por Jacqueline Goldberg

El domingo 29 de junio clausuró la exposición Caracas frontal de Marylee Coll, que permaneció durante tres meses en la Sala TAC del Trasnocho Cultural y fue visitada por más de seis mil personas. El evento final, titulado “La ciudad desde la palabra”, contó con la participación de la escritora y editora Jacqueline Goldberg y del arquitecto y escritor Federico Vegas, bajo la moderación de Ruth Auerbach y Franco Micucci. Lo que sigue es el texto que leyó Jacqueline Goldberg.

Si en esta Sala TAC hubiese un guardia a la vieja usanza —con boina, sentado en un rincón, cara de pocos amigos e imponiendo silencio— se habría vuelto loco.

Si ese vigilante hubiese tenido la obligación de reprender a los visitantes por acercarse demasiado a las fotos, comentarlas a todo gañote y además capturarlas sin pudor con sus teléfonos y hasta retratarse en grupo con la autora, sin duda hubiese enloquecido. Y renunciado, claro.

Porque si algo muy curioso ha ocurrido con esta muestra fotográfica de Marylee Coll es que ha desacralizado el espacio expositivo en el mejor sentido. Lo ha convertido en un ámbito lúdico. Ha traído completica a Caracas al ceremonioso, solemne y contemplativo espacio expositivo. Una Caracas espontánea, bulliciosa, metiche, frenética, un poco desesperante, dada a plazas y mercados de calle y, sobre todo, verbosa, vociferante, sin pelos en la lengua.

La palabra —precioso tema con el que esta despedida nos convoca— ha acompañado la exposición como pocas veces he visto —o más bien oído— y se nos ha permitido.

Visité la sala en distintas oportunidades a lo largo de estos tres meses. Y en todas vi gente comentando lo que veía, verbalizando sus pensamientos y recuerdos: «yo viví ahí», «esa casa siempre me ha gustado», «por ahí pasaba cuando iba al colegio», «esa calle es preciosa», «ese edificio parece una colmena», «comí en casi todos esos restaurantes chinos», «qué de bolas los portones del Country».

Yo misma lo hice. Corrí a buscar a mi esposo para que viera la foto de la casa de estilo inglés que está justo al lado del edificio donde vivimos. ¡Y no puedo contarles mi emoción porque se ve un pedacito del edificio e incluso un pedacito de mi lavadero! En otra oportunidad nos encontramos con Enrique Larrañaga y parecíamos tres muchachitos escogiendo cuál sería la imagen que compraríamos si pudiésemos comprar una.

Y ni les digo sobre los comentarios de los arquitectos. Estaríamos aquí hasta las seis de la tarde.

No pocas veces vi personas solitarias con la imperiosa necesidad de hablar, tanto, que para no parecer locos, entablaban una cháchara conmigo, una perfecta desconocida.

Un señor me comentó lo espléndida que se veía Caracas a pesar de su franco deterioro. Otro me dijo que era increíble cómo la artista había captado rincones tan distintos de la ciudad haciéndola parecer una y muchas a la vez. Otro señor mayor, medio fanfarrón, me explicó que él no hubiese montado la exposición tan amuñuñada porque Caracas no es tan caótica y así parece Bangladesh. Con una señora como de mi edad tuve una preciosa conversa sobre los domingos, su soledad, su delicia; sobre imaginarnos a la fotógrafa dejando a un lado los tan caraqueños miedos para atrapar una fachada y un automóvil que quién sabe si el domingo siguiente seguirán allí.

No recuerdo el rostro de ninguno de esos interlocutores. Conversamos de ladito, fueron más bien monólogos de reojo, con la atención puesta en la imagen, como viendo la ciudad desde una terraza, con la palabra como ensoñación y puente.

A las imágenes no les hace falta palabras, se sabe. Son un mundo. Pero es tanta la emocionalidad que remueven, que exigen verbos y adjetivos. Y darles cuerpo, timbre, volumen, sonoridad pues.

Ha sido un poco como un juego de memoria comentado. Pero aquí una carta está en la pared y su par en algún lugar de nuestra mente y corazón.

Roland Barthes habla en su libro La cámara lúcida sobre el punctum, ese detalle específico que punza al espectador, ese pinchazo, esa herida, accidente o marca que genera una conexión personal con la imagen. Se trata del valor que añade el espectador a la fotografía y que la completa. Y eso aquí lo hemos hecho de forma oral y a todo pulmón.  

Ese punctum —que Barthes diferencia de stadium, que es un interés histórico y sociocultural— potencia la respuesta del espectador y es lo que ha hecho que en esta exposición de Marylee Coll nuestras reacciones y acciones físicas escapen al control de la propia fotógrafa y de ese guardia de sala que seguramente existe pero nos custodió siempre paciente y con gran condescendencia.

Las imágenes adquieren un sentido íntimo y personal, y como no somos silenciosos nórdicos o japoneses, necesitamos picotear la imagen haciéndola palabra y no precisamente entre dientes.

La imagen fue durante estos meses una llave que activó un archivo de memorias personales y colectivas, que a través de la palabra dio estructura a una inmensa cantidad de percepciones sobre Caracas. Nos hizo mirar y decir una Caracas que la prisa jamás permite.

Verbalizar pensamientos, incluso junto a un interlocutor anónimo y fugaz, es un acto de autorreflexión en el que depositamos todas nuestras creencias y vocaciones estéticas. Es una forma de nombrar y, por tanto, de apropiarse de la imagen y de poseer y habitar el espacio expositivo, el espacio urbano y el espacio mental. Habitar heidegerianamente. Al decir «yo conozco ese lugar», el visitante reafirmaba su vínculo y su historia personal con un fragmento de la ciudad.

Las fotos de Marylee Coll no solo muestran un caleidoscopio de Caracas, la hacen enteramente viva en la conciencia de los observadores, que podemos llamar aquí testigos, espectadores e incluso intérpretes y traductores. Cuando el señor me hablaba del cambio de la ciudad, no solo señalaba una transformación física en ella, sino que narrativizaba su propia evolución espiritual en ella.

La fotografía congela un instante, pero el lenguaje permite dinamizarlo, contrastarlo con el pasado y proyectarlo hacia el futuro. La palabra se convierte en vehículo para esta reflexión temporal y una caja de resonancia de nuestro propio inventario visual, nuestras nostalgias, temores y anhelos.

Esta exposición saltó de las paredes para generar diálogos, monólogos y soliloquios. Se volvió interactiva, provocó una necesidad de compartir, de generar intercambio cultural. ¿Y no es eso mismo lo que incita a diario la ciudad?

Hablar frente a la imagen obedece a una necesidad de validar la experiencia estética personal para contrastarla con la del ser humano más cercano.

Ludwig Wittgenstein nos hace pensar en que los espectadores participamos en «juegos del lenguaje» y que la fotografía es una herramienta o un signo catalizador dentro de ese juego que involucra mirada, memoria y la acción de hablar. La fotografía nos permite invocar y compartir un significado —y un significante— sobre esa Caracas que tanto nos conflictúa, por bella y terrible, por prometedora y amenazante.

Todo este montón de palabras nos dicen que esta exposición ha generado: 1) Reconocimiento y autorreconocimiento; 2) Una validación pública de la mirada íntima; 3) Un sentido de pertenencia; 4) Un sentido de identidad  que nos une y reúne frente a la ciudad como contenedora de todas nuestras historias, sean cuales sean.

Yo, maracucha con casi 34 años en Caracas, buscaba en la exposición esa ciudad que no conozco aún, que me hace ver muy parecidos rincones de Chacao y la avenida Victoria, que me lleva a perderme en San Bernardino y Los Chorros. Porque, por supuesto, cuando mis desparpajados vecinos de miradas me hablaban, yo brincaba a confesar que soy de Maracaibo y con eso me volvía también plaza, terminal de autobús y mercado al aire libre. Y de inmediato me imaginaba a Marylee en mi ciudad. Me imaginaba acompañándola a retratar calles donde no queda un local abierto, otras arboladas y bellas. Y no un domingo, porque hoy Maracaibo y muchas ciudades del interior país lucen a toda hora como en domingo. En realidad, me imagino a Marylee en todas las ciudades de Venezuela haciendo esto, o acompañando a fotógrafos locales, porque esta exposición nos ha mostrado cuánta necesidad teníamos de dar palabra a la ciudad, no desde el susurro privado sino desde el barullo público.  

Como canta Héctor Lavoe, «todo tiene su final, nada dura para siempre». Pero sé que esta exposición, así como tuvo su genealogía en las redes y la mirada de todos, volverá a ellas multiplicada, reverberante, como un autorretrato, un código y una sintaxis antropológica que nos permitirá seguir hablando, hablando en voz alta.

¿Qué pasará en adelante con el vigilante de esta sala en exposiciones silenciosas, apacibles, ensimismadas y recatadas? Pues no lo sé. Quizás sean esas las que lo vuelvan loco.

Jacqueline Goldberg. Nació en Maracaibo en 1966. Vive en Caracas desde 1991. Escritora y editora. Autora de libros de poesía, narrativa, ensayo, testimonio y literatura infantil. Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Letras. Su poesía está antologada y traducida en más de quince países. En 2018 participó como escritora residente en el Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa. Sus libros más recientes son los poemarios Noi, i salvati (Valigie Rosse, Pisa, 2025), Mata de nervios (Oteditores, Caracas, 2025 / Frailejón: Medellín, 2024), Una isla en un lago en una isla (Editorial Diosa Blanca: Caracas, 2024).

Antes publicó Al otro lado del clima, antología poética personal 2021-1986 (LP5 Editora; Santiago de Chile, 2022); el libro de crónica Ochenta días en Iowa (Editorial Eclepsidra: Caracas, 2021); la novela Destrucción, ten piedad (Varasek Ediciones: Madrid, 2021); el libro infantil Pitchipoï, (Tragalulz: Medellín, 2019); y el volumen autobiográfico El cuarto de los temblores (Oscar Todtmann editores: Caracas, 2018 y reeditado en Medellín en 2025).

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