Luis Ángel Duque, un lad nada común

Un Aleph en el interior de su escritorio

Nicomedes Zuluoga

«Los locos, como los genios, se levantan, a menudo catastróficamente, sobre las limitaciones de su patria o de su tiempo, entrando en esa tierra de nadie, disparatada y mágica, delirante y tumultuosa, que los buenos ciudadanos contemplan con sentimientos cambiantes, desde el miedo hasta el odio, desde el aparente menosprecio hasta una especie de pavorosa admiración «. Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas.

Enterramos a Luis Ángel en Macanao, en el cementerio de Boca de Pozo, uno de los más remotos pueblos de Margarita. Su sepelio fue como a él le hubiese gustado narrarlo. Murió en el hospital Luis Ortega, en Porlamar y las exequias debieron realizarse el martes de carnaval. Pero, ese día, no había quien le diera salida, ni quién terminara de fabricar su modestísima urna.

Me fui a verlo al hospital y no lo encontré por ninguna parte. Ni en la emergencia , ni en el área de recuperación. Llamé a su celular y nadie contestó hasta que, después de deambular por interminables y nauseabundos laberintos, ya lejos de aquel lugar, al otro lado, escuché una voz desconocida que me informó lo que parecía imposible. Aquel torrente de ideas y de energía, de conocimiento y de erudición, se había apagado para siempre, o no, porque nos quedan sus escritos ocurrentes, sus innumerables catálogos a los cuales, una generación de artistas, deben no poco reconocimiento.

Luis Ángel Duque y el astronauta Scott Carpenter, 1984. Foto Carlos Germán Rojas.

Qué puedo afirmar sobre uno de los pocos genios o quizás el único que conocí en mi vida. Sobre todo, porque se trata de uno de los personajes más atípicos e icónicos de mi generación. Fuimos, eso sí, buenos amigos.
Poseía una inteligencia prodigiosa y un conocimiento y cultura excepcionales. Una desfachatez y un verbo únicos. Jamás dejó de sorprenderme. Llegué a convencerme que LAD, secretamente había descubierto el Aleph. Que, por cierto, no se refiere aquí, a la primera letra del alfabeto griego, sino a ese punto que Borges había descubierto en el sótano de una casa vieja, en la calle Garay de Buenos Aires y que contenía todos los tiempos y hechos del universo. La genialidad tiene que ver con eso, con algo extraño al común de los seres humanos. Algo que escapa a todos y a todo. Algo que entraña una experiencia espiritual y misteriosa. Hay santidad en la genialidad y también algo de locura. De certezas que nadie es capaz de comprender.

Nos despedimos de un amigo que dejó su huella en todos los que le conocieron. Que, aunque no lo comprendiéramos del todo, sabíamos que algo mágico y trascendente había en sus palabras y acciones. Fue un gran fabulador. Con el compartí años de amistad, de tertulias interminables, discusiones, de momentos irrepetibles llenos de sorpresas y alegrías y, a veces, desavenencias. Me hubiera gustado haber compartido más en Boca de Pozo, en ese confín de nuestra amada Isla, allá lejos, a un paso de Punta Arenas y de Robledal, donde las embarcaciones inmóviles descansan a espaldas de la playa y la empanadera, en un recodo frente a la bahía, vende empanadas en dólares, en el pueblo de nunca jamás donde él decidió pasar, sus últimos días, en compañía de un hermano que apenas conoció y le tendió la mano para su última aventura camino a las estrellas.

Luis Ángel Duque en su juventud con un alga en la frente en la playa. Foto cortesía Katyna Henríquez.

Sé que después de la muerte, algunos mantienen la visión del Aleph. Me refiero a aquellos que han muerto y regresan para narrar historias incomprensibles para la inteligencia común. Luis Ángel Duque tuvo dos accidentes cerebro vasculares. Estuvo muerto y regresó dos veces. Siempre fue culto y muy leído pero, después de su muerte primera, regresó con un conocimiento universal absolutamente extraño. Berrizbeitia, amigo común, que dedica su vida y su holganza en la montaña, a la lectura, le visitó una tarde. Fui testigo de aquel encuentro magico-realista y comprendí que Duque había logrado materializar su Aleph en un cajón de su escritorio.

Berrizbeitia, de manera subrepticia sacaba de su sombrero los más variados temas. Cosas que conocía porque las había leído o las había pensado, o fabulado, con un conocimiento tan impecable del entorno verdadero que hacían, de lo imaginado, inobjetable. Alberto se refirió a Colón y al misterio de su anagrama indescifrable y Duque se quedó mirando a Berrizbeitia y, acercándose a su escritorio, le dijo –¡Aquí está todo, es el mejor libro escrito sobre Colón. Además hay otros libros!– empezó a sacarlos de la gaveta con esa relación tan afín que mantienen el mago y su sombrero. A los pocos segundos, una decena de libros sobre Colón estaban sobre la mesa donde nos reuníamos. Después, Berrizbeitia le habló de Giotto y después de Caravaggio y así, Duque siguió sacando interminables libros del mismo cajón donde estaban ocultos la totalidad de los libros de la tierra: la biblioteca del Congreso, la de París, la de Alejandría, ¡la de Babel! Un Aleph en el interior de su escritorio. Algunos piensan que aquellos que regresan de la muerte, como Duque, se han vuelto un poco locos. Ahora yo sé que, en el otro mundo, está el Aleph.

Quizás, debido a su extraordinaria erudición autodidacta, podía abordar la realidad desde una perspectiva imposible y sin las trampas de la estructura formal de otros críticos. Lo sorprendente era el corolario perfecto de la descripción formal que, de otra manera, sería un comentario lineal. El tema del tiempo y el espacio tiene aristas asombrosas. Por ejemplo, en la lengua quechua, no existen palabras para definir el pasado o el futuro. Su concepto del tiempo no es lineal como el nuestro, sino circular. Para ellos no hay pasado, presente ni futuro. No tienen un concepto del tiempo. Si en una sociedad no tiene concepto del tiempo, me pregunto, si tendrán la sensación del paso del tiempo tal como nosotros. Particularmente, creo que no.

El que ha experimentado la muerte y, por ende, el Aleph, está más allá del tiempo y del espacio. Ha muerto en el mundo de los muertos y vive la nada como la totalidad de lo consciente universal. Por eso, Borges pudo amar, más que a ninguna otra, a María Kodama que era una puerta hacia lo imposible posible, a la felicidad del “Opus Magnum” de los alquimistas medievales, la piedra filosofal del conocimiento de la naturaleza que se muestra y que se entrega. Luis Ángel que era sabio, fue feliz en la libertad que da la conciencia de la eternidad y la certeza de ser.