Luis Ángel Duque, un lad nada común

El viejo barón oceánico

Luis Ángel Duque

Alexander von Humboldt

En el año de las Hojas de hierba (1855), a los 89 años, sentado en la soledad de su gabinete nórdico Alejandro de Humboldt está sudando; ante él, por una magia centrífuga, remontándose por el río de sus recuerdos equinocciales, aparecen soles diurnos y nocturnos, cocodrilos dormidos en la tierra ardiente, guacamayas homéricas, petroglifos milenarios y su espléndida bandola la Cruz del Sur.

Visiones celestes y terrestres galopan por sus ojos brillantes… Es muy tarde, con las manos unidas Humboldt sonríe porque está sudando; siente el sol vertical de la llanura de hierbas, el gusto rancio a carne asada, la sed no saciada.

Recuerdos que en una cotidiana posesión (que fue de Homero, Miranda en La Carraca y de Raleigh en la Torre) fortifican su reino, son lo que es suyo. Sudoroso, sobre el fragor de su raudal, bajo la azul poesía de su cianómetro, el viejo barón, en la soledad, se ríe.

luis ángel duque
(14 líneas reflejo de la lectura de los 5 volúmenes de los «Viajes a las Regiones Equicocciales del Nuevo Continente»)
Mayo 1979

El escrito original de El viejo barón oceánico