Luis Ángel Duque, un lad nada común

El curador estrella

María Luz Cárdenas

A más de cuarenta años en los que su influencia fue determinante y luego de no pocas improvisaciones posteriores a él en el campo de la curaduría en Venezuela, la figura de Luis Ángel se impone como una especie de destello en el pensar y el hacer exposiciones. Hacia comienzos de la década de los ochenta, el Espacio Alterno –proyecto de arte contemporáneo y experimental de la Galería de Arte Nacional y el Ateneo de Caracas– lo dio a conocer por su posición autoral ante las decisiones entrañables a la tarea de conceptualizar el discurso expositivo y el giro poético y a veces cósmico que le asignaba a la relación de trabajo con los artistas de su generación. Venía de realizar una interesante labor en el área cultural del cuerpo diplomático, donde no escatimaba en incorporar a los artistas emergentes en sus proyectos. Pero con el Espacio Alterno y desde la primera muestra dedicada al autorretrato, hizo cambiar el panorama en el país gracias a la fusión de irreverencia y rigor con que mezclaba diferentes disciplinas y a la calidad y radicalidad de los discursos. Abrió la posibilidad de incorporar los lenguajes más radicales sin ningún tipo de timidez institucional hacia esas corrientes que no parecían encajar en los espacios más convencionales.

Luis Ángel Duque, 24 de abril 1983. Autorretrato, el artista como objeto/sujeto del arte, exposición en Espacio Alterno-Galería de Arte Nacional-Ateneo de Caracas. Foto de Carlos Germán Rojas.

Julio Pacheco Rivas define muy bien sus rasgos profesionales al afirmar que “fue un gran curador con mucho de artista. Un gran profesional dispuesto a dar el todo en la aventura común de crecer, en la tarea de encontrar zonas ocultas cuya potencialidad era necesario revelar, exponer. Y a partir de allí, encontrar la manera de hacerlo realidad, en la escala más conveniente y eficaz”. No creo equivocarme al asegurar que fue nuestro curador estrella. Desataba la admiración y la ira, el odio y el amor; pero aquel hombre de hermoso porte, elegantes maneras, inspirador verbo y seductora personalidad, funcionó como una especie de huracán que despejaba las posibles dudas acerca de la enorme potencia del arte contemporáneo venezolano.

Julio Pacheco Rivas, Axel Stein y Luis Ángel Duque. Inauguración II Premio Mendoza, 21/06/1984. Foto de Carlos Germán Rojas.

En 1983 coincidimos por primera vez en el montaje del Salón de Jóvenes que organizó el CONAC en la Casa Guipuzcoana de la Guaira. Yo asistía a Oscar Armitano en la instalación de su obra y Duque se movía con soltura entre las piezas de todos los artistas, facilitando la difícil tarea y el estrés inevitable de los salones con numerosos participantes en espacios casi siempre insuficientes, escasos recursos y poco tiempo para montar los trabajos. La conexión fue inmediata y desde entonces se entabló un diálogo incesante de ideas y proyectos. Intercambiábamos informaciones, visitar el hogar que habitaba con Leonor Arráiz era una inigualable y enriquecedora experiencia. Sorprendía con datos inimaginables. En la mesa de aquel apartamento del edificio Santa María vimos desarrollar, por ejemplo ¡Grrrrr!… de Carlos Zerpa en el Museo de Bellas Artes de 1985 o apreciar los trabajos en curso de Milton Becerra.

Carlos Zerpa y LAD, curador de GRRR en el Museo de Bellas Artes en 1985. Foto Julio Iribarren.

Su modelo de curaduría fue siempre el de trabajar lado a lado con el artista desde la concepción de la obra hasta su realización final; era un entrar bajo la piel de los creadores entablando diálogos inagotables. Poco a poco se fue incorporando en proyectos del Museo de Sofía, asesorando exposiciones como El Viaje Inverso (1984), Las cinco partes de Venezuela (1985), formando parte del equipo en el Homenaje a Alfredo a Alfredo Boulton (1986), o trabajando juntos en la curaduría de las exposiciones de Oscar Molinari (1986 y 1988), Casa Bonita (1988), la Colección Ignacio y Valentina Oberto y el Salón Dimple (1994). Fue en 1994 cuando ingresó formalmente en el equipo de investigaciones del Museo. Después del I Salón Pirelli de Jóvenes Artistas en 1993, las Empresas Pirelli firmaron un acuerdo para la permanencia del Salón y se creó una oficina especial para proyectos experimentales de los artistas jóvenes, y Sofía Imber invitó a Luis Ángel a encargarse de ello. Luis conformaba los equipos y a su vez invitaba a jóvenes investigadores para participar en la curaduría del Salón, conjuntamente con el equipo del Museo. Visitaba talleres y exposiciones, les hacía seguimiento a los artistas…, allí se generó una luminosa energía que cada dos años se expresaba en la exposición de los jóvenes. Se integró perfectamente, aunque creo que ha sido la única persona a quien Sofía le ha perdonado el incumplimiento de los horarios, dado que su personalidad no encajaba con ese tipo de normativas institucionales. Por ejemplo, en una ocasión desapareció durante casi tres meses luego de una inauguración del Salón y volvió como si no hubiese pasado el tiempo, con algunas rocas del volcán Vesubio de regalo para todos sus compañeros de trabajo.

Nos unió una amistad profunda que no se limitaba a la natural complicidad entre buenos compañeros de trabajo, sino que Duque llegó a ser parte de la familia Cárdenas d’Escriván. En la casa de mis padres era bienvenido a cualquier hora y nos acompañó como un hermano más en los más felices momentos y en los más duros duelos.

Permaneció por años en el Museo y después de 2001, con el inicio del desmantelamiento institucional, fue el único de nosotros que continuó allí su labor con el Salón Pirelli a solicitud de los patrocinantes. Parecía intocable; y entre los tumbos que daba el Museo con gestiones erráticas, llegó a realizar dos ediciones más del Pirelli. Cuando en 2005 fue designado Director del MACCSI, recibió una institución con un perfil desdibujado y un equipo fracturado ante el maltrato a la labor de Sofía Ímber. De alguna manera, en los escasos dos años que estuvo a cargo logró cohesionar el personal y reperfilar el carácter contemporáneo de la institución a través de logros como la creación del Centro de Documentación, Investigación y Archivos de Video Arte, la realización de excelentes exposiciones como las de Magdalena Fernández, Luis Alfredo Ramírez y Antonio Briceño y las acciones urbanas de Spencer Tunick en 2006.

Gracias a LAD, Spencer Tunick en Caracas, 2006. Foto de Guillermo Amador. Reconocimiento-NoComercial 2.0 Genérica (CC BY-NC 2.0)

En 2007, la estulticia y la mediocridad de algún funcionario de turno, decidió separarlo del Museo bajo el insólito argumento de que “hacía muy bien su trabajo”. A los pocos días, Luis Ángel sufrió un accidente cerebro vascular que lo mantuvo en convalescencia por años y, aunque no perdió sus vínculos con la creación, el tiempo y la salud lo fueron alejando de la vida pública. Sus repentinas apariciones aseguraban que siempre mantuvo lucidez en sus ideas creativas. De veras llegué a pensar que se convertiría en esas especies de leyendas de seres extraordinarios que jamás desaparecen aunque no los veamos y de vez en cuando –veinte, cien años después– reaparecen con nuevos bríos.  Sólo la muerte –ese estado inevitable y tajante– me hizo entrar en la realidad de no volver a conversar con él. Era encantador, demasiado divertido, curioso en el conocimiento, inteligente, apasionado y talentoso en sus oficios. Nada del arte le fue ajeno. Con lo único que jamás lo vi asociarse fue con la vulgaridad o lo ordinario. Realmente un ser excepcional.