Luis Ángel Duque, un lad nada común

Para relatar una vida

Katyna Henríquez Consalvi

Luis Ángel Duque y Katyna Henríquez el día de su matrimonio

La página en blanco para relatar una vida
a dos voces compartida
a dos corazones compartida
Pálpito y nostalgia
Niña fui junto a un cazador de estrellas y así me reconoció en su espejo…

Un espejo que murmura… te puedo ver allí, y refleja exactamente tu imagen, tus ojos brillantes… dos zafiros sobre la arena silenciosa y un reflejo de platino que se detiene en el cielo en un inmenso instante detenido.

Orión y Calíope fueron
derroteros en nuestro primer destino a mediados de los setenta:
la sabana bogotana.
Ambos,
juntos y aferrados a pasiones
compartidas, la literatura, el cine y el arte.
Borges y Ramos Sucre y siempre Lorka con K en prefiguración risqueana.

Sombra en la tierra
luz en el aire-
sus pasos suenan como lejano

piedra en la tierra
niebla en el aire-
sus pasos son cortos y tristes;
nadie lo lleva de la mano

Frío en la tierra
Luz en la sierra-,
Sus pies no pueden
Llevar la sombra
Y tomar el camino pedregoso.
La noche casi es noche
perdido está el niño,
aquí no hay naranjas,
ni agua bautismal,
solo palomas
y la herida en la frente

La noche ya es solo noche,
hay viento y frío azul:
arrullos extraños lo rodean…

Y el muchachito
en ese páramo de piedra
       a morir va
       a morir va

LAD
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Ejercicio poético lorquiano de LAD

En Bogotá todo fue inicio, los grandes amigos, cineastas, pintores y curadores: Galaor Carbonell, Beatriz González, Néstor Caballero, Édgar Negret, Ana Mercedes Hoyos y siempre cómplices Regina y Mauricio Gleiser.

Las geografías recorridas, Zipaquirá, Cartagena de Indias, Villa de Leyva y sus fósiles y Kronosurus; el blanco Nevado del Ruiz sin presentir cuánto rugía en sus entrañas, el volcán que años después arrasaría el pueblo de Armero. El serpentario que visitamos y en el que LAD vio prefiguración de la tragedia. A Manizales llegamos en busca del hospital donde su padre convaleció de una grave cornada que según LAD lo retiro de los ruedos. Una foto amarilla con la pálida imagen del padre y dos enfermeras a cada lado era nuestra única guía. Una anécdota más del padre aventurero de origen canario que terminaría como próspero empresario en las tierras larenses.

San Agustín del Huila y el despertar de sus pasiones por civilizaciones perdidas. El Medellín hirviente de los 70 y su Bienal de Arte Conceptual a cargo de Alberto Sierra.

Y los años bogotanos trascurrían, yo en mis estudios javerianos y LAD con el gran logro del Centro Venezolano de Cultura junto a Ben Amí Fihman, curadurías en bienales de arte y exposiciones magníficas labraban el camino del gran gestor cultural por venir. Desde allí la escritura de guiones para la saga visual de su gran amigo Diego Rísquez, Orinoko Nuevo Mundo y Amérika Tierra Incógnita y sus magníficos catálogos de los para entonces artistas nacientes, colombianos y venezolanos; luego consolidados bajo el acompañamiento de su mirada crítica y curatorial.

Y en paralelo la aventura de ser padres… Con la vocación de cronista que le conocemos, cartógrafo de asombros y otras fábulas, LAD escribió durante los tres primeros años de nuestro hijo Luis Ricardo LR, su único hijo, un hermoso diario de vida en un cuaderno marrón. Con su reconocible letra redonda y apretada:

En los días en que K concibió a nuestro hijo conoció a Orión, a Canopus y a Sirio. Buen presagio pues descubrió a la noche y sus estrellas mientras en su interior, por una magia infinidad de veces repetida pero siempre increíble y maravillosa, se formaba el muchachito.

Allí registrados con esmero de detalles, medidas de circunferencia de la barriga, los registros de la luna y sus beneficios para el embarazo, nombres de cirujanos y asistentes, el bellísimo color rosado de la cicatriz de la cesárea (así lo puso), los primeros regalos para el crío antes de nacer, libros:

Las más bellas leyendas de la Antigüedad clásica por Gustav Schwab y Alice in Wonderland por Lewis Caroll con ilustraciones de Sir John Tenniel y los Cuentos Completos de los Hermanos Grimm.

La hora con minutos y segundos del nacimiento, el peso y la talla, la no aparición de la mancha mongólica pero si el otro rasgo de los antiguos emigrantes de Asia, del pliegue epicántico de sus ojitos, nada es prescindible para el joven y observador padre LAD, siempre arropado bajo el signo del asombro:

La impresión más fuerte que me dejó el parto y el hecho de que tenemos un niño es que es un milagro (léase milagro).

Y no podía faltar el significado semántico del nombre del primogénito:

Luis: luchador de fama
Ricardo: Señor más fuerte
Las dos provienen del germánico (gotónico?)

Ni faltaban reflexiones darwinianas y filosóficas:

Debe ser que ya empezó a atisbar como es este mundo y su sucesión incesante, en este caso día y noche…La impresión que tengo es que en su primer mes ya LR está participando más de lo que le rodea, aunque para él serán sensaciones muy elementales, sombra y luz, ruido y silencio; frío y calor. Está pasando de su mundo particular a lo universal y diverso. (…)

Pareciera que LR haya recibido la llamita esa que pende sobre los antiguos grabados de los apóstoles; porque últimamente hace sonidos múltiples. Eso me recuerda a Homero: “Los hombres dotados de palabra” y a mi hermana Elbita: “Humano divino Tiene algo de Dios: Sus palabras”. (…)

Asombroso es el paso del tiempo cósmico; el Duquito ya va a cumplir un año, su primera vuelta alrededor del sol, trepado en la veloz tierra (su planeta natal) que anda a 28 Km por segundo. (…)

Me he fijado que LR a veces se queda acostado en su cuna rodeado de una tranquila oscuridad y se queda estático, callado y con los ojos abiertos por mucho tiempo; para mí, sencillamente medita en la noche. Es difícil de imaginar la forma de sus pensamientos; ya a esa edad desde pequeño uno comienza a formar con intimidades propias la sociedad secreta que inevitablemente todos somos; un solo ser humano, lo que llamo Aldous Huxley “universos islas”, que es una bellísima imagen. (…)

Mañana cumple un año y desde esta perspectiva siento que la simbiosis con él nos ha beneficiado a todos: él crece con nuestra ayuda, y nosotros con solo verlo somos gigantes como caballos de bronce en pedestales. Hay un pensamiento del maestro Rabindranath Tagore, de los Pájaros Perdidos que dice:

“La vida se nos da
Y la merecemos dándola”


Nuestro hijo tiene una gran vista, precisa insectos minúsculos, sigue invisibles mosquitos volantes con sus ojos. Ojalá que sea botánico, tallador de figuras heroicas en granos de arroz, o astrónomo. (…)

Tras varios años ejerciendo de Agregado Cultural en Bogotá llegó un día de 1981 la noticia del traslado diplomático de LAD al Norte de África… a Trípoli…, a la Libia de Muamar Al Gadafi. ¡Aún recuerdo el estupor de la noticia!

Con poco más de 20 años de edad esta joven pareja se decide por el viaje y dar rienda suelta a la gran aventura. Con el primogénito a buen resguardo de los abuelos en Mérida, tomamos rumbo a Libia un día de mayo de 1981, no sin antes visitar a nuestros amigos en la escala Parisina, Jorge Pizzani, Nela Ochoa, Antonio López Ortega y Pacheco Rivas, quienes nos dieron la bendición y deseos de buenos augurios ante la aventura tripolitana que nos esperaba.

En nuestro equipaje libros y libros, material sobre Ramos Sucre para mi tesis pendiente de entregar a la vuelta para cerrar el ciclo de mis estudios javerianos; muchas fotos del pequeño Duquito con las que montamos un amoroso altar. Y escondida en el fondo de la maleta una botella de ron (que logró salvarse de la inspección de las autoridades libias). LAD daba por hecho que Carlos El Chacal, refugiado bajo la protección de Gadafi, llegaría a nosotros solo por el olfato del divino néctar criollo.

Allí pasamos ocho largos meses con no pocas angustias y muchas necesidades pues eran momentos de extrema tensión bélica con EEUU y con los ya consabidos bloqueos ante el régimen de la llamada Revolución Verde. Solos, y con pocas personas con quien compartir dada la xenofobia del régimen, estuvimos más unidos que nunca como pareja, a pesar de que ya se avizoraban tiempos de separación a la vuelta a Venezuela.

Conversábamos horas y horas bajo la sombra de palmeras datileras de nuestro jardín en un calor abrasador de 50 grados o de noche bajo los cielos tripolitanos que le ofrecían a LAD la exploración de nuevas estrellas y constelaciones…, ya desde entonces LAD retrataba con su Polaroid el azul de los cielos, un secreto homenaje a su admirado Humboldt quien con la invención de su Cianómetro registró los cielos de las tierras equinocciales.

Un hecho aparentemente nimio daba curso al paso del tiempo; si bien nos parecía detenido en una larga espera por volver, tomaba dimensión en la presencia de una pequeña lagartija, parecida a nuestros tuqueques criollos. Noche a noche nos acompañó bajo el alero del patio, y de ser minúscula fue creciendo con el pasar de los meses alimentada de insectos y hojas.

Pero el gran sueño de LAD y K, la verdadera razón del gran salto al Norte de África y que justificaba toda pesadumbre, fue la de estar cerca y llegar después hasta Grecia, Egipto y Malta. ¡Lo logramos!

Serían páginas y páginas de anécdotas, descubrimientos y asombros para el gran soñador de antiguas civilizaciones como fue LAD. En Micenas atravesamos el gran muro de piedra de Los Leones. Nos escoltó una fila de delfines a nuestra llegada a Creta. Nos untamos del amarillo irrepetible de Malta. Y a Egipto le entramos desde las islas Egeas por la gran Alejandría.

En Luxor, LAD juró ver tallada, a lo alto de una columna de piedra, la firma del Rimbaud aventurero y traficante de esclavos. Cabalgamos a lo largo del Nilo hasta llegar a los Valles Sagrados de los Reyes y sus tumbas. Vimos los atardeceres del desierto y escuchamos el canto de retirada de antiguas aves, mientras un funeral reunía el coro de mujeres plañideras.

En perspectiva infinita a lo largo del desierto y transidos de estupor, nos fuimos acercando a los inmensos Colosos de Memnon. Los mismos que durante siglos recibieron a peregrinos y sacerdotes para descifrar los extraños sonidos emitidos en sus cavidades de piedra. Fue allí, ante esos inmensos Colosos, donde ocurrió un hecho asombroso. A los pocos minutos de llegar al lugar, se elevó ante mí una cobra real, con su cuello dilatado y amenazante. LAD junto a unos niños, que salieron de nunca supe dónde, le lanzaron piedras hasta ahuyentarla. Para Mohamed, nuestro guía egipcio, no pudo ser mejor presagio a pesar de nuestro grandísimo susto y decidió desde ese momento que yo era una elegida de sus dioses al punto de pedirme, rogarme casi, le concediéramos la honra de ir a su pequeña choza junto al Nilo a bendecir a sus hijos. Eso hicimos y la experiencia fue insólita, la de verme rodeada de pequeños críos esperando la bendición cual Madre Calcuta. LAD no podía de contento y bromeamos el resto del viaje por ese don inédito concedido a esta humilde tovareña.

Al regresar a Colombia de ese viaje extraordinario y tomar cada uno diferentes rumbos separados, supimos habíamos sellado un largo pacto de unión.

Luego vinieron para LAD años de escritura, expediciones al Alto Orinoco y al Roraima; importante trabajo curatorial, fundamental para las artes plásticas de los ochenta, noventa y más allá. Gestiones de relevancia para museos e instituciones culturales, Galería de Arte Nacional, Museo de Bellas Artes, el MACCSI…, pero también vinieron años de retiro y ausencia en el desierto de sus enfermedades.

LAD solía pasar por El Buscón a dejarme pequeños obsequios, casi siempre alusivos a sus viajes, Y al final, cuando yo no presentía que sería su propio final, dejaba sobres con fotos y textos de nuestra pasada vida compartida. Eran sutiles formas de despedida, ahora lo descubro. Y en un conmovedor texto que quiso dedicarme, con epígrafe de Antonia Palacios y que tituló Puñal del sol, LAD relata sus últimos años frente al mar de Chichiviriche donde vivió en soledad y un recogimiento casi absoluto. Antes, muchos se habían alejado, y pocos supieron traducir los fuegos que lo consumían:

El desierto me ha devuelto mi agilidad corporal y por sus poderes aprendí a hacer silencio… Para los griegos clásicos era un Dios, y lo nombraban “Harpocrates”.

Me gustaría saber dibujar para reproducirlo; es cóncavo y convexo, y rota o invierte su polaridad a mi voluntad. Sus colores son sensaciones táctiles y auditivas, haciendo eco de su inmensidad… ¿Será intransferible e incomunicable? Tal vez el silencio y la postración mortal en que caen la mayoría de los que padecieron una o varias apoplejías, es que no pueden entender el mundo polarizado a donde los envió el proceso. Se padece, pero yo no lo siento como una enfermedad.

Al desierto no lo quiero, pero lo habito.
No lo sufro, lo trascurro.
Jamás lo deseé, pero terminé por aceptarlo; para siempre.
Lo que aun no entiendo es como se paralizó mi carrera profesional a los 53 años de edad, que antepuse a las pasiones de mi vida terrenal.
No deseo irme de viaje.
Lo disfruto porque es bello y sonoro, pero ojalá una tarde anochezca en el desierto.

LAD
05-V-2mil14

Una petición de Estilo, ésta de escribir unas líneas sobre LAD, supuso revivir recuerdos y vivencias compartidas, literalmente abrir un cajón que había pospuesto ante el duelo por la partida. Allí mapas, una pequeña piedra, plumas, postales y polaroids intervenidas; pequeñas obras conceptuales. Siempre Humboldt, siempre la selva y el río. Borradores de sus guiones y cuadernos de viajes, dibujos y más textos, todos entregados por LAD durante cuatro décadas, sin casi percatarme que se trazaba un destino de complicidad nunca interrumpido. Descubro cuánto le debo, cuánto le debemos.

Descubro que al final todos los ríos nos llevaron a una misma orilla. El Viaje siempre sería Inverso hacia nuestra historia original. Aquella que comenzó una tarde lluviosa de Mérida en 1976, que de dos hizo tres…

Marzo 2020, año bisiesto.