Elias Crespin y la esencia del movimiento

Publicado por 9:04 am Arte, Artistas venezolanos, cinetismo

Inger Pedreáñez

Las formas geométricas se mueven dirigidas por el artista, que juega alternando los colores. Sorprenden las figuras que se recomponen mientras las sombras cobran su vida propia. Es el tiempo y el desplazamiento visibilizando el vacío y el silencio, asi es el gesto poético de las danzas escultóricas de Elias Crespin.

Como si fuera un titiritero que construye marionetas desde la geometría, el artista cinético Elias Crespin ha venido hilando desde hace 25 años, conjuntos de formas que se animan a danzar en silencio. Crea sus coreografías y, sin proponérselo, entre esas invisibles cuerdas de nylon aparecen infinitas capacidades de evocación. Su obra podría servir de colofón a la frase de Galileo Galilei cuando afirmó que las matemáticas son el alfabeto con el cual Dios escribió el universo.

Aprendió muy bien a formar sus propias palabras con esa grafía que produce hipnosis en las exposiciones. Realmente, es el visitante quien queda suspendido, imbuido en sus pensamientos, atento al siguiente movimiento que va a romper con la imagen configurada en luz, color y sombras.

El artista no esperaba generar sorpresas con sus creaciones. Buscaba, sí, el gesto poético, al modelar el espacio y el tiempo de las formas. Pero no contaba con el albedrío del visitante que no deja de asombrarse. Es un asombro multiplicado a la medida de la mutación de las piezas. Se aprecia la obra como quien observa el recorrido de una pereza y ansía verla alcanzar su destino.

“Con las matemáticas los humanos buscamos modelar el todo… Mi forma de hacerlo es a través del movimiento, que es algo intrínseco del universo. Entonces, estas obras son parte misma del universo. El ritmo pausado es un movimiento abstracto, sin una representación simbólica en particular”. Elias Crespin durante la presentación a la prensa de su exposición Continuum, en La Hacienda La Trinidad Parque Cultural.

Las formas geométricas se mueven bajo la dirección de Elias Crespin a través de códigos informáticos y algoritmos y esa es la esencia gestual de su ars poético. A veces una figura rompe intencionalmente la armonía, porque realmente cada pieza es como un individuo que se desplaza por sí mismo. Se asoma por encima de las demás y activa en la sensibilidad humana una reacción de infinita contemplación.

Cuando estuve frente a Circular Inception me deslumbró la manera en que el anillo más pequeño se eleva entre todos y es casi un punto en medio de la multitud de circunferencias. Apenas lo detectas, parece influir en el movimiento de las demás, y vuelven a ser un todo. Hay una historia. Hay una narrativa. No es solamente lo poético. No es exclusivamente una danza….

Como una danza contemporánea, donde a veces ves que un bailarín se separa del resto. Algo así. Y hay una historia. Estoy de acuerdo contigo. Pero es una historia gestual. O una historia narrada en movimiento. No en un símbolo o una metáfora particular, sino es eso, un gesto.

Para mí, como una espectadora…

Para tí. Me gustó eso, el “para mí”.

Exacto, porque es el visitante quien termina construyendo ese significado.

Correcto.

Entonces, a mí la obra me contectó con la idea de que algo, por más sutil que sea, puede hacer una diferencia.

Tú te viste reflejada en ese individuo que es distinto y  que le gusta ser distinto.

Sí, pero al mismo tiempo me integro a esa vastedad, a lo que se construye entre todos. Entonces, el movimiento cuenta una historia. El pensamiento cobra sentido. 

Pero como es arte abstracto, es decir, que no tiene un significado dado, tú se lo das. Cada quien se lo da. Hay una libertad interpretativa. Todo va a depender del imaginario, la sensibilidad y la experiencia del visitante. Y eso es una característica de mi obra. Y me gusta que sea así. No soy impositivo.

La obra Circular Inception (2016) que está exhibida en La Hacienda La Trinidad, ha recorrido distintas salas en Francia, en exposiciones como Slow motion, en Maison de l’Amérique Latine (2017) y Ondes, en la Galerie GRAF, (2020) ambas en París, y Lumière, Espace, Temps, enGrenier à Sel (2022) en Avignon. Sin embargo, en aquellas oportunidades, las paredes de las salas eran blancas.

Cuando la galería Espacio Monitor comenzó el montaje en la Hacienda La Trinidad, su director, Luis Miguel La Corte, sugirió presentar la obra en fondo negro. El efecto de oscuridad crea en el espectador la sensación de haber sido absorbido por el espacio. No importa la presencia humana, de hecho, el visitante es tan invisible como si hubiera sido tragado por un agujero negro. Sólo prevalece la luz de los nueve conjuntos de seis anillos de plexiglás rojo, y la expansión y el recogimiento de las formas que cobran vida.

Innovar para el arte

A Elias Crespin le llamó la atención el diseño gráfico y la arquitectura desde que era un niño. Cuando estaba entre los 13 y 14 años, su padre compró una Apple II y comenzó a jugar con las formas que podía animar en la computadora, era algo que le salía de forma natural, viniendo de una familia de padres matemáticos y abuelos artistas. Su comprensión informática le permitió tomar la decisión de estudiar la Licenciatura en Computación en la Universidad Central de Venezuela.

Varias circunstancias abonaron el camino para que Crespin comenzara a transmutar en artista: en el 2000, el Museo de Bellas Artes de Caracas inaugura la exposición retrospectiva Gego 1955-1990, en homenaje a su abuela, Gertrud Goldschmidt. Cuando Elias Crespin va a entrar a la sala, se queda observando un cubo de nylon de Jesús Soto que estaba en la entrada. Pensó en la posibilidad de que esos hilos tuvieran su propio movimiento; que no sólo la cinética se generara por un efecto visual. Cabe mencionar que ya artistas anteriores habían desarrollado obras cinéticas con motores eléctricos, como Omar Carreño. Pero la diferencia estaba en que el proceso no quedaba en manos de la máquina, sino que el desplazamiento estaba determinado por la programación humana.

El paro petrolero fue su segundo impulso. Ahora tenía tiempo suficiente para hacer bocetos e identificar los recursos para el ensamblaje de sus obras, aunque todavía no se consideraba un artista. Un día, detallando el giro de las impresoras y plotters, llegó su eureka. Buscó en chiveras los motores necesarios y fue cerca de la quebrada de Catuche, un barrio cercano a La Pastora, donde adquirió su primer gran lote de motores.

Cubo de nylon de Jesús Soto, ubicado en el Museo de Bellas Artes.

Le tomó dos años crear la Malla electrocinética I (2004), y desde entonces, captó la atención de curadores de arte contemporáneo, que además tenían un interés por la robótica. Elias Crespin había dado un paso adelante en el nuevo camino del cinetismo.

Cuando vi la primera vez tu trabajo, tu primera obra, su cuadrícula y las conexiones me recordaron a las Reticuláreas de Gego.

Sí.

¿Fue como rendirle un homenaje a ella?

No, no directamente. Pero al usar lo aprendido con ella en su taller, en ese sentido, es un homenaje inconsciente.

¿Guardas en tu memoria alguna frase, alguna conversación con Gego o Gerd Leuferd que consideres que fue un detonante, una influencia para tomar la decisión de crear obras artísticas?

Yo creo que nunca me influyeron. En lugar de eso, la referencia que tengo es sobre su quehacer, ver cómo trabajaban, observarlos. Pero no tengo en mi memoria algo particular que me hayan dicho. Me pones a pensar qué pudiera ser.

¿Y cuando estabas joven, ayudabas a Gego a hacer sus obras?

Bueno, eso ya es mucho decir (nos reímos). Pero sí, la ayudaba a cortar. Había que cortar tantos alambritos o doblarlos. Yo hice más de una pequeña manualidad con las técnicas de ella. Algunas las tiene mi mamá en su casa (Bárbara Gunz, directora de la Fundación Gego).

Días después, Elias Crespin dijo en un encuentro en La Hacienda La Trinidad que de Gego había aprendido a crear rupturas en las obras. “Gego, rompía en sus dibujos, en sus papeles, una supuesta simetría, armonía o equilibrio para crear un punto de tensión en la obra. En mi danza, esas travesuras pueden crear tensión o pueden generar alivio“. También recordó que su abuela decía que “cada línea inspira la creación de nuevas líneas”. Gego falleció en el año 1994, por lo que no alcanzó a conocer la fase artística de su nieto.

Gego y Elias Crespin, 1986. Retrato de Gerd Leufert, Cortesía Elías Crespín

La primera exposición en la que Elias Crespin participó como artista se realizó en el Ateneo de Cabudare, estado Lara, bajo la curaduría del arquitecto Rolando Carmona (quien se ha enfocado en la cultura post digital).  La colectiva se llamó Ingravidez (2004), y se repitió un año después en el Museo de Arte Contemporáneo del Zulia, Maczul, y en el Museo Jacobo Borges, en Caracas. También formó parte de Mutaciones del Espacio (2004) en el Museo del Estado Miranda, en Los Teques.

El Cubo Ondulatorio en homenaje a Jesús Soto (2005) se expuso en la II Mega Exposición Homenaje a Jesús Soto, en Galería de Arte Nacional. Allí entra en contacto con el artista Yucef Merhi , quien compartía la misma inquietud de aplicar la tecnología al arte. Merhi invita a Crespin a inaugurar un nuevo espacio cultural, Canal Centro de Producción Cultural, en Altamira, con su primera individual: Electrocinéticas (2006).

El artista participó en varias colectivas en el país, entre ellas en la Sala Mendoza y Espacio Monitor. Hoy, 2025, casi dos décadas después, presenta su segunda individual en Venezuela, en un proyecto organizado en conjunto entre la galería Espacio Monitor y La Hacienda La Trinidad, con la colaboración de la Embajada de Francia en Venezuela, Fundación Telefónica, Laser Airlines y Fundalaser, así como el apoyo del Goethe Institut, Iot White Tecnologies y Duncan.

Continuum está conformada por nueve esculturas móviles concebidas entre 2016 y 2025. Entre ellas se encuentra Plano Flexionante Mousikê (2022), creada especialmente para la exposición dedicada al compositor Iannis Xenakis en la Cité de la Musique de París. Parece una versión a menor escala de L’Onde du Midi (La onda del mediodía), la pieza que desde 2020 se le encargó para celebrar el 30 aniversario de la Pirámide, del Museo del Louvre y que mide aproximadamente 10 metros.

El director del museo parisino, Jean-Luc Martínez, conoció la obra artística de Elias Crespin cuando visitó la exposición Artistes & Robots (2018) que se desarrolló en el Grand Palais. El venezolano fue invitado por el artista franco mexicano Miguel Chevalier, quien también utiliza las computadoras como medio de expresión en el campo de las artes visuales. A Crespin le asignaron la torre de una escalera y en lo alto diseñó su escultura coreográfica Grand HexaNet, que maravilló al público.

De este modo, el artista venezolano se sumó a artistas de la talla de Eugène Delacroix (sf), Anselm Kiefer (2007), François Morellet (2010) o Cy Twombly (2010) con obras de exhibición permanente. Está de más decir que su obra es patrimonio del Museo Nacional de Francia. “Son contados con los dedos la cantidad de artistas que han hecho decorados perennes en el Museo del Louvre”, dice Crespin.

La pieza que se exhibe en Caracas, Plano Flexionante Mousikê parece danzar en un pentagrama, sus colores semejan los de los instrumentos musicales del siglo XIX: oboes, violines, violas, pianos y trombones… cuando se entrecruzan producen efectos cinéticos, las vibraciones de color. Esta obra, fue creada especialmente para la exposición dedicada al compositor Iannis Xenakis en la Cité de la Musique de París. Es un guiño del prototipo que construyó para el Louvre.

Hablemos del movimiento en tu obra. La tradición del arte cinético, como se origina su nombre, es que el visitante se desplaza para ver los efectos del color en las formas. Se generan nuevos colores bajo la ilusión óptica, en un tiempo puntual: te desplazas y en un instante lo ves. Pero en tus propuestas artísticas es como si el espectador pasara por varias estaciones en un tren que transporta tiempos. La obra ante ti no es la misma que comenzaste a observar minutos antes. Y de repente, en algún momento las lineas se cruzan para evocar el arte de Jesús Soto o Carlos Cruz-Diez.

Es relativo. Para Soto, por ejemplo, necesitas moverte. Aquí ¿te estás moviendo para poderlo ver? No. Aquí la obra te lo muestra por si misma. Hay una diferencia. Y además hago cambios en los ángulos; tengo esa posibilidad de jugar con la posición relativa de los elementos.

Circuconcéntricos Alu 600, 2016. Video Pascal Maillard © Cortesía del Atelier Elias Crespin.

¿Cómo piensas las coreografías? ¿qué te motiva, cuál es tu impulso interior?

A veces hago, no siempre, unos esquemas generales, unos dibujos como de taquigrafía. Estudio qué ángulo poner, o que ruptura del ángulo, o si coloco ángulos inversos o separados. Después, basado en eso, empiezo a componer con una interfaz gráfica, y voy dando instrucciones para materializar esas taquigrafías que escribí. Cuando veo el resultado, también tomo decisiones: subir un elemento. De pronto ves que hay una vara que sobresale, y pudieras pensar que es un error, pero no lo es. Juego con la percepción, para romper con la armonía de la perfección que uno tiene como modelo mental. Lo que es una referencia o modelo, lo rompo. Sube una varilla, y luego otra la acompaña. Puede ser ese diferente que te gusta y que te identifica.

Y cuando ya todos se vuelven parte de esa diferencia, ya no lo eres más. Ya no eres una unidad, sino que cada uno es un individuio que está en ese espacio, conviviendo.

Voy jugando con eso, encontrando qué puedo cambiar, o qué más me permite esa identidad geométrica para explorar relaciones entre los elementos, con esos puntos de movimiento que tiene, con esas posibilidades de movimiento.

Esta frase que sueles decir sobre tus obras: “una música silenciosa que se escucha con los ojos”…

Sí. Esa frase se me ocurrió cuando el maestro Carlos Cruz-Diez dijo que “hoy en día nos hemos convertido en ciegos auditivos y sordos visuales”. Entonces, se me ocurrió que mi obra es una música silenciosa que se escucha con los ojos.

En tu arte está presente el silencio, pero también está el vacío. No es lo mismo el silencio que el vacío.

No. Pero ambos hacen juego con lo visible. Es decir, la obra hace del vacío y del silencio algo más visible.

Selección de obras de Continuum, en La Hacienda La Trinidad. Fotos de Elvira Prieto.

Al observar por largo tiempo cualquiera de tus obras, empiezo a reflexionar que no estamos ante la misma pieza. No es que el movimiento haga la obra. Es que la percepción sólo permite quedarme con una parte de la totalidad, una porción de ese desplazamiento.

Depende del espectador. Puede ser poco o mucho lo que observas, y va a depender de que te permitas conectar con ella. Lo que te llevas de la obra es muy personal.

Creo que el visitante siente la necesidad de estar solo para apreciar la obra en su totalidad. La multitud puede abrumar.

No ayuda nada al público. Es por eso. Es espacio y es silencio.

Tus inquietudes para crear nacen desde lo científico más que de lo empírico, ¿cierto?

La expresión artística parte del alma, y usa lo científico como técnica, como manera de hacer. Esa es la técnica en una obra de arte. Toda obra de arte tiene una técnica, sea la escritura, sea la cerámica, sea la coreografía, la danza, el ensamblaje, el collage… Hay una técnica. Y después, ¿qué haces con esa técnica? Eso es realmente lo artístico. Lo artístico viene del alma. Entonces, la respuesta es no. No todo parte de lo científico.

Eso me da pie a la siguiente pregunta: siempre hay un detonante, algo que inspira al artista, un contexto, una emoción. Y generalmente las personas que te abordan se quedan en la técnica, cómo lo haces, el algoritmo, el dispositivo que está conectado. Y la técnica no es lo fundamental…

No es lo fundamental, es el medio.

¿Crees que esta manera, este estilo de trabajar el arte va a ser exclusivamente tuyo? ¿Has compartido con otros artistas tu técnica, como forma de llegar a la obra?

Sí, hay otros artistas que la han empezado a aplicar. No hacen referencia a mi trabajo, pero intuyo que si lo han visto. Lo que confirma que es artísticamente válido.

Desde que Elias Crespin vive en París ha realizado un promedio de 250 obras. Está presente en las colecciones de la Maison de l’Amérique Latine de París, The Museum of Fine Arts de Houston, El Museo del Barrio de Nueva York, el Museo de Arte Latino Americano de Buenos Aires y el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Ha participado en la XIII Bienal de Cuenca en Ecuador (2016), la Bienal de Busan en Corea del Sur (2014), en el Museum of Fine Arts Houston, en el Espace Culturel Louis Vuitton de París, así como en la Fondation Boghossian y la Verrière Hermès de Bruselas, Bélgica.

¿Has vendido muy bien tu trabajo artístico?

Sí.

¿Se puede vivir del arte?

Sí. Hoy en día a duras penas. Hace unos años mejor. Pero, tengo el cuello fuera del agua.

Al llegar las cinco de la tarde se concluye la sesión fotográfica, el artista anuncia que en quince minutos el sistema se va a detener. Cuenta los segundos en forma regresiva. Al llegar a cero, es como si las obras dejaran de respirar. Aunque el sistema se detiene, como por un efecto de inercia, ellas siguen moviéndose. No hay partitura silente para la danza electrocinética, pero aún así, todas se van recogiendo, a su estado inicial de creación.

Las ondas se enderezan hasta volver a ser una línea recta;  los trianguconcéntricos se abrazan en su eje; los tetralineados vuelven a ordenarse, y los circuncéntricos se acoplan como nubes de espirales en el espacio… Lejos de la instrucción humana, parece que las obras buscan la mejor posición para el descanso. Nuevamente el milagro de Dios y del universo se hace presente en ausencia de la instrucción matemática. El coreógrafo, el titiritero, ha soltado los hilos, consciente de que cada rol que le ha asignado a las formas ha llegado a su final. A sabiendas de que mañana, a la hora programada, todas las geometrías volverán a danzar.

Dos bailarines circuconcéntricos, tras el artista. Foto Inger Pedreáñez.

Más sobre Elias Crespin

Página oficial de Elias Crespin

Atelier Elias Crespin en Vimeo

¿Quién es Elias Crespin? (publicado por Estilo en febrero de 2020)

Continuum de Elias Crespin (Agenda cultural)

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