De los pinceles españoles a las agujas de Balenciaga

Por Inger Pedreáñez

«Un buen modisto debe ser arquitecto para los patrones, escultor para la forma, pintor para los dibujos, músico para la armonía y filósofo para la medida».

Cristóbal Balenciaga

Los pliegues ondulados y voluminosos de los personajes de Zurbarán; la paleta de colores de El Greco; el negro profundo y los encajes de Goya; o las siluetas definidas de las infantas de Velásquez, saltan de las pinturas a los trajes del diseñador más emblemático de España. La exposición “Balenciaga y los pintores españoles”, del  Museo Thyssen Bornemisza, que estará abierta al público hasta el 22 de septiembre en Madrid, es una expresión de cómo la cultura y la historia fue interpretada en la alta costura.

Cristóbal Balenciaga, 1968, Paris, Francia.Foto: Henri Cartier-Bresson. ©Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

La conexión del modisto vasco Cristóbal Balenciaga (1895-1972) con los máximos representantes del arte español viene de su infancia. Su madre, Martina, trabajaba como costurera para los marqueses de Casa Torres, dueños además de una de las más destacadas colecciones de arte. El joven Balenciaga no sólo crecería acostumbrado a ver una galería de estilos artísticos, en el palacete Vista Ona, sino que también admiró las telas y texturas de los trajes que su madre le cosía a la dueña del hogar.

Propiedad de los Casa Torres es la obra Cabeza de apóstol, de Diego Velázquez, que se introduce como un observador a los oscuros tonos de Balenciaga. También se encuentra un San Sebastián de El Greco, que anuncia las tonalidades que combinó en las telas. En la primera sala, está la obra de Goya, El cardenal Luis María de Borbón y Vallabriga, para resaltar el conjunto de chaqueta y vestido en color rojo, con tejidos gruesos. Era la manera de Balenciaga de diseñar su propio arte. Estos tres cuadros estarían en la cotidianidad del joven Cristóbal, mucho antes de que tomara un lápiz para bocetar sus creaciones.

Balenciaga tomó las imágenes del renacimiento y el barroco para adaptarlas con elegancia a una nueva época. Pero también se inspiró en el costumbrismo, en el folclor y las tradiciones andaluzas de autores como Murillo, Sánchez Coello o Carreño de Miranda, para lograr su colección de estampados florales, con el predominio de tonos fucsias. O la chaqueta torera bordada en tonos intensos. Mención especial merece el vestido de noche abullonado de tafetán rojo (1952) que, salvo detalles añadidos por el diseñador en la cola, es casi una copia fiel del traje que lleva la duquesa del Alba, María del Rosario de Silva y Gurtubay, en un retrato que le hiciera en 1921, Ignacio Zuloaga.

Un paseo virtual

Como una forma de sellar el pasado del modisto, la primera sala de la exposición es un aperitivo de la estética que se impondrá en las siguientes seis salas. Junto a la obra de Goya se encuentra una infanta de Diego Velázquez, de la que extrae los vestidos ceñidos a la cintura.  Por su parte, La Inmaculada Concepción de Murillo, revela los pliegues y texturas del traje de noche y capelina, en gazar de seda azul y mantón del mismo color.

“Son los colores vibrantes de El Greco los que empiezan a teñir sus colecciones. Esos vestidos de monjes que pintó Zurbarán, Balenciaga los traslada a la austeridad, a la sencillez de sus trajes icónicos… Los bordados en hilo de plata y lentejuela nacarada los ponemos en relación con los cuadros de Rodrigo de Villandro o de Sánchez Coello, quienes los pintaban en sus cuadros con el mismo esmero de un estilista”, así se refiere el comisario de la exposición y miembro del patronato de la Fundación Cristóbal Balenciaga, Eloy Martínez de la Pera, en un video realizado por Madrid Capital de la Moda.

Después de ver el contraste entre vestidos ceñidos y holgados, se abre paso a la sala dedicada a El Greco. El Retrato de un Caballero (1586) se revela ante un abrigo de noche con cuello fruncido, en terciopelo de seda negra (realizado hacia 1955). Tanto el cuello de este traje, como el siguiente en amarillo, remiten a la forma de la gola o gorguera visible en la obra del pintor cretense. Es un detalle barroco en los pliegues del diseñador. 

Los trajes verdes intensos o cenizos, azules cobaltos, amarillos ocres, rosas fucsias parecen haber salido directamente de la paleta de El Greco, como si se apropiara de los mantos de las vírgenes, de los ángeles y las figuras religiosas del pintor.

“Él llevó esos colores a sus primeras colecciones que presentó cuando abre su mesón en el número 10 de la Avenida George V. Es cuando las grandes revistas de moda decían desde ahora la mujer de París va a tener que vestir con los colores Balenciaga, que tenían una clara inspiración en las magníficas anunciaciones de El Greco o en el apostolado que él pudo ver en Toledo. Es el Greco y su paleta cromática la que marcaría estos colores tan vibrantes”, resalta Eloy Martínez de La Pera, en videos realizados en el marco de esta exposición.

La elegancia del negro

Las colecciones de Balenciaga se caracterizan por la simplicidad de los materiales y las caídas sobrias de las telas, que le dan funcionalidad. El color negro fue un factor determinante en la moda hasta la década de los 60. Pero él supo interpretar el negro desde lo más oscuro, como si respetara la tradición de Felipe II, tal como se le representa en un cuadro anónimo (1565), de la colección BBVA.

Un abrigo de noche reversible (1966) dialoga con el Retrato de doña Juana de Austria, princesa de Portugal, de Alonso Sánchez Coello. La caída del blanco en el cuello acentúa la similitud en la elegancia. Es este modelo túnica con las que el modisto reinterpretó la figura de la mujer, innovando en la forma de ver la silueta femenina.

Fue el negro un factor determinante en la moda de la década de los 60, pero Balenciaga lo elevó a la alta costura con los encajes, bordados y detalles que exaltaban la sobriedad.

La estética de Goya

La gama de colores pasteles de los cuadros de Goya y los encajes también se reflejan en la alta costura del emblemático artífice de la moda española. Son los negros bordados su color clásico, las telas vaporosas y los tules a imagen de los cuadros del pintor aragonés. De la paleta de Goya rescata azules, verde aguas y también el blanco.

La amistad que Francisco de Goya mantuvo con la Duquesa del Alba fue inmortalizada en varios cuadros, pero hay uno en particular, donde aparece de cuerpo entero, que claramente evocó Balenciaga en su vestido blanco con cinta roja. 

“Tomando la pincelada de Goya, la traslada a unos vestidos de encajes, con unas transparencias, a unos tules donde solamente con un pequeño detalle rojo realza el blanco”, describe de la Pera en el noticiero de Telemadrid.

La abundancia de Zurbarán

“De Francisco de Zurbarán le gustaban todos los estilismos que hizo para sus santas. Por lo tanto, reprodujo esos abullonados, los vestidos que Zurbarán tomaba de las telas de su propio padre, un marchante de tejidos”, refiere de la Pera.

Para experimentar con los pliegues y los volúmenes, Balenciaga debió inspirarse en este pintor del siglo de oro español. Su misticismo y religiosidad las aplicó a las caídas de telas en abundancia. Y aún así,  dejaba una sensación de austeridad casi monástica. Esos abultamientos se identifican en el llamado “vestido saco”, línea original que el modisto trabajó a comienzos de los 50, o el estilo “baby doll” que creó en 1958. El conjunto de noche de vestido y sobrefalda (1951) es una muestra de ello, que se compara con el retrato de Santa Isabel de Portugal, hecho por Zurbarán hacia 1635.

Igualmente, sus trajes de boda son exponentes de la vanguardia del modisto, con faldas voluminosas que daban majestuosidad a las novias. Basta con ver los pliegues que caen de las sotanas de los montes, el brillo y las tonalidades para comprobar esta influencia. En la exposición del Museo Thyssen Bornemisza, los retratos parecen mirar a los trajes de novia y solo falta la reverencia de los maniquíes para darle vida a la escena.

Hay dos que destacan en esta muestra. Uno fue la última confección del modisto vasco: el traje de  novia de Carmen Martínez Bordiú, la nieta del General Franco, quien contrajo nupcias con Alfonso de Borbón y Dampierre, en 1972. En el otro, el cuadro de Fray Francisco Zúmel (1628) de Zulbarán acompaña el vestido para la reina de Bélgica, Fabiola de Mora y Aragón, nieta de los marqueses Casa Torres, los que fueron sus mecenas, sus primeros clientes, y quienes lo acogieron en aquél palacete donde el niño Cristóbal conoció a los grandes maestros de la pintura española que habría de honrar en sus confecciones.

Curiosidades

Balenciaga demostró su talante a los 12 años, cuando le dijo a la marquesa que él le podía realizar un traje tan hermoso como el que ella llevaba puesto en ese momento. Desde entonces, ella fue su mecenas. A los 22 años inauguró su primer taller de alta costura, en 1917.

Balenciaga solía visitar al pintor Ignacio Zuloaga en San Sebastián, pero tras el estallido de la Guerra Civil se mudó a París donde impulsaría su carrera recordando los pinceles españoles.

Los maniquíes para esta exposición fueron hechos a la medida. Había que preservar la forma del traje que fue realizado entallado a cada cliente. Es un cuerpo único para cada pieza. Este proceso les tomó más de un año.

Casi seis años le tomó al curador reunir 10 Grecos, convencer al Museo del Prado que le prestara 13 obras de su colección, incluir cinco Zurbaranes, haber tocado las puertas al Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Lázaro Galdiano y de instituciones privadas como la Casa de Alba (que ha prestado el retrato de la XIII duquesa de Alba pintado por Goya), la colección Alicia Koplowitz del BBVA y Santander, para realizar el maridaje con los trajes de Balenciaga.

Para apreciar la exposición completa pulse este vínculo para acceder a la visita virtual que ofrece el  Museo Thyssen Bornemisza

Inger Pedreáñez es periodista (UCV), fotógrafa, poeta. Profesora de periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello. Dedicada al periodismo corporativo por más de 25 años. IG: @ingervpr.

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