La ilusión fluorescente de Dan Flavin

por Inger Pedreáñez

«Es lo que es y nada más.» Dan Flavin

Generalmente no llevaban título las obras de Dan Flavin (1933-1996), el artista que eligió los bombillos fluorescentes para crear paletas de colores que emergían de la luz artificial. No titulaba, pero dejaba una dedicatoria; la disposición de la pieza le traía algún recuerdo o asomaba alguna inspiración de un escritor, un artista, un amigo, o simplemente coincidía la elaboración de la obra con algún evento que fuera significativo para él, como por ejemplo la muerte de su mascota, un golden retriever. Esos homenajes, la expresión de un afecto, una emoción, lo colocaban al margen de la corriente minimalista, en donde fue ubicado para darle sentido a su estilo, aunque él mismo no se sintiera cómodo con la etiqueta.

Tampoco estaba convencido en hablar de sus obras como esculturas o pinturas, aspiraba dar un salto en la interpretación de la expresión artística. Sus creaciones definitivamente marcaron el camino del arte conceptual y el desarrollo de las instalaciones. Flavin, proponiéndoselo, estaba eliminando fronteras en los cánones del arte; estaba creando una nueva dialéctica que combinaba espacio, forma y color, en una imagen que provenía de la luz.

PDan Flavin Octubre 25, 1967 New York City. Foto Arnold Newman Properties / Getty Images

En su casa taller, cuando sus amigos observaron por primera vez el despliegue del neón sobre un soporte pintado, no pudieron evitar manifestar su escepticismo, pero eso no frenó la imaginación de un Flavin maravillado con las posibilidades que se le abrían «Has perdido tu pequeña magia, me advirtieron – a lo que él mismo responde- Sí, para algo más grandioso un trabajo difícil, contundente en reposo brillante», relata el artista en una conferencia que presentó en el Brooklyn Museum of Art School, el 18 de diciembre de 1964 y publicado en la página de ArsForum.

Desde niño había demostrado su habilidad creativa. Su madre le contó que a los cinco años había dibujado, como un recuerdo vívido pero ingenuo, los destrozos causados en 1938 por los huracanes en Long Island. Dijo en diversas oportunidades que su tío “Artie» Schnabel, un amigo de su padre y el vicepresidente del club náutico East River, fue su primer maestro cuando le enseñó a dibujar lunas de agua a lápiz. “Su toque cósmico en el espacio está en mis dibujos, incluso ahora”. Retó a las monjas del seminario donde estudió, que siempre exhibían sus dibujos como modelo para los demás alumnos, cuando decidió colocarle no una sino dos asas a una vasija. La osadía lo hizo ver como un hereje. Pintaba bien, pero no se sentía conforme.

Cuando el arte pop estaba emergiendo, Flavin acostumbraba a recoger objetos de la calle que le llamaban la atención para transformarlos en arte. De su trabajo previo destaca una lata de aceite de oliva Luis Lozano que se encontró aplanada en una zanja y que enmarcó en una caja dorada con la inscripción «Mira, mira» (1960), era una de las pocas obras que sobrevivieron a su propio ojo crítico. Tenía otros ensamblajes de técnicas mixtas, como “Vincent at Auvers” (1960) y dibujos más sencillos como “Apollinaire Wounded” (1961). Mezclaba objetos con acuarela y carboncillo u otros materiales, quizás el reflejo del metal brillante sólo hacía aumentar la curiosidad de encontrar aquello que le daría su firma particular.

Flavin no encontraba respuestas en las escuelas de arte a las que asistió. En su entorno se encontraban aún frescos los efectos de la II Guerra Mundial. Estaba en pleno desarrollo la Guerra Fría cuando fue asignado, en 1953, como técnico en meteorología de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, en una base en Corea. En ese contexto, las imágenes que pintaba en sus cuadernos eran un tanto lúgubres y desoladoras.

En ese período tomó clases de arte de la Universidad de Maryland, y también inició una colección de obras de arte un tanto ecléctica. Su primera adquisición, durante a un viaje a Japón, a mediados de los 50, fue un dibujo de Rodin. En aquél entonces, aficionado al tema bélico, compró dos impresiones de Georges Rouault de su Miserere et Guerre; pero también se interesó por los dibujos de Hokusai, Mondrian, Kensett y la escuela del río Hudson (paisajistas estadounidense de mediados del siglo XIX).

Cuando regresó a Nueva York en 1956, reasignado a la Base Roslyn de la Fuerza Aérea, comenzó a visitar galerías y se inscribió en la Escuela de Bellas Artes Hans Hofmann, así como en la Nueva Escuela de Investigación Social. También estudió Historia del arte en la Universidad de Columbia. Sus fuentes de ingreso fueron muy curiosas, entre ellas trabajó en la sala de correo del Guggenheim y fue guardia de seguridad en el Museo de Arte Moderno y en el Museo Americano de Historia Natural. De esa experiencia, Flavin cuenta una anécdota: “Mientras hacía mi recorrido por el Museo Americano de Historia Natural, llenaba los bolsillos de mi uniforme con notas para un arte de luz eléctrica. El custodio a cargo me dijo: ´Flavin, no te pagamos por ser un artista´. Acepté y me fui”.

El uso del término “icono” para sus primeras obras se basó en la relación de jerarquía de la luz eléctrica sobre la estructura de pintura que irradiaba el color. Esa emanación fluorescente estaba en todas partes. A medida que se hicieron piezas más ambiciones, el sutil resplandor se proyectaba en el piso, en las paredes, sobre los espectadores. Como un halo religioso las tonalidades se mezclaban de distinta manera.

Así lo ven los especialistas, tal como lo describe la galería Zwirner con una de estas obras: “Icon IV (The Pure Land) (a David John Flavin) (1962-69), en donde se evoca la espiritualidad y el espacio infinito de un Malevich, pero por su construcción indescriptible también podría tomarse como una lámpara”.

Cromatismo sin pincel

Para definir el estilo de Dan Flavin sólo basta con entender su significado del arte: para él se trata de “combinar tradiciones de pintura y escultura en arquitectura con actos de luz eléctrica que definen el espacio (…) y luego en propuestas estructurales más progresivas sobre estos instrumentos vibrantes”.

La primera exposición individual de Flavin se llevó a cabo en la Galería Judson de Nueva York, en 1961, pero fue Dick Bellamy, director de la recién inaugurada Green Gallery, quien en 1964 le ofreció trasladar todas las piezas que tenía en su casa-taller para su segunda individual. “Nunca se me ocurrió que la forma en que quería vivir podría convertirse en una obra de arte vendible”, relata Flavin. Cuando se exhibieron sus iconos por primera vez, fue en una individual de la Galería Kaymar (1964). Allí recibió el elogio de Donald Judd, uno de los máximos representantes del minimalismo, con quien mantuvo amistad. Su primera exposición europea fue en 1966 en Galerie Rudolf Zwirner en Colonia, Alemania; y en 1969, la Galería Nacional de Canadá, Ottawa, organizó su primera gran retrospectiva.

Dan Flavin La diagonal del 25 de mayo de 1963 (a Constantin Brancusi) 1963

Para entonces ya había encontrado su objeto creativo. La primera pieza que el artista creó a partir de luz fluorescente fuera de un marco o un soporte pre elaborado fue en 1963. Nunca hubo improvisación en sus propuestas sino que dibujaba sus bocetos hasta verlos cristalizados. Pero hubo una excepción: acababa de terminar el diseño de “Diagonal del éxtasis personal» cuando lo llevó inmediatamente a la práctica. Finalmente se conoció como «La diagonal del 25 de mayo de 1963» (curiosamente lleva título, quizás porque marcó un hito). Se trataba de un tubo dorado fluorescente de casi dos metros y medio, colocado en una inclinación de 45 grados. Al concluir la pieza, el artista comparó esta obra con “La columna sin fin” (1926), del constructivista rumano-francés Constantin Brâncuși, a quien se la dedica. Como dice la Galería Zwiner, “después de estudiar y admirar los ready-mades de Marcel Duchamp, Flavin estaba buscando un objeto simple para reclamar su arte”. La diagonal también se inspiró en las abstracciones de Wassily Kandinsky y Theo van Doesburg, como una forma de generar movimiento a la obra. «La diagonal en la posible extensión de su difusión como una tira de luz común o un corte brillante a través de la pared de cualquiera, tenía el potencial de convertirse en un fetiche tecnológico moderno; pero, ¿quién podría estar seguro de cómo se entendería?”, comenta el propio Dan Flavin.

Desde entonces jugaría con el color y tamaño de las luces fluorescentes, pero su propuesta no era tan simple. Entró en la discusión de la incorporación del arte a la arquitectura y él buscaba llevar ese concepto a los límites donde el vacío también hacía parte de la forma. De las paredes pasó a las esquinas, de las esquinas a los corredores. Al final, paredes, pisos y techos estaban intervenidos conforme a la irradiación de luz, a través de los diez colores que utilizaba (cuatro tipos de blanco, el ultravioleta; los primarios amarillo, azul y rojo; así como verde y rosa) y cinco formas (accesorios rectos de diferentes longitudes y uno circular). Las nuevas indagaciones de Dan Flavin explicaban el color de manera científica: “Si presiona una lámpara fluorescente de ocho pies en la subida vertical de una esquina, puede destruir esa esquina por deslumbramiento y sombra duplicada”.

Es bien sabido que no era fácil incluir una obra de Dan Flavin en las colectivas, porque la luz impregnaba los trabajos de los demás artistas. A medida de que su obra se hacía más compleja, también fue bautizándola con nuevas categorías propias. Aparecieron las «situaciones» y las “barreras”, para dar a entender que su intención era crear una experiencia que lo abarcara todo. Entre las barreras está la pieza que le dedicó a Heiner Friedrich, uno de sus mecenas y fundador de Dia Art Foundation. «Sin título (a ti, Heiner, con admiración y afecto)», de 1973, es una de las obras de luz más complejas del artista que combina bombillos y metal, y de nuevo lo intangible aparece como un elemento más de la composición.

Dan Flavin Sin título (a ti, Heiner, con admiración y afecto) 1973. Museo de Arte Moderno de Medellín en 2019

Efectos ópticos

A Dan Flavin se le conoce como una persona de muy buen humor e ironía. Estaba construyendo un lenguaje a partir de los elementos que emanaban de sus bombillos. Una pieza similar a otra, sólo que variaba en tamaño y color, y la calidez o los tonos fríos daban una personalidad diferente a cada objeto artístico. Una de sus obras más conocidas e irónicas es una estructura modular en cuadrados que se extienden como una cerca. Se trata de la barrera “Verdes cruzando verdes (a Piet Mondrian que carecía de verde)”, de1966.

Dan Flavin greens crossing greens (to Piet Mondrian who lacked green), 1966

De las piezas que surgían de las esquinas, destaca una obra que le dedicó Sol LeWitt, a quien conoció mientras ambos trabajaban como guardias en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. A Sol LeWitt se le atribuye la introducción de Dan Flavin al constructivismo ruso. Su interés en el uso de un material común producido en masa, influencia de ese movimiento, hizo que en total Flavin dedicara 39 «monumentos» a Vladimir Tatlin entre 1964 y 1990. Sin embargo, en una entrevista comenta el autor que estos monumentos eran muy conservadores con sus tonos blancos y su aspecto estructural.

Otras propuestas más complejas interrumpían el espacio de un corredor, como una celda, la separación entre los bombillos fluorescentes le permiten al espectador ver hacia el otro lado y al mismo tiempo evita el acceso. Cada barrera se compone de bombillas de dos colores diferentes, pero los colores brillan en direcciones opuestas. Una de estas piezas, Sin título (proyecto Marfa), 1996, le tomó casi 16 años en concluirse.

Dan Flavin Guggenheim 1992

En las décadas de 1970 y 1980, el artista se concentró en instalaciones a gran escala, cada vez más preocupado por el espacio específico donde se ubicaría la obra. Entre esos diseños, destaca una extensa instalación de luz que se realizó para la apertura del nuevo edificio Guggenheim, en 1992. “Muchos de estos proyectos ambiciosos fueron finalmente abandonados, incluido un plan de iluminación para los Juegos Olímpicos de Munich, un espacio de instalación permanente en el Castillo de Dick en Garrison, Nueva York, un diseño para túneles peatonales en Amsterdam y una instalación de lobby en el World Trade Center”, describe la galería Zwiner.

El arte de Flavin ha seguido manteniéndose en el interés de galeristas y museos como el Museo de Arte de St. Louis, Missouri (1973); Kunsthalle Basel (1975); Museum Boymans-van Beuningen, Rotterdam (1975); la Galería Leo Castelli, en Soho, Nueva York (1984), el Museo Stedelijk, Amsterdam (1986); y el Museo Solomon R. Guggenheim, Nueva York (1992).

En fechas más recientes, le han dedicado varias retrospectivas y entre las más destacadas está la retrospectiva que fue organizada por la Dia Art Foundation en asociación con la National Gallery of Art, de Washigton, DC, (2004) y que continuaría de forma itinerante por el Museo de Arte Moderno de Fort Worth, Texas; Museo de Arte Contemporáneo, Chicago; Hayward Gallery, Londres; Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris; Bayerische Staatsgemäldesammlungen, Pinakothek der Moderne, Múnich; y el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, entre 2005 y 2007. De 2013 a 2014, la exposición “Salas de artistas: Dan Flavin” viajó desde el Tate Modern, Londres, hacia el Gracefield Arts Centre, Dumfries, Escocia. Por su parte, la Galería Zwiner, representante del artista desde 2009, realizó una exhibición individual en París entre 2019-2020. También en el mismo período, el Instituto de Arte Contemporáneo de Miami presentó una exposición enfocada de las obras del artista desde mediados de la década de 1960.

Una fe luminosa

En su biografía, se habla de una infancia modesta en un vecindario de Queens, en una familia de ascendencia católica irlandesa. Su padre lo internó tanto a él como a su hermano gemelo, David, en el Seminario preparatorio de la Inmaculada Concepción, “para que pudiéramos cumplir doblemente su propia vocación perdida. Nadie me había preguntado si quería ir allí, pero eso apenas importaba, ya que no me habían permitido contemplar mucho más desde mi nacimiento”, refiere el artista. Asistieron a los servicios religiosos regularmente. Quedó impresionado por las ceremonias litúrgicas y su iluminación, aunque siempre mantuvo una relación ambivalente con la religión.

Dan Flavin instalación de luces en la iglesia Santa Maria Annunciata Milán

Si bien nunca permitió que se hiciera una interpretación simbólica o espiritual a su obra, es imposible dejar de establecer la relación entre los “iconos” y las figuras religiosas rodeadas de luces. Hay una constancia en utilizar la trilogía o los primeros tres números ordinales en sus obras y el manejo de la metáfora a través de la presencia de la luz blanca pura, cálida o fría. Al final de su vida, resulta una paradoja que sus dos últimos proyectos hayan sido una gran instalación para el Museo de Arte Contemporáneo Fundación Chinati en Marfa, Texas, y la restauración renovada de la Santa María Annunciata en la iglesia Chiesa Rossa en Milán, que fue originalmente diseñado por Giovanni Muzio en la década de 1930. En los medios periodísticos se detalla lo monumental del diseño: “dentro de la iglesia, la obra “Sin título”, con luz verde, azul, rosa, dorada y ultravioleta, constituye la única fuente de iluminación e impregna todo el espacio…Al caminar desde la entrada, la sucesión cromática de la nave, el crucero y el ábside sugieren la progresión natural de la luz «noche-amanecer-día«. Ambas instalaciones, finalmente, fueron completadas por su estudio después de la muerte de Flavin, en 1996.

El arquitecto de la luz como lo llamaron alguna vez, el artista de la fluorescencia como se definió él, se atrevió a hacer arte con un objeto industrial perecedero y reemplazable. No se puede negar que fue un iconoclasta. Su expresión artística allanó el camino para otros artistas entre los que se incluyen Robert Irwin, Olafur Eliasson, James Turrell, Spencer Finch y Jennifer Steinkamp. Incluso se ha llegado a pensar que ese color que genera la ilusión óptica en las fisicromías de Carlos Cruz Diez, pudieron tener, de alguna manera, una influencia de Flavin.

«Todo se ve de una manera clara, abierta y sencilla. No hay ninguna espiritualidad sobrecogedora que encontrar.» Dan Flavin.

Quisiera dejar un testamento declarando la nulidad de todo lo mío a partir de mi muerte. Lo digo en serio, porque sólo yo conozco como debe ser. Todas las interpretaciones póstumas son menos, así que preferiría verlo todo desaparecer”, dijo en una entrevista a Tiffany Bell, cuyo enlace acompaña esta nota. No fueron destruidas, y por el contrario, han seguido exhibiéndose con el mismo cuidado que ponía el artista para la ubicación de cada pieza.

Inger Pedreáñez es periodista (UCV), fotógrafa, poeta. Profesora de periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello. Dedicada al periodismo corporativo por más de 25 años. IG: @ingervpr.

Enlaces de interés

https://www.artforum.com/print/196510/in-daylight-or-cool-white-an-autobiographical-sketch-34032

Instalación permanente de Dan Flavin en https://diaart.org/

Dan Flavin: Flaming Forerunner Of Minimalism Art