por Inger Pedreáñez
En la obra reciente de Emilia Azcárate, el universo y la humanidad se traducen en luz y color. Incluso la intangible energía, que emana desde la esperanza, adquiere un nuevo sentido en la abstracción geométrica. Es un mantra conjurado entre pinceles. En las obras oscuras todavía se alcanza a percibir el resquicio de la luz, a través de la sutil presencia del color. Y en el conjunto de piezas que le sigue, se va dando paso a la claridad. Así es su más reciente exposición Negro/Primarios, en Espacio Arte al Cubo, ubicada en el Cubo Negro en Caracas, que clausura el próximo 16 de agosto.
La artista comenzó a explorar sobre la luz durante la pandemia. El virus, así como las noticias sobre la invasión a Ucrania por tropas rusas le inquietaban. Las piezas cobraron forma entre 2023 y 2025. Para algunos, la penunbra esta presente de manera lacerante, para otros es posible desvanecerla iluminándose hasta el límite de ser resplandeciente y cegadora.
En Negro/Primarios el color le da forma a la caligrafía personal de Azcárate. No existe un solo negro, son variados y la tonalidad depende de las proporciones utilizadas al combinar los tres colores primarios. Y en esa gama cromática, la artista va repitiendo, de muchas maneras y ángulos, la palabra “Luz”, en siete idiomas: Español (Luz), inglés (Light), alemán (Licht), francés (Lumière), japonés (Hikari), chino (Guāng) y ruso (Svet).




“La palabra luz está en todas las escrituras religiosas que existen en el mundo. En todas, aunque sean religiones laicas, porque hay religiones que no creen en Dios, como la que yo practico, que viene de Japón, que creemos en energía. La luz existe y se repite tantas veces: El tema de iluminar el camino de otro para iluminar el tuyo. El universo se crea cuando nace la luz. Todos somos parte de la luz. La naturaleza empática del ser humano es querer mandarle la mejor energía al otro, querer atender al otro como se lo merece, porque el respeto entre las personas es la base de nuestra sociedad. En el momento en que tú no respetas a las personas, hay guerra”, dice Emilia Azcárate.
Diversos referentes vinieron a la mente de la artista durante el proceso de la obra. Uno de ellos es Ad Reinhardt, pionero del arte conceptual en Estados Unidos, pero no se quedan atrás ni el maestro de la luz venezolano, Armando Reverón, ni Gerd Leuferd y Gego, para quienes el vacío y la línea forman parte de una misma unidad.
“Los destellos de Reverón demuestran que a veces la luz no necesariamente te permite ver. Pero yo voy trabajando muy libremente. No puedo evitar que ciertas cosas influyan en mí y que en algunos momentos de mi vida diga, ¡wow, esto está completamente conectado con este artista! No me desvinculo de la historia del arte. Por ejemplo, cuando hacía los Sudokus, el primer artista que se me manifestó fue Mondrian, por los cuadrados de colores. Cuando empecé a hacer las pinturas rasgadas, era Lucio Fontana. Pero no es que yo tenga la intención de emular el trabajo de ellos, estoy haciendo algo que tiene que ver con mi vida personal y con mi proceso creativo, con mi particular forma de investigar”.



La amplitud para reconocer el arte pictórico universal le viene a Azcárate de una formación arraigada desde que era una niña. Vivió gran parte de su vida en Pertigalete, estado Anzoátegui, pero las visitas a Caracas y a Madrid la vincularon con las artes. Su abuelo Justino de Azcárate fue uno de los fundadores de la Sala Mendoza. También fue presidente del patronato del Museo del Prado. En ese contexto, Emilia recuerda estar maravillada de visitar ambos espacios. “Toda la vida me encantó la pintura más que la escultura”. Una prima que estudiaba arte la retaba a reconocer en postales a los maestros impresionistas y no salía del asombro al ver que Emilia los reconocía inmediatamente a temprana edad. Recuerda también visitar a Elisa Elvira Zuloaga y María Luisa Tovar, quienes improvisaban juegos para ella vinculados con el arte.
“Mientras estudiaba en Inglaterra (se graduó en 1986 del Saint Martin’s School of Art) cada vez que iba a Madrid de vacaciones familiares, yo atravesaba un pasillo de Rubens para llegar a la oficina de mi abuelo, en el Museo del Prado”… No hay nada de pretensión en esas anécdotas, hasta las cuenta con algo de rubor, pues Emilia Azcárate busca desde su espiritualidad la esencia y la paz que aflora desde la humildad. Desde esa misma sencillez hablan sus obras.

Seguir su instinto
Emilia Azcárate, comenzó a trabajar en su propio alfabeto en 2015. Un estilo donde la palabra, despojada de su función narrativa, multiplica sus significados dentro de la composición visual. Tuvo una serie que llamó Hecho en Venezuela, donde utilizaba palabras como Alma Llanera, Caballo Viejo… Luego comenzó a confrontar sus orígenes que la vinculan con España y México. En su primer viaje a México, trabajó en una serie que reunía todas las culturas ancestrales: los aztecas, los mayas, los toltecas. Esta oportunidad le abrió la posibilidad de una residencia de artista en Apaseo, Guanajuato (2015), Casa de Perros, donde inicia su investigación de las castas, que se consolida en la exposición La Genealogía del color, una serie inspirada en las pinturas de Castas del siglo XVIII. Luego continuaría esta serie con otra residencia de artista en Lima, Perú, Residencia de al lado (2017)


Particularmente, Azcárate investigó las obras del pintor peruano del barroco Cristóbal Lozano, quien atendió la orden del virrey del Perú Manuel de Amat y Junyent de hacer un registro de las nuevas familias originadas del mestizaje. Esos cuadros los traduce al arte moderno con un alfabeto que no permite fronteras en el lienzo: no hay líneas que toquen el marco, no se cierran en los bordes del cuadro. Azcárate utilizó una codificación de colores imposibles en la piel humana: El amarillo es para el indio, el rojo para el español, el azul para los africanos, y así de acuerdo a los porcentajes de tintas, clasifica al sambo, mestizo, salto atrás, albino y todas las nuevas razas existentes.
“Te juro que hice el alfabeto en 20 minutos, porque no me lo pensé mucho, descendió así, como un rayo de luz, decidí hacerlo todo cuneiforme. Yo, que venía de hacer obras solamente circulares, ahora estoy con series de línea recta”, afirma la artista. Bastaría decir que además del alfabeto, es el tratamiento del color lo que identifica su trabajo, el manejo de los tonos para darle en algunos casos una profundidad distinta, pero es una trama que devela el color racial, el social y también el espiritual.

La genealogía del color se expuso en la galería Henrique Faría Nueva York (Estados Unidos, 2018), en Meta Miami (2019) y también en el Museo de Historia Méxicana, en Monterrey (México, 2022). Le antecedió la exposición Pintura de Castas en España y Perú (ambas en 2016).
Actualmente, Negro/Primarios se presenta 15 años después de su última exposición en Venezuela. Es una alianza entre Espacio Arte al Cubo y Henrique Faría New York, con texto crítico de Tahía Rivero, curaduría de Juan Carlos Ledezma y museografía de ambos.
Dice Tahía Rivero en el texto de sala: “Las obras de la exposición Negro / Primarios parecen cuestionar la geometría desde sus propiedades matemáticas para plantearnos un resultado ambiguo entre estructura y azar”.


En las líneas que siguen se resume una conversación sostenida con la artista, acompañada de su curador desde 2015, Juan Carlos Ledezma, quien se conectó por videoconferencia.
¿De dónde surge la idea de luz?
Emilia Azcárate: Por la necesidad de color, porque sin luz no hay color.
Juan Carlos Ledezma: La luz es la base de toda visibilidad. Percibimos los cuerpos porque hay luz. Lo interesante de las pinturas negras es que son la antítesis de la luz. En esas obras está escrito “luz” como la ausencia de ella; es decir, está escrito lo que no hay en la obra. Esa contradicción es interesante, crea una especie de tensión, conceptual-visual.
Una parte de la serie de las obras negras se expusieron en Nueva York. Ahora Emilia pasó al blanco, que es otra elaboración de la luz. Es como un texto ampliado, donde la palabra luz es repetida una y otra vez, en diferentes idiomas, de diferentes formas, con diferentes estructuras. Es una exposición que puede ser vista y leída.








Pero es una tipografía inventada por la artista y que no es fácil de reconocer ¿cierto?
JCL: Eso tiene mucho sentido, porque la palabra emerge, pero tú no la puedes captar realmente, pero está ahí, y esa tensión es muy interesante en el trabajo.
La contradicción también existe, cuando la palabra es significado y también es abstracción, vale decir, el no significado.
EA: Desde mi punto de vista, las contradicciones existen en absolutamente todos los aspectos de la vida. Desde el momento en que naces, tienes ya la muerte signada. Desde el momento en que aprendes a manejar el dinero, tienes cara y sello. Y también ganancia y pérdida. En la vida siempre ha habido eso: contradicciones. Pero no había pensado en mi obra como contradicción, es curioso. Por ejemplo, en mi serie de Sudokus (2008-2010) presento la dualidad del problema gigante, y la solución que es pequeña. Cuando tenemos un problema, lo vemos inmenso y una vez que lo hemos resuelto, vemos su insignificancia. Entonces, siento que realmente en mi experiencia de vida, la contradicción ha sido una constante.



JCL: Es bien interesante que la palabra genera la forma. Alguien podría pensar, por ejemplo, que un rectángulo está balanceado con cierta línea y que hay una intención en la composición para hacerlo visualmente atractivo. Pero no es tanto así, porque hay una regla que es la escritura de la palabra, que está allí y que genera la imagen. El alfabeto es un protocolo que genera forma.
¿Se podría decir, entonces, que escribe el color?
EA: Yo percibo el color hasta en un libro. Cuando yo estoy leyendo un libro y veo las letras negras, para mí eso es un color. No existe la escritura sin color. A menos que sea Braille, y ni siquiera, porque allí hay relieves que permiten percibir la sombra. En donde hay luz, hay color.
En las pinturas negras tienes que quedarte un buen rato viéndolas para que el color se manifieste. La luz va entrando poco a poco, tu ojo, tu mente se va acostumbrando a ver las tonalidades, y van apareciendo, lentamente, más azules, o más rojos, o más verdes.
El primer impacto es que empiezas a ver el color y surge la luz, pero también existe la posibilidad de que prevalezca la ausencia. Cuando te vas acercando a mis obras vas viendo el color. Todo empieza a esclarecerse cada vez más. La luz tiene dos cosas: la oscuridad, sin luz no puedes ver nada; pero también tiene el encandilamiento, que es lo que intenta Reverón. Quizás yo no llego a encandilar, pero sí hay muchos colores que no se perciben tan rápidamente. En algunas pinturas hay una especie de invisibilidad. Aquello que no se ve claramente, esa forma que parece estar escondida dentro de ti, es lo que yo llamo lo inherente.
Llegó a Venezuela y en 45 días realizó siete obras “blancas” para la exposición.
EA: Realizar las obras en Venezuela tuvo para mí un significado importante. Estos colores no hubieran sido los mismos si yo hubiera estado en Madrid. Pero los dibujos los hice todos en León, una localidad a cuatro horas de Madrid. Cuando se los mostré a Juan Carlos, él me recordó el arte coplanar (son cercanos a 1945, obras sin marco que parten del concepto matemático donde distintos planos están todos colocados a un mismo nivel y hay una proporción estudiada entre los ángulos que trazan formas infinitas). Entonces hice un coplanar, como el punto final de la exposición. Es el color allí, aislado, levitando como posibilidad.

Comparando sus dos últimas individuales, ¿cuál ha sido la evolución del proceso artístico de Emilia Azcárate?
JCL: Realmente son etapas diferentes, más que evolución. En la serie sobre pintura de castas, Emilia utiliza la abstracción para reinterpretar un género de pintura, y también un momento histórico importante para Latinoamérica. En el caso de Negro/Primarios, considero que se le está dando un nuevo espacio a la abstracción latinoamericana.
EA: Es una locura lo que me ocurre con el alfabeto. A veces digo, me fregué. ¿Cuándo voy a dejarlo? Vengo de pintar puros círculos, ahora pinto puras figuras geométricas. Pero es que ahora todo lo reinterpreto. Cuando veo algo que se comunica conmigo intensamente, lo veo a través del alfabeto.



Entonces, ¿sigue la tendencia del abstraccionismo geométrico?
EA: Yo siempre veo mi trabajo como geometrías significativas, quizás es algo junguiano, porque tiene una palabra que puede significar un millón de cosas o muchas más. Claro que hay una evolución, porque en el abstraccionismo la geometría era totalmente pura.
JC: Lo importante es que la abstracción geométrica es nuestro legado en Venezuela. Fue lo que precedió al cinetismo. Me acuerdo, por ejemplo, de las obras de Soto, que son un entramado de líneas, y sobre esas líneas hay elementos de alambre, de nylon, que en realidad son signos y se llaman escrituras, pero no son legibles. Es una referencia histórica importante en nuestra formación visual.
También hay que señalar que en algunas obras de Emilia, la palabra luz se repite. Aparecen invertidas y a los lados, de tal forma que el expectador podría imaginar que el cuadro se puede rotar. La obra no se aprecia en una sola dirección.
EA: Es como si también fuera circular.
¿Cuál será su próximo trabajo?
EA: No lo sé, ni podría saberlo, porque tengo varias ideas andando paralelamente. Lo más difícil de tener tanta ideas es descartarlas.
La exposición Negro/Primarios clausura el 16 de agosto, ese día la artista estará presente en sala para conversar con el público. La exposicion puede visitarse de lunes a viernes de 10 am a 5 pm y los sábados de 10 am a 2 pm en el Cubo Negro de Caracas y también se pueden coordinar encuentros con el equipo de Espacio Arte al Cubo.

Algunos Reconocimientos de Emilia Azcárate
1999. Primer Premio del 57 Salón de Artes Visuales Arturo Michelena, Ateneo de Valencia, Venezuela
1997. Mención Honorífica en la V Bienal de Guayana, Museo de Arte Moderno Jesús Soto, Ciudad Bolívar, Venezuela
Mención Honorífica en la V Bienal de Artes Visuales Christian Dior, Centro Cultural Consolidado, Caracas, Venezuela
1996. Tercer Premio en la I Bienal Nacional del Paisaje, Fundación Museo de Arte Contemporáneo de Maracay Mario Abreu, Maracay, Venezuela
1992. Mención Honorífica en el VI Premio Eugenio Mendoza, Sala Mendoza, Caracas, Venezuela.
Más sobre Emilia Azcárate en su página web.
Va también la reseña en la Agenda Cultural