Inger Pedreáñez

Un cuaderno de notas reposa sobre la mesa en la terraza del hogar del cineasta y artista visual venezolano Carlos Castillo. Podría asegurar que en algunas hojas está casi fresca la tinta del último boceto realizado por uno de los más destacados directores de cortometrajes en Super 8 de Venezuela. Las imágenes anteceden el guion. Él lo abre cuando le pregunto sobre la manera casual de cómo surgen sus creaciones, algo imprevisto, pero bien pensado. Lo confirma, sin ningún recelo, al expresar sus ideas mientras muestra las páginas. Por lo que veo, ya está prácticamente lista la obra.
“Recientemente me llegó un mensaje de una convocatoria para una exposición mundial que tiene que ver con temas de la conservación, de ecología, y aquí estoy haciendo los bocetos de mi propuesta. Esta la voy a hacer, es seguro. Tengo todas la imágenes de unos documentales sobre el Amazonas, con esos árboles que son patéticos, que caen. Pero lo voy a hacer al revés (no caen, se levantan). Pero además, como llegaron mis bisnietos, entonces vamos a sembrar semillas, y empieza a aparecer la caraota, hasta que ellos la sacan de la tierra. Pero la película también será en retroceso. Y así ¡paf!”, dice Carlos Castillo.



Es un creador que explora oportunidades de cada circunstancia. A sus 82 años sigue innovando con retos que se le pasen por delante. Desde el dibujo, la escultura en todas sus fases, el videoarte en película, la fotografía, el Super 8 y las Interacciones S8 Realidad, en cada faceta se define por una espontaneidad cargada de ironía, crítica y humor.
La primera vez que hizo un cortometraje no fue porque se imaginó a temprana edad que sería un cineasta. No. Más bien, él estaba imbuido en su trabajo escultórico cuando se enteró de un Festival de Super 8. Entonces, buscó que le prestaran una cámara, y así realizó su ópera prima en cortometraje, Matiné 3:15 (1976). Pronto llegaron las glorias, al quedar en segundo lugar en el Festival Internacional de Super 8 en Caracas.





Le siguió Hecho en Venezuela (1977) que igualmente recibió el segundo lugar en el Festival Internacional de Super 8 en Caracas y un Premio Especial del Jurado en Irán. Esta obra aún impacta por su simbología: una dama vendada como la justicia deambula por un basurero, cargando un muñeco de tela vestido del tricolor venezolano. Tropieza, caen, ella trata de encontrar el cuerpo de trapo, infructuosamente. Ya los zamuros lo han hecho su banquete, mientras tres personajes vestidos con traje de levita bailan en el horizonte de esa miseria. “En Irán, donde había una dictadura, el impacto fue apoteósico, por el simbolismo, era un proceso desbocado de deterioro de un país”.
Uno tras otro, sus cortometrajes fueron sumando relaciones con la cotidianidad y la realidad en algunos casos violenta, pero su tratamiento no es desde el drama sino desde la ironía y el humor. No se detuvo hasta convertirse en el mayor realizador de S8 en Venezuela. Cuenta con un sinnúmero de piezas que resguarda en archivos, algunas todavía inéditas. Por primera vez, después de 40 años, el público puede conocer doce de sus títulos, compilados en la exposición “C.C.T.V.: Casi todo 1963-2011” (una alianza entre la Galería Carmen Araujo Arte y la Sala TAC), que estará abierta al público hasta el 27 de octubre.
Una de las particularidades de esta exposición es que por primera vez se puede ver su trabajo de manera masiva. Sus películas sólo se transmiten muy puntualmente, y no se consiguen por internet. Coleccionistas adquieren copias, incluso, con derecho a ser proyectadas sólo dos veces exclusivamente.






Vistas de la exposición “C.C.T.V.: Casi todo 1963-2011”, en fotografías de Costanza de Rogatis.
Sellado en tintas
No fue con la imagen en movimiento sino con aquella que surge del pulso entre sus dedos como Carlos Castillo comenzó a moldear su personalidad artística.
“Yo empecé con el dibujo, porque en aquél momento el que no era de izquierda y protestaba de la forma que fuera, fumaba cigarrillos negros y no manifestaba no estaba en nada. Era muy bien visto ser de izquierda. Mis primeros dibujos revelan militares con vagina en vez de tal, con cabezas cortadas, con monstruos espantosos alrededor de ellos. Dibujaba porque el papel era para mí como la pared para un grafitero. Era mi herramienta. Soy muy aficionado a las plumas fuentes. Y me encantan las tintas, los colores, hago mis tintas. Tengo plumas de primera generación”.

Carlos Castillo frecuentó el grupo Subterráneo, nombre que provenía de una pequeña galería de Sabana Grande. Se vinculó con el Techo de la Ballena, y también fue cercano a El Pez Dorado. Eran tiempos de cuestionar lo culturalmente establecido, y querer marcar una impronta, irreverente, tal vez, pero definitivamente con un lenguaje vanguardista que sacudiera las bases.
“Nosotros éramos un grupo, no ajeno, pero diferente. Éramos el filósofo Fernando Rodríguez (rector de la Escuela de Filosofía durante 20 años), Luis Marciales, Pepe Luis Garrido, que después pintaba los barriles, Miguelito Ron Pedrique, Fernando Suárez. Estábamos entre la plástica y la literatura”.
El paso del dibujo a la escultura también fue fortuito. Un día, el artista Fernando Irazábal le pide apoyo a Castillo para hacer su obra en el taller de su padre. Le presta el soldador, lo ayuda buscando algunos metales, y mientras Irazábal trabajaba, Castillo comenzó a montar sus propias piezas. Hizo dos obras que llamaron la atención de Irazábal, quien lo aupó para que las inscribiera en el Salón Oficial de Arte Venezolano, en el Museo de Bellas Artes (1961), que cerraba esa misma semana.
Al poco tiempo Irazábal vuelve a llamarlo para que presente una obra en el marco del aniversario del Techo de la Ballena, un espacio radicalmente opuesto a las formalidades del mundo cultural establecido. “Haste una pieza fuerte”, le dijo, y es cuando crea su tercera escultura La Boca de la Ballena (1962).

Primero realizaste la obra antes de tener relación con el grupo.
Sí, sí, así fue. Además, conocí gente genial como Alberto Brandt, que para mí era un tipo de los más respetados. A esa exposición llega Itamar Martínez, con una máscara de bucear y chapaletas. Crass, crass, crass, entra a la exposición, y yo no lo conocía. Y no entendía. Él era una referencia en El Pez Dorado. Y en el Techo de la Ballena, los pasapalos eran arenques fritos. Era una cosa deliciosa. Si querías aprender algo, ese era un buen sitio.
Esos encuentros ayudaron a centrar los objetivos de Castillo. Se convenció en que debía desarrollar su trabajo escultórico, con los materiales que tenía a mano, en su casa. “Me hice muy cercano a Daniel González, quien también hacía escultura; con Juan Calzadilla, también nos hicimos muy panas, a él siempre le gustó mi obra”.



¿Cómo definirías tus esculturas, las llamarías arte povera, arte brutalista? Esas calificaciones que a veces son odiosas.
(Silencio que intuyo de negación). Lo que sí tengo claro es cómo fue mi proceso. Primero fue la materia cruda obtenida de retazos de un taller grande de electromecánica. Después, tenía a mano tantas piezas ya transformadas por el hombre que las fui incluyendo. Hay una pieza pequeña de metal, que me dicen que es una escultura informalista. Yo utilizaba distintos materiales para saber cuál era el alcance del metal con los objetos. Eso tiene aluminio, eso tiene hierro organizado, eso tiene bronce, eso tiene hierro oxidado, eso tiene hierro pintado. Y lo fundía y adquiría forma.
¿Y dibujabas bocetos de esas obras o las ibas haciendo a la medida que el metal te iba indicando la forma?
Esas sí, en la medida que el metal me iba diciendo, sí. Hasta que llego al concreto, al cemento. Ya me estaba empezando como a ir bien. Pues estas obras eran como un curriculum.



¿Vendías?
No, no, yo nunca vendía nada. A mí me decían, ¿Cómo estuvo la exposición? Buenísima. ¿Vendiste algo? No. ¿Y por qué tú siempre dices que te va bien? Bueno, por otras razones: la gente que veía… Y Jorge, mi hermano, ya era arquitecto, y él era fan mío y yo fan de él. Un día me dijo, mira, el arquitecto Mariano Goldberg proyectó una sinagoga, y tiene como unos vértices grandes y unos ventanales verticales que no sabe cómo taparlos. Fui, tomé las medidas y decidí hacer una obra modular, y como debía tener un ambiente de recogimiento, pensé en utilizar vidrio. Fui a una vidriería en Catia, de un señor que se llamaba Eugenio Robreño, que era una maravilla. Y me empezó a sacar muestras de los colores más mágicos. Los cortó, los incorporé, pinté toda la estructura de hierro, y lo instalé. (A manera de referencia, las puertas escultóricas de Carlos González Bogen eran realizadas con cristales de catedral del mismo artesano).
También le solicitaron una lámpara para la bóveda central. “Diseñate algo”. Todos estaban asombrados con el boceto. Para Carlos Castillo ese fue el momento en que comienza a fusionar arte con el diseño (estudió en el Instituto Neumann). Pero el rabino que estaba a cargo de la sinagoga falleció. En consecuencia, el presupuesto se concentró en otros proyectos que no fueron justamente los artísticos. Y finalmente, esa sinagoga ahora ni siquiera existe. Carlos Castillo se va a trabajar con su hermano Jorge, y experimenta con el concreto para diseñar un techo en su oficina. “Coloqué objetos, bichos, hojas, para ver cómo copiaba eso. Y cuando se encofró, vi que había una posibilidad plana, pero entendí lo que era el material”.
Trabaja el cemento sin abandonar el hierro. La transición en las técnicas de sus esculturas, ocurrió tras una falla. Una de sus piezas de cemento se partió, y la fusionó con otra de hierro que estaba por terminar. “Quedó esa pieza, que me encanta”.


Mientras continúa explorando con el hierro, Víctor Valera alienta a Carlos Castillo a participar en el Salón de Jóvenes Escultores, en la Galería G (1964). “Imagínate que en esa muestra estaban Harry Abend, Max Pedemonte, Víctor Valera, Gego, Edgard Guinand, Carlos Prada, González Bogen, todo el mundo. Cuando sale la reseña en prensa, la foto destacada era la de mi escultura. Y el título decía: La nueva generación. Y me dije, soy escultor de verdad. Y le empecé a darle duro, duro, con el cemento mezclado con el hierro”.
Su obra interesó a Ernesto Fuenmayor (presidente y fundador del Colegio de Arquitectos de Venezuela), quien le pide formar parte de los artistas incorporados a un proyecto arquitectónico. “El me invita a su apartamento, en un penthouse, y la vista oeste era un muralazo en hierro de González Bogen. Me dice: Yo quiero que en este apartamento viva el arte dentro y fuera. Volteo a ver una ventana como de dos metros cincuenta por ochenta, y me dice: Esa es tuya. Yo quiero ahí un mural tuyo, de los de cemento. Con lo que costó esa obra, yo me casé”.
La pieza la expuso en una muestra de Jóvenes Artistas de Latinoamérica. “Luego me di cuenta de que no estaba manejando la escala, no me convenció. Y le sugerí a Ernesto desarrollar un poco más la obra, pero luego me fui de Venezuela, y así se quedó. Ya ahí estaba metido en algo constructivista, formal, que era, para mí, la integración de la escultura a la arquitectura”.
También sin realizarse quedó la ampliación del Hotel Bella Vista, a cargo de su hermano, en donde se aspiraba que cada habitación tuviera una obra. No aprobaron el proyecto. Como los diseños eran diferentes, no los entendían.
Me llama la atención que hay una cantidad de propuestas que hiciste a salones de arte que no pasaban la selección. Y uno ve las maquetas, los bocetos, y se ven muy interesantes, buenos. Por ejemplo, el proyecto Arcilla-Arte (1995) que presentaste para una Bienal del Barro de Americas, en el MACSI, o como Bye, Bye, Berlín (1989), que incluye rocas que recogiste al caer el Muro de Berlín.
Sí, de esa obra hice cinco ediciones… Pero sí, mi obra no se ha entendido. Mi obra ha pasado trabajo por eso. No hay quien tenga una opinión. Cuando mostré por primera vez Intento de vuelo fallido (1982), en la Sala Mendoza, no pasó nada. Pero nada, de nada. Ni los críticos, ni curadores, ni los otros artistas, ni los coleccionistas, nadie dijo…
(Silencio)
Es como la misma caída al vacío que muestra el cortometraje. La cámara Super 8 que se lanzó desde las torres de Parque Central (que estaban aún en construcción), forma parte de la obra. El espectador, puede suspenderse en unas bandas para simular el vuelo, mientras pasan los segundos.




¿Qué crees tú que pasaba, entonces?
Que los requisitos eran como el manual para sacar la licencia de manejar. Si tú no cumplías con alguna de las normas, pues no te aceptaban. Eran demasiado rigurosas. Una vez, para un Salón de Dibujo, pegué el papel de la convocatoria por detrás y empecé a seguir las bases: La obra no debe tener más de un metro cuadrado, entonces pegué un metro y lo continué dibujado a mano. Listo. Técnicas, mixtas, y en el centro, carboncillo, aguadas, todas las técnicas; y así fui reproduciendo, exactamente, todas las características del contenido de la convocatoria. El texto decía habrá tres premios principales y agarré unos cheques y los firmé con los nombres del jurado. Por cierto que a Roberto Guevara eso le cayó malísimo. Me rechazaron. Pero días después me encontré con el señor Pedro Ángel González, que era jurado, y me dijo: “permíteme felicitarte por una obra que es importante para lo que es un salón tan riguroso de dibujo…”. Ya está. Pero bueno, eso era como el sello de los pasaportes: rechazada, rechazada, rechazada…
Pero en realidad, no todas fueron rechazadas. Recibió Mención honorífica en el XXIV Salón Anual de Artes Plásticas y Aplicadas “Arturo Michelena” (1966), por un conjunto de esculturas, acompañando a artistas premiados como Ramón Vásquez Brito, Alirio Oramas y Lía Bermúdez. Un año después, recibe por una obra de concreto armado el premio Universidad de Carabobo, en el XXV Salón Anual de Artes Plásticas y Aplicadas “Arturo Michelena”, que dio entre los ganadores a Cornelius Zitman. Castillo continuó con su obra, e incluso fue asistente del arquitecto italiano Gio Ponti en el diseño de una línea de muebles.

Desde el obturador
La fotografía sería un interés que se solapó con el atractivo de dirigir cine. Uno de sus trabajos más emblemáticos fue el registro del testimonio de los presos de la cárcel de El Dorado, acompañando al locutor Iván Loscher (voz en muchas de sus películas), quien recibió una carta de uno de los detenidos que escuchaba su programa Basurero Mundial. El material se publicó en la revista Resumen, bajo el título Colonias del dorado, escuela de delito (1974) y en consecuencia, hubo un cierre temporal esa penitenciaría. “Cuando nos fuimos, los presos nos entregaron como 90 cartas, era asombroso lo que nos pedían: algún libro de Hermann Hesse que no fuera El lobo estepario, que ya lo habían leído, o un libro de Maquiavelo… Un día voy con Iván caminando por Sabana Grande en Navidad y se nos queda mirando un San Nicolás en la calle. Entonces, desliza su barba y nos dice: ya soy libre”. Era aquél preso que contactó a Losher.


A la hora de la entrevista hay una luz que se proyecta como un aura en las manos de Carlos Castillo. Le digo que le haré unas fotos, y el se presta a moverlas, mientras sigue conversando.
“Eso es interesante. Yo tengo unas fotos que le hice a algunos escritores destacando sus manos. Lo hice con Julio Cortázar y también con Rafael Cadenas, y otros más. La idea era exponerlas con una montura que eran dos libros sosteniendo entre sus páginas la foto”.





Inmediatamente Carlos aclara. “Pero yo no soy fotógrafo, ¿sabes? A mí José Sigala me echaba broma. Porque quien aprendió con él fue Lisette (Ravard), mi esposa. En un cumpleaños de ella, Álvaro Sotillo e Ibrahim Nebreda hablaron con José y le dijeron que la iban a inscribir en su curso, pero era una sorpresa para ella. Yo le regalé una cámara. A los dos meses, doble página en El Nacional. Eran las fotos de Lisette. De verdad, explotadísimo su talento y su fuerza para la fotografía. Entonces, José siempre me decía, tú tomas fotografías. Nosotros (él y Lissette) somos fotógrafos. Había una pequeña diferencia”.
Fue José Sigala quien un día llegó a las siete de la mañana a su casa y, también de forma imprevista, le dijo a Castillo: “Trae todos los rollos de fotografía que tengas, la cámara con los lentes que tú quieras. Nos vamos…veremos algo sensacional”. El destino era Radio Caracas Televisión, y harían el registro del segundo Mister Músculo que se hacía en el país. “Con el tiempo, me regalan un libro con los Premios Nacionales de Fotografía y una de las series de José, son las mismas fotos, casi los mismos ángulos de las mías, nadie supo que yo tenía algo muy parecido”.


Luz, cámara…
Cuarenta años después, los cortometrajes de Carlos Castillo están más vigentes que nunca. Esa es la revelación que se desprende tras recorrer la exposición en la sala TAC, “C.C.T.V.: Casi todo 1963 – 2011”. No importa que las cintas hayan tenido que ser adaptadas al formato de televisión; que el tiempo se delate en la vestimenta de los personajes; que todos seamos conscientes de que la “caja boba” o la “caja mágica” ya no asusta tanto como las redes sociales y la inteligencia artificial; y que toda tecnología cabe en un celular. En los años 70 había una fascinación por la televisión, el cuestionamiento a las comunicaciones y la alienación. De ese recurso se vale el artista para hacer sus obras. Es una historia del desconcierto.
Cuando la artista Nela Ochoa, reconocida por sus videoinstalaciones, vio su cortometraje TVO (1979), se le acercó y le dijo: “he encontrado el eslabón perdido entre el super 8 y el video arte” (lo escribe, además, en un artículo para El Universal, en 1995). Este cortometraje fue proyectado en la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes (1981) y también en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y se vendió también a un canal en Francia.


El guión más surrealista en la obra de Castillo, a criterio de quien escribe, es 50-90 era jugando (1990). El artista presenta la propuesta al concurso aniversario de Bolívar Films. El premio le cubría la realización. Los personajes recorren una casa heredada. En un cuarto hay una clínica con un piso cubierto de blisters vacíos; hay una suerte de bóveda que resguarda una colección de monedas y al fondo una obra de Marcos Salazar; otra habitación es una peluquería. Hay una escena en un cuarto con la cama en forma de barco, la luz que refleja el movimiento del agua y el tiburón flota en el techo…
¿Cómo surgió esa escena? ¡Es alucinante! Además los protagonistas caminan sobre el agua. ¿Cómo hacías? ¿Te despertabas en la mañana y decías ahora vamos a crear un cuarto así?
Casi, casi (ríe). Yo soy marino. Ahora me voy a nacionalizar Pampatareño, porque tengo dos bisnietos que han nacido en mi casa de Margarita. Entonces, soy del mar. Y, de cierta manera, me dije, eso va a estar como difícil para recrearlo, a menos que se haga realmente una cosa delirante. Y esa secuencia es delirante. Cuando vi el resultado, yo mismo dije, ¡no puede ser! Ahí, ya, me metí en el mar”.

Ahí sí dibujabas tus bocetos.
Todo eso está dibujado antes de hacer la obra. Yo dibujo la obra. El cuento rápido es que esa era la casa de mis padres, donde yo viví de niño hasta que me fui para Londres. Cuando decidimos vender la casa y se desocupó, porque la iban a destruir. Yo me dije: No, esto tiene que tener un cierre, ¿sabes? Yo viví allí demasiadas maravillas, desde los 8 años hasta los 30 viviendo ahí. La clínica esta inspirada en la casa de Marcos Perez Jiménez en el Country Club. Yo cuando fui a esa casa por primera vez no lo podía creer. Tenía observatorio, una clínica, iglesia, la piscina en forma de guitarra. Pensando en mi casa, también sabía que era muy particular. En la mía vivieron diez hermanos. Uno era arquitecto, el otro era economista, otro era futbolista… Bueno, esos mundos convivieron ahí y yo quise reflejarlos.
En esa obra hay una escena donde el actor Mariano Álvarez se viste con un traje de novia y Lupe Gehrenbeck se cambia a un smoking. Era un guiño al mundo transgénero, del cual se hablaba poco en esa época. Castillo también hizo una película que hoy se revela como pionera: Transformaciones. “Recientemente, en Francia, quisieron ver esta película y les envié una copia y quedaron fascinados con el tratamiento que yo ya hacía sobre ese tema para la fecha”.
Por 50-90 era jugando la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos le otorga siete premios en 1991: Mejor Corto de Ficción, Mejor Dirección, Mejor Guión, Mejor Dirección de Arte, Mejor Sonido, Actriz Principal, Lupe Gehrenbeck y Actor Principal, Mariano Álvarez.
Cuando Julio Neri le cede a Carlos Castillo y a Lissette Ravard de Castillo la organización de los festivales internacionales de Super 8, el autor ya sabía que debía asumir un rol distinto al de ser un participante más. Y es así como se desarrolla sus acciones performáticas que el define como Interacciones S8 Realidad.

La pantalla ya no sólo estaba para la proyección bidimensional, sino para una vinculación real entre luz y materia, para crear el asombro, entre ellas, Píntate de colores (1985), Bienvenidos al color (1986); Carlos Castillo dialoga con el Carlos Castillo del lienzo, que se rompe para ir al mar, en No hay mar que por bien no venga (1988).
En el último festival Carlos Castillo aparece con un pumpa como Reverón. Aún los testigos que vieron a Castillo interactuar no se creen lo que pasó en De C.Castillete a A.Reverón (1989). “Cuando terminé, el silencio fue interminable ¿esto sucedió? Luego la explosión de aplausos, al punto de que hoy se recuerda y el mito de lo que pasó resulta mejor que el performance”.


Detenidos en el tiempo
Una obra que comenzó como un performance, terminó en videoescultura, se trata de Tecno ofrenda a la reina (1995). Mucho antes, Castillo ya estaba incorporando televisores a sus instalaciones, por lo que se le considera un pionero en la videoescultura. Su obra La bandera (1983), que expuso por primera vez en la galería Alternativa y pertenece a la colección de la Galería de Arte Nacional fue una de las primeras manifestaciones identitarias del tricolor nacional: un televisor, colgado a un mastil, proyecta la bandera venezolana. Esta obra es considerada la primera video escultura en la plástica venezolana. Ahora resulta un imán para el espectador La vandera (1999) donde el público observa unas manos lavando telas del tricolor en una batea.




El pájaro bañista (1982-1985), 60…Por minuto (1996) que se presentó una sola vez en el XX Salón de Aragua, son piezas que invitan a un viaje en el tiempo, pero el asombro sacude al espectador. Entonces, vienen luego las interacciones con el público, y algunos se atreven a hacerle frente a una piñata con forma de mapa de Venezuela, en Dale! dale! dale! (2011) o desnudarse al vestir sus trajes, en ¿Viste que te viste?, o buscar la empatía con Comunica acción (1979)… son propuestas que perfectamente podrían servir de referentes de las obras de artistas venezolanos de las nuevas generaciones.
“En esta exposición, no sé si te lo comenté, llegaron como tres o cuatro chicos jóvenes, unos venían como riéndose y traían como a otros. Mira, Alberto, ven para acá, para que veas esto. Le enseñan una pieza, y le preguntan: ¿Esto fue lo que tú dijiste hace 15 días que lo acababas de inventar?. Qué chalequeo, pana, qué vergüenza, que no sé, estaba todo enredado”.
Puede ser que los jóvenes sí estén creando obras para ellos auténticas, pero que, por falta de investigación, desconocen que ya existe algo parecido. Las nuevas generaciones no buscan referentes, y es entonces cuando ocurren esas coincidencias.
Yo siempre digo que los jóvenes están envejeciendo muy rápido, porque pareciera que quieren ya llegar a un nivel, porque lo exige la sociedad hoy en día, o el sistema, como tú lo quieres llamar; entonces, quieren alcanzar notoriedad muy rápido. Si tú no tienes una galería, bueno, eres un artista que no tiene dónde exponer, y si vas a exponer no puedes montar bien, ni iluminar bien, ni nada, porque eso cuesta mucho dinero, y si quieres exponer afuera, es peor. Entonces llega alguien y le dice, a mí me interesa tu obra, y pac, empieza esa fusión con la galería. Quieren llegar rápido y se saltan los procesos…


También pasa que tu obra luce visionaria, como Caracas, háblame: una fotografía de la ciudad con el característico Ávila, y los códigos de barras, que le hacen interactivo, una pieza que antecede al actual QR.
Exactamente, alguien recientemente me dijo, ¿y por qué no te pones al día con el QR? ¡Esta obra se hizo hace doce años! Quién tiene que ponerse al día son los demás artistas si quieren hacer algo parecido. Además, yo arranqué esa obra con cintas de cassette. Buscaba la voz, cortaba el pedacito de la cinta y lo pegaba a un dibujo mío o una fotografía. Agarré un cabezal para que se leyera ese pedacito de la cinta. Ese era el concepto cuando la concebí, porque no existía entonces el código de barras. Lo hice pensando en que se escuchara ese sonido (Carlos, hace sonidos guturales, como cuando la cinta pasa lentamente. En realidad, a lo largo de la conversación suele introducir onomatopeyas que complementan sus palabras).
Yo buscaba que la relación con la obra no fuera solo visual sino que se pudiera escuchar de alguna manera. Y entonces tengo un dibujo que es de una ciudad, con las franjas marrones que eran la cinta del cassette. Investigando más llegué hasta unos ingenieros de programación. Y llegamos a los algoritmos y al código de barras.
Todo se fue desarrollando sobre la marcha.
Sí, pero es que yo creo que mis obras son así. Por eso cuando me preguntan de cuándo es la obra, no es necesario, mi obra es actual. Estoy pensando en otra obra con código de barras con tipología de las personas. Y cada quien se autoidentifica con una pulsera de esas que se colocan en fiestas o en clubes.
De Carlos Castillo hay muchísimo más que aún sigue desconocido.
Yo registré el paisaje en la pintura venezolana a través de todos los pintores de paisajes que afortunadamente vivían: primero fue Pedro Ángel González, después fue Tomás Golding, maravilloso; por supuesto Manuel Cabré, López Méndez, Manuel Espinoza, Mateo Manaure… Todos. Yo los tengo en cassettes U-Matic, en lo que yo llamo la colección Carlos Castillo, que debería estar en manos de alguna institución o alquien que brinde el acceso a otras personas. Yo tengo documentos que no tiene nadie y además me avergüenza en el fondo que estén así.



Pero además, también registraste a los artistas de performances
Si, tengo registros de Yeni y Nan, Amber Terán, que nadie los ha visto, Julie Restifo y Javier Vidal, Marco Antonio Ettedgui interactuando en el performance y también registrándolo, Carlos Zerpa, Juan Loyola, Diego Rísquez, Pedro Terán, Ángel Vivas; tengo dos inéditos y uno que ha aparecido por ahí de Antonieta Sosa. Hay un performance de Antonieta donde ella tiene dos televisores detrás, y los videos de los dos performances y lo que se proyecta en los televisores también son míos. Nadie los vio, eso me inquieta.
Carlos Castillo ha tocado las puertas que debía tocar para que su colección sea adquirida, a un costo que compense la inversión que hizo en su producción y que le permitan el uso total o parcial del material. Pero hasta ahora todo ha sido infructuoso y los cassettes corren el riesgo de deteriorarse, al no estar en un espacio adecuado para su resguardo. “En un momento dado amenacé con hacer una gran pira en la Plaza de los Museos y quemarlos, porque no hay interés en ninguna institución por nuestro pasado reciente”.






Me hiciste recordar una conversación que tuve con Miguel von Dangel, cuando él hacía referencia a sus obras inconclusas, y él decía que esa era otra manera de representar a Venezuela, donde todo queda a medio hacer.
Las obras inconclusas son como para el país una representación del desastre. Pero no todo es tan drástico, porque también sucede que vienen nuevas tendencias, nuevas propuestas y todo se renueva. El vínculo que hay en toda mi obra es mi país, es como Revela Acción. Mis obras van respondiendo por adelantado. En estos días me di cuenta de que el primer dibujo de la batea, (La vandera), ya estaba, pequeñito, en el mismo boceto de La Bandera. Una obra es del 1983, la otra es de 1999. Voy creando proyectos y cuando ya la obra está definida, arranco con otras, las solapo, y unas se van quedando atrás, otras se renuevan (Castillo muestra una libreta) Aquí tengo como cinco obras, pero no tengo apego.

Más sobre Castillo
En Cine Super 8
1976: Matiné 3:15 ganó segundo lugar en el Festival Internacional de S8 en Caracas
1977: Hecho en Venezuela (1977) obtuvo 2° lugar en el Festival Internacional de S8 en Caracas y un Premio Especial del Jurado en Irán
Se alquila casa para ser vivida
1978: Viaja a Londres y realiza El film más espectacular del siglo con la actriz, escritora y cineasta noruega Liv Ullmann como invitada especial y El hambre puede más
De regreso en Caracas, realiza Apropiación Indebida (se podría considerar como el eslabón entre sus esculturas y el Super 8)
1979: TVO
1980: Uno para todos, todos para todo; Manos arriba esto es un atraco; Esta película está que quema
1981: Ciudad vs Arte; Transformaciones; Sopa de pollo de mamá.
Presentó en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes dos obras: TVO y Uno para todos, siendo ese año la primera vez que se incluía el Super 8 en este evento cinematográfico.
1982: Se exhibe en Cannes Sopa de Pollo con Mamá, en la misma sala donde también se presentó Andy Warhol. Al ampliar esta película a 35mm, le permitió invitaciones a otros festivales internacionales, entre ellos, Suiza.
1983: Productor de la película sobre Rubén Blades, con el grupo de cineastas belgas, entre ellos Jean Claude Bronckart.
1984: Ana venturas y desventuras de una actriz (película inédita)
Otros registros
Registro de Pintores del Círculo de Bellas Artes (1982- 1985) y
Otros Pintores (1982-2009)
Registro de Performancistas (1982-1985)
Interacciones S8 Realidad
El pájaro bañista, (luego queda como video instalación) 1982
Todo un autorretrato, 1983
Por culpa de un puñal, 1983
Píntate de colores, 1985
Bienvenido el color, 1987
No hay mar… que por bien no venga, 1988
De C. Castillete a A. Reverón, 1989
Tecno Ofrenda a la Reina (Vídeo Performance, que luego se transforma en video instalación), 1995
Algunas video instalaciones y más
1979: Realiza una serie de propuestas definidas como Comunica-Acción (trajes simbióticos, guantes que te atan a otras manos; bolsitas de caraotas que invitaban a encontrar a las otras personas merecedoras del presente; un fósforo que concientiza sobre el oxígeno que consumimos. Obras con el objeto de vincular, para el encuentro de las personas y que se comuniquen a través de una acción.
1983: La Bandera.
1986: El paisaje que vimos hoy T.V.
1989: Bye, bye, Berlín.
1994: Eco video.
1995: Arcilla arte.
1996: 60… por minuto.
1999: La vandera.
2011: Realiza una serie de obras que sólo se expondrían una vez en la galería Farías Fábregas, entre ellas Caída libre pero controlada, Caracas háblame, Súbele dos, Revela Acción, piezas que se ven por segunda vez, trece años después.
2014: Mi penúltima peli.
Agradecimientos a Costanza de Rogatis, Vasco Szinetar y la galería Carmen Araujo Arte por su apoyo en la documentación fotográfica.
Bien escrito, muy interesante el artista, permite conocer a fondo su perspectiva.
Refleja muy bien todas las oportunidades que tuvo para desarrollar tantos aspectos del arte. Hablamos de la mejor época que haya tenido Caracas. Felicidades
Excelente y merecida reseña de su importante trayectoria, algo solapada, durante todos estos años, – a excepción de algunas participaciones en eventos- no por que no sea buena e inquietante, sino por el carácter despreocupado de exhibinionismo del autor…mientras, él veía y hacía, y hoy en ese cuerpo de obras vemos coherencia, investigación, genialidad en el juego palabras- imágenes. En fin, un artista contemporáneo en el sentido más amplio de la palabra. Lo lamentable que hasta ahora no haya una institución que ofrezca rescatar ese material, que dice corre peligro, porque requiere condiciones especiales para su conservación.