por Inger Pedreáñez
“Fue un gran error haber nacido hombre; habría tenido mucho más éxito como gaviota o pez. Así las cosas, siempre seré un extraño que nunca se siente en casa, que no quiere ni es querido, que nunca puede pertenecer, que siempre debe estar un poco enamorado de la muerte”.
Eugene O´Neill. El viaje de un largo día hacia la noche
En una exposición sobre Armando Reverón, la fotógrafa Soledad López (Viscaya, España,1938 – Caracas, Venezuela, 2016) se paseaba de un extremo a otro frente a un cuadro que el artista había realizado con sus deposiciones. A Soledad no le intrigaba ni la textura, ni el color, ni la materia que permeaba el lienzo. Ella trataba de entender cómo fue posible que el pintor de Macuto plasmara la luz, en una obra donde la iluminación era prácticamente imposible.
No sabemos si encontró la clave, pero lo que si es cierto es que su admiración por Reverón trascendía los destellos de sus paisajes. Sus famosas compañeras, las muñecas de trapo en El Castillete, fueron foco de la lente de una mujer que quiso encontrar arte en la fotografía.





Reverón. Macuto, estado La Guaira, Venezuela, s/f: Soledad López ©Archivo Fotografía Urbana
La luz fue para López una constante razón de experimentación en el cuarto oscuro. También las texturas y por encima de todo, la composición. No se trataba de la técnica, de encontrar la combinación perfecta en la gama de blancos, negros y grises, a través de las máscaras o el visado, sino que ella estaba queriendo decir algo. Buscaba efectos surrealistas con la solarización (para invertir los tonos de una imagen), la mezcla de químicos en el revelado, la intervención de papel o el uso de la anilina para pincelar traslúcidos detalles. Mucho antes de concebir la foto, en ese pequeño rectángulo donde cabía su mundo subjetivo, ella intuía cada rincón del espacio que iba a enmarcar.
El relato sobre el cuadro de Reverón es un recuerdo de su hijo mayor Jaime Castañé, quien desde temprana edad y junto a su hermano Daniel solían recorrer los museos y galerías con su madre, en Caracas y en cualquier ciudad del mundo donde estuvieran de paso. Su tiempo de esparcimiento privilegiaba las salas de exposiciones, o estar dentro del laboratorio de revelado y copiado, antes que los parques y canchas deportivas.

Ese gesto observador, que se extendía a las grandes lecturas y el cine, son las primeras señales de la avidez por la cultura y el conocimiento artístico de Soledad López.
“Era extremadamente exigente con su trabajo, con sus fotografías, su forma de hacer arte. Se llenó de muchísima cultura. Decía que lo mejor que podía hacer era pelear contra toda esa cultura para liberarla y empezar a hacer el trabajo bueno“, comenta su segundo hijo, Daniel Castañé.
No buscaba documentar momentos, sino despertar la curiosidad o la reflexión a través del hecho artístico. Siempre privilegiando la fotografía a blanco y negro.
“Yo nunca la vi hacer fotos a color. Yo usaba una Instamatic y una vez le pregunté, ¿por qué no haces fotos a color? Ella me dijo, las fotos a color son la visión de los otros. Yo hago fotos en blanco y negro porque yo veo al mundo así. Hay gente que hace fotos para volverse famosos, yo hago fotos porque las necesito. Sin tomar fotos yo no puedo vivir. Hay gente que fotografía porque quiere. Yo las hago porque necesito vivir”, relata Jaime Castañé.
Soledad López finalmente se resistió a su propia necesidad vital, y aunque en sus últimos veinte años estuvo alejada de la fotografía, su hogar se mantuvo poblado de esas imágenes que surgieron de su numen, su historia, su trayectoria visual y sus amigos.
Las circunstancias la forzaron. Habría que entender que Soledad López sólo concebía la fotografía en analógico, y la imposición de las cámaras digitales, entrada la década del 2000, dificultó el acceso a los recursos para el revelado y copiado. Pero más determinante aún fue la dedicación que debió darle a su madre, con un estado avanzado de Alzheimer. Una madre que además nunca aceptó que su hija fuera una artista bohemia, y desaprobaba sus fotografías, en especial los desnudos.


“Cuando mamá se retira y deja todo el arte, se dedica a trabajar en la venta de bienes raíces. Ya ella sufría de depresión, pero allí comienza a deprimirse más. Decía: es que el arte, de la forma que sea, a mí me causa daño. Exige de mí una persona que yo no quiero ser”, señala Jaime Castañé.
El epígrafe que acompaña esta nota, surge en los recuerdos del hijo mayor, como si fuera un poema, mientras mira al pasado. “Nuestra casa parecía una extensión del Instituto Neumann”. Ese texto que pertenece a Eugene O´Neill lo escuchó del dramaturgo Isaac Chocrón, un amigo de la casa, como tantos otros que frecuentaban su hogar: Adriano González León, Rafael Cadenas, Hanni Ossot… Finalmente concluye a propósito de esos versos: “La vida de mi mamá era algo así, vivía cercana a la muerte”.
El primer museo
En esa atracción por el misterio de la existencia, las primeras esculturas que fijan la atención de Soledad López son las estatuas de los mausoleos y panteones del Cementerio General del Sur. Entre las lápidas descubrió piezas dignas de exhibición, exploración que hizo no una o dos veces, sino meses y años. En 1972 su lente comienza a capturar, en plano cerrado, las alas de un ángel, la palma abierta de una virgen, una cruz que sucumbe ante las hojas algo secas de la planta trepadora… Lo estático doblegado por el tiempo que se revela en el desplazamiento de las sombras. El gesto que ella encuentra entre las sinuosidades de los cuerpos pétreos lo atrapa en la latencia del posible despertar de una emoción. En esos detalles de lo inmaterial aplacado entre cemento y mármol, va construyendo su primer lenguaje. Ese que nunca abandonó.



Cementerio General del Sur. Caracas, Venezuela, ca. 1972-76: Soledad López ©Archivo Fotografía Urbana
“Como los gatos voy caminando sigilosamente olfateando todo, como buscando a la presa y cuando la encuentro, ¡qué maravilla! Yo vivía metida en el cementerio, porque me parecía que ahí habían estado escultores increíbles en los años pasados. Se diferenciaban mucho de los cementerios que yo vi en París, o en Grecia, por ejemplo, que me encantó”.
Soledad López en una entrevista inédita con Lorena González Inneco (2016)


“Ella se deleitaba de la estética, los detalles, y le concedía un carácter sensual al mármol”, comenta el fotógrafo Vladimir Sersa, con quien Soledad tuvo una estrecha relación, y quien además la acompañó en varios de sus viajes. Vladimir recuerda muchos momentos de esta fotógrafa, sus exposiciones y publicaciones, entre ellas, una sección de la revista Estilo con el trabajo de las estatuas de Soledad López, que fue seleccionado para una edición sobre el erotismo, en una dupla con la obra de Oscar Molinari (Estilo No.16, 1993)
No solamente fueron las lápidas caraqueñas la que atrajeron su atención. Comenta Jaime Castañé que la fotógrafa visitó varias veces el cementerio judío en Coro (el más antiguo de América), porque es único en comparación con el resto del mundo, por su riqueza estética.
Este proyecto que mantuvo a lo largo de su vida no fue realmente su primera aproximación a la cámara como recurso artístico. Mientras estudiaba en el Instituto de Diseño Neumann (1970-1975), la primera escuela de diseño en Venezuela y también pionera en América Latina, la fotografía era sólo una asignación más entre tantas materias. Sin embargo, solía destacarse con las mejores notas con profesores como Alexis Pérez Luna. También fue alumna de Abilio Padrón, Santiago Pol y Álvaro Sotillo, de allí su destreza para el diseño gráfico, otra de sus fuentes de ingresos.
A la artista Gertrude Goldsmith (Gego) le gustaba asistir a las entregas de los estudiantes, y en una ocasión le sugirió a Soledad que debía exponer su trabajo. Pero ella no se lo tomó en serio. Pensaba que Gego, su amiga, le tenía tanto afecto que exageraba.

En ese período, realizó retratos de chiveras (cementerios de carros, podría decirse), donde destacó porque siempre buscaba incorporar al perro que habita el espacio; y recibió una asignación especial de la Venezolana de Navegación para retratar la “vivienda marginal”.
Tiempo después, cuando montó su propio taller de enseñanza, buscaba escenarios como los que había visto en el Litoral Central, y un día encontró la perfecta escenografía. Era un barrio que estaba signado a desaparecer, colapsado entre la bruma y la descomposición. Y hasta allá se llevaba a sus alumnos. En Mare Abajo descubría texturas, colores, miradas que luego se revelaban en el cuarto oscuro.
“Me iba por los cerros con mi equipo, hasta me metía en la casa de la gente a ver el partido de fútbol, me daban café y no tenía miedo de que nos robaran la cámara”. (1)
Volviendo a su etapa de formación en la Neumann, Soledad López cierra ese ciclo con un ensayo elaborado en collage con fotografías y textos mecanografiados, en la materia Diseño Publicitario que dictaba el escultor Rafael Barrios. En Principio y desarrollo de una vida, como todas las vidas narra su historia cargada de humor negro y desparpajo. Habla con una cruda sinceridad de sus orígenes, su familia, la manera en que conoce a su primer esposo, quien no aceptó que ella escribiera ni mucho menos que fuera artista, razón por la cual se divorció. En esas líneas muestra una personalidad que se resiste a los convencionalismos y también “con muchos toques de frivolidad”. Ahí se asomaba su lucha por ir a contracorriente, una esencia “revolucionaria sin poses”. En el collage, Barrios le escribe: “Me encanta tu gran potencial de percepción de lo que te envuelve”.






Atrevida siempre fue. Era más fuerte el interés de llegar a su objetivo fotográfico que mantener la precaución ante un eventual peligro. Fue detenida en Angola, el primer día que sacó su cámara, acusada de espía. Le prohibieron tomar fotos, y después logró hacerlo con un permiso.
“Yo estaba tomando fotos a una sábana al viento, porque siempre fui obsesiva con el viento. Entonces, llegaron unos negritos comunes y silvestres, como si no fueran nada, y resulta que eran del gobierno. Me metieron presa. Por suerte me permitieron una llamada, me comuniqué con mi marido, y mi marido llamó a la embajada”. (1)
Su segundo esposo, un neerlandés que trabajaba para una importante firma de su país en temas de minería y petróleo, la apoyó en todo momento. En Angola (1980-1982) retrató a las mujeres, y en especial a los niños, de una manera muy particular. Se siente en ellos la ausencia de ingenuidad. Son miradas escrutadoras, curiosas, a veces escépticas o expectantes.




“Las fotos de los niños representan uno de los momentos significativos del inicio de la trayectoria de Soledad López. Incluso hasta Angola, una década después. Sus retratos no son de niños felices o inocentes, desprendidos de una vida terrenal, sino son niños justamente de la cotidianidad en la calle. Hablan un poco de la rudeza del niño arrojado al mundo. Son niños que interrogan con la mirada, a veces con sorpresa o con incomodidad. No es el niño que posa durante el cumpleaños o en una fiesta o en la plenitud de la vida familiar, es el niño que está en un mercado, en una calle, al lado de un automóvil, corriendo, jugando con unos perros”, comenta Félix Suazo, autor del libro de PHotoBolsillo, Soledad López, de la Biblioteca de Fotógrafos Latinoamericanos, y además curador de la exposición Contactos: Soledad López, Claudio Perna, Roberto Obregón, que se realizó en la Sala Mendoza entre noviembre de 2024 y enero de 2025.

La experiencia de Soledad López en Angola se puede esbozar en una carta de 30 páginas que le escribió a Claudio Perna (extensiva a María Teresa Boulton y Roberto Obregón) y que se encuentra en la colección de El Archivo. “La gente de aquí es bien negra, con una belleza increíble, es, diría, la única compensación a esta vaina. Cada día me enamoro más de esta gente (…) Los niños son bellísimos, las calles sucias, rotas, malolientes, con edificaciones que fueron hermosas y ahora están en un estado de horror (…) …la ciudad debió ser bellísima, y todavía cuando llega el atardecer y el sol rojo mimetiza todo el sucio y el horror, entonces uno puede detenerse en la distribución de las construcciones, en la forma de la bahía y en la estructura de las calles. (…) y yo toda trastornada, analizando a la gente, viendo tanta mujer bellísima sin poder ni siquiera sacar la cámara ni a la ventana, pues está prohibido. Tanto mundo diferente (…) El cielo está gris, gris, gris. Todo es sucio y gris y mi apartamento es sórdido y esa palabra es la peor del idioma. Creo que la sordidez es un arma lenta e inexorable, Me he vuelto más solitaria, más espectadora… Hay tantas fotos en mi cabeza (…) Subo a la terraza del edificio y fotografío a los amigos y vecinos, los niños que me enseñan los juegos africanos y me piden Coca-cola y chocolates…”.




©Archivo Fotografía Urbana

Cuando obtuvo el permiso para tomar fotos “con fines culturales”, finalmente capturó el paisaje, la bahía, las calles y la naturaleza angolana. “Mira la sensualidad de los baobabs, cómo se abrazan”, le decía Soledad a sus hijos, cuando les mostraba sus fotos. Igualmente reflejó a los pobladores en sus actividades habituales, como cuando se adentró en Chapandela, un mercado considerado el más peligroso de la zona.
“Sufrió mucho por la miseria y por el drama de Angola. Ella era un ser muy sensible. Y tenía una manera de hablar que te hubiera encantado. Tenía magia en las palabras, en el movimiento de las manos, en la entonación, en los ojos”, refiere Alicia Rodríguez, artista que primero fue su alumna, luego su amiga y finalmente socia en el taller de fotografía que fundó tiempo después de regresar de Angola.
Enseñar y explorar
Era una quinta en Las Palmas, con ocho ampliadoras. Ya había tenido la experiencia previa de dar clases en el Instituto de Diseño Neumann; dictó talleres en el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber y en la Universidad Simón Bolívar, y ofreció un taller de Técnicas y efectos de laboratorio en el I Simposio de Fotografía en la Universidad Simón Bolívar (1986).
Muchos fotógrafos pasaron por su taller, entre ellos, Elizabeth Cornejo, Mauricio Donelli, Ricardo Ferreira, también Pedro Guillermo Meneses, hijo de Sofía Imber, y Luis Herrera Urdaneta, hijo del ex presidente Herrera Campins. Ella impulsó a sus alumnos a exponer y tres de ellos contaron con su colaboración cuando se presentaron en la Galería de los Espacios Cálidos, Ateneo de Caracas (1989): Frida Benmaman, Alicia Rodríguez y Armando Roque.

Cuenta Alicia Rodríguez que los alumnos, cuando debían realizar sus propios procesos de revelado y copiado, podían pasar horas; a veces tocaba hacer hasta diez o quince copias antes de alcanzar la fotografía final. Era una foto única, que difícilmente podía repetirse. “Pero Soledad hacía magia en el laboratorio, lo dominaba de manera increíble. Sabía cuántos segundos exponer, cómo lograr la foto perfecta”.
Soledad iba más allá: Llevaba a sus alumnos a ver películas, como Juegos Peligrosos; les asignaba lecturas, les enseñaba a ver. Entre sus libros recomendados estaba Una habitación propia, de Virginia Wolf, le gustaba el trabajo de fotógrafos como Ansel Adams y a pesar de que su interés era la fotografía en blanco y negro, también estudiaba a artistas como Mark Rothko, posiblemente por su manera de evocar emociones con el color.
“Yo les decía a mis alumnos ustedes tienen nada más que un rectángulo chiquitito y allí pueden poner toda la angustia del mundo, toda la alegría, todo puede estar en un rectángulo pequeñito”. (1)
Paraguaná
Aunque Soledad López estuvo presente en varias muestras colectivas nacionales e internacionales, la exposición que más visibilizó su trabajo fue la individual Lo que traigo de Paraguaná (1979), en la galería La Pirámide, con una serie que realizó entre 1975 y 1979. Para entonces, ya había comenzado una estrecha amistad con Claudio Perna y Roberto Obregón. Con ellos entraría en nuevos retos para ver la fotografía como un proceso artístico e inclusive conceptual.
En el proyecto de Paraguaná, Soledad López desmitificó el progreso que podía traer la industria petrolera, y afincó su dedo hacia la precariedad y pobreza de los caseríos que rodeaban a las refinerías de El Cardón, Amuay y Bajo Grande. Como escribe Félix Suazo en el texto de sala de la más reciente exposición: “En contraste con esta promisoria imagen de potencia energética y desarrollo, Soledad registró las secuelas ambientales y humanas dejadas por el progreso petrolero en la población de la región”.








En el artículo de El Universal, titulado “Los ojos de Soledad López; una fotografía de signos” (8 de marzo de 1979), Roberto Montero Castro escribe con la comprensión de estar ante un trabajo conceptual más que documental: “Su intención no es social, sino de orden existencial. Con sus fotos ofrece un modelo del universo, una opinión sobre el hombre y su destino”.
Al respecto, Edgar Moreno, un multifacético artista visual que compartió con López, afirma que todo fotógrafo que no sea meramente documentalista pasa a ser conceptualista. “Las sociedades, como las africanas y la misma Venezuela, nos procuran vivencias que nos hacen ser conceptuales para lograr vislumbrar más allá de nuestro entendimiento sobre lo espiritual. Soledad quedó muy maravillada cuando le enseñé técnicas sobre el viraje y reducción de los papeles argentados. Fueron un complemento no solo estético, sino que iba a la comprensión del material con el que plasmamos nuestra creación. En lengua pemón, fotografía significa: Alma pegada al papel”.
Mujer renacentista
Tanto la artista Alicia Rodríguez, como otra amiga cercana, Flérida Alcalá, presidenta de la Fundación Claudio Perna, describen a Soledad con las mismas palabras: “Era una mujer renacentista”, aunque el significado para ambas sea distinto, se puede resumir en que ella podía ver más allá de lo establecido.

©Archivo Fotografía Urbana
“Las fotos de Soledad eran como unos cuadros renacentistas, con aquellas mujeres con ese porte y los cabellos largos, ondeando. Una de esas modelos es Alicia Rodríguez. Soledad llamaba a esos retratos mis Rubens”, refiere Flérida Alcalá, y ya sabemos que las características esenciales de este pintor barroco es su dramatismo, la sensualidad y los contrastes entre luz y oscuridad. Algo que se percibe en la obra de Soledad, desde las estatuas, los maniquíes, sus desnudos, los retratos a los ancianos, e incluso, en los detalles de la arquitectura del antiguo edificio del Banco de Venezuela.



Para Alicia, la fotógrafa era renacentista porque no sólo revelaba, sino que pintaba dentro del laboratorio. Utilizaba el óxido nítrico y la anilina para perfeccionar a mano las fotografías y darles color. Retocaban con pinceles de un pelo. “Nosotros aprendimos a pintar durante el revelado. Utilizábamos cualquier cosa, toda clase de químicos: Vamos a ponerle cloro, vamos a ponerle sepia, vamos a ponerle esto, vamos a ponerle lo otro. Hasta que una vez descubrimos que estábamos haciendo gases de cianuro. Ahí paramos, no inventamos más”, ríe Rodríguez.
Su laboratorio fue un templo, dice su hijo menor. Todo iba en su sitio. A él le correspondía la responsabilidad de organizarlo: estaban todas las anilinas para descubrir colores y pintar con transparencias, improvisando técnicas para manchar el papel fotográfico con colores cristalinos; guardaba todo ordenadamente entre cajas y escondites para las pinzas, los portanegativos, los carretes, el secador… En ese espacio introducía cada vez algo nuevo para hacer una fotografía, como lijar los portanegativos…Tenía las manos quemadas por los ácidos.
Daniel vivó dentro del laboratorio de su madre desde que era un niño. “Mi mamá me enseñó a trabajar la fotografía sobre la copiadora, el papel. Había una tendencia entre los fotógrafos de hablar del negativo completo. Fue una época importante en la fotografía de Venezuela y del mundo. A ella le encantaba todo tipo de fotografía. Cuando estuve con ella, la veía como recortaba sus propios porta negativos para que la gente viera que sus fotos podían ser tanto cortadas como a negativo completo. Porque el arte no se mide con un metro. Tampoco perseguía un tema en especial, como las últimas que ella estaba haciendo, los cuerpos en movimiento, o la de los cementerios, le importaba captar el momento. El arte encierra muchas cosas”, relata.
También compartieron la experiencia de los grandes formatos. La artista cosía los papeles, juntaban dos ampliadoras y proyectaban a la pared para lograr la imagen.
Junto con Claudio Perna, Soledad López experimentó en unas fotografías que llamaron Rayogramas, en claro homenaje a Man Ray. “Le gustaba mucho por su trabajo de alto contraste y esas fotos imposibles del cuerpo humano”, dice Alicia Rodríguez con respecto a las imágenes en movimiento. Usando la solarización creaba imágenes inversas, generando una poética de misterio.
“Sobre la solarizacion, el fenómeno del argentado es como habitar una casa posesa de dónde nunca se sabe en qué esquina aparecerá un fantasma. Eso le maravillaba a Soledad, a veces lo conversábamos. Estábamos encantados por las posibilidades del encuentro con el más allá de la imagen convencional del blanco y negro”, relata el fotógrafo Edgar Moreno desde España.



Con el visado, no sólo bloqueaba la luz en ciertas áreas de la fotografía con su mano, sino que al llevar el papel a las bandejas aplicaba químicos de revelado en forma selectiva para controlar tonos y contrastes. “Ella estaba realizando la imagen de África, yo estaba por ir a Nueva Guinea. Por mi vena antropológica y artística me sentía atraído por su ensayo africano. Era como volver a ver mis raíces negras transformándose a través de las manchas del viraje fotográfico con preservantes de emulsión. Por eso con los tintes sobre el papel yo no sentía mucha afinidad, por la sensación del control. A pesar de lo bien que ella los usaba, yo la increpaba a no hacerlo, porque para mí no le inferían durabilidad al papel, ni tampoco salían desde adentro del soporte como sorpresas más allá de uno mismo. Para ambos, el azar era lo más enigmático que podíamos sacar de esas culturas primitivas que tanto nos influenciaron una vez plasmado los sujetos”, refiere Edgar Moreno.






Pintar sobre la fotografía. Experimentaciones con varios negativos del cementerio y otras series.
Cementerio General del Sur. Caracas, Venezuela, ca. 1972-76: Soledad López ©Archivo Fotografía Urbana
Hay una anécdota que no tiene que ver con el trabajo de Soledad, sino más bien con el de Claudio Perna, pero que muestra la influencia entre ambos artistas. “Soledad encargaba especialmente para ella los papeles fotográficos, y una vez se le velaron todos. Eso fue una tragedia, lloraba. Pero Claudio, que estaba en la época de la experimentación, los recortó y los utilizó para sus autocopias. En la Fundación Claudio Perna, pensamos que las fotocopias que se conservan mejor son las que utilizaron ese papel, porque tienen sales de plata. Y están en perfecto estado”, relata Flérida Alcalá.
Dice Alicia Rodríguez que Soledad tenía un tercer ojo en el cerebro. “Soledad era muy intuitiva. Cuando estaba viendo por el visor de la cámara, me decía: ´Es que yo estoy observando todo adentro de mí. Estoy viendo las esquinas, los detalles. Y hay cosas que yo no las racionalizo, pero están ahí. Y cuando revelo, digo, mira qué bueno esto que estaba aquí´. Pero que no es que aparecían, sino que ella estaba viendo en esa composición de blancos y negros, porque pasar en tu mente de color a blanco y negro no es tan fácil. Miras a través de un visor a color e imaginas todas las gamas de blanco, todas las gamas de grises, debes saber de qué color te va a salir el pelo, en que tono el naranja o el verde”.
Soledad López entendía que sus fotografías eran artísticas, en un contexto de fotógrafos que privilegiaban lo documental, el fotoperiodismo, las imágenes con sentido social. En Paraguaná ella revela los contrastes del país, pero la poética de su discurso estaba signada por la melancolía. El mismo Vladimir Sersa, quien junto a Luis Brito acompañó a la fotógrafa en el viaje a Paraguaná (también a Capacho, donde fotografió el campo y los niños), habla de la expectativa que tenía con ese proyecto como un trabajo documental, pero finalmente, el criterio de selección y la influencia de Claudio Perna llevaron la exposición Lo que traigo de Paraguaná a un estilo más conceptual.
“En esa época era muy cuestionado en Venezuela tratar la fotografía como arte. Yo recuerdo haber asistido a la Universidad Central de Venezuela a un Open Call del Museo de Cincinatti, y ellos dictaron una charla sobre si la fotografía era o no era arte. Todavía mucha gente piensa que no lo es. Y Soledad, en cambio, nos abrió el mundo”, dice Rodríguez.

Aunque la obra de López refleja su sensibilidad hacia temas existenciales, no deja de explorar la condición humana como reflexión objetiva. Sus trabajos dan testimonio de la soledad en la vejez, a través de su serie Ancianatos (entre 1974-1975). Sus fotos de corte institucional o publicitario para el libro de la marca de ropa para caballeros Clement (sf) y la fotografía arquitectónica de La cuadra del Banco de Venezuela (1978), poseen una perspectiva limitada por el plano cerrado que parece un sello, o una firma de autor. Ella sabe dar con el detalle que trasciende a la moda, en el primero, y el misterio que representa perpetuar la belleza de un edificio condenado a su destrucción, en el segundo. Es el pequeño encuadre característica especial de la fotógrafa, que oculta lo evidente y encierra la sorpresa.
“Siempre estuvo en un nivel al que dudo que otros fotógrafos pudieran llegar algún día. Siempre fue pionera. Le preocupaban muchísimo las composiciones. Me acuerdo de una fotografía de Claudio Perna que era una pluma en una playa, el mar atrás. Y a ella le encantaba y decía: la composición de esta foto, los grises, las texturas, todo lo que tiene esta foto…, es una fotografía”, afirma su hijo Daniel.
Cuando Soledad López se retiró de la fotografía a mediados de la década de 1990 (la última presentación de sus fotos fue en 1993), casi que pudo haber pasado al olvido, de no ser por el trabajo de difusión de su legado, que viene realizando El Archivo en los últimos años. La fundación le adquirió parte de su patrimonio personal a la propia Soledad; coeditó junto con La Fábrica el libro Soledad López, en la serie Biblioteca de Fotógrafos Latinoamericanos, de PHotoBolsillo (1922) y organizó en la Sala Mendoza la exposición Contactos: Soledad López, Claudio Perna, Roberto Obregón, curada por Félix Suazo y con el apoyo de la Fundación Claudio Perna, Henrique Faría Fine Arts y Colección C&FE (de noviembre de 2024 a enero de 2025).

“Soledad López era una persona muy extraña, pero muy entrañable. Yo creo que tenía una sensibilidad extrema, que no le permitió vivir tranquila en este mundo tan hiriente. Un mundo demasiado feo, para una mujer tan buena y sensible. Me impresionó su mirada, su gentileza. Ella era solo eso, ella y sus imágenes. Su casa estaba rodeada de todas sus fotografías, como un pequeño museo personal. Álbumes, carpetas y museografías propias en todas las paredes de su casa. Como si viviera solo en cada una de esas instancias que la rodeaban. Cada serie era un espacio de tiempo, amigos, vínculos, contactos, personas, afectos… Como si la única forma de vivir fuera recordar desde la fotografía”, dice Lorena González Inneco, quien en compañía del fotógrafo Vasco Szinetar visitó a la fotógrafa, escritora y docente cuando El Archivo se interesó en su colección personal.
“Mamá coqueteó con la muerte toda la vida. Había solo una forma de entender esa incapacidad que a veces tenía para tolerar la vida, porque la sentía muy dolorosa. Esa manera de entenderla es como me decía Vasco: tu mamá era una artista”, expresa Jaime Castañé.
Soledad en trece exposiciones colectivas y una individual
- Hecho en Latinoamérica. Primer Coloquio Venezolano de Fotografía, México, 1978.
- Octubre Libre. La Fototeca. Caracas, 1978.
- El niño y la estructura, Galería G, 1979. Primer Concurso Internacional de Fotografía. (presentó niños de varios sitios de Venezuela, fotos intervenidas con textos).
- Lo que traigo de Paraguaná. Galería La Pirámide, Prados del Este, Caracas, 1979. (Su única individual).
- Los venezolanos. Photographer’s Gallery. Londres, 1982. (Presentó una serie sobre niños jugando en la calle).
- Primera muestra Fotografía Contemporánea Venezolana, AVEF. MBA, 1982. (Mármoles).
- Cuando las ventanas son espejos. Museo de Bellas Artes de Caracas, 1983. (Mármoles).
- El riesgo. Galería Los Espacios Cálidos, Ateneo de Caracas, 1984. (Retratos femeninos).
- Cuarenta años de fotografía artística en Venezuela. Muestra itinerante por Brasil, Canadá, Ecuador y Venezuela.1985-1986. (Retratos en movimiento).
- Plural. Muestra colectiva Alianza Francesa, 1992. (Expone La Luna, de la serie Lunas coloreadas).
- III Bienal Cristian Dior. Centro Cultural Consolidado. Caracas, 1993. (Serie de esculturas de mármol y un autorretrato en collage).
- 51 años de desnudos. Galería SpazioZero. Caracas, 2023 (Retratos, danza y una bajo el título Man Ray)
- Fotografía Reveroniana: La construcción de un personaje. Sala El Archivo de la UCAB, 2024: (Muñecas de Trapo en El Castillete, 1979).
- Contactos: Soledad López, Claudio Perna, Roberto Obregón. Sala Mendoza. (Septiembre 2024 a febrero 2025).
Publicaciones
- Iddeas. No.5, Instituto de Diseño de Caracas, junio de 1974. Carteles urbanos con propaganda política, donde se superponen rostros y letras.
- Iddeas. No.6, Instituto de Diseño de Caracas, enero de 1976. Dibujo y collage, en la sección “La escritura”, coordinada por María Fernanda Palacios y Hanni Ossott.
- Boletín No.2. Consejo Venezolano de la Fotografía. 1978.
- “Los ojos de Soledad López: una fotografía de signos”. El Universal. Caracas, 8 de marzo de 1979.
- Revista M. No. 71. Dirigida por John Lange. 1981. Mármoles.
- ¿Quién soy, de dónde vengo, a dónde voy?, del psiquiatra venezolano Humberto Blanco. Diseño, diagramación y fotos de la artista. 1983, y dos ediciones adicionales en 1984 y 1985.
- Taller de danza de Caracas, editado por John Lange.1986.
- El Nacional, 21 de mayo de 1992.
- Estilo No.16. 1993. Especial dedicado a la fotografía erótica.
(1) Nota editorial
Agradecemos muy especialmente a Lorena González Inneco por permitir a la revista Estilo/online, difundir parte de la entrevista inédita que le realizó a Soledad López. Igualmente, agradecemos a todas los entrevistados que hicieron posible esta semblanza, a Vladimir Sersa por sus orientaciones y a Vasco Szinetar por la foto que cierra este artículo. Finalmente, agradecemos a El Archivo por el acceso a las fotos de Soledad López de su colección y haber compartido con ESTILO material inédito de su trabajo.
Fotos de Soledad López ©Archivo Fotografía Urbana
Reproducciones fotográficas de Ricar2
Inger Pedreáñez es periodista (UCV), fotógrafa, poeta. Profesora de periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello. Dedicada al periodismo corporativo por más de 25 años. IG: @ingervpr.
Edición especial EL ARCHIVO / ESTILO
- Contactos: Soledad López, Claudio Perna, Roberto Obregón por Félix Suazo
- Soledad López entre luz y contraste por Inger Pedreáñez
- Inéditas de Soledad López – Portafolio
[…] Soledad López entre luz y contraste por Inger Pedreáñez […]
[…] Soledad López entre luz y contraste por Inger Pedreáñez […]