Independientemente de mi acuerdo constitucional con el Niño Jesús, los niños del colegio íbamos con delirio a ver a san Nicolás y nos hacían creer que había llegado desde Alemania transportado por Lufthansa. Cantábamos en alemán con una emoción invencible y Nikolaus o sus ayudantes nos gratificaban con una bolsa de yute, anudada con una cinta roja, cuyo olor colecciono en mi museo de las nostalgias olfativas que tenía galletas, caramelos y manzanas y que para mí representaba una forma de felicidad.
Confieso que me visita cierto desgano cultural cuando me entero de que a los niños de mi país les obsequia los regalos de la Navidad. Pero a pesar de su intrepidez en el mundo de los negocios y no obstante las familias que le han otorgado la buena pro en Nochebuena, a pesar de su risa apócrifa, y los tantos actores repartidos en los lugares de tránsito comercial, su presencia, como la de los payasos, siempre ilumina felizmente la cara de un niño que vive un mundo de fantasía que lo ilusionará hasta que conozca la verdad del mundo adulto, donde muchos se han olvidado que alguna vez fueron niños.

[1] Thomas Nast, Christmas Drawings for the Human Race. Harper & Brothers Printers & Publishers, New York, 1890. https://archive.org/details/gri_33125008808467/page/n115/mode/2up
[2] Ibidem, p.10.
Karl Krispin. Escritor venezolano (Caracas, 1960). Ha publicado las novelas Ve a comprar cigarrillos y desaparece (2020), La advertencia del ciudadano Norton (2010), Con la urbe al cuello (2005, 2006, 2012), Viernes a eso de las nueve (1992); los estudios La revolución Libertadora (1990), Golpe de Estado Venezuela 1945-1948, (1994), los ensayos Bush en Playa Parguito (2018) Lecturas y deslecturas (2009), Camino de humores (1998); los minicuentos 200 breves (2015) Ciento breve (2004). Colaborador habitual de las revistas digitales @zendalibros y @prodavinci. Ha sido presidente de la Asociación Cultural Humboldt en Venezuela. Es Miembro del Club de Roma y fue presidente del Capítulo Venezolano. Su cuenta Twitter es @kkrispin y en Instagram @karlkrispin.
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jao