Luis Ángel Duque, un lad nada común

Luis Ángel Duque

Adriana Meneses

Conocí a Luis Ángel Duque cuando volví a Venezuela a finales de los 80, después de siete años en USA. Arrancando el proyecto del Museo del Oeste y también recién encargada de la sala de Exposiciones de la Gobernación del Distrito Federal, no sé si era Boris Izaguirre, o mi prima, María Josefina Báez que me llevaban a las reuniones para reencontrarme con la ciudad y con el medio artístico. Recuerdo que Luis Ángel estaba sentado en un mesón y contaba alguna experiencia en su último viaje al Amazonas y de repente la conversación cambio a cuánto costaba mandar a matar a alguien por encargo en la Venezuela que vivíamos… los nuevos sicarios. Luis Ángel soltó la prenda con una seguridad absoluta. Costaba 500 mil bolívares o 500 (ya no recuerdo) mandar a matar a alguien. 

Luis Ángel en la Gran Sabana. Foto cortesía de Katyna Henríquez

Con mi mentalidad de recién llegada del Norte, yo me quedé de una pieza. En el país la vida no valía nada. Toda esa noche no pare de oír las increíbles historias que salían de la cabeza y boca de Luis Ángel y así fue siempre, Luis Ángel era un gran contador de historias, unas reales y otras enriquecidas por su imaginación. Un ser infinitamente bondadoso, etéreo, con los brazos abiertos hacia los artistas más jóvenes y hacia la aventura de vivir. El Salón Pirelli, el Salón Dimple, la Revista Estilo, las residencias en el Ps1.

En nuestras conversas después de los difíciles procesos que vivíamos en las instituciones culturales, se definía como parte del equipo de mi madre, con quien compartió mucho. Mi mamá, Sofia Ímber, le tenía un inmenso cariño. Ambos fueron siempre leales a esa entrañable amistad. Luis Ángel pasó toda su vida creando aventuras y puentes creativos entre las artes y la magia de la naturaleza. Creo que todos los días abría los ojos para transmitirnos una nueva idea, un proyecto inédito y curaduría que parecía imposible de llevar a cabo, pero que a los pocos meses ya estaba encaminado.

Inauguración Salón Pirelli II. MACCSI. Foto del catálogo.

Hay creadores que se la pasan soñando, pero Luis Ángel soñaba y lo hacía realidad. Su mirada bondadosa, su humor siempre presente lo hacían un ser humano mágico. Su profunda formación intelectual nunca lo transformó en alguien que se sintiera por encima de los demás. Fue leal con sus amigos, sus compañeros de trabajo, con jefes y subordinados. Su actitud de niño travieso no lo abandonó hasta el final de sus días y esa capacidad de asombro ante nuevos proyectos, artistas que le hacían brillar los ojos tampoco le abandonó.

Cuando le dio el primer ACV, después de un disgusto en el Museo; me contó cómo había tenido visiones donde personas (a quienes obviamente no quería) le hacían una brujería desde su propia oficina en el MACCSI. Su visión de todo el proceso era tan real, que durante mucho tiempo su relato me daba vueltas en la cabeza, dudando si realmente le habían echado una brujería a mi querido Luis Ángel.

Estando ya enfermo y viviendo en la playa, llegó un 8 de mayo (día del cumpleaños de mi mamá y el mío) con una camisa blanca bella, varias tallas más pequeña como un regalo para mi madre. Me sonreí, le comenté que le iba a quedar perfecta y se la llevé a mamá, quien recibió el presente con la inmensa alegría de saber que en el medio de todo lo que estaba pasando, Luis Ángel no se había olvidado de su cumpleaños.

Sus actos de generosidad hacia todos los artistas que lo acompañaban en sus aventuras curatoriales son innumerables. Todos lo recuerdan, no sólo como un curador, si no como un amigo entrañable. No recorrí el río con Luis Ángel, pero los que sí lo hicieron relatan cómo la travesía se hacía luz mientras navegabas hasta poblados y selvas.

Luis Ángel Duque tenía la inmensa virtud de ser muchas cosas a la vez, curador, escritor, guionista, aventurero y ser mágico, la muerte siempre inoportuna para quienes no terminamos de aceptarla se llevó a un hombre que en la vitalidad de su existencia hizo todo lo que deseaba. Como señala en una entrevista que le hiciera la revista Tendencia: “Sé que he obtenido o conocido todo lo que ansié en mis primeros años. He sido un hombre de acción y rompí un canon, mi temor a los doce años de ser un sedentario profesor de literatura”.

Esa sonrisa de niño travieso, de un mundo interno infinito nos acompañará siempre. Luis Ángel Duque vive entre nosotros siempre pendiente de los momentos mágicos del arte.